Alice, de 19 años, conoció a Alexei Fiore, quien se sintió atraído por ella y le propuso ser su novia. Ella rechazó, pero él ordenó atacar a su padre, dejándolo gravemente herido. Incapaz de pagar las cirugías, Alice terminó aceptando el trato de Alexei.
(En edición)
NovelToon tiene autorización de Eilish Xan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3 (Editado)
[Narra Alice]
La madrugada estaba envuelta en un silencio sofocante. Apenas podía respirar con la duda que me consumía por dentro. Tenía que preguntarle. Tenía que saber si entre mi padre y Rose existía algo… aunque la sola idea me partiera en mil pedazos.
Me levanté con pasos inseguros y caminé hasta la cocina. Allí estaba él, bebiendo un vaso de agua bajo la tenue luz. Su figura se veía cansada, desgastada… pero había algo más. Algo oculto.
—Hola, padre… —mi voz salió baja, casi rota.
Él giró hacia mí, sobresaltado, con el vaso a medio camino. Sus ojos se abrieron como si hubiese visto un fantasma.
—¿Alice? ¿Qué haces despierta? —su voz sonó seca, cortante—. Vuelve a tu habitación ahora mismo.
No obedecí. Negué con la cabeza, apretando los puños. El miedo me estaba desgarrando, pero la necesidad de saber era más fuerte.
—Padre… —respiré hondo, sentí cómo me temblaban los labios—, ¿tienes algo con Rose?
El silencio se volvió insoportable. El vaso en su mano vibró ligeramente. Pude ver la furia y la incomodidad mezclándose en su rostro.
—¡Alice! —su voz retumbó como un trueno—. No vuelvas a decir algo así. Sabes perfectamente que no hay mujer en mi corazón más que tu madre. Ella nos abandonó, sí, pero sigue siendo… —se detuvo, bajó la mirada y murmuró con un rastro de dolor— la única mujer de mi vida.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Una punzada de culpa me atravesó el pecho. ¿De verdad había dudado de él? ¿De mi propio padre? ¿En qué me había convertido?
Con lágrimas amenazando en mis ojos, me acerqué y lo abracé fuerte, buscando perdón en ese gesto.
—Perdóname, padre… no sé en qué estaba pensando…
Él no respondió. Su silencio fue tan pesado como un grito.
Intentando recuperar la calma, pregunté en un susurro:
—Entonces… ¿qué haces despierto a estas horas?
Se apartó lentamente, dejando el vaso en la mesa. Su rostro adquirió un aire melancólico, casi quebrado.
—Alice, ¿recuerdas el restaurante que tenía con tu madre? —asentí, sorprendida—. Pues… nunca lo vendí. Lo conservo. De ahí provienen nuestros ingresos. Si no fuera por eso, lo que gano como conserje jamás alcanzaría ni para comer.
Lo dijo con la voz cargada de cansancio, como si cada palabra le costara.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste? —pregunté, sintiendo que el aire se me iba—. Creí que habías vendido ese lugar hace mucho.
Él bajó la mirada, sus manos temblaban.
—Estuve a punto de hacerlo… pero con unos ahorros logré ponerlo en funcionamiento. Es un restaurante sencillo, nada más, pero… nos mantiene a flote.
Mi corazón se apretó. Lo miré con los ojos húmedos, con el alma hecha pedazos.
—Padre… no me ocultes más cosas, por favor. Soy tu hija, y aun así siento que no te conozco… siento que estás luchando batallas solo y me dejas fuera. No me hagas esto.
Por un segundo, lo vi quebrarse. Y entonces me abrazó con fuerza, como si ese abrazo cargara años de secretos.
Me fui a dormir con la mente revuelta, pero con un extraño alivio: al menos él seguía ahí. Él seguía siendo mi padre.
Aunque, en el fondo, una duda oscura todavía me carcomía: ¿realmente me había dicho toda la verdad?
...----------------...
El viento frío de la tarde soplaba sobre el campus, levantando hojas secas en el suelo. Yo solo quería llegar a casa, perderme entre mis pensamientos y mi rutina… pero entonces lo vi.
