Lucia tiene que vivir bajo el odio de su propia familia sin saber el porqué, toda su vida ha sido así. En la escuela conoce a Liam, un chico que parece interesarse en ella, pero para su sorpresa, Fernanda, la hermana de Lucia, está enamora de Liam, lo que causara mayores problemas para Lucia…
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Bajo el Manto de las Sorpresas
Narra Lucía…
Bajaba lentamente las escaleras, ajustándome el vestido, cuando mis ojos captaron la presencia de cinco personas en la sala. Entre ellas, un hombre al que jamás había visto en persona, pero cuya figura no me era indiferente. Su rostro había salido en más de una portada financiera. Sabía quién era: uno de los hombres con más poder de esta ciudad, dueño de una red de empresas y casi socio del segundo más rico, un viejo amigo suyo.
Tomé aire y avancé con la frente en alto, sabiendo que mi presencia no era bienvenida, pero también sabiendo que ese era precisamente mi mayor poder.
—Buenas noches a todos —saludé, con serenidad—. Padre, hoy no estaré para la cena, así que no deben preocuparse por verme en la mesa. Sé que mi presencia no es del agrado de muchos aquí.
El desconocido levantó una ceja, observándome con detenimiento.
—Buenas noches, jovencita. Richard, ¿no me habías dicho que tenías otra hija? Y además… hermosa. Su rostro me recuerda a alguien —comentó, intrigado.
—No se sorprenda, siempre he sido así —respondí con una sonrisa afilada—. ¿A quién le recuerdo?
Gabriela rió con esa risa fingida que me hervía la sangre.
—Ay, señor Frederick, ¡qué cosas dice! Seguro la ha confundido.
—Sí, sí, seguro. Qué memoria la mía… Discúlpeme —murmuró él, aunque sus ojos no se apartaban de mí.
Me crucé de brazos y le miré directo.
—Aunque sean mis padres… si yo fuera usted, cuidaría mis intereses. Nunca se sabe quién está mirando. Que tenga una linda noche.
—¡Lucía! —intervino Gabriela, indignada—. ¿Cómo puedes hablar así delante del señor Frederick? ¡No respetas a tu familia! ¿Por qué no puedes ser como tu hermana? No sabes que él es una persona muy importante.
—¿Qué va a saber ella? Si se la pasa en la calle… —añadió Richard con desprecio.
Entonces sonreí. Una sonrisa lenta, calculada, como las que se guardan para el jaque mate.
—Por supuesto que lo conozco, padre —dije, dando un paso al frente—. Él es el señor Frederick Thompson, padre de Liam Thompson Weg, y esposo de la señora Weg. Uno de los hombres más poderosos de esta ciudad. Tiene negocios dentro y fuera del país, y aunque los Cooper están a la par, él sigue siendo de los primeros. Ustedes, en cambio… están como en el sexto lugar en el ranking de empresas. Y aunque “me la paso en la calle”, sé perfectamente que hay una empresa con nombre falso que ha escalado al cuarto puesto en menos de tres años. No digo que sea ilegal, porque opera bajo la ley, pero el nombre no es real. ¿O me equivoco, señor Frederick?
Él alzó las cejas, sorprendido.
—En absoluto. Hace poco descubrimos que su dueño no quiere darse a conocer. Siempre envía a su secretario. Lo del nombre falso, no lo sabía… pero estamos investigando. Pronto sabremos quién es.
—Quizás sí, quizás no —repliqué, encogiéndome de hombros—. Contactos, señor, solo contactos. Pero si le interesa mi consejo, deje las cosas como están. Podría llevarse una sorpresa cuando descubra quién está detrás.
El silencio en la sala fue brutal. Todos me miraban como si fuera una completa extraña… una amenaza. Me encantaba.
—Tienes más conocimiento que tu hermana en estos temas. Me has sorprendido, jovencita —dijo Frederick con una sonrisa sincera—. Richard, tienes una hija estupenda.
—Lo mismo digo… —farfulló Richard, molesto, casi sin querer admitirlo.
Frederick me extendió una tarjeta.
