Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 4
Leo mantuvo la mirada de la chica un instante más antes de moverse. No iba a demostrarlo, pero algo en su actitud lo intrigaba. No era como los demás, los que lo observaban con admiración o escepticismo. Ella solo lo miraba como si estuviera analizándolo.
—Vamos a dejar algo claro desde el principio —dijo, dejando su portafolio sobre el escritorio—. No estoy aquí para hacer amigos ni para soportar sus inseguridades. En el quirófano, la indecisión cuesta vidas. Y si no pueden manejar la presión aquí, menos podrán hacerlo cuando tengan a un paciente en la mesa.
El murmullo en la sala se apagó al instante. Algunos estudiantes intercambiaron miradas incómodas. Otros se enderezaron en sus asientos, con expresión determinada.
—Así que… empecemos con algo sencillo. ¿Alguien puede decirme cuál es la complicación más común después de una apendicectomía?
Silencio. Unos cuantos bajaron la vista a sus apuntes, otros miraron nerviosos a sus compañeros.
Y entonces, la voz de ella rompió la tensión.
—Infección del sitio quirúrgico.
Leo giró la cabeza lentamente. La chica de la tercera fila seguía con la misma expresión tranquila, pero ahora había un leve brillo de desafío en sus ojos.
—Correcto —respondió él, sin apartar la vista de ella—. Nombre y semestre.
—Isabela Moreno. Séptimo semestre.
Interesante.
—Bien, Moreno. Ya que te gusta responder, dime, ¿qué harías si un paciente con fiebre postoperatoria regresa con signos de peritonitis?
Isabela sostuvo su mirada con calma.
—Haría un TAC para evaluar complicaciones como abscesos intraabdominales o perforación. Dependiendo de los hallazgos, podría ser necesaria una reintervención quirúrgica.
Un leve murmullo recorrió el aula. Leo dejó escapar una pequeña sonrisa. La chica no solo tenía seguridad, sino que sabía de lo que hablaba.
—Nada mal —dijo, inclinando la cabeza con aprobación—. Ya veremos si puedes sostener esa confianza en la práctica.
Isabela no respondió, pero tampoco apartó la vista.
Sí, definitivamente este semestre sería más interesante de lo que había imaginado.
Después de la clase, Isabela decidió tomarse un descanso en la cafetería del hospital. Se sirvió un café negro y buscó una mesa cerca de la ventana. Mientras removía el azúcar con desgano, escuchó un murmullo tenso en una de las esquinas del lugar.
Levantó la vista.
Una pareja discutía en voz baja, pero la tensión era evidente. El tipo, un joven alto con bata de interno, sostenía con fuerza el brazo de una chica de cabello oscuro. Ella intentaba zafarse, pero él apretaba su agarre.
—Te dije que no me hables así —murmuró el hombre entre dientes.
—Suéltame, Marco —susurró la chica, con los ojos llenos de miedo—. Me estás lastimando.
Isabela sintió que la rabia le subía por la espalda. Se levantó de su asiento sin pensarlo dos veces y caminó directo hacia ellos.
—Ella te dijo que la sueltes —dijo con voz firme.
El interno levantó la vista, sorprendido.
—No te metas en esto —espetó, irritado.
Isabela cruzó los brazos y no retrocedió.
—¿O qué? ¿Vas a sujetarme a mí también? Inténtalo.
Marco frunció el ceño, pero soltó el brazo de la chica.
—Esto no es asunto tuyo —gruñó.
—Cuando veo a un imbécil lastimando a alguien, se convierte en mi asunto —replicó ella, con el tono de quien no acepta excusas.
La chica dio un paso atrás, frotándose la muñeca donde habían quedado marcas rojas.
—¿Estás bien? —preguntó Isabela, sin apartar la mirada del agresor.
Ella asintió con timidez. Marco, por otro lado, parecía debatirse entre seguir la discusión o largarse. Finalmente, bufó con frustración.
—Eres una entrometida —soltó antes de girarse y salir de la cafetería.
Isabela relajó los hombros y miró a la chica con suavidad.
—No tienes por qué soportar eso.
—Gracias… —murmuró ella, aún nerviosa—. Soy Laura.
—Isabela —se presentó con una pequeña sonrisa—. un gusto.
--Se quien eres somos compañeros desde hace 5 años en la universidad-- dice Luna un poco tímida y avergonzada.
Isabela asintió, y Luna por primera vez en toda la conversación, pareció respirar con más calma.
Pero lo que Isabela no notó de inmediato fue que alguien había estado observando toda la escena.
Leo Santamaría, sentado en una mesa al otro lado de la cafetería, había visto cada detalle. Y una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
Definitivamente, Isabela Moreno no era como los demás.
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.