Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡¿Se puede saber que estás haciendo?!
Después de que Fernanda se marchara, un silencio asfixiante se adueñó del lugar. Sólo el leve sonido del monitor y el murmullo del viento que se colaba por la ventana acompañaban a Sofía. Su mirada estaba fija en el ventanal, observando cómo los rayos del sol comenzaban a filtrarse tímidamente entre las nubes.
La lluvia había cesado, dejando un brillo dorado sobre el asfalto mojado. Aquella escena, tan simple y serena, parecía recordarle que incluso después de la tormenta más intensa… siempre llega la calma.
Aun así, en su interior no había paz. El eco de sus pensamientos la mantenía atrapada entre la tristeza y el cansancio. La pérdida de su madre, y que ahora se alejara de su hermana la tenían atrapada en un tornado de emociones las cuales no sabía por cuánto tiempo más podía contener. Cerró los ojos un instante, intentando convencerse de que, tal vez, todo aquello finalmente había terminado y que solo era un mal sueño.
El chirrido suave de la puerta interrumpió su momento de silencio. Al girar el rostro, Sofía se encontró con una figura conocida; Luisa, la madre de Maximiliano. Su porte elegante y la serenidad de su mirada bastaron para suavizar la tensión del ambiente. Aquella mujer tenía un don natural para transmitir calma, aunque Sofía, en el fondo, no estaba preparada para verla… ni a ella, ni a nadie que perteneciera al mundo de Maximiliano.
— ¿Cómo te sientes? — Preguntó Luisa con dulzura mientras avanzaba hacia la cama.
— Mucho mejor, gracias por preguntar. — Respondió Sofía con una sonrisa débil, más por cortesía que por verdadera alegría.
El silencio volvió a instalarse entre ambas, pero no era incómodo. Era un silencio lleno de pensamientos, de palabras que deseaban salir y la otra no sabía cómo recibir. Finalmente, Luisa colocó sobre la mesita una bandeja con fruta cortada en trozos delicados.
— Después de momentos difíciles… — Dijo con una sonrisa cómplice. — Lo mejor es consentirse un poco. A mí, mi esposo siempre me complace con todo lo que le pido. Es un hombre muy consentidor.
Sofía arqueó una ceja con incredulidad. Era imposible que un hombre como ese, con esa aura dominante y prepotente tenga un lado tierno.
— ¿En serio? — preguntó Sofía con ironía. — No lo parece…
Luisa soltó una risa suave, casi melódica. Por supuesto que esas son cosas que ella no anda diciendo por allí a cualquiera. A decir verdad, esta vez tenía un propósito.
— Aquí entre nosotras. — Murmuró inclinándose un poco. — En realidad es como un gran oso de peluche.
Sofía no pudo evitar reír. Era imposible imaginar a un hombre tan imponente y serio como el señor Ferreira siendo comparado con un oso de peluche. Sin embargo, aquella imagen la hizo sentir ligera por un instante. Luisa la observó con ternura, notando cómo esa pequeña sonrisa le devolvía un poco de vida al rostro apagado de la joven.
En silencio, pensó en el carácter fuerte que debía tener aquella muchacha para resistir tanto dolor sin quebrarse. Veía en Sofía la mezcla de una mujer herida y una guerrera silenciosa, alguien que se había acostumbrado a protegerse a fuerza de golpes del destino.
— ¿Sabes? — Dijo Luisa tras unos segundos de reflexión. — Cuando conocí a mi esposo, él era el centro de atención en la facultad. Todas las señoritas suspiraban por él con gran melancolía, porque lo sentían inalcanzable. Decían que estaba enamorado de la hija del decano, una chica preciosa… pero ella nunca le prestó atención.
Se sentó al borde de la cama, con esa calidez maternal que parecía envolverlo todo, y tomó una de las manos de Sofía entre las suyas.
—Yo era solo la hija de la dueña de la cafetería. — Continuó con una sonrisa nostálgica. — Nadie me veía, ni siquiera él… al principio. Pero no dejé que eso me detuviera. Me acerqué, le hablé, lo escuché… y con el tiempo, conquisté su corazón.
Sofía la miró en silencio y con gran asombro, sin comprender del todo a dónde quería llegar, pero sintiendo en el fondo una conexión con aquella historia. Luisa hablaba con la voz pausada de quien sabe que sus palabras llevan un mensaje escondido.
— El miedo, Sofía… — Dijo finalmente, apretando un poco su mano. — El miedo es el peor enemigo que tenemos para avanzar. Nos paraliza, nos roba oportunidades, nos convence de que no merecemos más. Y eso aplica en todo… en el amor, en la vida, en los sueños.
