**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 4
Cap 4: Electrocútame
Valentina llegó al piso veinticinco con dos minutos de sobra, la blusa azul marino que debería haber elegido el día anterior, y la firme resolución de no acercarse a ningún elevador que no tuviera un letrero del tamaño de un espectacular diciéndole "SÍ, ESTE ES EL TUYO."
Camila la interceptó en la entrada del área creativa con un café en cada mano y los ojos brillándole como si acabara de descubrir petróleo.
—Amiga. Escucha esto. —Le pasó uno de los vasos y bajó la voz al volumen que ella consideraba discreto, que era el volumen normal de cualquier otra persona—. ¿El elevador que tomaste ayer? El bonito, el que huele a cuero.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Qué pasa con él?
—Es el privado de los directivos. Necesitas tarjeta especial. La gente normal usa los del fondo. —Camila dio un sorbo a su café y añadió, como quien comenta el clima—: O sea, te metiste al elevador del director general.
El café de Valentina se detuvo a medio camino de su boca.
—Cami. Dime que no es el tipo alto de abrigo negro.
—Alto, moreno, mandíbula de telenovela premium, cero expresión facial. Sí, amiga. Santiago Montero Castellanos. CEO de Grupo Austral. Ese era.
La smartband vibró. 104 lpm.
"Me metí al elevador privado del CEO. Lo electrocuté. Primer día. Me van a correr. Me van a correr y voy a acabar vendiendo esquites en un semáforo de Insurgentes con un delantal que diga 'VALENTINA REYES, EXEMPLEADA DE GRUPO AUSTRAL, DÍA 2'."
—Val. Val, respira, te pusiste blanca.
—Estoy bien —mintió—. Solo necesito que la tierra se abra y me trague. ¿Eso se puede pedir a Recursos Humanos?
Camila se rio. Valentina no.
Estaba construyendo mentalmente un correo de disculpa dirigido al CEO ("Estimado Señor Montero, lamento profundamente haberle descargado electricidad estática en el dedo índice, fue un accidente y no refleja mi ética profesional") cuando una voz la partió en dos.
—Ven conmigo.
Valentina se giró. Ahí estaba. El hombre del elevador. Santiago Montero Castellanos, de carne y hueso y mandíbula, a menos de dos metros, mirándola con la misma expresión de quien mira una hoja de cálculo.
No dijo "buenos días". No dijo "por favor". Solo esas dos palabras y luego se dio la vuelta, caminando hacia el pasillo de cristal que conectaba el área creativa con el ala ejecutiva.
Valentina miró a Camila. Camila la miró con la boca abierta y los ojos del tamaño de los vasos de café.
—Ve —articuló Camila sin sonido, empujándola con la mano.
Valentina fue.
Cada paso que daba hacia el ala ejecutiva era un paso más lejos de cualquier zona donde pudiera fingir que sabía lo que estaba haciendo. El pasillo de cristal era más largo de lo que parecía, y más silencioso. Sus zapatos —los únicos que tenía con tacón bajo, comprados en oferta, con una rayita en la suela derecha que ella esperaba que nadie notara— hacían un clic-clic ridículo contra el mármol.
Los empleados que se cruzaron con ellos se pegaron a la pared como peces esquivando a un tiburón. Una mujer con carpetas se aplanó contra el vidrio. Un tipo de corbata dejó de caminar y se quedó mirando. Valentina alcanzó a escuchar, a sus espaldas, un murmullo que sonaba peligrosamente a "¿Esa es la nueva?"
Santiago caminaba sin girar la cabeza, sin ajustar el paso, sin verificar si ella lo seguía. Daba por hecho que sí. Tenía razón —Valentina no se habría atrevido a desobedecerlo ni aunque el pasillo estuviera en llamas.
"¿A dónde me lleva? ¿A su oficina? ¿A Recursos Humanos? ¿Al sótano donde desaparecen a los empleados que tocan los botones equivocados?"
