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Los Protegeré

Los Protegeré

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Mundo mágico / Venganza
Popularitas:364
Nilai: 5
nombre de autor: Leandro Martin Diaz

En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.

NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: Nueva misión Parte (1)

Los primeros días después de regresar a Ardentia, Elia descubrió que recuperarse era mucho más aburrido de lo que había imaginado.

No podía hacer nada y según Sira, tampoco podía pasar horas practicando magia dentro de su habitación.

—Pero ya estoy bien.

Protestó Elia por tercera vez aquella mañana.

Sira terminó de revisar el vendaje de su brazo y negó con la cabeza.

—Eso dijiste ayer.

—Porque ayer también estaba bien.

—Y anteayer.

Elia frunció el ceño.

—Entonces llevo tres días estando bien.

Sira soltó una pequeña risa.

—Llevas tres días intentando convencerme de que puedes volver a entrenar.

—Porque puedo.

—Todavía no.

La respuesta fue tan tranquila que Elia no encontró una forma para discutir.

—Tu cuerpo se está recuperando rápido. Eso es cierto. Pero lo ocurrido en el bosque no fue normal. Tu mana aumento mientras estabas inconsciente y alcanzó un nivel considerablemente superior al que tenías antes de la misión.

Elia miró sus manos.

—¿Y ahora?

—Ahora está estable.

—¿Ya no está aumentando?

—No de la misma forma.

Sira se sentó frente a ella.

—Antes de la batalla, tu reserva de mana ya estaba creciendo poco a poco. Después de perder el conocimiento ocurrió algo diferente, lo que causó que durante varias horas tu mana aumente por sí solo. Cuando finalmente se detuvo, quedó estable.

Elia escuchó con atención.

—Entonces ahora tengo más mana que antes.

—Sí.

—¿Mucho más?

Sira pensó antes de responder.

—Si mucho más..

Elia bajó la mirada, dentro de su cuerpo podía sentirlo.

Antes, su mana se había parecido a un río que lentamente se hacía más ancho.

Ahora era como si el río hubiera encontrado un cauce mucho más profundo.

No aumentaba cada segundo, pero había algo allí que antes no estaba.

Una reserva mayor.

Más grande.

—¿Voy a poder usarlo?

—Con entrenamiento y control, sí. Pero tener más mana no significa que puedas utilizarlo todo de golpe.

Elia asintió, eso tenía sentido.

—Entonces necesito entrenar.

Sira la miró.

—Necesitas descansar primero.

Elia dejó caer los hombros.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre intentas hacer lo contrario.

Cuando Sira salió de la habitación, Elia se acercó a la ventana.

Desde allí podía ver el patio de la Casa de los Puentes.

Varias paredes necesitaban reparaciones, algunas ventanas dejaban pasar demasiado viento y el techo todavía tenía una zona que Madre Liria quería arreglar antes del invierno.

Tomás, un muchacho de ocho años con el cabello oscuro siempre despeinado, estaba intentando arreglar una caja de madera junto a la pared.

Tenía la costumbre de desarmar cualquier cosa que pudiera abrirse y después descubrir que no sabía volver a armarla.

A su lado estaba Lía, de siete años, una niña de cabello castaño y pecas en las mejillas que llevaba varios minutos diciéndole que estaba colocando una pieza al revés.

—Te dije que era por el otro lado.

Insistió Lía.

—No.

—Sí.

—No.

—Tomás, mira el dibujo.

El niño miró la pieza.

Luego el dibujo, finalmente la giró.

—Ah.

Lía cruzó los brazos.

—Te dije.

Un poco más lejos, Bruno, de nueve años, ayudaba a transportar leña. Era uno de los niños más tranquilos de la casa y rara vez hablaba si no tenía algo importante que decir.

A su lado, la pequeña Vera, de seis años, llevaba dos ramas mucho más grandes que ella y caminaba con una concentración absoluta para demostrar que no necesitaba ayuda.

—Vera, esas ramas pesan demasiado.

