En medio de una guerra que destruyó mundos, un niño será preparado para proteger un Imperio y una heredera será enviada a la Tierra para sobrevivir.
Mientras que él creció para aceptar su destino, ella creció sin saber quién era realmente ni por qué el universo parecía perseguirla en silencio.
Pero la mayor batalla que librarían ambos no sería por un trono, sería por el amor.
A lo largo de sus vidas, amarán con una intensidad que los llevará a tocar el cielo y a enfrentarse a pérdidas que marcarán su historia para siempre.
Descubrirán que no todo amor basta, que no siempre es suficiente querer quedarse, y que hay destinos que se interponen incluso cuando nadie está dispuesto a rendirse.
Mientras fuerzas antiguas despiertan y el poder que duerme en ellos reclaman su lugar, tendrán que decidir qué significa realmente ser fuerte, porque gobernar un imperio es sencillo comparado con proteger aquello que amas, aun cuando amar también tenga un precio.
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23. Una promesa imposible de cumplir
En Andovia, las ciudades suspendidas seguían brillando bajo los tres satélites y las corrientes luminosas continuaban atravesando los cielos como enormes ríos de estrellas que se desplazaban lentamente entre estructuras imposibles.
Las personas seguían caminando por las plazas, los jóvenes continuaban entrenando en la Academia Militar, pero las familias nobles sabían que la vida había cambiado para ellos, las decisiones se tomaban en base a lo necesario para sobrevivir a la guerra, porque habían resistido, pero no sabían por cuánto tiempo más, el rey Firniah se volvía cada vez más demacrado en su afán por encontrar a la princesa Zaniah y el gran duque de Andovia, Nahor de KaoB, dirigía las fuerzas armadas con tanta dedicación que la fractura entre Aluna y él ya no podía evitarse; la guerra cambió las vidas y eso era inevitable.
Alnair también había cambiado aunque no era algo evidente para cualquiera. Estaba a punto de cumplir diecinueve años, pronto se convertiría en un guardián poderoso de Andovia, seguía destacando entre los mejores estudiantes de la Academia Militar y seguía conservando aquella personalidad cálida que hacía que las personas se sintieran cómodas a su alrededor. Seguía bromeando durante algunos entrenamientos y continuaba ayudando a otros estudiantes cuando tenían dificultades, pero quienes habían crecido junto a él podían notar pequeñas diferencias.
A veces permanecía demasiado tiempo observando el horizonte. Otras veces parecía escuchar conversaciones y responder con normalidad mientras una parte de él estaba lejos de ahí.
Nahor lo había notado desde hacía tiempo, pese a la gran carga que llevaba sobre sus hombros.
Aquella tarde ambos acababan de terminar un entrenamiento de combate particularmente agotador y varios estudiantes abandonaban lentamente las plataformas suspendidas donde practicaban.
Algunos seguían comentando las técnicas utilizadas durante los enfrentamientos y otros discutían quién había cometido errores durante los ejercicios grupales.
Alnair estaba sentado cerca del borde de una enorme estructura de piedra mientras observaba distraídamente el paisaje.
Nahor se acercó con una botella de agua entre las manos y tomó asiento a su lado sin decir nada durante algunos segundos.
- “Llevo buscándote un rato”, comentó Nahor. Alnair sonrió ligeramente sin apartar la mirada del horizonte.
- “Qué considerado”, dijo Alnair.
- “No realmente. Solo quería asegurarme de que seguías vivo después de la paliza que recibiste hace un momento”, manifestó Nahor. Alnair giró la cabeza lentamente.
- “No recibí ninguna paliza”, expresó Alnair.
- “Claro que no”, dijo Nahor.
Nahor permaneció observándolo unos segundos antes de continuar.
- “Sigues pensando en ella”, comentó Nahor.
La sonrisa de Alnair desapareció apenas un poco. No necesitó preguntar a quién se refería, porque lo supo inmediatamente.
- “A veces”, respondió Alnair.
- “Eso significa todos los días”, dijo Nahor. Alnair dejó escapar una pequeña risa.
- “Te molesta demasiado tener razón”, comentó Alnair.
- “Muchísimo”, aseguró Nahor.
El viento recorrió suavemente las plataformas elevadas y durante un instante una imagen apareció nuevamente dentro de la mente de Alnair.
A Yamileth intentando sonreír bajo la lluvia, sus manos sujetando las suyas, aquella despedida, y sus palabras “y si cuando vuelvas yo soy feliz con alguien más, entonces déjame así…”.
Cerró los ojos apenas un instante, porque seguía sin entender cómo alguien podía aparecer en la vida de una persona durante tan poco tiempo y quedarse tanto dentro de ella.
Cuando regresó al ducado KaoB el sol comenzaba a descender lentamente. Alnair caminó tranquilamente por los pasillos mientras saludaba distraídamente a algunas personas hasta detenerse frente a una amplia puerta.
Permaneció inmóvil unos segundos antes de entrar.
Aluna estaba sentada junto a uno de los ventanales.
Observaba el exterior con una tranquilidad que para cualquiera habría parecido normal, pero Alnair llevaba algún tiempo sintiendo que algo en ella había cambiado.
