Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.
Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.
Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.
Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.
Pero la venganza fue solo el comienzo.
Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.
Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.
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32
El tiempo siguió corriendo y arrastraba a Rodrigo cada vez más hondo en una espiral de problemas sin fondo. El día temido llegó por fin: el vencimiento de todas las deudas acumuladas.
No era una ni dos facturas pendientes, sino una montaña de obligaciones que amenazaba con sepultar tanto su vida como la empresa que alguna vez fue su orgullo.
El dinero que un día tomó con tanta facilidad para tapar los huecos financieros se había convertido en una soga que le apretaba el cuello cada vez con más fuerza.
Esa mañana, apenas había puesto un pie en su despacho sin tiempo siquiera de sentarse, Darío entró blanco como un papel, temblándole el cuerpo entero, cargando un fajo de cartas de cobro y avisos de vencimiento.
—Señor... —la voz le salió casi inaudible, con los ojos clavados en el suelo, incapaz de enfrentar la mirada de su jefe—. Ya están aquí. Los representantes del banco y la gente de la financiera están esperando en el vestíbulo. Dicen que... hoy es el plazo final. Si el dinero no aparece, van a embargar los activos de la empresa, el edificio... incluso sus bienes personales.
Rodrigo sintió que el suelo se sacudía bajo sus pies. Las piernas le flaquearon y tuvo que sostenerse del borde del escritorio. El sudor frío le empapó el cuerpo entero.
—¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡Pídanles una prórroga! —ladró con la voz rota, tratando de ocultar el pánico—. ¡Díganles que necesito más tiempo! ¡Que les digan que un proyecto grande está a punto de cerrar!
Darío negó con la cabeza, derrotado.
—Ya se lo dije varias veces, señor. Pero no quieren escuchar razones. El banco dijo que este es el último aviso. Y los otros... —Darío tragó con dificultad— los otros dicen que si no les pagamos de inmediato, van a traer maquinaria pesada y van a tirar la reja del frente.
Esa última frase le derrumbó el poco valor que le quedaba. Sabía perfectamente quiénes eran esos otros. Tenían que ser los hombres del señor Barrera, el dueño de la financiera clandestina que le había presentado Adrián, el hermano de Andrea. Y esa gente jugaba rudo; no dudaban en amenazar de muerte si no veían su dinero de vuelta.
Rodrigo se dejó caer en su sillón ejecutivo. Ese sillón que un día simbolizó su poder ahora se sentía como una silla de ejecución. Se agarró el pelo con ambas manos, la mente dándole vueltas sin control.
La caja de la empresa estaba vacía. Las ventas se habían desplomado. Los accionistas habían huido. Los clientes de antes se negaban a colaborar de nuevo. Y la única persona con la red de contactos necesaria para rescatarlo era... Andrea. La mujer a la que había traicionado. Pero ¿dónde estaba?
Tiene que haber una salida... tiene que haberla, mascullaba sin sentido, con la mirada perdida en el escritorio que alguna vez estaba siempre lleno de documentos esperando solo su firma.
Tengo que ver a Andrea..., susurró con la respiración entrecortada. Solo ella puede sacarme de esto. Si es necesario me arrodillo, con tal de que me ayude a salir de este agujero.
Se levantó de un salto y salió del despacho. Aplastó toda la vergüenza que le quemaba por dentro, se tragó cada gramo del orgullo que había exhibido toda su vida, todo por esa última esperanza que le quedaba.
Caminó directo hacia la oficina de Rosario, la asistente que siempre había estado al lado de Andrea. Ahora era el único puente que podía conectarlo con su esposa.
Se detuvo frente a la puerta para normalizar la respiración, y luego entró sin tocar.
—Rosario... —la llamó con urgencia.
Rosario, que revisaba unos expedientes, levantó la cabeza sorprendida y se puso de pie con gesto respetuoso, a pesar de que lo detestaba. El hombre que le había puesto los cuernos a la señora Andrea. A su jefa.