Le dijo Bruno.

—Puedo.

—Ya lo sé. Pero puedes llevar unas más pequeñas.

Vera lo pensó.

—No.

Bruno suspiró y tomó una de las ramas.

—Entonces llevamos una cada uno.

Vera aceptó como si hubiera sido su propia idea, Elia sonrió.

También estaban los más pequeños.

Nico, de cuatro años, perseguía a un gato que había entrado al patio, mientras Alma, de cinco intentaba atraparlo antes de que se escapara.

—¡No corran dentro de la casa!

Gritó Tarin desde la puerta.

Nico frenó, Alma también.

El gato aprovechó la oportunidad y desapareció detrás de unas cajas.

—¡Se escapó!

Protestó Nico.

—Porque gritaste.

Respondió Alma.

—¡Tú también gritaste!

—Pero yo lo estaba siguiendo.

Elia no pudo evitar reír.

—¿Siempre son así?

Tarin entró en la habitación.

—Desde que se despiertan hasta que se duermen.

—Entonces la casa está bastante viva.

—Demasiado, a veces.

Tarin miró hacia el patio.

—Pero es mejor que antes.

Elia dejó de sonreír durante un instante, sabía a qué se refería.

Antes de llegar a Ardentia, todos ellos habían conocido un lugar diferente.

Valdoria.

Un hogar que ya no existía, Tarin se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Quieres bajar?

—Sira dijo que tengo que descansar.

—Entonces puedes sentarte con los demás.

—Eso sí puedo hacerlo.

Cuando Elia bajó al patio, Nima corrió hacia ella con Pipa entre los brazos.

—¡Elia!

—¿Qué pasa?

—Pipa durmió conmigo otra vez.

—Entonces parece que ya tiene habitación propia.

Nima sonrió.

Tomás se acercó.

—¿Cuándo vas a volver a entrenar?

—No sé.

Lía apareció detrás de él.

—Seguro que mañana.

—No.

Bruno negó con la cabeza.

—Sira dijo que tiene que descansar.

Vera levantó una mano.

—Yo escuché que todavía está débil.

Elia la miró.

—¿Quién te dijo eso?

—Madre Liria.

—¡No estoy débil!

Tarin, que acababa de salir al patio, sonrió.

—Nadie dijo que fueras débil. Dijeron que estás recuperándote.

Elia lo miró con desconfianza.

—Es casi lo mismo.

—Significa que estás viva y que tu cuerpo necesita tiempo.

La respuesta la hizo callar, no porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía que Tarin tenía razón.

Nima tomó la mano de Elia.

—Quedate con nosotros.

—Eso parece una orden.

—Sí.

Elia miró a los niños.

—Entonces supongo que no tengo opción.

—No.

Respondió Lía.

—Somos mayoría.

Tomás levantó un dedo.

—Eso es verdad.

Elia se echó a reír, poco después, todos se reunieron para ayudar con las tareas de la casa.

Bruno y Tarin llevaron leña, Lía organizó algunos libros viejos.

Tomás continuó intentando reparar la caja, Vera y Alma ayudaron a Madre Liria a ordenar la cocina.

Nico, por supuesto, consiguió distraerse persiguiendo nuevamente al gato.

Elia quiso ayudar con una de las cajas, pero Madre Liria la detuvo antes de que pudiera levantarla.

—Tú no.

—Puedo cargarla.

—Por eso.

—Pero estoy aburrida.

—Puedes estar aburrida sentada.

Elia suspiró.

—Todos se pusieron de acuerdo para decirme eso.

Madre Liria sonrió.

—Quizá porque todos queremos que estés bien.

Elia no respondió, miró a los niños, a todos y algunos habían perdido a sus familias.

Otros todavía tenían pesadillas, algunos apenas hablaban de lo sucedido.

Pero ahora estaban allí, todos juntos, la verdad era que la Casa de los Puentes no era perfecta.

Sin embargo, cada uno había comenzado a dejar algo de sí mismo en ella.

