Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 32
Capítulo 32
El Pulitzer
El teléfono sonó a las seis de la mañana. Valentina lo dejó vibrar contra la mesita de noche, enterró la cara en la almohada y esperó a que parara. No paró.
Extendió el brazo. La pantalla decía "Elena Cisneros" y debajo, tres llamadas perdidas.
—Dime que no estabas durmiendo —la voz de Elena llegó demasiado alta, demasiado rápida.
—Estaba durmiendo.
—CANDY ganó el Pulitzer.
Valentina se sentó en la cama. El edredón resbaló hasta su cintura. A su lado, Santiago no se movió.
—Repite eso.
—Feature Photography. Lo acaban de anunciar. Mora, tu nombre está en la página de Columbia ahora mismo. Ahora. Mismo.
Valentina miró la pared del departamento. Cuarenta metros cuadrados. La grieta en el techo que Santiago prometía arreglar cada domingo. La luz gris de San Lorenzo entrando por la ventana sin cortinas.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—¿Eso es todo? ¿"Sí"? Acabo de decirte que ganaste un Pulitzer.
—Lo escuché, Elena.
Un silencio. Después, más suave:
—¿Estás bien?
Valentina cerró los ojos. La imagen volvió sin permiso: el cadáver de la niña sobre el asfalto, el vestido de algodón con estampado de dulces, la mano abierta como esperando que alguien se la tomara. El dedo de Valentina sobre el obturador. El clic.
—Estoy bien. Gracias por llamar.
Colgó. Se quedó mirando la pantalla hasta que se apagó sola.
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Santiago gritó a las tres de la madrugada.
No era la primera vez. Valentina ya conocía el protocolo: no tocarlo, no sacudirlo, hablarle desde lejos hasta que el cuerpo entendiera que la guerra estaba en otro lugar.
—Santiago. Estás en San Lorenzo. Estás en casa.
Él abrió los ojos. Respiraba por la boca, el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. La camiseta empapada. Valentina encendió la lámpara del buró.
Santiago se sentó en el borde de la cama y apoyó los codos en las rodillas. Las manos le temblaban.
—¿El mismo? —preguntó ella.
Él asintió sin mirarla.
Valentina no preguntó más. Sabía lo que él le había contado: una familia. Cinco personas. El veintiséis de septiembre. Más allá de eso, Santiago cerraba como una puerta blindada.
Fue a la cocina, llenó un vaso con agua del grifo y se lo llevó. Él lo tomó con las dos manos, como un niño.
—Eran cinco —dijo Santiago, la voz raspada—. La madre tenía puestos unos aretes de plata. No sé por qué recuerdo eso.
Valentina se sentó a su lado. No lo tocó.
—Los aretes.
—Sí.
—¿Qué más recuerdas?
Santiago bebió el agua de un trago. Dejó el vaso en el suelo.
—Que me miraban.
El reloj de la cocina marcaba las tres y cuarto. Afuera, San Lorenzo dormía sin enterarse de nada.
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La carta del Ministerio de Defensa llegó un martes. Programa "Nuestra Bandera": cobertura doméstica de operaciones militares. Valentina leyó los términos tres veces, firmó y mandó el sobre de regreso el mismo día.
Esa noche, mientras ella cocinaba arroz con lo que quedaba en la alacena, Santiago puso un papel doblado sobre la barra de la cocina.
—¿Qué es eso?
—Autorización médica. Me reincorporo el lunes.
Valentina bajó la cuchara.
—¿Te dieron el alta?
—Restringida. Sin operaciones de campo por ahora. Pero ya no es escritorio.
Lo miró. Santiago tenía los brazos cruzados, la espalda contra el refrigerador. La postura de alguien que espera un golpe.
—¿Y el tinnitus?
—Manejable.
—Santiago.
—Manejable, Valentina.
Ella volvió a revolver el arroz. El vapor le subía a la cara.
—Bien.
—¿Bien?
—Tú tienes tu autorización. Yo tengo mi acreditación. Los dos volvemos.
Él la observó un momento largo. Después cruzó la cocina, le quitó la cuchara de la mano y la abrazó por detrás, la barbilla sobre su cabeza. Valentina sintió su respiración contra el pelo.