Un hombre estaba apoyado contra un auto negro, elegante, oscuro, tan fuera de lugar que parecía una figura sacada de otra realidad. No era un estudiante, tampoco un profesor. Su porte imponía, sus ojos lo devoraban todo a su alrededor. Y, lo peor, era que había algo en él que me resultaba inquietantemente familiar.
Lo recordaba.
Lo había visto una sola vez, en los pasillos de la universidad, meses atrás. Se me había acercado de la nada, con esa mirada penetrante que ahora volvía a clavarme, y me preguntó con voz grave:
—¿Conoces a Annie?
Me quedé tan confundida aquella vez que apenas logré balbucear un “sí”, dándole la poca información que tenía. Y se fue. Así, como si nunca hubiera existido.
Desde entonces, lo había borrado de mi mente. Hasta hoy.
Ahora estaba aquí otra vez, esperándome como si nos conociera de toda la vida.
Intenté esquivarlo, pero su voz retumbó con autoridad:
—Tú. Ven conmigo.
Me quedé paralizada.
—¿Qué?… ¿Por qué? —pregunté, incapaz de ocultar mi desconcierto.
Él avanzó hacia mí con paso firme, y cada uno de sus movimientos tenía ese aire de alguien que siempre obtiene lo que quiere. Mi pecho subía y bajaba rápido, la sensación de peligro me envolvía, pero también esa absurda idea de que no podía escapar.
—Tenemos que hablar —dijo, sin rodeos.
—Pero… ni siquiera sé quién eres. —Mi voz temblaba, y era verdad. Solo tenía ese vago recuerdo suyo, preguntando por Annie, como un fantasma de un momento insignificante.
Él sonrió con arrogancia, inclinando apenas la cabeza.
—Oh, sí sabes quién soy. Puede que no me conozcas a fondo, pero me recuerdas. Y eso me basta.
Antes de que pudiera protestar, tomó mi brazo con firmeza. No me lastimó, pero su toque fue suficiente para dejar claro que no tenía elección. La gente alrededor fingía no mirar, y yo… yo me sentía atrapada en una realidad que no comprendía.
Lo seguí, con el corazón desbocado, hasta una cafetería cercana.
⸻
En la cafetería
El olor a café no logró calmarme. Estaba sentada frente a él, demasiado cerca, demasiado expuesta. Alexei —sí, escuché su nombre en murmullos en la universidad aquella vez— me observaba con esa calma que me resultaba insoportable.
—Voy a ir directo al punto —dijo, con una voz tan fría que me atravesó—. Quiero doce meses de tu vida.
Lo miré confundida, incrédula.
—¿Cómo?
—Un año conmigo. —Su tono era frívolo, cortante, como si hablara de una transacción cualquiera—. Serás mía. Sin preguntas, sin condiciones. Yo me encargo de todo lo demás.
Me quedé en silencio unos segundos, intentando procesar esas palabras que sonaban absurdas, peligrosas, imposibles. Apenas lo conocía, solo lo había visto una vez en toda mi vida, y ahora me estaba pidiendo… no, exigiendo un año completo de mí.
Y aún así, no dudé.
—No. —La palabra salió de mis labios como un golpe, dura, firme, aunque mi cuerpo entero temblaba.
Él no se sorprendió. Ni siquiera parpadeó. Solo me sostuvo la mirada con una sonrisa helada, como si mi rechazo fuera el inicio del juego que había planeado.
—Eso dices ahora. —Se inclinó hacia mí, tan cerca que sentí su respiración—. Pero ya veremos cuánto tiempo tarda tu orgullo en derrumbarse.
Su voz fue como una sentencia, y su mirada… una promesa de tormenta.
Me levanté de la mesa con el corazón latiendo desbocado, sin entender por qué alguien como él se había cruzado en mi camino. Apenas lo conocía. Apenas lo recordaba. Y, sin embargo, sentía que mi vida había cambiado en ese preciso instante, sin que pudiera evitarlo.