Un dibujo de Alma en una pared, las herramientas de Tomás debajo de una mesa.

Los libros de Lía cuidadosamente ordenados.

Las pequeñas ramas que Bruno guardaba para practicar con madera.

Los juguetes de los más pequeños esparcidos por el suelo y Pipa que parecía pasar más tiempo en los brazos de Nima que en cualquier otro lugar.

Elia comprendió entonces que quizá aquello era precisamente lo que significaba tener un hogar.

No era solamente tener paredes, era tener personas que esperaban que regresaras.

Durante la comida, todos se reunieron alrededor de las mesas, había pan, verduras, carne guisada y una sopa espesa preparada por Madre Liria.

El ruido regresó, perineo con Tomás que discutía con Lía sobre la caja.

Vera quería más pan, Nico contaba una historia que nadie entendía completamente.

Alma intentaba convencer a Nima de que Pipa necesitaba una capa nueva y Bruno simplemente comía en silencio mientras escuchaba a los demás.

En medio de aquella conversación, uno de los niños preguntó.

—Elia, ¿cuando seas una aventurera de verdad vas a conseguir dinero?

—Sí.

—¿Mucho?

—Espero que sí.

—¿Y vas a construir la casa nueva?

Elia miró alrededor, la pregunta no era una broma, los niños realmente querían saberlo.

—Sí.

Respondió.

Tarin sonrió.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

Elia apoyó las manos sobre la mesa.

—Primero necesitamos dinero. Después un terreno, luego materiales y habrá que encontrar personas que sepan construir.

Tomás levantó la mano.

—Yo puedo ayudar.

—Yo también.

Dijo Lía.

Bruno asintió.

—Yo puedo cargar cosas.

—Yo puedo plantar.

Añadió Vera.

Nico levantó ambos brazos.

—¡Yo también!

Todos lo miraron.

—¿Qué puedes hacer tú?

Preguntó Alma.

Nico pensó durante unos segundos.

—Puedo encontrar gatos.

El comedor estalló en risas, incluso Madre Liria tuvo que ocultar una sonrisa.

Elia negó con la cabeza.

—Entonces ya tenemos nuestro primer especialista.

Nico sonrió orgulloso.

—¿Qué es especialista?

—Alguien que sabe hacer algo mejor que los demás.

Nico miró hacia el patio.

—Entonces soy especialista en gatos.

—Definitivamente.

La conversación continuó durante varios minutos, Elia los escuchó hablar sobre cómo sería la nueva casa.

Una biblioteca, con un jardín, una cocina grande, un lugar para entrenar, habitaciones suficientes para todos y una zona donde los más pequeños pudieran jugar sin molestar a quienes estudiaran.

Por primera vez, el proyecto dejó de sentirse como un sueño lejano.

Si era difícil, también costaría mucho, quizá tomaría años.

Pero ya no era solamente una idea de Elia, ahora todos tenían algo que aportar.

Aquella noche, cuando los niños finalmente se fueron a dormir, Elia regresó a su habitación.

Se sentó en la cama y cerró los ojos, buscó su mana, lo encontró.

Estaba allí, más grande que antes, mucho más estable.

No crecía por sí solo, no se desbordaba y menos temblaba.

Era simplemente una reserva nueva que todavía no comprendía, Elia intentó mover una pequeña cantidad hacia su mano.

Una diminuta esfera de agua apareció sobre su palma, la mantuvo durante unos segundos.

Después la dejó desaparecer, no había intentado utilizar toda su nueva reserva.

Todavía no sabía cuánto podía manejar sin perder el control y esa era precisamente la lección que había aprendido en el bosque.

Tener más poder no significaba saber utilizarlo, Elia abrió los ojos.

—Primero control.

Recordó las palabras de Orven, miró hacia la puerta y del otro lado estaban los niños.

Su nuevo hogar, el lugar que quería proteger y entonces sonrió.

Todavía tenía seis meses antes de la evaluación, seis meses para mejorar su magia.

