"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 4: La Fiebre de los Lobos
La luz del amanecer besaba suavemente los cristales de la ventana cuando Lyra despertó. Por un momento, flotó en esa deliciosa frontera entre el sueño y la vigilia, con la calidez del reencuentro con su loba aún latiendo en su pecho. La cachorra blanca de ojos de miel había jugado con ella toda la noche, habían corrido por praderas plateadas, habían saltado arroyos de estrellas y habían aullado juntas a la luna.
"Hasta mañana", había dicho ella, antes de que Lyra se desvaneciera hacia el despertar. "Hasta mañana, Lyra."
Sonrió, acurrucándose entre las sábanas. Dos años. Solo dos años hasta poder abrazarla de verdad, hasta sentir su pelaje bajo sus dedos despiertos, hasta mirarla a los ojos y saber que ya nunca estaría sola. Dos años de sueños compartidos, de juegos nocturnos, de construir una amistad que duraría para siempre.
Pero la sonrisa se desvaneció cuando escuchó los pasos apresurados en el pasillo.
Eran pasos de servicio, de esos que solo se escuchaban cuando algo iba mal. Pasos rápidos, nerviosos, acompañados de susurros urgentes. Lyra se incorporó en la cama, su corazón de cinco años latiendo con fuerza. Algo había ocurrido.
La puerta de su habitación se abrió y apareció Nana Elle, la curandera que había atendido a tres generaciones de Valdris, con el rostro tenso y los ojos inusualmente serios. Detrás de ella, asomaba el semblante preocupado de una doncella.
—Princesita —dijo Nana Elle con voz suave pero urgente—. Necesito que te quedes aquí tranquilita, ¿vale? Tu hermano... ha amanecido con fiebre. Muy alta.
El mundo se detuvo.
—¿Eryndor? —la voz de Lyra salió pequeña, asustada—. ¿Qué le pasa?
—No lo sabemos todavía. El rey está con él. Vendré a verte en cuanto sepamos algo. Tú quédate aquí, ¿prometido?
Pero Lyra no prometió nada. Porque en cuanto Nana Elle cerró la puerta, ella ya estaba fuera de la cama, sus piececitos descalzos golpeando el suelo frío mientras corría hacia la puerta.
Eryndor. No. No otra vez. No él también.
Abrió la puerta y se lanzó al pasillo, esquivando a las doncellas que intentaron detenerla, ignorando sus gritos de "¡Princesa, no puede entrar ahí!". Sus piernas cortas nunca habían corrido tan rápido. Conocía el camino de memoria. La habitación de Eryndor estaba al final del ala este, la que daba al jardín. Él siempre decía que le gustaba despertar con el olor de las rosas.
Cuando llegó, jadeando, la puerta estaba entreabierta. Alcanzó a ver el interior: su hermano en la cama, con el rostro encendido y la frente perlada de sudor, la respiración agitada, el cuerpo tembloroso. Su padre, el rey Aldric, estaba a su lado, sosteniendo su mano, con el semblante devastado por la preocupación. Nana Elle y otros dos curanderos susurraban entre ellos, sus voces tensas e ininteligibles.
Lyra iba a entrar. Iba a lanzarse hacia su hermano. Pero una mano grande y firme la detuvo en el umbral.
—Lyra.
Era su padre. Había visto su reflejo en el marco de la puerta y se había levantado para interceptarla. Ahora estaba arrodillado frente a ella, sujetándola por los hombros, con los ojos azules llenos de una mezcla de amor y angustia.
—Pequeña, no puedes entrar ahora.
—¡Pero Eryndor! —protestó Lyra, forcejeando débilmente—. ¡Está enfermo! ¡Yo quiero verlo!
—Lo sé, lo sé —la voz de Aldric temblaba ligeramente—. Pero los curanderos necesitan examinarlo. Necesitan descubrir qué le pasa. Tú solo estorbarías, pequeña. Y podrías contagiarte.
—No me importa —murmuró Lyra, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas—. Si está enfermo, quiero estar con él.
