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Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:398
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: La Niña

El primer día de Elia como aprendiz no empezó con una misión.

Empezó con una escoba en sus manos la que Orven se la entregó en el patio del gremio, poco después del amanecer.

El suelo estaba cubierto de hojas, polvo y pequeños trozos de madera.

Durante la prueba del día anterior una de las velas se había caído, la piedra había dejado una marca en el suelo y el rayo había quemado una línea junto a la mesa.

—¿Qué tengo que hacer con esto?

Preguntó Elia.

—Limpiar el patio.

—¿Porque?

—Es una tarea.

—¿Sirve de algo?

—Sí.

Elia miró la escoba con atención.

—¿De que?

—De que nadie se lastime con los restos que quedaron en el suelo.

—Todo esto no se puede guardar en una bolsa.

—No todo se guarda en una bolsa.

Elia no quedó conforme, pero tomó la escoba.

Orven se alejó hacia el salón principal. Antes de entrar, se volvió.

—Después vas a ordenar las vendas de la enfermería y a llevar tres cubos de agua desde el pozo.

—¿Tres?

—Tres.

—¿Y cuándo voy a practicar magia?

—Cuando termines tus tareas.

—¿Y cuándo voy a aceptar una misión?

—Cuando termines de aprender lo básico.

—¿Cuándo será eso?

—No lo sé.

Orven entró al edificio y cerró la puerta.

Elia miró la escoba.

Por un instante pensó en salir del patio y buscar una misión por su cuenta. Después recordó las palabras de Orven, el gremio no se haría responsable si ella se metía en un problema sin estar preparada.

No quería que nadie volviera a decirle que no podía proteger a los demás.

Así que comenzó a barrer.

Tarin estaba sentado cerca de la pared, con un cuaderno sobre las rodillas.

Desde que había llegado a Ardentia, pasaba parte del día aprendiendo a leer mejor y ayudando en la Casa de los Puentes, Dalia había partido con la caravana esa mañana, después de despedirse de los niños.

Elia la había visto alejarse desde la ventana, no le gustaba despedirse de las personas.

Cada vez que alguien se iba, una parte de ella pensaba que tal vez no volvería.

—¿Qué estás escribiendo?

Preguntó.

—Una lista de cosas que necesitamos en la Casa de los Puentes.

—¿Qué cosas?

—Mantas, harina, zapatos y medicinas.

—¿Por qué no las compramos?

—Porque no tenemos dinero suficiente.

Elia siguió barriendo, una hoja seca pasó por delante de sus pies y volvió a caer detrás de ella.

—La escoba no sirve.

—La estás usando al revés.

Dijo Tarin.

Elia miró el palo.

—¿Tiene un lado correcto?

—La parte con las ramas debe tocar el suelo.

—Eso explica por qué no se mueve nada.

Tarin se levantó y le mostró cómo sostenerla, Elia comenzó de nuevo, empujando las hojas hacia un montón.

Durante varios minutos solo se escuchó el roce de la escoba contra las piedras.

—¿No te da vergüenza?

Preguntó Elia.

—¿Qué cosa?

—Que yo esté limpiando mientras tu escribís.

—Estoy haciendo una lista.

—Podrías hacer la lista y barrer al mismo tiempo.

—No sé escribir y barrer al mismo tiempo.

—Entonces todavía tenés mucho que aprender.

Tarin la miró, pero no respondió.

Elia siguió trabajando, poco a poco juntó las hojas y los restos de madera en un rincón.

También encontró una hebilla, un botón, dos monedas pequeñas y una punta de flecha.

—¿Puedo quedarme con esto?

Preguntó, levantando la punta de flecha.

—No.

—¿Por qué?

—Porque puede cortar a alguien.

—Entonces la voy a guardar en un lugar seguro.

—Elia.

Ella dejó la punta junto a los demás restos.

Cuando terminó, tenía las manos sucias y un dolor en la espalda que no había sentido durante ninguna de sus prácticas.

Orven salió al patio y revisó el suelo, caminó de un lado a otro observando cada rincón.

—Falta limpiar debajo de la mesa.

Dijo.

Elia miró debajo de la mesa, había tres hojas y una piedrita.

—Eso no es mucho.

—No dije que fuera mucho.

—Entonces ya está limpio.

—Todavía no.

Elia se arrodilló, recogió las hojas y levantó la piedra.

—Ahora sí.

Orven asintió.

—Ahora sí.

—¿Puedo practicar?

—Primero las vendas.

La enfermería del gremio estaba en el primer piso, detrás de una puerta blanca, era una habitación pequeña con cuatro camas, armarios y estantes llenos de frascos.