Su espada.

Su resistencia.

Su control.

Y, algún día, construir un hogar mucho mejor para todos ellos.

Pero por ahora tenía que hacer algo mucho más difícil que hacer y es descansar.

Los días de descanso terminaron siendo menos tranquilos de lo que Elia esperaba.

Durante la primera semana, Madre Liria tuvo que recordarle varias veces que todavía estaba recuperándose.

Cada vez que Elia intentaba escaparse al patio para practicar, alguno de los niños terminaba delatándola.

La primera vez fue Nico.

El pequeño apareció corriendo por el pasillo mientras Elia intentaba ponerse las botas.

—¡Madre Liria! ¡Elia se está escapando!

Elia se quedó congelada.

—Nico...

—¿Qué?

—No tenías que decirlo.

Nico sonrió orgulloso.

—Pero me dijiste que no mintiera.

—Eso no significa que tengas que contar todo.

Nico pareció considerar aquellas palabras.

—Entonces, ¿puedo contar algunas cosas?

—No.

—Ah.

Y salió corriendo, desde la cocina se escuchó la voz de Madre Liria.

—¡Elia!

Elia volvió a sentarse en la cama.

—Te odio.

Nico asomó la cabeza por la puerta.

—¿A mí?

—Un poco.

El niño sonrió.

—Está bien.

La segunda vez fue Vera, Elia había conseguido llegar hasta el patio y estaba haciendo algunos movimientos con una espada de madera cuando Vera apareció detrás de ella.

—Sira dijo que no podías entrenar.

—Solo estoy moviéndome.

—Eso es entrenar.

—No exactamente.

Vera cruzó los brazos.

—Voy a buscar a Sira.

—Espera.

Vera sonrió.

—Entonces sí estabas haciendo algo malo.

Elia la miró con incredulidad.

—¿Desde cuándo eres tan lista?

—Desde siempre.

Aquello hizo reír a Elia.

Vera era pequeña, pero tenía una seguridad que sorprendía. Cuando algo se le metía en la cabeza, era difícil hacerla cambiar de opinión.

Lía, en cambio, era mucho más observadora. No necesitaba levantar la voz para hacerse notar, siempre estaba pendiente de los detalles y tenía la costumbre de corregir a los demás cuando veía algo que no encajaba.

Tomás era completamente diferente.

Era incapaz de permanecer quieto y si encontraba algo quería desarmarlo, si veía una herramienta quería descubrir para qué servía, si algo estaba roto, intentaba arreglarlo aunque nadie se lo hubiera pedido.

Y Bruno era quien normalmente terminaba siguiéndolo para evitar que destruyera algo.

—Tomás, eso no se toca.

Decía Bruno.

—Solo estoy mirando.

—Ya quitaste tres piezas.

—Porque quería ver cómo funcionaba.

—Ahora no funciona.

—Entonces descubrimos el problema.

Bruno respondio con un suspiro.

Nima, por su parte, era diferente con Elia.

Después de lo ocurrido en el bosque se había vuelto más pendiente de ella. No preguntaba directamente por las heridas, pero siempre encontraba una excusa para estar cerca.

A veces aparecía con Pipa, otras llevaba una taza de agua y algunas simplemente se sentaba a su lado sin decir nada.

Elia había empezado a entender que aquella era su manera de comprobar que estaba bien.

Finalmente, después de varios días, Sira consideró que podía regresar al entrenamiento y así llego la mañana en la que Elia recibió permiso, prácticamente salió corriendo de la casa.

—¡Despacio!

Gritó Madre Liria desde la puerta.

—¡Voy despacio!

Tarin apareció detrás.

—Eso no fue despacio.

—Estoy emocionada.

—Eso sí te lo creo.

Cuando Elia llegó al patio del gremio, Bram ya estaba esperándola.

—Llegas temprano.

—Me dijiste que viniera temprano.

—Pensé que te costaría levantarte después de tantos días sin entrenar.