Se detuvieron frente al elevador VIP. Las mismas puertas de acero pulido, la misma luz cálida, el mismo letrero de "Solo personal autorizado" que ayer le había parecido invisible.
Santiago pasó su tarjeta. Las puertas se abrieron. Entró.
Se volvió hacia ella. Los ojos oscuros, directos, sin pestañear.
—Entra.
Valentina entró. Las puertas se cerraron. El aire se volvió escaso.
Estaban solos. Exactamente como ayer. Ella contra la pared del fondo, él junto al panel de botones. La diferencia era que ahora él la estaba mirando.
Santiago no presionó ningún piso.
—Ayer, en este elevador —dijo, y su voz resonó contra las paredes metálicas—. Hubo una descarga.
—Sí, señor, fue la estática, lo siento mucho, fue un accidente, le juro que...
—No me interesan tus disculpas. —La cortó sin levantar la voz. Valentina se tragó el resto de la frase—. Necesito que hagas exactamente lo que te diga. ¿Entendido?
Valentina asintió. No le salían palabras. La smartband vibraba sin parar contra su muñeca, como un animal pequeño tratando de escapar.
Santiago se acercó un paso. Levantó la mano derecha frente a ella, con la palma hacia arriba.
—Electrocútame.
El silencio duró tres segundos que se sintieron como treinta.
—¿Qué? —La voz de Valentina salió como un hilo.
—Toca mi mano. Como ayer. —Su tono no admitía negociación. Era el tono de alguien acostumbrado a que el mundo obedezca—. Necesito verificar algo.
"Este hombre está loco. Completamente loco. Me metí al elevador privado de un CEO demente y ahora me está pidiendo que lo electrocute. Esto es un caso de acoso laboral. O un experimento científico. O las dos cosas."
Valentina no se movió. Santiago tampoco. El elevador seguía detenido entre pisos, las puertas cerradas, el mundo exterior suspendido.
—No voy a hacerte daño —dijo Santiago, y por un instante, algo en su voz cambió: una grieta mínima, casi imperceptible, en la superficie lisa de su control—. Pero necesito saber si lo que me está pasando tiene que ver contigo.
"¿Lo que le está pasando? ¿Qué le está pasando?"
Valentina miró su mano. Dedos largos, uñas recortadas con precisión, la manga del saco cayendo limpia sobre la muñeca. Una mano que firmaba contratos millonarios y que ahora estaba extendida hacia ella como una invitación al desastre.
Levantó la suya. Los dedos le temblaban.
Puso la palma sobre la de él.
El contacto fue inmediato y total: piel contra piel, calor contra calor. No hubo chispa esta vez —no la visible, al menos—. Pero Valentina sintió algo diferente: un tirón eléctrico que le recorrió el brazo, le bajó por la columna y se le instaló en el centro del pecho como un segundo corazón latiendo fuera de ritmo.
Su smartband enloqueció. Vibración continua. Frecuencia cardíaca: 132. 138. 144.
Santiago no soltó su mano. Tenía los ojos fijos en ella, pero ya no la miraba como una hoja de cálculo. La miraba como un hombre que acaba de confirmar la peor de sus hipótesis: todo lo que sentía —la ansiedad, el hambre, las lágrimas— venía de ahí, de esa mano temblorosa, de esa chica que lo miraba con los ojos desorbitados y el corazón en estampida.
Él podía sentirlo todo. El miedo de ella. La confusión. La urgencia irracional de salir corriendo. Y debajo de todo eso, algo que ella no habría admitido ni bajo tortura: una curiosidad peligrosa, el mismo tipo de atracción que sientes cuando miras un abismo y una parte de tu cerebro susurra "¿y si salto?".
Santiago recibió cada emoción como un golpe. Una, podía procesarla. Dos, le costaba. Pero diez —miedo, confusión, vergüenza, curiosidad, atracción, negación, adrenalina, culpa, asombro, y algo más que no tenía nombre— eran demasiadas para un sistema que llevaba veinte años en cero.
El elevador llegó al piso veinticinco. Sonó la campanilla. Las puertas se abrieron.