En una de las camas dormía un aventurero con el brazo vendado, en otra, una mujer tenía una venda sobre la frente.

La encargada era Sira Lumen, Elia la había visto el día anterior, pero no habían hablado.

Sira tenía el cabello castaño claro y llevaba una túnica blanca y azul.

Su voz era tranquila, incluso cuando daba órdenes.

—¿Esta es la aprendiz?

Preguntó.

—Sí.

Respondió Orven.

—Necesita ordenar las vendas limpias y separar las que deben lavarse.

Sira señaló dos canastos.

—Las limpias van allí, las usadas, aquí. No mezcles unas con otras, si una venda tiene sangre, no la pongas con las que todavía se pueden usar.

Elia miró los canastos.

—¿Y si no sé cuál está limpia?

—Me preguntás.

—¿Y si estás ocupada?

—Esperás o buscás a otra persona. No adivinás.m donde van.

Elia asintió.

Sira tomó una venda y se la mostró.

—Esta está limpia.

Después levantó otra.

—Esta debe lavarse.

—¿Cómo lo sabés?

Preguntó Elia.

—Porque tiene una mancha oscura y huele a medicina.

Elia se acercó un poco y olió la tela.

—Huele mal.

—Por eso no la vas a guardar con las limpias.

Sira le indicó dónde debía poner cada cosa, luego atendió al hombre del brazo vendado, Elia comenzó a trabajar en silencio.

Las vendas parecían todas iguales, algunas estaban dobladas, otras estaban hechas un ovillo.

Una tenía una marca marrón que podía ser sangre o barro, Elia miró hacia Sira.

La sanadora estaba revisando el brazo del herido.

Elia no quiso interrumpirla, tomó la venda y la puso en el canasto de las usadas.

—¿Por qué pusiste esa ahí?

Preguntó Sira sin levantar la vista.

Elia se quedó quieta.

—No estaba segura.

—Hiciste bien en dejarla aparte, si no sabés, preguntás.

—No quería molestarte.

—Preguntar no molesta. Guardar algo sucio entre las vendas limpias sí puede causar problemas.

Elia continuó separando las telas.

El trabajo era aburrido pero no difícil, lo que le costaba era quedarse quieta.

Cada vez que escuchaba voces en el pasillo, quería salir a ver quién había llegado, cada vez que alguien hablaba de monstruos, levantaba la cabeza.

Al mediodía, Orven regresó.

—¿Terminaste?

—Casi.

—Cuando termines, llevá tres cubos de agua desde el pozo.

—¿Ahora?

—Ahora.

Elia miró las vendas que todavía quedaban sobre la mesa.

—¿Puedo usar magia para llevarlos?

—No.

—¿Por qué?

—Porque vas a practicar cargar peso sin gastar toda tu energía.

—Pero con magia sería más rápido.

—No siempre vas a poder usar magia, puede que estés cansada. Puede que te duela una mano, puede que estés dentro de un lugar donde un hechizo pueda hacer daño.

—¿Y si llevo los cubos con agua y magia?

—No.

—¿Y si uso muy poca?

—Elia.

—Ya entendí.

No había entendido del todo, pero tomó los cubos.

El pozo estaba en el patio trasero, cerca de la sala de entrenamiento, era profundo y tenía una rueda de madera.

Elia llenó el primer cubo hasta la mitad, cuando intentó levantarlo, el agua se movió y le mojó los zapatos.

—No derrames.

Dijo Orven.

—El agua se mueve sola.

—Entonces caminá más despacio.

Elia levantó el cubo con las dos manos, dio tres pasos y tuvo que dejarlo en el suelo.

—Pesa demasiado.

—Está medio lleno.

—Eso es demasiado.

—Usá las piernas, no solo los brazos.

Elia lo intentó otra vez, caminó con pasos cortos, apretando los dientes.

A mitad del patio dejó el cubo junto a una pared.

—No puedo llevarlo.

—Todavía no.

—Eso dijo ayer.

—Porque es verdad.

Elia miró a Orven.

—¿Siempre respondés lo mismo?

—Cuando la respuesta no cambia, sí.

La niña volvió a levantar el cubo, esta vez llegó hasta el pozo.

El segundo viaje fue más difícil, tenía las manos cansadas y el agua se derramó sobre el suelo.

Para el tercer viaje, decidió usar magia sin que Orven la viera.

Esperó hasta que el maestro entró en el edificio, después cerró los ojos y pensó en lo que quería hacer.

No quería levantar todo el cubo, solo quería que el agua dejara de empujar hacia abajo.