Elia levantó la espada de práctica.

—No me costó.

Bram sonrió.

—Entonces veremos cuánto recuerdas.

Antes de comenzar, Orven apareció acompañado por Sira, Elia los miró.

—¿También vienen a impedirme entrenar?

—No.

Dijo Orven.

—Venimos a explicar tu nuevo entrenamiento.

—Entonces sí puedo entrenar.

—Puedes.

Elia sonrió, Bram cruzó los brazos.

—Pero hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Hasta ahora entrenabas para hacerte más fuerte.

Orven continuó.

—A partir de ahora vas a entrenar para controlar la fuerza que ya tienes.

Elia perdió un poco la sonrisa, sabía a qué se referían.

—Por lo que pasó en el bosque.

Orven asintió.

—No considero que hayas fracasado. Pero tampoco podemos ignorarlo.

Elia apretó la espada.

—No quiero volver a perder el control.

—Entonces trabajaremos para que no ocurra.

Sira tomó la palabra.

—Y tu mana también cambió.

Elia asintió.

—Ahora tengo más.

—Bastante más que antes. Pero no sabemos cuál es tu límite.

—¿Podemos medirlo?

—De momento no.

Elia hizo una mueca.

—¿Por qué?

—Porque intentar gastar todo tu mana solamente para averiguar cuánto tienes es absurdo, Bram soltó una carcajada.

—Y porque probablemente terminaríamos cargándote de regreso a la casa otra vez.

Elia lo miró.

—Eso no volverá a pasar.

—Eso espero.

Orven señaló el centro del patio.

—Hoy vas a trabajar en algo más importante.

—¿Qué?

—No desperdiciar mana.

Sira colocó una pequeña piedra en el suelo.

—Crea una esfera de agua alrededor de ella.

Elia extendió la mano, el mana respondió y una esfera de agua envolvió la piedra.

—Más pequeña.

Elia obedeció.

—Más.

La esfera se redujo.

—Ahora mantenla.

Elia mantuvo el hechizo, al principio fue sencillo y con el paso del tiempo empezó a deformarse.

Su primer impulso fue añadir mana, pero se detuvo.

Recordó lo que había aprendido anteriormente.

Debía mantener la esfera, entonces respiró y la esfera volvio a formarse, Sira sonrió.

—Eso.

Elia abrió los ojos.

—¿Lo hice?

—Sí.

—Entonces ya aprendí.

Sira negó con la cabeza.

—Ahora hazlo diez veces.

Elia se quedó mirando la esfera.

—Eso es trampa.

Bram se rio.

—No. Eso es entrenamiento.

La primera sesión terminó siendo mucho más difícil de lo esperado.

Elia podía crear una esfera de agua con facilidad.

El problema era mantenerla usando la menor cantidad posible de mana, cada vez que utilizaba demasiado, Sira la hacía empezar de nuevo.

Cada vez que intentaba corregir un error con más energía, Bram le pedía que bajara la espada y pensara.

Al final, Elia consiguió mantener la esfera durante varios minutos, había utilizado mucho menos mana que al principio.

—Mejor.

Dijo Sira.

Elia observó la pequeña esfera.

—Entonces tener más mana no significa que todo sea más fácil.

—Exactamente.

—Solo significa que puedo equivocarme más.

Bram sonrió.

—Ahora empiezas a entenderlo.

Después vino la espada, Bram no permitió que Elia utilizara magia durante los primeros ejercicios.

Ella atacó, Bram bloqueó, volvió a atacar pero Bram volvió a bloquear.

Elia retrocedió y esperó.

—No mires mi espada.

Dijo Bram.

Elia corrigió la mirada.

—Mira mis hombros.

Ella lo hizo, entonces Bram avanzó, Elia esquivó.

—Mejor.

Volvieron a empezar, esta vez Elia esperó y observó sus pies, postura, yl movimiento de sus hombros.

Cuando Bram atacó, ella se apartó y respondió con un golpe rápido.

