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Posesión Asfixiante

Posesión Asfixiante

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:9.5k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Solís lo perdió todo a los quince años: sus padres, su herencia, su futuro. Cinco años después, sobrevive en Ciudad de México diseñando vestidos con las técnicas textiles que su madre le enseñó — hasta la noche en que un hombre de ojos claros y guantes blancos la salva de una muerte segura.

Héctor Elizondo no salva a nadie sin razón. Como patriarca de la familia más poderosa de México, controla todo: mercados, hombres, destinos. Ahora quiere controlarla a ella.

Valentina no es fácil de domar. Pero entre jaulas doradas y diamantes de sesenta millones de dólares, entre la guerra con su propio hermano y los secretos que ella esconde, Héctor descubre algo que no esperaba: que la mujer a la que capturó es la única capaz de destruirlo.

¿O de salvarlo?

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Gloria

—No te emociones demasiado —dijo Gloria con voz dulce—. Acabas de ganarte a medio Monterrey. Pero la otra mitad te va a odiar más.

Valentina no supo si reír o pedir un manual de supervivencia.

—Qué bonito recibimiento.

Gloria mantuvo su brazo enlazado al de ella mientras caminaban hacia la salida del club. Desde lejos parecían dos mujeres de almuerzo, hablando de vestidos y flores. De cerca, Cascabel las seguía con una distancia exacta, y dos señoras fingían no mirar desde la terraza.

—Te estoy haciendo un favor —dijo Gloria—. Si te digo "te van a adorar", me vuelvo una mentirosa. Si te digo "te van a odiar", al menos puedes escoger zapatos cómodos.

Valentina soltó una carcajada.

Gloria la miró, satisfecha.

—Eso. Ríete cuando quieran hacerte chiquita. Las enfurece.

La invitación a tomar café en la Residencia Olvera llegó sin sonar como invitación. Gloria dijo "vamos a mi casa" con la tranquilidad de quien sabía que nadie iba a contradecirla. Cascabel revisó la ruta, avisó a Rodrigo por radio y subió al asiento delantero de la camioneta.

La residencia no era tan grande como Hacienda Elizondo, pero tenía otra clase de poder. Menos raíz, más museo vivo. Muros blancos, arte mexicano contemporáneo, fotografías antiguas de la Familia Olvera, un jardín interior con jacarandas y una biblioteca donde los libros parecían leídos, no comprados por metro.

Gloria dejó el bolso sobre una mesa y se quitó los tacones apenas cerraron la puerta.

Valentina parpadeó.

—¿También hacen eso las señoras de Monterrey?

—Las inteligentes sí.

Sin tacones, Gloria parecía más joven. Veinticinco, quizá. La misma edad en la que otras mujeres aún cometían errores sin notario de por medio. Ella llevaba un anillo enorme, una casa custodiada y un apellido que le doblaba la edad.

—Puedes dejar de decirme "usted" cuando estemos solas —dijo Gloria—. Me hace sentir en misa.

—Está bien.

—Y yo voy a decirte Vale, si no te molesta.

Valentina dudó un segundo.

Ivanna le decía Vale antes. También su madre. El apodo había pasado por manos muy distintas.

—No me molesta.

Gloria sonrió, más abierta esta vez.

—Perfecto, Vale. Bienvenida a la parte menos bonita del cuento.

Sirvieron café en tazas de porcelana delgada y pan de elote tibio. Gloria mandó cerrar la puerta de la biblioteca. Cascabel se quedó afuera, pero no lejos.

—Don Carlos no está —dijo Gloria, acomodándose en un sillón—. Tiene una comida con dos gobernadores y un empresario que cree que hablar fuerte equivale a ser líder.

—¿Tu esposo?

—Mi esposo.

Valentina sostuvo la taza con ambas manos.

—Perdón si esto suena metiche, pero...

—¿Por qué me casé con un hombre que podría haber sido mi papá?

El café casi se le fue por la nariz.

Gloria se rio bajito.

—Tranquila. Todas quieren preguntarlo. Pocas tienen cara de culpa antes de hacerlo.

—No quería ofenderte.

—No me ofende. Me casé por estrategia. Don Carlos también. Él necesitaba una esposa que no se dejara devorar por sus hermanas políticas. Yo necesitaba protección para mi familia y un tablero donde mi inteligencia no se desperdiciara organizando desayunos benéficos.

Valentina la miró con más atención.

—¿Y eres feliz?

Gloria movió la cucharita una sola vez.

—Soy respetada. Estoy aprendiendo qué más quiero.

La respuesta no era triste. Era honesta. Por eso pesó.

—Eso suena solitario —dijo Valentina.

Gloria levantó la mirada.

