Una joven heredera de un imperio financiero y de la mafia, que ocultó su verdadera identidad por amor, sufre la pérdida de su bebé y el desprecio absoluto de su esposo y su suegra tras un atentado cruel. Renacida de las cenizas, regresa para ejecutar una venganza implacable, mientras se ve atrapada en un matrimonio concertado con un titán de los negocios tan arrogante y dominante como ella, uniendo dos mundos donde el poder se paga con sangre y orgullo.
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EL BRINDIS DE LOS LOBOS Y EL FUEGO INVISIBLE
Los jardines de la finca San Román resplandecían bajo una constelación artificial de luces suspendidas entre los olivos centenarios. La alta sociedad del país —empresarios de la banca, ministros con trajes impecables y damas envueltas en joyas deslumbrantes— formaba corrillos bajo las pérgolas de madera noble, brindando con champaña francesa en honor al cumpleaños de Donato Comellas. El sonido de los cubiertos de plata tintineando contra las copas de cristal se mezclaba con las risas huecas y los susurros de conveniencia corporativa.
Entre la multitud Verónica caminaba con la espalda perfectamente recta, enfundada en su vestido esmeralda. Cada zancada sobre el césped cuidadosamente cortado exigía un acto de concentración sobrehumana. En su interior el pequeño dispositivo inteligente mantenía una actividad sutil pero constante. Desde el otro extremo del jardín junto a una mesa de caoba donde conversaba con un grupo de inversores extranjeros, Isaías mantenía la mirada fija en ella. Su pulgar se deslizó milimétricamente sobre la pantalla del teléfono celular oculto en la palma de su mano, enviando un pulso de intensidad ascendente directamente al dispositivo.
Un calambre repentino y punzante hizo que Verónica se detuviera en seco a mitad de los escalones de piedra que conducían a la terraza principal. Sus rodillas flaquearon por un instante y un rubor intenso tiñó sus mejillas de un rojo furioso. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que estuvo a punto de desgarrarlo, conteniendo el aliento para evitar que un gemido involuntario escapara de sus labios frente a los invitados.
A pocos pasos de allí, Fabiola Yépez San Román, su cuñada, la observaba con los ojos entornados, analizando cada detalle de su postura rígida. Fabiola dio un paso al frente y la tomó del brazo con una mezcla de curiosidad y genuina preocupación.
—Verónica por Dios... estás pálida y sudando frío —le susurró Fabiola al oído, frunciendo el ceño—. ¿Te sientes bien? ¿Fue algo de la cena o te afecta la presión del ambiente? No me digas que el asedio de la prensa de los últimos días te está pasando factura justo ahora.
Verónica parpadeó rápidamente, obligándose a enderezar los hombros y a recuperar el control de su respiración antes de volverse hacia su cuñada con una sonrisa perfectamente afilada y venenosa.
—No te preocupes por mí Fabiola —respondió Verónica con una voz tan suave y gélida como el hielo, ocultando el temblor de sus manos tras la falda del vestido—. Lo único que me pasa es que soportar tanta hipocresía en un solo jardín da un calor insoportable. Pero créeme sé perfectamente cómo manejar el fuego sin quemarme.
Antes de que Fabiola pudiera replicar a la mordaz respuesta una sombra alta y imponente se interpuso entre ellas. Isaías se había acercado sin hacer ruido deslizándose entre los invitados con la elegancia silenciosa de un felino acechando a su presa. Su rostro guardaba una compostura impecable de directivo corporativo, pero sus ojos oscuros brillaban con una malicia privada y profunda.
—¿Algún problema con la temperatura del ambiente, mi amor? —preguntó Isaías con su voz barítono y ronca, inclinándose ligeramente hacia el oído de su esposa mientras su pulgar volvía a deslizarse sobre la pantalla del teléfono, duplicando la frecuencia del motor—. Veo que el jardín está precioso, pero tal vez la tensión del juego te está exigiendo demasiado. ¿Cómo te sientes con mi pequeño regalo de bodas?
Verónica sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. La intensidad del estímulo era tal que apenas podía mantener los ojos abiertos. La rabia caliente y salvaje, brotó en su pecho con la fuerza de un géiser, anulando cualquier atisbo de decoro o prudencia social. Giró el rostro hacia él con una furia desatada en la mirada y aprovechando que Fabiola se había alejado unos pasos para saludar a un invitado, le espetó en un susurro cargado de ponzoña pura:
—Eres un patético, Isaías... —siseó Verónica entre dientes, apretando los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas—. ¿Es tanto tu complejo de inferioridad y tus patéticos cinco minutos en la cama que tienes que recurrir a este aparatito electrónico para que tu frágil pecho de macho alfa se sienta por fin seguro de sí mismo?
Las palabras cayeron como una bofetada directa al ego monumental del magnate. A Isaías se le oscurecieron los ojos de golpe; su mandíbula se tensó hasta formar una línea blanca y rígida y un destello de furia letal cruzó su mirada, demostrando que había tocado exactamente el nervio más sensible de su orgullo masculino.
—Cuidado con lo que dices Verónica —murmuró Isaías con una voz helada, un gruñido sordo que amenazaba con romper la fachada pública—. Estás jugando con fuego muy cerca del abismo.
—¿Qué pasa aquí? ¿De qué tanto discuten los recién casados en medio de mi fiesta? —resonó una voz grave, profunda y autoritaria a sus espaldas.
Donato Comellas, el patriarca del imperio bancario y padre de Verónica, se había acercado con paso firme. Su presencia imponente y sus ojos severos se posaron alternativamente sobre ambos, buscando la falla en la perfecta armadura de la pareja más poderosa de la alta sociedad.
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