El rey la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza. Lyra sintió su corazón latiendo acelerado contra el pecho de su padre, sintió el miedo que él intentaba ocultar, la misma desesperación que ella sentía.
—Yo también quiero estar con él —susurró Aldric contra su cabello—. Pero a veces, lo mejor que podemos hacer por las personas que amamos es apartarnos y dejar que los que saben hagan su trabajo. ¿Entiendes?
Lyra no entendía. O más bien, entendía demasiado bien. Entendía que su padre tenía miedo. Entendía que la fiebre de Eryndor era grave. Entendía que nadie sabía qué estaba pasando.
Y entonces, como un latido en lo más profundo de su ser, sintió algo.
No era un pensamiento. Era una presencia. Una calidez conocida que se extendía desde algún lugar dentro de ella, como si su loba, la cachorra blanca de ojos de miel, estuviera de repente mucho más cerca.
"Lyra", escuchó en su mente, y era su voz, esa voz joven y cálida que había resonado en sus sueños. "Lyra, escúchame."
Se quedó inmóvil en el abrazo de su padre, los ojos muy abiertos.
"¿Loba?", pensó, sin saber muy bien si ella podía escucharla.
"Sí, soy yo. No temas. Tu hermano no está muriendo."
Lyra sintió que el corazón le daba un vuelco.
"¿Qué le pasa entonces? ¿Por qué tiene fiebre?"
Hubo una pausa, como si su loba estuviera buscando las palabras adecuadas. Luego, la respuesta llegó, clara y serena.
"Es por él. Por su otra mitad. El lobo que lleva dentro, el que Selene le dio, está despertando."
Lyra frunció el ceño en su mente.
"No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con la fiebre?"
"El don no es solo un regalo, Lyra. Es una transformación. Cuando un humano recibe a un Lobo de Luna, algo cambia en él para siempre. Su cuerpo se adapta, se prepara para albergar a esa otra mitad. Y ese cambio... duele. Produce fiebre. A veces mucha fiebre."
Lyra recordó sus propios días de fiebre, justo después de regresar al pasado. Recordó el calor que iba y venía, la debilidad, los sueños extraños. Nana Elle había dicho que era una fiebre rara, que parecía que algo dentro de ella estaba esperando.
¿Eso me pasó a mí?
"Sí. Tu cuerpo se estaba preparando para mí. Pero tú eres especial, Lyra. Volviste del futuro con un alma que ya había vivido quince años. Tu transición fue más suave porque tu espíritu ya era más fuerte. Eryndor... Eryndor solo tiene diez años. Su cuerpo es más joven, más vulnerable. La fiebre le está golpeando con más fuerza."
La preocupación de Lyra se redobló.
"¿Y si no la supera? ¿Y si..."
No pudo terminar la frase. Su loba la interrumpió con firmeza.
"La superará. Es un Valdris. Tiene sangre fuerte. Pero necesitas ayudar."
"¿Cómo?"
"Tu padre no entiende lo que está pasando. Los curanderos no entienden lo que está pasando. Le darán brebajes equivocados, aplicarán remedios que no funcionan, y solo conseguirán debilitarlo más. Tienes que hablar con tu padre. Tienes que explicarle."
Lyra abrió los ojos de par en par, volviendo al mundo real. Su padre seguía abrazándola, acariciando su cabello con ternura, ajeno por completo a la conversación que estaba teniendo lugar en la mente de su hija de cinco años.
"¿Explicarle? ¿Cómo voy a explicarle que su hijo tiene fiebre porque un lobo está despertando dentro de él? ¡Pensará que estoy loca!"
"No tienes que decírselo todo. Solo lo suficiente. Y hay algo que puede ayudarte."
"¿El qué?"
"En la biblioteca del palacio, en la sección prohibida, hay libros muy antiguos. Libros que hablan de los tiempos en que los Lobos de Luna caminaban entre los mortales. Libros con historias de hombres y mujeres que compartieron su vida con su otra mitad. Si tu padre lee esos libros, empezará a entender."