Santiago abrió la boca. Cerró los ojos. Y se desplomó.
Su cuerpo cayó hacia adelante. Las rodillas golpearon el suelo del elevador con un ruido sordo. Su mano derecha seguía aferrada a la de Valentina con una fuerza que no parecía posible en alguien inconsciente.
Valentina gritó.
—¡Señor! ¡Señor Montero! —Tiró de su mano, pero él la tenía atrapada—. ¡Suélteme! ¡Ayuda! ¡Alguien!
Los pasos llegaron antes que la voz.
Emilio Torres Ríos apareció en el pasillo corriendo, un vaso de café en una mano y el teléfono en la otra. Se detuvo frente a las puertas del elevador. Miró hacia abajo: Santiago en el suelo, inconsciente, la mano enganchada a la muñeca de una chica que temblaba de pies a cabeza.
El café se le derramó por los dedos. No lo notó.
—¡No mames!
Se arrodilló junto a Santiago. Le tocó la frente —tibia, sin fiebre—, le levantó un párpado con el pulgar —la pupila reaccionó a la luz—, y le buscó el pulso en el cuello con la eficiencia de alguien que ha hecho esto antes, en otras circunstancias, en un piso de hospital hace años.
—Santi, güey, despierta. —Le dio dos palmadas suaves en la mejilla. Nada. Le dio una más fuerte. Nada—. Mierda.
Las puertas del elevador intentaron cerrarse. El pie de Santiago las bloqueó. El mecanismo las empujó de nuevo. Bloqueadas. De nuevo. Bloqueadas.
Ding. Ding. Ding.
Emilio metió el brazo para detenerlas. Se giró hacia Valentina.
—¿Qué pasó?
Valentina abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez. Lo que quería decir era "me pidió que lo tocara, lo toqué, y se desmayó", pero las palabras sonaban tan absurdas que su cerebro se negó a producirlas.
—No sé —mintió. Luego, porque mentir se le daba peor que cualquier otra cosa en la vida, añadió—: Le toqué la mano. Solo eso. Se lo juro.
Emilio la miró. Miró a Santiago en el suelo. Miró la mano de Valentina atrapada bajo los dedos inconscientes de su mejor amigo. La foto de la credencial corporativa que había visto anoche le apareció en la memoria como un flash: cara redonda, ojos grandes, expresión de pánico.
"Valentina Reyes Mora. Eres tú."
No lo dijo en voz alta. Se guardó la frase con la misma rapidez con la que se le había formado.
—Okey —dijo, y su tono bajó al registro serio que usaba una vez al año, cuando las cosas dejaban de ser graciosas—. Quédate quieta. Voy a llamar a alguien.
—¿A una ambulancia?
—No. —Emilio sacó su teléfono, bloqueó las puertas del elevador con su pie y marcó un número—. A alguien que sepa guardar secretos.
Valentina dejó de intentar soltarse. Se agachó junto a Santiago, le puso dos dedos en el cuello —pulso firme, rítmico, presente— y levantó la vista hacia Emilio con los ojos llenos de un pánico tan transparente que el propio Emilio lo sintió en la boca del estómago.
—Está vivo —dijo Valentina, y la voz le salió rota—. Pero no se despierta. Y no me suelta.
Emilio colgó sin que le contestaran. Se quedó un momento inmóvil, mirando los dedos de Santiago cerrados sobre la muñeca de esa chica como si la estuviera usando de ancla, como si soltarla significara caer a algún lugar peor que el suelo de un elevador.
En veinte años, Santiago Montero Castellanos no había agarrado la mano de nadie. Ni dormido. Ni enfermo. Ni inconsciente. Y ahora la sostenía como si su vida dependiera de ello.
La smartband de Valentina seguía vibrando. 148. 152. La frecuencia no bajaba. Todo su cuerpo estaba en alerta máxima y no había forma de apagarlo porque la fuente del peligro estaba conectada a ella por cinco dedos que no la soltaban.
Emilio respiró hondo. Tomó una decisión.