"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 5: El cazador cazado (Perspectiva de Matteo)
—No vayas solo, jefe. Es una trampa, huele a mierda desde acá —me advirtió el Ruso por el intercomunicador, con esa voz tensa que intentaba sonar a consejo pero que yo interpreté como una falta de respeto.
Apagué el aparato de un golpe seco contra el tablero de la camioneta. A mí nadie me daba órdenes. A mí nadie me decía por dónde caminar ni cómo cazar. Llevaba meses persiguiendo el rastro del maldito cabecilla que había ordenado el atentado contra mi hermano y su esposa; el mismo hijo de puta que casi me arrebata también a Leo. Tenía la pista exacta: una mujer en un bar de mala muerte en las afueras del puerto me había citado con la promesa de entregarme los nombres y las rutas de los asesinos.
Pero el Ruso tenía razón. Era una maldita ratonera.
Apenas hube dado el primer trago al vaso de whisky que me sirvió la mujer en aquella mesa oscura, el sabor amargo y metálico me recorrió la garganta. Droga. Una porquería sintética diseñada para congelar los reflejos. Cuando quise reaccionar, las sombras del bar parecieron venirse encima. El eco de un disparo cortó el aire y un ardor violento me estalló en el costado, perforándome la carne.
El instinto de supervivencia, afilado por años en el mundo de la mafia, se activó por puro músculo. Saqué la pistola del cinto sin mirar y disparé dos veces hacia el destello del arma del agresor y hacia la mesa de la mujer. No supe si los maté, pero vi correr sangre espesa y oscura por el suelo antes de que las piernas me fallaran por completo.
Sabía que si caía en ese bar, mis enemigos me harían pedazos y colgarían mis restos en los muelles. Así que me arrastré hacia la salida trasera, aguantando el peso de mi propio cuerpo, con la sangre empapándome la camisa y la vista nublada por el veneno que me quemaba las venas.
Caminé a ciegas por callejones oscuros y húmedos hasta que mis botas tropezaron con la entrada de ese maldito hotelucho de cuarta. La sangre brotaba a borbotones de mi costado y el frío de la madrugada me golpeaba la cara como cuchillos.
Di unos pasos tambaleantes por el pasillo angosto, con el mundo girando a mi alrededor, hasta que una silueta se recortó frente a mí bajo la luz parpadeante de una bombilla.
No pensé. A un hombre como yo no le quedan margen para las dudas, solo para los actos desesperados. Me dejé caer de rodillas, con las fuerzas esfumándose, y alargué la mano para aferrarme con la última chispa de vida al tobillo de esa figura.
—Ayúdame... —murmuré, con la voz rota, vomitando el resto de mis fuerzas sobre el suelo sucio.
Alcé la mirada y vi sus ojos abiertos de par en par, reflejando el pánico absoluto. No sabía quién era, ni qué hacía en un lugar tan miserable. Pero en ese preciso instante, entre la niebla de la droga y el plomo en mi cuerpo, supe que me había aferrado a la única persona que podía salvarme... o arrastrarme definitivamente al infierno.