Lyra frunció el ceño.
"¿Sección prohibida? ¿Cómo voy a entrar yo ahí? Tengo cinco años."
La risa de su loba resonó en su mente como campanillas de plata.
"Tienes cinco años, sí. Pero también tienes una mente de quince. Eres más lista de lo que aparentas, Lyra Valdris. Además... para eso me tienes a mí. Cuando duermas esta noche, hablaremos. Te guiaré. Te diré exactamente qué libros buscar y dónde están."
Antes de que Lyra pudiera responder, su padre se separó ligeramente y la miró a los ojos.
—Pequeña, ¿estás bien? Te has quedado muy quieta de repente.
Lyra parpadeó, volviendo por completo al presente.
—Sí, papá. Solo... solo estaba pensando en Eryndor.
Aldric sonrió con tristeza y le dio un beso en la frente.
—Mi niña valiente. Vamos, te llevaré a tus habitaciones. Y luego volveré con tu hermano, ¿vale?
Lyra asintió, pero mientras su padre la tomaba de la mano y la guiaba de vuelta por el pasillo, su mente ya estaba maquinando. La sección prohibida. Libros antiguos. Hombres lobo. Tenía que encontrar una manera.
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Los días siguientes fueron un tormento.
La fiebre de Eryndor no cedía. Al contrario, parecía intensificarse. El niño deliraba en la cama, llamando a su padre, a su hermana, a veces a personas que nadie conocía. Hablaba de bosques plateados, de un lobo gris de ojos azules, de carreras bajo la luna. Hablaba como si ese lobo fuera él mismo y a la vez otro, como si estuviera descubriendo una parte de sí que siempre había estado ahí, esperando.
Los curanderos fruncían el ceño y negaban con la cabeza, sus diagnósticos cambiaban cada día, sus remedios no funcionaban.
El rey Aldric apenas comía ni dormía. Pasaba las noches en una silla junto a la cama de su hijo, sujetando su mano, susurrándole palabras de ánimo. Lyra lo veía envejecer día a día, las ojeras marcándose bajo sus ojos, el temblor en sus manos cuando acariciaba la frente ardiente de Eryndor.
—No sé qué hacer, Lyra —le confesó una tarde, mientras la sentaba en sus rodillas frente a la chimenea—. Los curanderos no encuentran la causa. Nana Elle dice que nunca ha visto una fiebre así. Que no responde a ningún tratamiento.
Lyra apoyó su cabeza en el pecho de su padre y escuchó los latidos de su corazón, rápidos y erráticos.
—Papá —dijo con su vocecilla de niña, pero con una firmeza impropia de su edad—. ¿Tú crees en las historias antiguas?
Aldric la miró con extrañeza.
—¿Qué historias, pequeña?
—Las de antes. Las de cuando había cosas mágicas en el mundo. Personas que se convertían en lobos y lobos que se convertían en personas. Bosques encantados y gente que volvía de la muerte.
El rey sonrió con tristeza.
—Son solo cuentos, Lyra. Para entretener a los niños.
—Pero si fueran verdad —insistió ella—. Si hubiera libros que contaran esas historias de verdad... ¿dónde estarían?
Aldric frunció el ceño, claramente desconcertado por el rumbo de la conversación.
—En la biblioteca, supongo. Pero son leyendas, pequeña. No tienen nada que ver con la enfermedad de tu hermano.
Lyra no insistió más. Pero esa noche, cuando su padre volvió junto a Eryndor y las doncellas la arroparon y se fueron, ella no durmió. Esperó, con los ojos muy abiertos en la oscuridad, hasta estar segura de que nadie volvería a comprobar cómo estaba.
Luego, se levantó.
Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y contuvo un escalofrío. Fuera, la luna brillaba con fuerza, derramando su luz plateada a través de la ventana. Lyra la miró y sintió, una vez más, esa calidez en su pecho.
"¿Estás ahí?", pensó.
