Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.
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capitulo 24
La nieve continuó cayendo durante toda la noche.
Cuando el amanecer llegó sobre Moscú, los jardines de la mansión Sergeyev estaban cubiertos por una nueva capa blanca que ocultaba caminos, huellas y cicatrices.
Isabella observaba el paisaje desde el ventanal de su habitación.
No había dormido.
Cada vez que cerraba los ojos veía la fotografía.
La sonrisa de su abuela.
El rostro de Viktor Morozov.
Y aquel símbolo grabado en el anillo.
Todo estaba conectado.
Podía sentirlo.
Lo que no sabía era cómo.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La puerta se abrió y apareció Milan.
Su expresión era seria.
Demasiado seria.
—Papá quiere hablar contigo.
Isabella se giró lentamente.
—¿Solo conmigo?
Milan asintió.
—Dice que hay cosas que necesitas saber.
Aquello fue suficiente para que Isabella abandonara la habitación.
Si Aleksander había esperado tantos años para hablar, significaba que lo que estaba a punto de contar era importante.
Muy importante.
El despacho estaba en silencio cuando ella entró.
Aleksander se encontraba de pie junto a la ventana.
Por primera vez desde que Isabella había regresado a Rusia, parecía incómodo.
No tenso.
Incómodo.
Como alguien obligado a revivir recuerdos que preferiría olvidar.
—Siéntate.
Isabella obedeció sin discutir.
Aquello por sí solo ya era extraño.
Aleksander tardó varios segundos en comenzar.
—Ayer te conté quién era Viktor.
—Pero no me contaste todo.
Su padre levantó la vista.
—No.
El silencio volvió a instalarse.
—¿Qué falta?
Aleksander tomó aire lentamente.
—La razón por la que me traicionó.
Isabella apoyó los brazos sobre las piernas.
Escuchando.
Esperando.
—Cuando éramos jóvenes teníamos el mismo objetivo.
—Construir poder.
—Construir estabilidad.
La corrección llegó inmediatamente.
—No era lo mismo.
Isabella no dijo nada.
—En aquella época las familias mafiosas vivían en guerra constante. Nadie respetaba acuerdos. Nadie confiaba en nadie.
Aleksander bajó la mirada.
—Viktor quería cambiar eso.
—¿Y tú no?
—Sí.
Pero había algo diferente.
Isabella lo observó atentamente.
—¿Qué?
Su padre tardó varios segundos en responder.
—El precio.
Aquella respuesta hizo que Isabella se tensara.
—¿Qué precio?
Aleksander levantó la mirada.
—Él creía que para crear orden había que controlar absolutamente todo.
El corazón de Isabella se aceleró.
Porque ya había escuchado esa idea antes.
En boca de Orlov.
—No dejar espacio para errores.
—No dejar espacio para decisiones individuales.
—No dejar espacio para la libertad.
Cada frase parecía más oscura que la anterior.
—Quería un mundo donde todas las familias respondieran a una sola autoridad.
Isabella permaneció inmóvil.
—Eso es imposible.
—Yo pensaba lo mismo.
Aleksander soltó una pequeña risa amarga.
—Viktor no.
Y de pronto todo comenzó a encajar.
La red.
La influencia.
Las estructuras ocultas.
El control.
No era una idea nueva.
Era una obsesión antigua.
Una que había sobrevivido durante décadas.
—¿Qué ocurrió después?
Aleksander regresó a su asiento.
—Discutimos.
—¿Solo eso?
—Durante meses.
La tensión aumentó.
—Y luego descubrí algo.
Su expresión se endureció.
—Viktor ya había empezado.
La habitación quedó en silencio.
—¿Empezado qué?
—A construir su sistema.
Isabella sintió un escalofrío.
Porque ahora entendía que aquello no era un sueño imposible.
Era un proyecto real.
Uno que había comenzado mucho antes de que ella naciera.
—Había comprado jueces.
—Políticos.
—Empresarios.
—Jefes de seguridad.
Cada palabra hacía que el panorama fuera más inquietante.
—Y cuando intenté detenerlo...
Aleksander cerró la mandíbula.
—Empezó la guerra.
La historia continuó durante horas.
