esta hermosa novela se trata de una mujer que dejó de vivir sus sueños juventud por dedicarse a sacar adelante a sus hermanos también nos muestra que que no importa la edad para conseguir el amor.
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capítulo 24
La mujer, cuando había escuchado Victoria Hernández, se quedó un largo rato observando a la mujer que estaba al lado de José. Ese nombre —Victoria— le había recordado a aquella mujer que su esposo mencionó cuando estaban a punto de hacer el amor.
Pero, entre más la miraba, se daba cuenta de que no era nada parecido a los gustos que su esposo podía llegar a tener por una mujer. Esta mujer era bajita, gordita y con el rostro lleno de pecas. Había desechado la idea de que ella pudiera ser la mujer que Enrique había mencionado.
Se sentía frustrada por no saber quién era aquella mujer, por suponer que cualquier mujer llamada Victoria sería la mujer con la que su marido la estaba traicionando. Necesitaba información rápida sobre esa mujer.
Con una voz calmada y amigable, la mujer dijo:
—Disculpe mi atrevimiento por creer que su hermano era su esposo. Mucho gusto, Melisa de la Torre.
Victoria estiró su mano con inseguridad.
—Mucho gusto, Victoria Hernández.
Ella no podía creer que le estaba dando la mano a la esposa de Enrique.
No sabía ni cómo era capaz de mirarla a la cara, tampoco entendía cómo estaba logrando controlar sus nervios. Entre más miraba a la mujer, menos comprendía por qué Enrique la había traicionado. La mujer parecía una muñeca: todo en ella gritaba perfección.
—Discúlpeme, señora Hernández… ¿es usted casada?
—No, señora de la Torre. No nací para ser una mujer casada, sino soltera —respondió ella con una sonrisa tierna y amigable.
—No puedo creer que usted, siendo una mujer tan hermosa, diga esas palabras. Me encantaría invitarla a tomar un café.
Entre más hablaba la mujer, más culpable se sentía Victoria. No solo era elegante, sino también muy amable. Mientras escuchaba la invitación, no sabía si aceptar o no. No quería tener cercanía con ella; no quería sentir más remordimiento.
A pesar de que Melissa vio que la mujer no era del gusto de su esposo, al escuchar que era soltera sintió que podía llegar a ser la Victoria que él había mencionado. No podía descartarla: igual era una mujer, y mirándola bien, no era fea. Bien arreglada, a pesar de tener unos kilos de más, se podía ver muy bien.
—Como mira, mi hermana acaba de llegar a la ciudad, apenas está adaptándose —intervino José, al notar la incomodidad de Victoria—. Pero bien pueda, siga, señora de la Torre. Dígame qué la trae por aquí.
Ya en la oficina, la mujer se sentó con elegancia y explicó lo que necesitaba.
—Me encantaría mirar su nueva colección. A mi esposo le encanta verme elegante y, sobre todo, muy sensual. Eso hace que entre nosotros nunca muera la pasión ni el amor.
José no podía negarse. Era una clienta fiel, aunque extremadamente exigente. No entendía la actitud tan amable que había tenido con su hermana; solía ser caprichosa.
Recordó la colección de dos meses atrás, donde ella había sido una de las modelos. Peinarla había sido un problema: no hacía más que gritar. Y ahora, viendo la actitud con su hermana, se preguntaba si ya sabía que Victoria era la mujer con la que Enrique se había enredado.
La mujer se levantó y se despidió educadamente. Se acercó a Victoria y le dio dos besos en la mejilla.
—No irás a tomar ningún café con esa mujer que acaba de ser extremadamente educada contigo. Es demasiado arrogante. La conozco muy bien —dijo José cuando ella se alejó.
Mientras Victoria corría de un lado para otro ayudándole, aquello le evitó pensar en la mujer que acababa de conocer… y en Enrique. No sabía cuántas veces había ido a la impresora o cuántas veces le había llevado un té a su hermano. Cuando él miró la hora, se sorprendió: eran las cinco de la tarde.
—Creo que si no estuvieras embarazada serías mi ayudante.
—Lo puedo hacer. Estar embarazada no es una enfermedad —respondió ella.
—Sabes por qué necesito también tener dónde quedarme —añadió—. Porque tú necesitas tu espacio. Ya tienes tu pareja… y sé que dirás que no es problema, pero el hogar es de dos: ya tres y cuatro sobran.
Mientras conversaban, José la invitó a comer un helado, pero el celular de ella comenzó a sonar. Era Vivian.
—Vicky, no me he olvidado de ti. Vine a pasar unos días con Fernanda. Nos invitó a comer a uno de los mejores restaurantes y Gustavo dijo que no acepta un no por respuesta.
—Está bien —respondió cortando la llamada—. Dejaremos el helado para otro día… pero hoy quiero que te dejes vestir por mí.
—Me siento cansada, no quiero ir.
—Tienes que ir. Fernanda me reclamó. Dijo que yo me adueñé de ti y que no olvidara que ella también es tu hermana. La hemos consentido demasiado.
Al llegar a casa, Mauricio ya estaba allí. José corrió a abrazarlo.
—Creo que estás sentimental. Solo no pasé un día contigo y ya me extrañas…
Victoria sonrió. Se alegró de ver cuánto se querían. Decidió bañarse. Bajo el agua, recordó a Enrique: sus caricias, su cuerpo, su manera de tomarla sin pedir permiso. Lo deseaba. Pensarlo era peligroso… y prohibido.
Unos golpes en la puerta la sacaron de sus pensamientos. Era José, con un vestido rosado en la mano.
—Se te olvida que tienes cita con Fernanda. Mira lo que te vas a poner.
Victoria acarició el vestido. Era precioso.
José peinaba el cabello de su hermana mientras le hablaba del lugar al que irían. Luego, le colocó una cadena de diamantes.
—Es para ti. No quiero que te la quites.
Victoria lloró. Sus hermanos siempre eran así: amor puro.
Más tarde, mientras esperaba el Uber, Mauricio le dijo lo preciosa que estaba. El viaje fue agradable; el conductor resultó un excelente conversador.
En el restaurante, Gustavo se quejaba de que Fernanda siempre se tardaba. Ella bromeó y lo besó. Vivian, a su lado, soñaba con casarse con Andrés algún día.
De pronto, Gustavo saludó a unos conocidos… y fue entonces cuando vio entrar a Enrique con Melissa, tomados de la mano. Ella lo saludó con una sonrisa amplia. Él respondió con una mirada seria, distante… y fría.