"Siempre", respondió la voz de su loba. "¿Lista?"
"Lista."
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La puerta de su habitación se abrió sin hacer ruido. El pasillo estaba desierto, iluminado apenas por las antorchas que ardían a intervalos regulares. Lyra conocía el camino a la biblioteca: había ido muchas veces con Eryndor, cuando él le enseñaba los libros ilustrados. Pero la sección prohibida... esa era otra historia.
"Ve hacia la izquierda", guio su loba en su mente. "Al fondo del pasillo, antes de la escalera principal. Hay una puerta pequeña, casi oculta detrás de un tapiz."
Lyra caminó con sigilo, pegada a la pared, esquivando las zonas más iluminadas. Su corazón latía con fuerza, pero no era miedo. Era determinación.
Encontró el tapiz sin problemas: un enorme paño que representaba una cacería, con caballos y perros y ciervos. Detrás, tal como su loba había dicho, había una puerta de madera oscura, sin picaporte aparente.
"¿Y ahora cómo entro?"
"Apoya la mano en la madera y piensa en mí."
Lyra obedeció. Cerró los ojos, apoyó su diminuta palma sobre la puerta y pensó en su loba. En su pelaje blanco como la luna. En sus ojos color miel. En la calidez de su presencia.
La puerta emitió un chasquido suave y se abrió hacia dentro.
Lyra sonrió en la oscuridad.
"Eres increíble."
"Ya lo sé", respondió ella con orgullo infantil. "Ahora entra. Date prisa."
La sección prohibida era pequeña, apenas una habitación circular con estantes que subían hasta el techo. Olía a polvo y a papel viejo, a siglos guardados en silencio. La luz de la luna se colaba por un ventanuco alto, bañando los lomos de los libros con un resplandor plateado.
"Tercer estante, empezando por la izquierda. Busca uno encuadernado en piel gris. No tiene título en el lomo."
Lyra se acercó de puntillas, alzando la vista hacia los estantes. Eran demasiado altos para ella. Por un momento, el desánimo la invadió.
"No alcanzo."
"Hay un taburete detrás de la puerta."
Lyra lo encontró, lo arrastró con cuidado y se subió. Sus pequeños dedos recorrieron los lomos de los libros, todos antiguos, todos polvorientos. Hasta que encontró uno que no era como los demás.
Era de piel gris, sí, pero no una piel cualquiera. Parecía... pelaje. Suave al tacto, cálido, como si el libro estuviera vivo. Lyra lo cogió con ambas manos y bajó del taburete.
"Este es."
"Llévaselo a tu padre. Dile que lo lea. Que preste atención a las historias de los Primeros Vínculos. Las que hablan de cómo los humanos despertaban a su otra mitad."
Lyra sostuvo el libro contra su pecho, sintiendo su calidez.
"¿Y si no me cree?"
La loba guardó silencio un momento. Luego, su voz resonó con una seriedad que Lyra no le había escuchado antes.
"Confía en él. Es tu padre. Y es un buen hombre. Los buenos hombres, cuando aman, son capaces de creer en lo imposible con tal de salvar a los que quieren."
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A la mañana siguiente, Lyra esperó a que su padre saliera un momento de la habitación de Eryndor para desayunar algo. Lo interceptó en el pasillo, con el libro gris escondido detrás de su espalda.
—Papá, ¿puedo hablar contigo?
Aldric la miró con cansancio, pero se arrodilló frente a ella.
—Claro, pequeña. ¿Qué pasa?
Lyra respiró hondo. Este era el momento.
—Sé lo que le pasa a Eryndor.
El rey frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Tuve sueños —dijo Lyra, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Sueños muy raros, cuando yo también tuve fiebre. Y en esos sueños, alguien me explicaba cosas. Me decía que iba a pasar algo. Que Eryndor se iba a poner enfermo igual que yo, pero más fuerte. Y me dijo que buscara esto.
Sacó el libro de detrás de su espalda y se lo ofreció.