—Te dejo mi contacto. Me gustaría conocerte mejor, conversar otro día. ¿Cuál es tu nombre?
—Lucía —respondí con una sonrisa ladina—. Pero mis amigos me dicen Lucy. Un placer conocerlo. Feliz Navidad. Hoy no volveré a casa, quizás mañana por la tarde. Disfruten las fiestas.
Me di la vuelta con paso firme, sintiéndome completamente viva… y fue ahí cuando choqué con un cuerpo.
—¡Ay! —murmuré, levantando la vista.
Mi corazón dio un vuelco.
—Liam… —susurré. Claro. ¡Tenía que ser él! El hijo de Frederick. Cómo no lo había visto venir antes.
—Hola —dijo, esbozando una sonrisa ladeada—. Feliz Navidad.
—Gracias. Igual a ti —murmuré, ya dispuesta a largarme, incómoda con la intensidad de su mirada.
—¿Suerte con Fernanda? —solté mientras encendía la moto.
—¿Vas a manejar con vestido? —preguntó acercándose demasiado.
—¡Ay! ¿Qué te pasa? ¿Desde cuándo estás tan cerca? Sí, voy tarde. Así que, permiso…
—Tranquila, no me voy a disculpar por asustarte. Pero por cierto… no estoy aquí por Fernanda. Estoy por mi padre. Tenía otros planes para esta noche, y si él no se apura, llegaré tarde a una cena importante.
—Suerte con eso —dije mientras aceleraba, fingiendo calma. Pero entonces sonó mi celular. Era él.
—Hola, amor… sí, ya voy. No demoro… ¿El vestido? Lo llevo puesto. Nadie va a ver nada. No te preocupes. Si llego antes… ya sabes, me debes algo. No, no me mataré. Chau.
Colgué y giré el rostro. Liam aún me observaba con el ceño fruncido.
—¿Tienes novio? —preguntó, molesto.
—Eso no te interesa —repliqué con frialdad—. Ahora, quítate del camino.
Estaba por arrancar cuando, de pronto, sentí sus labios sobre los míos. ¡Otra vez! ¡Este idiota! Quise empujarlo, pero antes de lograrlo, apoyó su frente en la mía y susurró:
—Más te vale que no lo tengas, pequeña…
¡Paf! La bofetada le cruzó la cara.
—Eso es para que pienses dos veces la próxima vez. ¡Y ahora sal de mi camino!
—¡Pequeña mocosa! —gritó a la distancia mientras me alejaba—. ¡Esto no se queda así!
Aceleré. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a salir por mi garganta. ¡¿Cómo se atrevía a besarme otra vez?! Y lo peor… ¿por qué me había gustado? ¡No, no, Lucía! ¡Deja de pensar estupideces!
Llegué a casa de Abby, me arreglé un poco y toqué el timbre. Sus padres me recibieron con una sonrisa.
—Pasa, cariño. La cena está servida. Pensamos que no vendrías. Aún falta alguien, llega más tarde.
Entré y vi a Abby conversando con Jeremy y los chicos. Y entonces… me vino Nadir a la mente.
¿Dónde estás?
—Hola, chicos. No pensé que ustedes también vendrían.
—Fue algo de última hora —dijo Jeremy—. Nuestros padres están en reuniones importantes, ya sabes… cosas de sociedad.
—Estás preciosa, mujer —exclamó Abby—. ¡Si fuera hombre, ya te habría secuestrado!
—Abby, puedes dejar tus cosas solo por un día —le respondí, riendo.
—Estás preciosa —añadió Alan.
—No sabía que tenías ese cuerpo, Lucía —dijo Max, con una sonrisa pícara—. Estás de infarto. Si alguien te ve… comete locuras.
—¿A qué te refieres?
—Nada, nada. Comamos. Los padres de Abby se van pronto. Al menos compartamos esta cena juntos.
—Sí —añadió Abby emocionada—. Nos dejaron la casa solo por hoy. ¡Ay, cómo los amo!
Y entre bromas, risas, y una copa de vino en la mano, compartimos la que, hasta ahora, ha sido una de las mejores navidades de mi vida. Aunque en el fondo… sentía que aún me faltaba alguien.