Sofía bajó la mirada. Aquellas palabras le calaron más hondo de lo que habría querido admitir. No estaba segura de sí Luisa hablaba de ella y de Maximiliano, pero en su interior algo se removió. Y entonces pensó que tal vez, solo tal vez, aún había cosas que no estaban completamente perdidas.
Sin embargo, justo cuando Sofía reunió el valor suficiente para sincerarse con la madre de Maximiliano, la puerta se abrió y el ambiente cambió de inmediato.
Maximiliano entró en la habitación con paso firme, y su sola presencia fue suficiente para que Sofía guardara silencio, como si todas las palabras que estaba a punto de decir se hubieran desvanecido. Para ella no era extraño verlo allí, ya que de seguro su madre había insistido en que la acompañara.
— Al parecer… — Dijo él con tono indiferente mientras cruzaba los brazos. — deberías tener una habitación permanente en este lugar solo para ti.
El comentario cayó como un golpe seco. Pero a diferencia de lo que él pensaba, Sofía no dijo nada porque en el fondo… él tenía razón.
— Maximiliano Ferreira. — Intervino su madre de inmediato, visiblemente molesta. — ¿Se puede saber qué estás haciendo?
Él no mostró el más mínimo arrepentimiento ante sus palabras. Porque él ya había descubierto que cada vez que ella desafiaba a su padre, terminaba allí. En una cama de hospital, con el cuerpo debilitado y el alma aún más herida.
— Solo estoy siendo sincero, madre. — Su mirada se desvió hacia Sofía. — Si continúa actuando de la manera en la que lo hace, no sé cómo terminará.
Yo no he criado a un hijo tan maleducado y falto de tacto… — Continuó su madre, levantándose con indignación. — Sinceramente te desconozco. — Se acercó a él con firmeza. — Deberías retractarte, y pedir una disculpa. Y si no eres capaz de hacerlo… — Lo miró con decepción. — entonces no me vuelvas a dirigir la palabra.
Sin esperar respuesta, la señora Ferreira salió de la habitación, dejando tras de sí una tensión difícil de ignorar, dejando a Maximiliano inmóvil por unos segundos. Sofía, en cambio, tomó un trozo de fruta de la bandeja con total tranquilidad, como si nada hubiera pasado.
— Al parecer estás más pendiente de mi vida de lo que esperaba. — Comentó con aparente desinterés. — No pensé que fueras tan observador, señor Ferreira.
El tono de su voz era suave, casi burlón. Pero su mirada reflejaba algo más. Maximiliano la observó en silencio comprendiendo que esa era su mejor arma para defenderse. Su madre ya se lo había advertido. Sofía no era una mujer con la que se pudiera jugar… ni mucho menos de las que permiten que se acerquen a ella con facilidad. Sin embargo, al parecer esta vez era diferente, porque ella había sido la primera en acercarse a él, pero ahora que él había quitado toda barrera, parecía ser que quería levantar un muro entre los dos.
Maximiliano dejó escapar un suspiro casi imperceptible. Si las cosas continuaban así, no sabe como terminará todo.
— Hay algo que debo decirte. — Dijo finalmente Maximiliano, cambiando completamente el tono de la conversación.
Sofía no respondió, pero dejó de comer al percibir el cambio de su voz y en cómo la observaba.
— Se trata de tu padre.
El aire en la habitación pareció volverse más pesado. El simple hecho de escuchar esa palabra fue suficiente para que las emociones de Sofía se alterarán con fuerza, y los recuerdos la golpearon sin previo aviso. El dolor al saber que había perdido a su madre, la impotencia de no poder ayudar a su hermana cuando todo sucedió.
Sofía cerró los ojos por un instante tratando de recuperar sus fuerzas, tenía recuerdos borrosos de lo que había sucedido realmente. No sabe cómo terminaron en el hospital ni quien las ayudó. Lo único que tenía claro, era encontrar el cuerpo de su madre y terminar con su padre de una vez por todas.
— Prefiero no hablar de eso. — Dijo con firmeza.
Pero eso no era suficiente para Maximiliano, quien dio un paso hacia ella con insistencia.
— Sofía, esto es importante. — Volvió a hablar, pero esta vez con un tono de voz más serio.
— He dicho que no quiero hablar de eso. — Repitió, esta vez con un tono más cortante.
Maximiliano apretó la mandíbula con impotencia. Sabía que estaba tocando un tema delicado, pero también sabía que debía decirle la verdad. Pero justo cuando pensaba en insistir, la puerta volvió a abrirse.
— Buenas tardes. — Anunció el doctor al entrar, acompañado de una enfermera. —. Vamos a hacer un chequeo de rutina.