Imaginó una cinta de agua rodeando el cubo y sosteniéndolo desde abajo como una mano larga y transparente.

Cuando abrió los ojos, una tira de agua había salido del cubo, se había enrollado alrededor del recipiente y lo mantenía un poco más ligero.

Elia sonrió.

No había imaginado una corriente sin forma. Había imaginado una cinta y el agua había tomado esa forma.

Avanzó con cuidado.

La cinta se deshizo cuando escuchó una voz detrás de ella.

—¿Qué estás haciendo?

Orven estaba en la puerta.

El agua cayó sobre sus zapatos.

Elia bajó la mano.

—El cubo se estaba escapando.

—El cubo está en el suelo.

—Por eso lo estaba cuidando.

Orven observó el agua que cubría las piedras.

—Te dije que no usaras magia.

—Sí.

—¿Y por qué la usaste?

Elia miró el cubo.

—Porque era pesado.

—Esa no es una razón para ignorar una orden.

—Pero funcionó.

—No importa.

Elia apretó los labios.

—No hice una corriente al azar, imaginé una cinta de agua. El agua hizo lo que imaginé.

Orven la miró con atención.

—¿Eso fue lo que intentaste?

—Sí.

—¿Antes habías pensado en darle una forma concreta?

Elia negó con la cabeza.

—No. Antes solo pensaba en fuego o agua. Ahora pensé en una cinta.

Orven miró el cubo y después la mano de Elia.

—Eso puede ayudarte a controlar mejor tus hechizos. Pero también puede hacer que intentes cosas para las que todavía no estás preparada.

—Puedo aprender.

—Sí, pero no mientras ignorás las órdenes.

Elia bajó la mirada.

—Si algo sale mal, yo puedo detenerlo.

—No siempre.

—En la prueba detuve el fuego.

—Después de que casi te quemaras.

—Pero lo detuve.

Orven se agachó para quedar a su altura.

—Elia, tener magia no significa que siempre puedas arreglar lo que sale mal. Quiero que aprendas a confiar en tus manos, en tus piernas y en tu cabeza. Recuerda que la magia es una herramienta, no una solución para todo.

Elia no respondió, sabía que Orven tenía razón, pero no le gustaba escucharlo.

El maestro señaló los cubos.

—Terminá el trabajo sin magia.

—Sí.

—Y después vas a limpiar el agua que derramaste.

—Sí.

Orven volvió a entrar.

Elia miró el cubo y después la puerta del edificio, en su mente apareció una imagen, una gota de agua redonda, perfecta, quieta sobre un borde.

La idea fue creciendo.

Podía usar una forma pequeña, no necesitaba hacer una gran corriente.

Solo una gota que cayera sobre la cabeza de Orven cuando saliera de su despacho.

Elia no quería desobedecer otra vez.

Pero quería probar si podía mantener una forma de agua sin tocarla.

Esperó hasta que el maestro salió del patio, después tomó un cubo vacío y lo colocó sobre la puerta del despacho.

Usó una cuerda para sostenerlo, no quería que el cubo cayera, solo quería que la gota que había imaginado tocara la cabeza de Orven.

Cerró los ojos.

Imaginó una pequeña esfera de agua, del tamaño de una nuez.

Penso en su forma redonda, en su peso y en el lugar exacto donde debía mantenerse.

La gota apareció.

Al principio quedó quieta sobre el borde del cubo.

Elia sonrió.

Pero mantenerla allí era más difícil de lo que había pensado, la esfera comenzó a crecer.

El agua se estiró hacia un lado y la forma dejó de ser redonda.

Tarin apareció con el cuaderno bajo el brazo.

—¿Qué hiciste?

—Estoy practicando.

Tarin miró la cubeta sobre la puerta.

—Eso no parece una práctica segura.

—Quiero mantener la forma de una gota.

—¿Sobre la puerta de Orven?

—Él va a abrirla.

—Entonces no es solo una práctica.

Elia observó la esfera, ya no era del tamaño de una nuez.

Había crecido hasta formar una bola grande.

—Se está haciendo más grande.

—Quitala.

—Todavía puedo controlarla.

—Elia, quitala.

—Si la quito ahora, no sabré si puedo mantenerla.

—Si no la quitás, vas a meterte en problemas.

—Ya estoy en problemas. Usé magia con los cubos.

Tarin cerró los ojos.

—Eso no mejora la situación.

La puerta del despacho se abrió.

Orven salió con una carpeta bajo el brazo y en ese momento, Elia perdió la concentración.

La forma de agua se rompió.

La cubeta cayó.

