Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 5
Capítulo 5: El heredero
Valentina no durmió esa noche.
No porque Santiago la hubiera buscado. No porque hubiera recordado, a retazos, el peso de su mirada en Masaryk Lounge o la forma en que había pronunciado su nombre. Eso ya era bastante grave.
No durmió porque Isabella, con una sola frase, había convertido un error vergonzoso en una amenaza de otro tamaño.
Santiago Montero.
El heredero de Grupo Montero.
A las dos de la mañana, Valentina seguía sentada frente a su laptop, con la luz azul marcándole la cara y una taza de té frío junto al teclado. Escribió su nombre en el buscador. Lo borró. Lo volvió a escribir. Cuando por fin presionó enter, la pantalla se llenó de resultados que parecían pertenecer a otro país.
Santiago Montero Ávila, director ejecutivo de expansión internacional de Grupo Montero.
Stanford Graduate School of Business.
Treinta y dos años.
Hijo de Fernando Montero Vega y Mariana Ávila de Montero.
Uno de los herederos empresariales más influyentes de México.
Valentina abrió una nota de revista de sociedad. Ahí estaba él, con smoking negro, en una cena de gala del Museo Soumaya. Otra foto: bajando de una camioneta blindada. Otra: en una conferencia, hablando con micrófono frente a un auditorio lleno de hombres de traje. En todas se veía igual que frente a su oficina: tranquilo, limpio, imposible de mover.
En una foto, el pie de imagen mencionaba que el menú de una subasta benéfica había sido diseñado por un chef que cobraba por persona más de lo que Valentina gastaba en despensa en tres semanas.
Valentina cerró la pestaña.
Luego la abrió otra vez, como si el dato fuera a cambiar.
No cambió.
Se levantó y caminó hasta la cocina diminuta de su departamento. En el refrigerador tenía un imán de Puebla, dos recibos vencidos y una lista de pagos escrita a mano. Renta. Luz. Internet. Tarjeta. Metro. Comida. Si la despedían, cada palabra se volvía una piedra.
Santiago Montero probablemente no sabía cuánto costaba una recarga de Metro.
Eso la calmó.
La calmó porque le dio una razón limpia para alejarse. Él no era un hombre misterioso que quizá podía convertirse en una anécdota. Era un Montero. Pertenecía a cenas con apellidos, a casas con guardias, a mujeres que sabían qué cubierto usar sin mirar a nadie. Ella pertenecía a una cocina donde la albahaca se moría si olvidaba regarla dos días.
No había nada que pensar.
A la mañana siguiente, llegó a CDV con ojeras y una decisión: si Santiago volvía a escribir, bloquearía el número. Si aparecía, llamaría a seguridad. Si Isabella intentaba hacer de cupido, la bloquearía también, aunque solo por tres horas porque la quería demasiado.
Lucía la esperaba con café y una mirada peligrosa.
—Te ves peor que ayer.
—Gracias por tu apoyo.
—Es cariño con honestidad. ¿Ya me vas a decir quién es el hombre?
Valentina dejó la bolsa sobre su escritorio.
—Nadie.
—Ajá. Nadie te deja esa cara de "busqué su nombre en Google y me dio miedo".
Valentina se quedó quieta.
Lucía abrió mucho los ojos.
—¡Lo sabía! ¿Quién es? ¿Casado? ¿Influencer? ¿Político? No me digas que político, por favor.
—Santiago Montero.
El vaso de café de Lucía quedó suspendido a medio camino.
—¿Montero de Grupo Montero?
Valentina hizo una mueca.
—¿Hay otros?
Lucía dejó el vaso con cuidado.
—Amiga, tú no haces tonterías a medias.
—No es gracioso.
—No, no lo es. —Lucía bajó la voz—. Val, ese hombre está en otro planeta.
—Gracias. Justo eso necesitaba oír.
—Lo digo porque te quiero, no porque quiera hundirte. Los hombres así no solo traen flores. Traen familias, abogados, exnovias con apellidos compuestos y papás que creen que una nace con código de barras.
Valentina soltó una risa amarga.
—Qué específico.
—Trabajo en comercio exterior. Veo clasismo con factura.
Eso sí la hizo sonreír un poco.
Al mediodía, Lucía la obligó a bajar por comida. Se sentaron en una fonda de la calle de atrás, con platos de arroz rojo, pollo en salsa verde y agua de jamaica. Valentina apenas probó bocado.
—¿Guapo? —preguntó Lucía de pronto.
—¿Qué?
—El heredero. ¿Guapo?
Valentina se concentró demasiado en cortar un pedazo de pollo.