El escudo lo detuvo, Elia giró y cambió el ángulo haciendo que Bram tuviera que moverse.

—Eso está mejor.

Elia sonrió.

—¿Puedo usar magia ahora?

—Una pequeña cantidad.

—Perfecto.

La siguiente ronda fue diferente, Elia cubrió la espada con una fina capa de agua.

Elia ataco, Bram bloqueó, pero el agua se deslizó por el escudo y alteró ligeramente la trayectoria, y Bram tuvo que retroceder.

—Eso sí es interesante.

Elia sonrió.

—Quiero hacerlo otra vez.

—Hazlo.

Una pequeña llamarada apareció detrás de Bram, el tuvo que moverse, Elia aprovechó el espacio y avanzó.

Bram lo bloqueó, pero esta vez Elia había conseguido obligarlo a cambiar de posición.

—Bien.

Dijo Bram.

—Ya estás empezando a entender.

Elia respiró profundamente, no había ganado pero había creado una oportunidad y eso era diferente.

Desde el borde del patio llegó una voz.

—¡Yo también quiero hacerlo!

Elia se giró, era Tomás que estaba detrás de la puerta junto a Lía, Bruno, Vera, Nima y otros niños.

—¿Qué hacen aquí?

Preguntó Elia.

Lía respondió.

—Madre Liria vino a buscar unos documentos.

Tomás levantó su espada de madera.

—Y yo traje esto.

Bram miró el arma.

—¿La hiciste tú?

—Sí.

—¿Quién te enseñó?

Tomás señaló a Bruno.

—Él.

Bruno negó con la cabeza.

—Solo le ayudé a no cortarse.

Tomás protestó.

—¡Yo sabía hacerlo!

—Te estabas cortando.

—Una vez.

—Tres.

Elia se rio.

—¿Y qué quieren?

Tomás levantó la espada.

—Quiero aprender.

Vera levantó la mano.

—Yo también.

—¿Tú sabes luchar?

Preguntó Elia.

—No.

—Entonces primero aprenderás a sostener bien la espada.

Vera aceptó con una seriedad exagerada.

—De acuerdo.

Lía se acercó.

—Yo prefiero aprender magia.

Elia la miró sorprendida.

—¿Magia?

—Sí. No quiero golpear monstruos con una espada.

Tomás frunció el ceño.

—La espada es mejor.

—Porque no sabes hacer magia.

—Tú tampoco.

—Pero quiero aprender.

Bruno intervino antes de que comenzaran a discutir.

—¿Y si cada uno aprende lo que le gusta?

Los dos se quedaron callados.

—Eso tiene más sentido.

Admitió Lía.

Tomás bajó la espada.

—Supongo.

Nima levantó a Pipa.

—Nosotras vamos a aprender invocaciones.

Elia sonrió.

—¿Pipa también?

—Especialmente Pipa.

Elia se agachó frente a ella.

—Entonces tendrás que practicar mucho.

Nima asintió.

—Quiero ser fuerte.

Elia comprendió que todos ellos tenían motivos diferentes, Tomás quería construir y entender cómo funcionaban las cosas.

Lía quería aprender, Bruno quería ayudar, Vera quería demostrar que podía hacer cualquier cosa, Nico quería perseguir gatos y Nima quería dejar de sentirse indefensa.

No todos soñaban con ser aventureros y eso estaba bien, Elia no necesitaba que todos siguieran su camino.

Quería que pudieran elegir el suyo, aquella tarde regresaron a la Casa de los Puentes.

Los niños comenzaron a discutir sobre qué querían aprender, Tomás insistía en que necesitaban un espacio para fabricar herramientas.

Lía quería una biblioteca, Vera quería un patio grande, Bruno decía que primero necesitaban arreglar el techo, Nima quería una habitación donde pudiera guardar a Pipa y Nico quería una zona para gatos.

—Eso no es parte del proyecto.

Dijo Tarin.

—Sí lo es.

—¿Por qué?

—Porque los gatos necesitan casas.

