Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 24
El teléfono sobre la mesa de mármol vibró con una insistencia que me revolvió el estómago. No era un número desconocido; era el número que conocía de memoria desde que tenía diez años. Miré a Aidan, que estaba en la terraza revisando unos informes de Alejandro, y me alejé hacia el ventanal del fondo. Deslicé el dedo por la pantalla con una mezcla de cansancio y furia.
—¿Qué quieres, Dorian? —solté, sin preámbulos.
—Solo quería saber si ya te cansaste de jugar a "la casita" con mi hermano —su voz sonó distorsionada, cargada de una arrogancia que ya no me impresionaba—. Supongo que el café recalentado y el olor a grasa no son lo que esperabas para tu futuro, Iris. Vuelve a la mansión. Podemos olvidar este desliz y firmar el anexo del puerto hoy mismo.
Solté una carcajada amarga, apretando el teléfono contra mi oreja.
—¡Basta, Dorian! ¡Ya basta! Estoy harta de escucharte —le grité, tratando de no llamar la atención de Aidan—. ¿De verdad crees que estoy haciendo esto solo por él? ¿Crees que soy un trofeo que se mueve de una vitrina a otra según quién puje más alto?
—Aidan no te ama, Iris. Solo me está ganando la partida. Lo ha hecho siempre.
—¡Eso no es verdad! —sentí las lágrimas de rabia quemarme los ojos—. Aidan me ama, aunque te duela aceptarlo, aunque intentes convencerte de lo contrario para no sentirte como un perdedor. Pero lo que más me duele, Dorian, es darme cuenta de quién eres realmente. Te tenía aprecio, te tenía un cariño de hermanos genuino... y ahora me doy cuenta de que para ti solo soy una apuesta. ¡Me estás viendo como una ficha en tu tablero, no como una mujer!
—Soy el único que puede darte estabilidad... —intentó interrumpir él.
—¡No soy un juego! —le espeté, y mi voz salió con una frialdad que lo dejó mudo—. Grábate esto en tu cabeza llena de números: si sigues así, vas a terminar arruinándolo todo. Te vas a quedar solo en tu oficina de cristal, rodeado de millones y de un vacío absoluto. Hasta ahora no he hecho nada, he dejado que Aidan peleara sus batallas, pero esta es mi primera advertencia. Deja de meterte conmigo, deja de acosarme, o te juro por mi apellido que te voy a arruinar de tal forma que te vas a arrepentir de haber nacido un Lennox. No me tientes, Dorian, porque cuando yo decido destruir algo, no dejo ni las cenizas.
Colgué el teléfono antes de que pudiera responder. Me quedé temblando, mirando mi reflejo en el cristal. Había cruzado el Rubicón. Ya no había vuelta atrás.
Mientras Dorian procesaba la amenaza de Iris en su despacho, a pocos kilómetros de allí, en la sede central de las empresas Colman, el aire se volvía irrespirable para los intereses de los Lennox.
Cielo y Elena estaban sentadas en la mesa de juntas, frente a un grupo de abogados que parecían a punto de tener un infarto. Frente a ellas, el representante legal de Maximilian Lennox sonreía con suficiencia, sin saber que caminaba hacia una trampa.
—Aquí está la orden de ejecución de la cláusula de exclusividad —dijo el abogado de los Lennox, deslizando una carpeta de cuero—. A partir de mañana, la propiedad intelectual de los diseños de Iris Colman pasa a ser gestionada por el fondo de inversión de Dorian Lennox.
Elena intercambió una mirada cómplice con Cielo y soltó una risita que puso nervioso al abogado.
—Es una pena —dijo Elena, abriendo su propia carpeta—. Pero me temo que ese documento es papel mojado.
—¿De qué habla? —el abogado frunció el ceño.
—Hablo de que anoche, a las dos de la mañana, se registró una transferencia de activos —intervino Cielo, cruzándose de brazos con una elegancia letal—. La marca "Iris Colman Designs" y todos sus proyectos asociados, incluyendo el diseño del puerto, ya no pertenecen a las Empresas Colman. Fueron vendidos por un valor simbólico a una nueva entidad: Vieri Innovación, propiedad exclusiva de Alexander Colman.
El abogado de los Lennox palideció, empezando a sudar frío mientras revisaba los sellos notariales que Cielo le mostraba.
—Eso... eso es ilegal. Es un levantamiento de bienes —tartamudeó.
—No lo es —sentenció Elena, golpeando la mesa con su bolígrafo de plata—. La cláusula de exclusividad que firmó Maximilian dice que Iris no puede trabajar para competidores directos de los Lennox. Pero Alejandro no es un competidor; su empresa es de logística. Iris ahora es una consultora externa de su propio hermano. Ustedes tienen el terreno del puerto, sí, pero no tienen los derechos para construir nada de lo que Iris diseñó. Tienen una montaña de tierra y escombros que les costó mil millones de dólares, y no pueden poner ni un ladrillo sin que mi hermana les dé permiso.
Cielo se levantó, ajustándose su chaqueta de diseñador.
—Dígale a Dorian que este es el primer golpe —dijo Cielo con una sonrisa gélida—. Dígale que las hermanas Colman no olvidamos, y que si pensaba que mi hermana estaba sola, acaba de cometer el error más caro de su carrera. El puerto está bloqueado legalmente por tiempo indefinido. Que disfrute del paisaje baldío.
Las dos hermanas salieron de la sala de juntas con la frente en alto, dejando al equipo legal de los Lennox en un silencio de muerte. El primer golpe había sido directo al corazón financiero de Dorian. La guerra ya no era solo de sentimientos; ahora era una carnicería legal, y las Colman acababan de demostrar que, cuando se trataba de defender a los suyos, eran mucho más peligrosas que cualquier tiburón de Wall Street.
En el loft, Aidan entró en la sala y me vio apoyada en el ventanal. Me rodeó con sus brazos desde atrás, besándome el hombro.
—¿Estás bien? Estás muy callada —susurró.
—Acabo de darle su primera advertencia a tu hermano —dije, dándome la vuelta para mirarlo—. Y mis hermanas acaban de darle el primer golpe.
Aidan sonrió, esa sonrisa salvaje que me decía que todo iba a estar bien.
—Entonces prepárate, pequeña Colman. Porque cuando Dorian se dé cuenta de que perdió el puerto y a la mujer el mismo día, va a intentar incendiar el mundo. Pero nosotros tenemos el extintor.
Nos besamos en medio de la luz del atardecer, sabiendo que la verdadera batalla acababa de empezar, pero que esta vez, el imperio Lennox estaba empezando a agrietarse desde los cimientos.