Lucía golpeó la mesa con la palma.
—¡Lo sabía!
—No dije nada.
—Tu silencio tuvo pestañas.
—Lu.
—Está bien, está bien. Última pregunta. ¿Te trató bien?
Valentina pensó en la caja pequeña, en la distancia que él había respetado, en la forma en que aceptó no volver a su trabajo.
—Sí —admitió—. Pero eso no cambia nada.
Lucía la miró con menos burla.
—No, pero cambia cómo te cuidas. No huyas por vergüenza. Huye si de verdad no quieres. Hay diferencia.
Valentina no respondió. Porque no estaba segura de cuál de las dos cosas hacía.
Santiago no apareció en la oficina.
Cumplió esa parte.
Pero el viernes, al salir por café antes de una junta, Valentina encontró un vaso con su nombre en la barra de la cafetería del edificio. No decía quién lo había pagado. Solo tenía escrito, con letra de marcador: "sin azúcar, con canela". Ella nunca le había dicho a Santiago cómo tomaba el café. Luego recordó que en el lounge había hecho una mueca al probar una bebida demasiado dulce y él le había cambiado el vaso por agua.
No lo tomó.
Bueno, sí lo tomó.
Pero se dijo que era por no desperdiciar.
El lunes siguiente, al llegar a la oficina, había una sombrilla negra nueva junto al guardia de la entrada.
—Para usted, señorita Herrera —dijo el guardia.
—¿De quién?
El hombre levantó los hombros.
—Solo dijeron que parecía que hoy iba a llover.
Valentina miró el cielo gris a través de los cristales.
—No la voy a aceptar.
Media hora después empezó un aguacero tan fuerte que el agua entró por la puerta giratoria.
Lucía, sentada frente a ella, sonrió sin levantar la vista de su pantalla.
—La sombrilla no tiene la culpa.
Valentina la usó de regreso a casa y se odió un poco menos de lo esperado.
Mientras tanto, en una sala de juntas de Grupo Montero, Santiago escuchaba a un gerente de compras hablar de proveedores de logística. Sobre la mesa había carpetas, proyecciones y café que nadie tomaba. Él revisó un documento y se detuvo en un nombre: Comercializadora del Valle.
—¿Trabajamos con ellos? —preguntó.
El gerente negó.
—Son medianos. Buenos en algunas rutas, pero pequeños para nuestro volumen.
—Pídales una propuesta.
El gerente parpadeó.
—Señor Montero, tenemos opciones más grandes.
Santiago levantó la vista.
No hizo falta repetir la orden.
—Quiero esa propuesta hoy.
Dos días después, el Licenciado Garza reunió al equipo de CDV con una sonrisa que parecía recién comprada.
—Señores, buenas noticias. Entró una cuenta importante. Muy importante. Si cerramos bien la operación con Grupo Montero, se congela cualquier ajuste de personal por este trimestre.
El murmullo explotó en la sala.
Valentina se quedó sentada, con la pluma inmóvil entre los dedos.
Grupo Montero.
Lucía volteó hacia ella tan rápido que casi tiró su café.
—Val...
—No —susurró Valentina—. No pudo ser.
Pero el nombre estaba en la pantalla, enorme, proyectado junto al logo de CDV.
Valentina intentó sentir alivio. Su trabajo, al menos por ahora, estaba a salvo. Eso debía bastar. Sin embargo, debajo del alivio había otra cosa, una sospecha tibia y peligrosa que no quería tocar.
Esa tarde salió tarde de la oficina. Había trabajado en la propuesta hasta que le ardieron los ojos. No había recibido mensajes de Santiago. No había llamadas. Nada. Como si él hubiera entendido y desaparecido.
Al llegar a Narvarte, subió las escaleras con una bolsa de pan dulce para cenar, porque a veces la adultez era eso: azúcar y resignación.
En el descanso del tercer piso, se detuvo.
Santiago estaba junto a su puerta, con dos vasos de café en la mano.
No llevaba traje. Solo una camisa azul oscuro con las mangas dobladas, como si eso pudiera hacerlo pertenecer a un edificio con pintura descarapelada y focos parpadeando.
Valentina sintió que el cansancio se le convertía en rabia.
—Dijiste que no ibas a aparecer en mi trabajo.
—Y no aparecí en tu trabajo.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Ella miró los cafés.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Santiago levantó uno de los vasos, sin acercarse.
—Tu vecina del segundo me dijo que normalmente llegas a las seis y media.
Valentina apretó la bolsa de pan hasta hundir los dedos.
—Son las ocho.
—Lo sé —dijo él—. El café ya está tibio.