Tarin miró a Elia.

—¿Puedes explicarle?

Elia se encogió de hombros.

—Creo que tiene razón.

Nico levantó los brazos victorioso.

—¡Ganamos!

La discusión terminó convirtiéndose en una lista improvisada de cosas que necesitarían para mejorar la casa.

Elia la observó desde un rincón, una biblioteca, más camas, una cocina grande, un jardín, un espacio para entrenar, un pequeño taller y quizá una zona para animales.

No era solamente un sueño suyo los demás empezaban a imaginarlo también y eso hizo que pareciera un poco más real.

Durante las semanas siguientes, el entrenamiento de Elia cambió poco a poco. La primera semana apenas consiguió mantener pequeñas cantidades de mana sin desperdiciarlas.

En la segunda, comenzó a utilizar magia mientras se movía.

Bram le enseñó a combinar pasos, esquivas y ataques mágicos sin detenerse entre cada acción.

En la tercera semana, Sira empezó a aumentar lentamente la dificultad de sus ejercicios de control. Elia debía mantener varias pequeñas esferas de agua mientras utilizaba la espada con la otra mano.

Al principio las esferas desaparecían cada vez que atacaba, después consiguió mantener una.

Luego dos y finalmente tres, aunque no siempre.

Pero cada vez con mayor frecuencia, también volvió a practicar fuego y rayo.

El fuego comenzó como pequeñas llamas, el rayo como chispas que debía dirigir hacia objetivos.

Ya no se trataba simplemente de lanzar un hechizo, ahora tenía que decidir cuánto mana usar y mientras menos use mejor.

Cada semana podía hacerlo un poco mejor, los niños también empezaron a cambiar.

Tomás consiguió construir una pequeña caja que realmente funcionaba, Lía empezó a leer libros de magia básica, Bruno ayudaba cada tarde con las reparaciones de la casa, Vera entrenaba con una espada de madera demasiado grande para ella y se negaba a admitir que necesitaba una más pequeña y Nima había empezado a practicar pequeñas formas de concentración con Elia.

Incluso Nico había encontrado una nueva ocupación, una tarde Elia regresó del entrenamiento y encontró a Tomás intentando arreglar una silla.

—¿Qué le pasó?

—Nada.

Elia miró la silla, le faltaba una pata.

—Tomás.

—Se rompió.

—¿Cómo?

—No importa.

Bruno apareció detrás.

—Intentó sentarse.

Tomás lo miró.

—No necesitabas decirlo.

Elia se rio.

—Al menos estás aprendiendo.

—Sí.

Tomás levantó una herramienta.

—Y algún día voy a construir una silla que no se rompa.

—Entonces tendrás que empezar por hacer una que tenga cuatro patas.

Tomás miró la silla.

—Eso parece importante.

Elia sonrió.

–Sí.

Las semanas estaban pasando y aunque todavía faltaban meses para su evaluación, podía sentir que algo estaba cambiando.

No solo dentro de ella, también alrededor.

La Casa de los Puentes comenzaba a convertirse en un lugar donde cada niño tenía algo que hacer, algo que aprender y algo que esperar.

Una tarde, después del entrenamiento, Elia se quedó sola en el patio del gremio.

Extendió la mano y una esfera de agua apareció sobre su palma, la redujo hasta hacerla apenas más grande que una canica.

Después la dividió en tres, las tres pequeñas esferas comenzaron a girar lentamente, Elia mantuvo el hechizo

Podía controlarlo y después de unos segundos dejó que las tres esferas desaparecieran.

Respiró y miró hacia el cielo, aún tenía seis meses.

Y por primera vez desde que había regresado del bosque, no sentía que tuviera que correr para hacerse más fuerte.

Podía avanzar paso a paso, porque ahora entendía algo que antes no había comprendido.

No estaba entrenando solamente para superar una evaluación.

Estaba construyendo, poco a poco la fuerza que algún día necesitaría para proteger todo aquello que había empezado a llamar hogar.

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