Elia levantó las manos, intentó imaginar una pared de agua que detuviera el agua.

La pared apareció, pero fue demasiado pequeña y solo frenó una parte.

La cubeta golpeó el suelo y el agua salió disparada en todas direcciones.

Orven quedó completamente mojado.

El patio se quedó en silencio.

Elia apareció lentamente detrás de la columna.

—La gota era más pequeña al principio. Dijo.

Orven miró su ropa, después la cubeta y finalmente a Elia.

—No digas nada más.

Elia cerró la boca.

Tarin se acercó con un trapo, aunque no sabía por dónde empezar a secar al maestro.

Neris apareció en la puerta del salón, observó la escena y luego miró a Elia.

—¿Esto también era una práctica?

Elia asintió con cuidado.

—Quería hacer una esfera de agua.

Neris miró el suelo mojado.

—La esfera terminó siendo bastante grande.

Orven levantó una mano.

—Neris.

—Ya me callo.

El maestro respiró hondo.

—Elia, vas a limpiar el patio, la puerta, la pared y el pasillo. Después vas a ayudar a Bram en la sala de entrenamiento.

—¿Quién es Bram?

—Un guerrero del gremio.

—¿Me va a enseñar magia?

—No.

—¿Me va a enseñar a matar monstruos?

—Primero te va a enseñar a no caerte cuando sostengas una espada.

Elia miró el agua del suelo.

—¿Cuánto tiempo tengo que limpiar?

—Hasta que no quede agua.

—¿Y si uso magia?

—Entonces limpiarás también las paredes del techo.

Elia entendió que no era una amenaza vacía.

Comenzó a limpiar.

Tardó más de una hora, tuvo que usar trapos, cubetas vacías y un cepillo.

El agua se había metido debajo de un banco y entre las piedras del suelo.

Cuando terminó, tenía los brazos cansados y el cabello pegado a la frente.

Orven había cambiado de ropa, pero todavía parecía molesto.

—¿Por qué hiciste eso?

Preguntó.

Elia bajó la mirada.

—Quería probar algo nuevo.

—¿Qué cosa?

—Descubrí que si imagino una forma, el agua puede tomar esa forma.

—Eso puede ser útil.

—También intenté hacer una esfera.

—Lo noté.

—Al principio era pequeña.

—También lo noté.

Elia miró el suelo limpio.

—Después se hizo grande porque perdí la concentración.

Orven guardó silencio durante unos segundos.

—Esto es importante, Elia. No solo estás moviendo agua, estás intentando construir una forma. Para hacerlo bien vas a necesitar concentración, paciencia y práctica.

—¿Puedo practicar ahora?

—No.

—¿Mañana?

—Con permiso.

—¿Y si solo hago una gota?

—Con permiso.

Elia asintió.

—¿Estoy castigada?

—Sí.

—¿Mucho?

—Durante una semana ayudarás a limpiar el patio después del entrenamiento.

Elia hizo una mueca.

—Eso es mucho.

—Y durante una semana no practicarás magia sin permiso.

—Eso es peor.

—Lo sé.

Orven señaló la sala de entrenamiento.

—Ahora ve con Bram.

La sala estaba en el lado oeste del edificio, era amplia y tenía el suelo cubierto de paja.

Había armas de madera apoyadas contra la pared y varios escudos colgados en ganchos. Un hombre grande estaba levantando una pesa hecha de piedra.

Tenía el cabello oscuro, la barba corta y los brazos con músculos bien formados.

Sobre el pecho llevaba una armadura de cuero, a su lado había un escudo redondo apoyado en el suelo.

—Bram.

Dijo Orven.

—Esta es Elia. Desde hoy te ayudará durante tu entrenamiento.

Bram dejó la pesa en el suelo.

—¿La niña del agua?

Elia frunció el ceño.

—También uso fuego y rayo.

—Entonces eres la niña del agua, el fuego y el rayo.

—Suena mejor.

Bram miró a Orven.

—¿Qué hizo?

—Intentó darle forma al agua y terminó empapándome.

Bram miró a Elia.

—¿Por qué?

—Quería practicar.

—¿Sobre la puerta de Orven?

—Él estaba cerca.

Bram pensó un momento.

—Eso no explica nada.

—Yo tampoco lo entendí después.

Bram se agachó junto a una caja y sacó una espada de madera, se la entregó a Elia.

Elia la tomó con las dos manos.

La espada era más pesada de lo que esperaba, la punta cayó hacia el suelo.

—Levantala.

Dijo Bram.

Elia la levantó, sus brazos comenzaron a temblar.