No sabía explicar exactamente qué era. Desde la muerte de Anymza, Alnair sentía que su madre ya no era la misma. Todos parecían demasiado ocupados sobreviviendo a una guerra que lentamente consumía el imperio y nadie llegó a notar aquellas ausencias cada vez más frecuentes, aquellos viajes extraños que Aluna realizaba en silencio y de los que regresaba más cansada que antes. Había algo dentro de ella que parecía desgastarse poco a poco, algo que iba más allá del cansancio físico, porque jugar con recuerdos, arrancarlos y esconderlos, terminaba llevándose algo más que memorias; era como arrancarse pequeños fragmentos del alma hasta empezar a sentirse distante incluso de quienes más amaba.
- “Mamá”, dijo Alnair acercándose lentamente. Aluna levantó la vista y sonrió suavemente.
- “Volviste antes de lo que esperaba”, comentó ella.
Alnair tomó asiento junto a ella y ambos permanecieron un momento observando los jardines.
- “Nos dieron unos días libres”, dijo Alnair.
- “¿Y decidiste venir aquí?”, preguntó su madre. Alnair sonrió apenas.
- “¿No querías verme?”, reclamó Alnair.
- “Siempre quiero verte”, dijo Aluna.
La respuesta salió tan rápido que él soltó una pequeña risa.
- “¿Sigues pensando en ella?”, preguntó Aluna más tarde.
La pregunta llegó de forma tan inesperada que Alnair giró lentamente el rostro hacia su madre. Sintió una pequeña tensión atravesarle el pecho.
Intentó responder algo, pero las palabras no llegaron y aquel silencio terminó respondiendo por él.
Aluna sonrió apenas, pero debajo de aquella sonrisa existía algo que él no logró identificar; era dolor, miedo y culpa, porque había recuperado recuerdos que la atormentaban y sabía cosas que Alnair desconocía.
Sabía quién era realmente aquella muchacha, sabía quién había sido Kaleask y sabía cuánto daño podía provocar el destino cuando decidía ser cruel.
- “Alnair, hay responsabilidades, caminos y decisiones que algunas veces duelen aunque queramos ignorarlas. Te lo vuelvo a decir esa muchacha pertenece a otro mundo y tú perteneces a este”, manifestó Aluna. Él levantó inmediatamente la mirada.
- “Eso no importa”, dijo Alnair.
Aluna cerró los ojos durante unos segundos, porque precisamente eso era lo que temía escuchar, porque años atrás alguien también había creído que ciertas cosas no importaban y el resultado había sido demasiado doloroso.
Los días siguientes comenzaron a llenar a Alnair de una inquietud que poco a poco se transformó en miedo.
Aluna empezó a cansarse con facilidad. Al principio fueron cosas pequeñas. Permanecía sentada más tiempo del habitual o parecía quedarse sin fuerzas después de actividades simples, pero después aparecieron momentos donde parecía ausentarse completamente y otras veces simplemente permanecía observando algo inexistente.
Y una noche todo empeoró. Alnair llegó apresuradamente a su habitación después de escuchar varias voces pidiendo ayuda; su padre no estaba, como últimamente sucedía, ella misma lo había distanciado, ella misma repetía una vez más que la había traicionado, no importaba si la creía muerta, y peor aún, sólo sentía que eso era confirmación que nunca la había amado, que su matrimonio llegó por honor, por lealtad, por compasión, pero que ella nunca llegó a su corazón.
Alnair sintió que algo se hundía dentro de su pecho apenas cruzó la puerta. Aluna permanecía recostada mientras intentaba respirar con tranquilidad, apenas lo vio acercarse sonrió suavemente.
Alnair se arrodilló inmediatamente junto a ella y tomó una de sus manos.
- “¿Por qué no me dijeron que estabas empeorando?”, preguntó Alnair.
Aluna levantó lentamente la otra mano y acarició su rostro.
- “Porque quería seguir viéndote sonreír un poco más”, respondió Aluna.
Él sintió un nudo cerrarle la garganta, porque de repente entendió muchas cosas, las miradas silenciosas, la tristeza, y la soledad.
Aluna sostuvo su mano con un poco más de fuerza.
- “Prométeme algo”, pidió Aluna.
Alnair negó inmediatamente.
- “No”, dijo él. Ella sonrió apenas.
- “Ni siquiera sabes qué voy a pedirte”, comentó Aluna.
- “Lo sé”, expresó Albair.
Una lágrima descendió lentamente por la mejilla de Aluna.
- “Prométeme que olvidarás a la chica de la Tierra. Prométeme que seguirás adelante y buscarás ser feliz aquí”, manifestó Aluna.
Alnair sintió que algo se detenía dentro de él, porque casi dos años había intentado convencerse de que aquello desaparecería solo, que el tiempo terminaría borrando aquel recuerdo igual que el viento borraba las huellas sobre la nieve, pero el tiempo había seguido avanzando y ella seguía ahí, intacta dentro de él.
Seguía recordando su sonrisa bajo la lluvia, sus ojos avellanas, la despedida que jamás sintió como un final.
Pero volvió a mirar a su madre, comprendió algo. Ella necesitaba escucharlo, aunque en el fondo sería una mentira, algo imposible de lograr. Y tal vez podría seguir adelante, y sí podría llegar a querer a alguien, pero sabía que esa misma sensación sería imposible.
Alnair cerró lentamente los ojos, después acercó la mano de Aluna hacia su frente y permaneció inmóvil unos segundos.
- “Lo prometo”, dijo Alnair.
Aluna sonrió mientras acariciaba suavemente su cabello. Y aunque nadie más podía saberlo, Alnair sintió exactamente el instante en que algo dentro de él acababa de romperse, porque estaba entre la verdad de sus sentimientos y la tranquilidad de su madre.