—Tu arroz se va a quemar —dijo él.
—Siempre se quema.
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La estación de tren de San Lorenzo tenía dos andenes, un reloj que atrasaba once minutos y un puesto de café que solo abría los jueves. Era viernes.
Valentina llevaba la mochila de siempre, la cámara al cuello y una maleta pequeña. El tren a la capital salía a las siete cuarenta y cinco. Santiago la había acompañado a pie desde el departamento.
—El programa empieza el lunes —dijo ella—. Tengo que registrarme antes.
—Lo sé.
—Son dos días. Tres a lo mucho.
—Lo sé, Valentina.
Ella lo miró. Santiago tenía las manos en los bolsillos de la chaqueta, el pelo revuelto por el viento de la mañana. La cicatriz sobre la ceja izquierda más visible con la luz rasante.
—¿Vas a estar bien?
—Soy un adulto funcional.
—Eso es discutible.
La esquina de su boca subió un milímetro.
El tren entró en la estación con un chirrido largo. Valentina se colgó la mochila, agarró la maleta y dio un paso hacia el andén. Se detuvo. Se volteó. Se paró de puntas y lo besó en la mandíbula.
—Come algo que no sea café.
—No prometo nada.
Ella subió al vagón. Encontró un asiento junto a la ventana y puso la maleta arriba. Cuando miró hacia el andén, Santiago seguía ahí, las manos en los bolsillos.
El tren se sacudió. Empezó a moverse.
Santiago desapareció de su campo de visión.
Valentina sacó su libreta. Abrió una página en blanco. Escribió la fecha y debajo: "Nuestra Bandera - día cero." Después miró por la ventana. Los techos de San Lorenzo se alejaban como maquetas.
Alguien tocó su hombro.
Se volteó. Santiago estaba de pie en el pasillo, sin aliento, con un boleto arrugado en la mano.
—¿Qué haces aquí?
—Hoy es fin de semana. Déjame ir contigo primero.
—No tienes equipaje.
—Tengo un cepillo de dientes en tu mochila desde hace tres semanas.
Valentina lo miró. Él estaba despeinado, respiraba por la boca y el boleto parecía haber pasado por una guerra. No había asientos libres. Santiago se agarró de la barra del techo y se quedó de pie junto a ella.
—Estás loco.
—Posiblemente.
—El tren tarda cuatro horas.
—Sé contar.
Valentina cerró la libreta. No pudo evitar la sonrisa.
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En la terminal de la capital, un grupo de cinco personas con chalecos del Ministerio de Defensa esperaba junto a la salida. Valentina los reconoció: periodistas del programa. Dos camarógrafos, una productora, un editor y una reportera joven con credencial de prensa.
La reportera miró a Santiago. Después lo miró otra vez.
—Tú eres Herrera —dijo—. El del documental de Naciones Unidas. El de la misión de paz en Tabora.
Santiago no contestó.
—Dios, sí eres tú. Salías desactivando un artefacto con las manos desnudas. Mi profesor lo pasó en clase tres veces.
—Usaba guantes —dijo Santiago.
La reportera se volteó hacia el grupo.
—¿Saben quién es? Es el sargento del documental de Tabora.
Los cinco lo miraron. Santiago dio medio paso atrás, imperceptible. Valentina lo notó. Notó también cómo su mano derecha buscó el bolsillo como un reflejo.
—Es mi acompañante —dijo Valentina, tomándolo del brazo—. Y necesita un café antes de hablar con seres humanos.
Lo jaló hacia la salida. Santiago se dejó llevar.
Afuera, la capital olía a lluvia reciente y a diésel. El cielo estaba gris y enorme. Santiago caminaba medio paso detrás de ella, callado.
—Gracias —dijo, tan bajo que casi se lo llevó el ruido de la calle.
Valentina no se volteó.
—Me debes un desayuno.
Caminaron hacia la avenida. Sus sombras se estiraban sobre el pavimento mojado, una al lado de la otra, como si supieran algo que ellos todavía no.
A cuatro horas de distancia, en el departamento vacío de San Lorenzo, el vaso de agua seguía en el suelo junto a la cama. Y la grieta en el techo seguía sin arreglarse.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.