Por un instante, la mujer pulida del club desapareció y quedó una muchacha de veinticinco años con demasiado poder en una casa demasiado silenciosa.

—A veces —admitió—. Por eso te invité.

Valentina bajó la taza.

—¿Para no estar sola?

—Para eso también. Y porque no todos los días aparece una mujer que deja muda a Patricia del Valle usando bordado oaxaqueño como arma.

Valentina sintió calor en las mejillas.

—Solo contesté.

—Exacto. No pediste permiso para contestar. Eso aquí es casi revolucionario.

Gloria se levantó y caminó hacia un escritorio. Sacó una carpeta delgada con muestras de tela. No eran muestras cualquiera: sedas, organzas, gasas finas, una paleta de rojos que iba del coral al vino profundo.

—Quiero encargarte un vestido.

Valentina enderezó la espalda.

El cuerpo le cambió en cuanto escuchó trabajo. El miedo social bajó un nivel y apareció la diseñadora, la que sabía medir, preguntar, pensar en caída de tela y costuras invisibles.

—¿Para qué evento?

—Una cena en la Residencia Olvera dentro de tres semanas. Vendrán familias que todavía creen que Paty habla por ellas. Quiero que me vean entrar con algo tuyo.

—Eso puede complicarte.

—Por eso lo quiero.

Valentina tomó una muestra roja entre los dedos. Era seda pura, fluida, brillante sin ser vulgar.

—Este tono te apaga un poco.

Gloria alzó las cejas.

—Qué rápido pasaste de tímida a mandona.

—Estoy trabajando.

—Me gusta.

Valentina revisó la paleta y apartó una seda más clara, un rojo líquido, casi como agua encendida bajo el sol.

—Este. Rojo agua. No es obvio, pero te da luz. El bordado puede ir en el costado y subir al hombro, como si naciera de la tela, no como adorno pegado.

Gloria tocó la muestra.

—¿Oaxaqueño?

—Sí. Pero no voy a copiar un huipil para una cena de ricos. No es disfraz. Podemos trabajar con motivos de guía, flores y geometría, pagando a las bordadoras como corresponde y nombrando su trabajo si aceptan.

Gloria la observó sin pestañear.

—Eso es lo que quería oír.

—¿Era examen?

—Todo es examen.

Valentina dejó la tela sobre la mesa.

—Empiezo mañana si me mandas medidas y fecha exacta.

—Te mando a mi modista para que te dé mis medidas.

—No. Voy yo.

Gloria sonrió.

—Mucho mejor.

El ambiente se aflojó durante un rato. Hablaron de telas, de Oaxaca, de lo irritante que podía ser que la gente confundiera tradición con souvenir. Gloria preguntó de verdad. No para usar la información como adorno social, sino para entender qué estaba comprando cuando compraba un vestido de Valentina.

Después el tono cambió.

Gloria cerró la carpeta.

—Vale, hay algo que tienes que entender antes de volver a sentarte en una mesa de Monterrey.

Valentina sintió que Cascabel, detrás de la puerta, también escuchaba.

—Dime.

—Aquí los enemigos sonríen en tu cara. Nicolás tiene aliados en todas las familias.

La frase no fue teatral. Por eso asustó más.

—¿Todas?

—En distinta medida. Un primo que le debe dinero. Una tía que le pasa chismes. Un socio que quiere ver caer a Héctor para comprar barato. Un chofer que escucha más de la cuenta. Nadie se vende entero hasta que le conviene, pero todos dejan una puerta medio abierta.

Valentina apretó la muestra de seda.

—Entonces soy un blanco.

—Ya lo eras. Ahora además eres símbolo.

—¿De qué?

Gloria ladeó la cabeza.

—De que Héctor Elizondo puede elegir a una mujer fuera del catálogo permitido y ponerla en la cabecera de su mundo. Eso asusta más que tu collar.

Valentina pensó en la palabra señora, en Consuelo inclinándose, en Paty preguntando de dónde había salido. Su estómago se cerró, pero no como antes. No era solo miedo. Era una alerta nueva, más limpia.

—No quiero ser solo símbolo de él.

—Entonces haz que te teman por lo que tú construyes.

La respuesta le entró como aguja bien puesta.

Gloria abrió otro cajón del escritorio.

—Y hablando de construir... Don Carlos encontró algo entre papeles viejos de la Familia Olvera. No iba a mostrártelo todavía, pero después de verte hoy, creo que debes saber que existe.

Sacó una fotografía tomada con celular. En ella se veía un sobre amarillento, sellado con cinta vieja. La letra del frente estaba deslavada, pero una palabra se leía clara.

Solís.

Valentina dejó de respirar.

—¿Mi familia?

Gloria no sonrió.

—Eso es lo que necesitamos averiguar.

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