Aldric lo tomó con manos temblorosas. Observó la cubierta de piel gris, el tacto extraño, la ausencia de título. Lo abrió por una página al azar y sus ojos recorrieron las letras antiguas.
Lyra observaba su rostro, el miedo y la confusión reflejados en él.
—Papá —dijo con su vocecilla, pero con una firmeza impropia de una niña de cinco años—. Eryndor no está enfermo de verdad. Bueno, sí, pero no es una enfermedad normal. Es un cambio. Algo bueno va a pasar, pero tiene que pasar. Si los curanderos le dan muchas medicinas, pueden hacerle daño. Solo necesita tiempo. Y que estemos con él.
Aldric la miró fijamente, sus ojos azules buscando en los de ella algo, cualquier cosa, que explicara lo que estaba oyendo.
—Lyra... ¿cómo sabes todo esto?
—Porque a mí me pasó —respondió ella con sinceridad—. Cuando tuve fiebre, sentí que algo cambiaba dentro de mí. Algo que estaba esperando. Y ahora sé que lo que esperaba era... era una amiga. Una amiga que vivirá dentro de mí cuando sea un poco más mayor. Eryndor también tiene uno esperando dentro de él. Pero es más grande que el mío, y le está costando más despertar.
Aldric miró el libro, miró a su hija, miró de nuevo el libro. Podría haberlo achacado a la imaginación de una niña, a los delirios de una fiebre reciente. Pero había algo en los ojos de Lyra, algo demasiado serio, demasiado sabio, que le heló la sangre.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó al final, su voz apenas un susurro.
Lyra sonrió, y en esa sonrisa había un alivio inmenso.
—Leer ese libro. Y confiar en que Eryndor es más fuerte de lo que parece.
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Esa noche, el rey Aldric no durmió en la silla junto a su hijo.
Se sentó en su escritorio, con el libro gris abierto frente a él, y leyó a la luz de las velas hasta que sus ojos no pudieron más. Leyó historias de hombres y mujeres que habían despertado a su otra mitad, que habían aprendido a convivir con el lobo interior. Leyó sobre las fiebres de iniciación, sobre los sueños compartidos, sobre el vínculo que trascendía la propia identidad. Leyó sobre los Primeros Vínculos, aquellos que habían fundado las dinastías más antiguas, aquellos que habían protegido los reinos en tiempos inmemoriales.
Y cuando, al amanecer, cerró el libro, sus ojos estaban llenos de lágrimas y su corazón latía con una esperanza que hacía días no sentía.
Fue a la habitación de Eryndor, se sentó junto a su cama, y en lugar de llamar a los curanderos para que le aplicaran más remedios, simplemente tomó su mano y empezó a hablarle.
—He leído cosas increíbles esta noche, hijo —susurró—. Cosas que nunca creí posibles. Pero si hay una posibilidad, solo una, de que todo sea cierto... entonces no voy a interponerme. Voy a estar aquí. Esperando contigo. Pase lo que pase. Esperando a que conozcas a quien llevas dentro.
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La fiebre de Eryndor duró dos días más.
Y en la madrugada del tercer día, cuando la luna aún brillaba en el cielo y el palacio entero dormía, algo cambió.
Lyra despertó de repente, con el corazón latiéndole acelerado. No sabía qué la había sacado del sueño, pero una sensación extraña recorría su cuerpo, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad.
"¿Loba?", pensó.
"Ya viene", respondió ella, y su voz temblaba con una emoción que Lyra nunca le había escuchado. "Ya viene, Lyra. Tu hermano... está ocurriendo. Su lobo está despertando del todo."
Sin pensarlo dos veces, Lyra saltó de la cama y corrió descalza por el pasillo. No sabía qué iba a encontrar, pero sabía que debía estar allí.
Cuando llegó a la habitación de Eryndor, la puerta estaba abierta. Su padre estaba dentro, de pie junto a la cama, con el rostro desencajado por una mezcla de terror y asombro. Nana Elle, que había acudido al oír los ruidos, estaba detrás de él, con una mano sobre el corazón y los ojos como platos.
