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Juez De Sombras

Juez De Sombras

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Posesivo / Mafia / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Lilian es la hija "perfecta" de un juez implacable, pero su vida de cristal se rompe cuando Killian, el heredero de un imperio criminal, la secuestra para vengarse de su padre. Sin embargo, el cautiverio no es lo que ella esperaba. Killian no busca su cuerpo, busca corromper su alma. Entre juegos mentales, traiciones familiares y una atracción prohibida, Lilian descubrirá que la línea entre el odio y la obsesión es de sangre. ¿Podrá escapar del monstruo, o descubrirá que ella es más peligrosa que él?

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Capitulo 19

Tras el incendio de la casona, el mundo de Lilian se había reducido a dos cosas: el rugido de los motores de un jet privado y la mano de Killian, que no la había soltado ni un segundo durante el trayecto. Habían dejado atrás las cenizas del Juez, los informes policiales que hablaban de un "trágico accidente" y la ciudad que los había visto convertirse en monstruos.

Ahora, el aire sabía a salitre y a una libertad que a Lilian le resultaba casi extraña, como un vestido que le quedaba demasiado grande. Estaban en una isla privada en las Exumas, un pedazo de tierra que no figuraba en la mayoría de los mapas comerciales. La casa, una estructura de cristal y madera blanqueada por el sol, se alzaba sobre un acantilado bajo, observando un mar turquesa que parecía infinito.

Lilian caminó descalza por la arena blanca, sintiendo el calor del sol del Caribe en sus hombros. Llevaba solo una túnica de lino blanco, fina y traslúcida, que ondeaba con la brisa. Se detuvo en la orilla, dejando que la espuma del mar bañara sus pies. Por primera vez en años, no estaba escuchando pasos detrás de ella. No había cámaras de seguridad vigilando cada uno de sus gestos, ni guardaespaldas con los que tuviera que fingir una sonrisa.

Killian apareció a su lado. Se había despojado de sus trajes oscuros y de su armadura de frialdad. Vestía unos pantalones ligeros y caminaba con una parsimonia que Lilian nunca le había visto. El sol iluminaba sus cicatrices, pero en este entorno, ya no parecían marcas de guerra, sino relieves de una historia que finalmente había llegado a su punto final.

—Es demasiado silencioso —susurró Isabel, sin apartar la vista del horizonte—. Siento que en cualquier momento voy a despertar en la mansión y estarán fuera de mi puerta.

Killian se colocó detrás de ella, rodeándole la cintura con sus brazos. Su pecho, ancho y sólido, era el único ancla que ella necesitaba. Él apoyó la barbilla en su hombro, inhalando el aroma de su cabello, que ahora olía a sol y a sal.

—Martínez está muerto. Tu padre es ceniza. Y el sindicato está operando bajo mis sombras, pero sin mis manos —dijo él, su voz era un murmullo profundo que vibraba contra la espalda de Isabel—. Aquí no hay jueces, Isabel. Aquí solo somos un hombre y una mujer que sobrevivieron al infierno.

Esa tarde, el calor se volvió denso, casi palpable. Killian la guio hacia una caleta privada, protegida por rocas volcánicas que creaban una piscina natural de aguas cristalinas. Se despojaron de sus ropas con una lentitud que no tenía nada de la urgencia desesperada de sus encuentros en la ciudad. Allí, en la mansión, el sexo era una descarga de adrenalina, un intento de silenciar el ruido de la muerte. Aquí, era algo distinto.

Se sumergieron en el agua templada. Lilian sintió cómo el mar lavaba los últimos restos de pólvora invisible que sentía pegados a su piel. Killian la sostuvo en sus brazos, dejando que ella flotara, observándola con una intensidad que la hacía sentir más desnuda que su falta de ropa.

—Mírame —ordenó él, pero esta vez no era una orden de mando, sino una súplica de conexión.

Lilian lo miró. Sus ojos, antes llenos de una determinación feroz, ahora reflejaban una vulnerabilidad que la dejó sin aliento. Killian, el hombre que había desafiado a los criminales más grandes de la ciudad, parecía abrumado por la paz que emanaba de ella.