—Ahora mantenela así.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Hasta que te diga que bajes los brazos.

Elia apretó los dientes y después de unos segundos la espada comenzó a bajar.

—No puedo.

—Todavía no.

Dijo Bram.

—No es lo mismo.

Elia lo miró.

—Orven dijo eso.

—Entonces Orven tiene razón de vez en cuando.

Elia logró mantener la espada unos segundos más antes de bajarla.

Bram no se burló, solo tomó la espada y le acomodó las manos.

—No la aprietes tanto. Si la sostienes con toda tu fuerza, te vas a cansar rápido.

—¿Y si se me cae?

—La levantás.

—¿Y si alguien me ataca?

—Primero aprenderás a sostenerla y después aprenderás a defenderte.

Bram le mostró cómo colocar los pies, Elia intentó copiarlo y se cruzó las piernas.

—No así.

Dijo Bram.

—Si te empujan te vas a caer.

Elia separó un poco los pies.

—¿Así?

—Mejor.

—¿Ya puedo pelear?

—No.

—¿Por qué?

—Porque todavía te tiemblan los brazos.

Elia no estaba acostumbrada a que una persona le dijera que no podía hacer algo sin levantar la voz, Bram hablaba con calma, pero no cambiaba de opinión.

Durante la siguiente hora practicó la misma postura, sostuvo la espada, la bajó.

Volvió a levantarla, caminó tres pasos, se detuvo y volvió a empezar.

A veces la espada se le caía.

Una vez perdió el equilibrio y cayó sentada sobre la paja.

Bram le ofreció una mano para ayudarla a levantarse.

—¿Te lastimaste?

—No.

—Entonces volvé a intentarlo.

—¿Eso es todo lo que dices?

—Por ahora.

Elia volvió a levantarse.

Al final del entrenamiento, tenía los brazos adoloridos y las piernas cansadas.

Bram le mostró cómo dejar la espada en su sitio.

—Mañana haremos lo mismo.

Dijo.

Elia lo miró horrorizada.

—¿Exactamente lo mismo?

—Casi.

—Eso es peor que una misión.

Bram no sonrió, pero sus ojos cambiaron un poco.

—Las misiones duran un día y el entrenamiento puede salvarte la vida durante años.

Elia no respondió.

Mientras salía de la sala, miró la espada de madera apoyada contra la pared.

Ya no parecía un arma fácil de usar, era pesada, dura y difícil de mover, también era algo que podía ayudarla a proteger a alguien cuando la magia no fuera suficiente.

Esa noche, Elia volvió a la Casa de los Puentes con las manos cansadas y una pequeña venda en un dedo.

Nima la esperaba junto a la escalera.

—¿Aprendiste a luchar?

Preguntó.

—Aprendí a sostener una espada.

—¿Es lo mismo?

—No. La espada hizo casi todo el trabajo.

Nima miró la venda.

—¿Te lastimaste?

—Un poco.

—¿Y aun así vas a volver mañana?

Elia pensó en el patio, los cubos, la voz de Orven y en las instrucciones de Bram.

También pensó en la esfera de agua que había creado, había sido pequeña al principio y si aprendía a imaginar mejor, quizá podría hacer muchas cosas.

—Sí.

—¿Por qué?

Elia miró hacia la ventana, afuera las luces de Ardentia brillaban sobre las calles. En algún lugar de la ciudad había niños que necesitaban ayuda y en algún lugar más lejano podían estar los responsables del ataque a Valdoria.

—Porque todavía no soy lo bastante fuerte.

Nima tomó su mano sana.

—Entonces algún día lo serás.

Elia apretó suavemente sus dedos.

—Sí. Pero no de un día para otro.

Esa noche no practicó magia.

Solo repasó en su cabeza lo que había aprendido.

La magia no era solo lanzar fuego, agua o rayos.

También podía imaginar formas.

Una cinta.

Una esfera.

Tal vez, algún día, podría imaginar una figura completa.

Pero antes tendría que aprender a mantener una simple gota en el aire.

Una persona fuerte no era la que siempre ganaba.

Era la que podía reconocer sus errores y seguir adelante.

Al día siguiente tendría que limpiar el patio, estudiar mapas, ordenar vendas y practicar con la espada.

También tendría que pedir permiso antes de probar algo nuevo.

El camino sería largo.

Elia todavía tenía cinco años, le faltaba mucho para convertirse en una aventurera capaz de luchar contra monstruos.

Le faltaba más todavía para convertirse en la persona más poderosa que el mundo conociera.

Pero ya había empezado a dar los primeros pasos.

Y esta vez no quería correr antes de aprender a caminar.

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