—¡Por todos los dioses! —susurró la curandera, santiguándose—. ¡Nunca había visto cosa igual!
Lyra se abrió paso entre ellos y contuvo el aliento.
Eryndor ya no estaba en la cama.
En su lugar, en el suelo de la habitación, un cuerpo se retorcía entre las mantas caídas. Pero no era un cuerpo humano. No del todo.
—¡Eryndor! —gritó Aldric, dando un paso hacia su hijo.
—¡No! —la voz de Lyra salió firme, deteniendo a su padre—. No te acerques. Tiene que pasar. Duele, pero tiene que pasar. Está conociendo a su lobo.
Aldric la miró, y en los ojos de su hija de cinco años vio una certeza que le heló la sangre. Obedeció.
Lo que ocurrió después lo recordaría el rey Aldric el resto de su vida.
El cuerpo de Eryndor comenzó a convulsionarse. Pero no eran las convulsiones de una enfermedad. Era algo más profundo, más primitivo. Un sonido seco y horrible llenó la habitación: un crujido, como cuando se parte una rama gruesa, pero multiplicado por cien.
Crac.
Eryndor gritó. Era un grito de dolor, sí, pero también de algo más. De algo que nacía.
Crac. Crac. Crac.
Los huesos se rompían y se reacomodaban bajo su piel. Su columna se arqueó de una manera imposible, y luego volvió a enderezarse, más larga, más flexible. Sus brazos se estiraron, las manos se deformaron, los dedos se acortaron mientras las uñas se oscurecían y se curvaban en garras.
Crac. Crac. Crac.
Las piernas se replegaron sobre sí mismas, adoptando una forma completamente diferente. La mandíbula se alargó, los dientes crecieron, se afilaron. La piel se cubrió de un vello que crecía a ojos vistas, espeso, gris, como la tormenta.
Aldric retrocedió un paso, sujetando a Lyra contra su pecho, sin saber si debía protegerla de aquello o protegerla para aquello.
—Dioses misericordiosos —susurró Nana Elle, cayendo de rodillas—. Es... es un hombre lobo.
—No —dijo Lyra, con una calma que helaba la sangre—. Es un Lobo de Luna. Y no es "un" lobo. Es mi hermano. Es él, pero también es su otra mitad. Las dos cosas a la vez.
El último crujido resonó en la habitación. Luego, el silencio.
Durante un instante eterno, nadie se movió.
En el suelo, donde antes había un niño de diez años retorciéndose de dolor, ahora yacía un lobo enorme. Su pelaje era gris, del color de las nubes de tormenta, con reflejos plateados que brillaban a la luz de la luna que entraba por la ventana. Su tamaño era imponente: del lomo a la cruz debía medir casi tanto como un hombre adulto. Y sus ojos... sus ojos eran azules. Azules como el hielo más profundo, azules como los del niño que había sido.
El lobo abrió los ojos y miró a su alrededor.
Su mirada encontró primero a Lyra. Y en esos ojos azules, Lyra vio a su hermano. Vio reconocimiento, vio confusión, vio miedo. Pero también vio algo más: una inteligencia nueva, antigua a la vez, una conciencia que no estaba solo en esos ojos, sino en todo su ser.
"Lyra", escuchó en su mente, pero no era solo la voz de Eryndor. Era una voz nueva, más profunda, que se mezclaba con la de su hermano. "Lyra... soy yo. Los dos. Somos... los dos."
"Lo sé", pensó Lyra con todas sus fuerzas. "Lo sé, Eryndor. Estás bien. Los dos están bien. Sean bienvenidos."
Luego, el lobo gris miró al rey Aldric.
El rey Valdris, que había enfrentado batallas, conspiraciones y la muerte de su esposa, que había gobernado con mano firme durante veinte años, sintió que las piernas le temblaban. Pero no se apartó. No huyó.