Una guerra silenciosa.
Brutal.
Sin reglas.
Donde antiguos aliados se convirtieron en enemigos.
Donde familias enteras desaparecieron.
Donde nadie sabía en quién confiar.
Hasta que Viktor desapareció.
Y con él, aparentemente, desapareció también su proyecto.
O eso habían creído.
Hasta ahora.
Porque si el símbolo seguía existiendo...
si la red seguía funcionando...
entonces alguien había continuado su trabajo.
Y ese alguien era Orlov.
O al menos estaba conectado con él.
Cuando la conversación terminó, Isabella sentía que tenía más preguntas que respuestas.
Salió del despacho y recorrió los pasillos de la mansión en silencio.
Su mente no dejaba de trabajar.
Si Viktor había desaparecido...
¿quién heredó su organización?
¿Quién la mantuvo viva durante tantos años?
¿Y qué relación tenía exactamente con Orlov?
Las preguntas se acumulaban una tras otra.
Pero había una que la inquietaba más que todas.
¿Por qué ella?
¿Por qué Orlov parecía tan interesado en ella específicamente?
Porque ya no creía que fuera casualidad.
Demasiadas cosas apuntaban en esa dirección.
Demasiados movimientos.
Demasiada atención.
Como si hubiera estado esperando algo.
O a alguien.
Sasha la encontró en la biblioteca.
Sentada sola.
Pensando.
Otra vez.
—Ya tienes esa mirada.
Isabella levantó la vista.
—¿Qué mirada?
—La que aparece cuando estás armando un rompecabezas.
Eso provocó una pequeña sonrisa.
Muy pequeña.
Pero real.
Sasha se sentó frente a ella.
—¿Qué descubriste?
Isabella apoyó el codo sobre la mesa.
—Creo que estamos haciendo la pregunta equivocada.
—¿Cuál sería la correcta?
Hubo una pausa.
—No deberíamos preguntarnos quién es Orlov.
Sasha frunció el ceño.
—Entonces...
—Deberíamos preguntarnos qué quiere realmente.
El silencio se instaló entre ambas.
Porque eran cosas diferentes.
Muy diferentes.
Sasha observó el libro abierto frente a Isabella.
—¿Y qué crees que quiere?
Isabella bajó la mirada.
—Todavía no lo sé.
Pero sabía algo.
Algo importante.
Orlov no necesitaba dinero.
No necesitaba territorio.
No necesitaba fama.
Tenía todo eso.
Entonces buscaba otra cosa.
Y cuando finalmente entendiera qué era...
entendería toda la guerra.
Esa misma noche llegó una noticia inesperada.
Milan irrumpió en el despacho sin llamar.
Lo que ya era suficiente para indicar que algo iba mal.
—Encontramos uno.
Isabella levantó la vista.
—¿Uno qué?
—De los antiguos hombres de Viktor.
El silencio fue inmediato.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
Milan respiró profundamente.
—San Petersburgo.
El corazón de Isabella comenzó a latir más rápido.
Era la primera pista real que tenían.
La primera conexión directa con el pasado.
—¿Está dispuesto a hablar?
Milan intercambió una mirada con ella.
—Dice que sí.
—¿Y cuál es el problema?
La expresión de Milan se oscureció.
—Que alguien intentó matarlo hace dos días.
La habitación quedó en silencio.
Un silencio pesado.
Inquietante.
Porque aquello solo significaba una cosa.
No eran los únicos buscando respuestas.
Y alguien estaba intentando asegurarse de que ciertas preguntas jamás fueran respondidas.
Isabella se puso de pie inmediatamente.
—Prepara el avión.
Milan la observó.
—¿Vas a ir personalmente?
—Sí.
—Podría ser una trampa.
Isabella sostuvo su mirada.
—O podría ser la respuesta que llevamos semanas buscando.
Nadie discutió.
Porque todos sabían que era verdad.
Mientras afuera la nieve seguía cayendo sobre Moscú, Isabella sintió algo que no había sentido desde hacía tiempo.
La sensación de estar cerca.
Muy cerca.
De una verdad que llevaba años enterrada.
Y a veces...
las verdades enterradas son mucho más peligrosas que las mentiras.