—Nunca pensé que llegaría a ver este cielo contigo —confesó él, sus dedos recorriendo la cicatriz de bala en el hombro de Isabel—. Cada vez que te ponía en peligro, sentía que estaba quemando lo único bueno que quedaba en mí.

Lilian le tomó la mano y la llevó a sus labios, besando sus nudillos callosos.

—Tú no me pusiste en peligro, Killian. Tú me diste las armas para defenderme del peligro en el que ya vivía. Me enseñaste que no soy una víctima. Y esta marca... —tocó su hombro— me recuerda que soy una superviviente. No te culpes por haberme despertado.

Se besaron bajo el agua, un beso lento, salado y profundo que sabía a redención. No había prisa. Tenían todo el tiempo del mundo, un concepto que a ambos les resultaba revolucionario.

Al caer la noche, la casa de cristal se llenó con el sonido de las cigarras y el suave zumbido del aire acondicionado. Lilian estaba sentada en la terraza, observando las estrellas que brillaban con una claridad que la ciudad nunca permitía. Tenía una copa de vino en la mano, pero no había probado ni un sorbo; estaba demasiado ocupada asimilando la sensación de no tener que planear el día siguiente.

Killian se acercó y se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas. Era una posición de entrega absoluta, un contraste total con el hombre que la había inmovilizado contra las columnas de hormigón semanas atrás. Lilian comenzó a pasar sus dedos por el cabello oscuro de él, desenredando los nudos de tensión que todavía parecían habitar en su nuca.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó ella en voz baja—. No podemos quedarnos en esta isla para siempre.

Killian cerró los ojos, disfrutando de las caricias de Isabel.

—Podemos hacer lo que queramos —respondió él—. He movido los fondos suficientes para que diez generaciones vivan en la opulencia sin tener que trabajar un solo día. Podemos irnos a Europa, a las montañas de Suiza o a una granja en la Toscana. Podemos ser quienes queramos ser, Isabel. Ya no somos la hija del Juez ni el rey del hampa. Somos fantasmas con mucho dinero.

Lilian sonrió, una sonrisa real que iluminó su rostro de una manera que hizo que el corazón de Killian diera un vuelco.

—Me gusta la idea de ser un fantasma —dijo ella—. Pero un fantasma que vive de verdad.

Se quedaron así durante horas, hablando de cosas triviales: de los libros que querían leer, de la comida que querían probar, de cómo se sentía caminar por la playa sin zapatos. Eran conversaciones humanas, banales, pero para ellos eran tesoros. Estaban aprendiendo a ser personas comunes después de haber sido peones en un tablero de ajedrez sangriento.

Cuando finalmente se retiraron a la habitación, el aire estaba cargado de una expectativa diferente. La cama, vestida con sábanas de hilo egipcio blanco, los esperaba bajo un ventilador de madera que giraba perezosamente.

Killian la desnudó con una devoción casi religiosa. Besó cada centímetro de su piel, deteniéndose en cada pequeña imperfección, en cada señal de su lucha. Lilian sentía que cada beso de él era una palabra de perdón, una forma de decirle que la amaba no por su belleza o su utilidad, sino por su esencia.

La intimidad esa noche fue un viaje de descubrimiento. Sin el reloj corriendo en su contra, sin enemigos acechando en las sombras, pudieron explorar sus cuerpos con una minuciosidad que los llevó a nuevas alturas de placer. Killian era posesivo, sí, pero su posesividad ahora era protectora, una promesa de que nadie volvería a ponerle una mano encima.

Lilian se entregó a él con una confianza total. Se sentía segura en sus brazos, protegida por su fuerza y amada por su oscuridad. En el clímax, no hubo gritos de guerra, sino susurros de nombres que ahora significaban todo el uno para el otro.

Al terminar, Lilian se acurrucó contra el pecho de Killian, escuchando su latido rítmico. El hombre que una vez fue su "monstruo" ahora era su hogar.

—Killian —susurró ella, justo antes de quedarse dormida.

—Dime, pequeña fiera.

—Gracias. Por todo.

Él la apretó más fuerte contra sí y la besó en la frente.

—No me des las gracias a mí, Isabel. Te las doy a ti por no dejarme solo en la oscuridad.

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*Soy Tu Dueña*
Escribes muy lindo
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