—Eryndor —dijo, con voz ronca—. Hijo... ¿eres tú?
El lobo dio un paso adelante. Luego otro. Se acercó lentamente a su padre, con las orejas gachas, el cuerpo bajo, en una postura que cualquier conocedor de perros habría identificado como sumisa. Cuando llegó a sus pies, apoyó su enorme cabeza contra la pierna de Aldric y emitió un sonido suave, un gemido casi, como un cachorro que busca consuelo.
Aldric contuvo el aliento. Luego, muy despacio, extendió la mano y la posó sobre la cabeza del lobo.
El pelaje era suave, increíblemente suave, y bajo él se sentía el calor del cuerpo, el latido de un corazón. Su corazón. El corazón de su hijo. Pero también otro latido, otro corazón, el del lobo que ahora era parte de él.
—Eryndor —susurró de nuevo, y esta vez su voz se quebró—. Hijo mío. Los dos, hijo mío.
El lobo gris alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Y en esos ojos azules, Aldric vio lágrimas. Lágrimas de lobo, sí, pero lágrimas de su hijo también. Y oyó una voz en su mente, clara como el agua, que decía:
"Padre... no temas. Soy yo. Somos nosotros. Y estamos aquí."
Aldric sintió que las lágrimas propias comenzaban a deslizarse por sus mejillas. Sin soltar la cabeza del lobo, se arrodilló frente a él y lo abrazó. Abrazó a su hijo. Abrazó al lobo. Abrazó a ambos.
—Bienvenido —susurró—. Bienvenido, hijo mío.
Lyra observaba la escena con una sonrisa radiante. A su lado, Nana Elle lloraba en silencio, sus manos aún juntas en oración.
"¿Lo ves?", escuchó Lyra en su mente. Era su loba, la blanca, la de ojos de miel. "Todo ha salido bien."
"Gracias", pensó Lyra. "Gracias por ayudarme."
"Para eso estamos", respondió ella. "Para ayudarnos. Tú a mí, yo a ti. Como ellos. Como siempre debió ser."
Pero por ahora, ver a su hermano y a su padre así, unidos en un abrazo que trascendía lo humano y lo animal, era suficiente.
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A la mañana siguiente, cuando Lyra entró en la habitación de su hermano, encontró a Eryndor sentado en la cama, pálido pero sonriente, devorando un cuenco de caldo que Nana Elle le había preparado.
—¡Lyra! —exclamó al verla, con una energía que no parecía propia de alguien que había pasado una semana con fiebre y se había transformado en lobo la noche anterior—. ¡Ha pasado! ¡Ya está aquí!. Ahora somos nosotros.
Lyra se sentó en el borde de su cama y sonrió.
—Lo sé. Te oí anoche. Los dos.
Eryndor la miró con los ojos muy abiertos.
—¿Oíste a los dos? ¿A mí y a...?
—A ti y a tu lobo —confirmó Lyra—. Son una misma voz ahora. O dos voces que suenan juntas. Es hermoso.
El niño rió, una risa débil pero auténtica, y abrazó a su hermana con todas sus fuerzas.
—Eres la mejor hermana del mundo, Lyra.
—Ya lo sé —respondió ella, abrazándolo de vuelta—. Pero me gusta que te acuerdes.
Desde la puerta, el rey Aldric observaba la escena con una mezcla de asombro y gratitud. Aún podía sentir el eco de aquella voz doble en su mente, aún podía recordar el peso de la cabeza del lobo contra su pierna.
Dos años, pensó. Lyra también despertará a su loba. Y entonces... entonces el mundo cambiará.
Pero por ahora, sus hijos estaban bien. Su hijo era ahora algo más, algo maravilloso. Y eso era suficiente.
Mientras se giraba para dar instrucciones a los sirvientes, no vio la mirada que Lyra dirigió hacia la ventana, hacia el cielo donde, aunque era de día, ella sabía que la luna seguía esperando.
Dos años. Solo dos años para ese encuentro.
Y luego, nada volvería a ser igual.