—¿Sí, señor? —respondió con cortesía forzada.
—Necesito que llames a Andrea. Dile que quiero verla, que tengo algo muy importante que hablar con ella —pidió Rodrigo suavizando el tono. Nada de gritos esta vez; necesitaba ganarse la voluntad de Andrea.
Rosario soltó un suspiro discreto y asintió.
—Está bien, señor. La llamo ahora mismo. Un momento.
Rodrigo contuvo el aliento sin quitarle la vista de encima a las manos de Rosario mientras marcaba el número, atento a cada mínimo cambio en su expresión mientras hablaba. Los segundos se le hicieron eternos, hasta que finalmente Rosario bajó el teléfono y lo miró.
En ese instante, un destello de esperanza volvió a encenderse en los ojos apagados de Rodrigo. El corazón le golpeaba el pecho con fuerza, a la espera de la respuesta.
—La señora Andrea aceptó verlo —dijo Rosario con voz queda—. No está lejos de aquí. Lo espera en un restaurante, a unas cuadras. La dirección es esta... —anotó el nombre del lugar en un pedazo de papel y se lo tendió.
—¡Gracias... muchas gracias, Rosario! —exclamó Rodrigo con un alivio casi eufórico, como si le acabaran de devolver la vida. Sin perder un segundo más, salió corriendo de la oficina, tan apurado que parecía temer que la oportunidad fuera a esfumarse.
En el auto, mientras se dirigía al punto indicado, los pensamientos le volaban. ¿Cómo logro que ceda? Tengo que conseguir que me ayude. Al menos si ella puede pedirle a su hermano que hable con Barrera, me quito un problema de encima.
De pronto le llamó la atención una florería bonita al borde de la avenida. Una idea le cruzó la mente. ¡Sí! ¡Flores! ¿A qué mujer no le gustan las flores? Nunca se me ocurrió antes. A partir de hoy le voy a llevar flores siempre. Esto seguro la ablanda. En cuanto me vea llegar con un ramo y una disculpa...
Detuvo el auto, bajó y entró en la tienda. Pidió un ramo al azar, porque no tenía idea de qué flores le gustaban a su esposa. Lo agarró lleno de ilusión, imaginándose a Andrea sonriéndole con dulzura, cediendo, volviendo a sus brazos como antes.
Solo necesito un poco más de esfuerzo, un poco de dulzura, y seguro me da el dinero que necesito.
Con paso enérgico volvió al auto y aceleró hacia el restaurante donde Andrea lo esperaba. Cargando una esperanza falsa que él mismo se había fabricado.
*
—¡Cariño! —exclamó Rodrigo en cuanto la vio sentada en una de las mesas. Se apresuró hacia ella con zancadas largas, ansioso por alcanzar a la mujer que hacía tanto no veía. Nada más llegar, hizo ademán de abrazarla.
Pero apenas comenzó a inclinarse, Andrea arrastró la silla hacia atrás con un chirrido seco y levantó una mano en un gesto tajante para que se detuviera. Lo contempló con frialdad, sin un asomo de alegría ni de nostalgia.
—Si tienes algo que decir, dilo —pronunció Andrea con un tono plano, completamente inmune al momento—. No tengo mucho tiempo.
Dentro del pecho de Rodrigo, la rabia empezó a burbujear. Sentía que su esposa lo trataba cada vez peor, sin el mínimo respeto que le correspondía como marido. Antes, ella siempre lo recibía con una sonrisa radiante. ¿Y ahora? Ni siquiera lo dejaba tocarla. Pero como sabía que estaba en posición de necesitar ayuda, se obligó a tragarse la irritación.
Conteniendo la respiración, abandonó el intento de abrazo. Jaló la silla frente a Andrea y se sentó despacio. Su rostro se transformó en una máscara de tristeza y súplica. Con toda la esperanza del mundo, le tendió el enorme ramo de rosas rojas que había comprado a precio alto.
—Cariño... es para ti.
Sin embargo...