Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 22: La mano que marcó las páginas.
—No lo busques por lo que hace —le dijo Cassidy a Adriano esa noche—. Búscalo por lo que sabe.
—Explícame eso.
—En este palacio hay mil personas. —Cassidy extendió el pliego sobre la mesa—. De esas mil, novecientas noventa no saben leer. De las diez que quedan, la mayoría lee mal: firman su nombre y poco más. —Golpeó el papel con el dedo—. Esa letra del margen no es de alguien que sabe leer. Es de alguien educado. Alguien que aprendió de niño, con maestro, y que escribe todos los días.
—Un noble.
—Un noble no baja a una biblioteca a anotar medidas en el margen de un libro de trabajo. —Cassidy negó con la cabeza—. Los nobles mandan hacer las cosas. Esta letra es de alguien que las hace con sus manos.
Adriano se quedó pensando.
—Un secretario. Un capellán. Un boticario. Un médico.
—Exacto. Y ahora tacha. —Cassidy fue contando con los dedos—. Un secretario no sabe de dosis. Un capellán tampoco, y además no le habrían dejado entrar en el cuarto de la reina cuatro veces al día. —Levantó la vista—. Nos quedan dos oficios en todo este edificio. Y los dos entran en las habitaciones de la gente con un frasco en la mano sin que nadie les pregunte absolutamente nada.
—El médico y el boticario.
—El médico y el boticario. —Cassidy se recostó—. Y ahí lo tengo, Adriano. Ahí está lo que llevo tres semanas sin entender.
—¿El qué?
—Por qué nunca encontramos rastro de nadie entrando en el cuarto de la reina con veneno. —Se le puso la voz seca—. Porque no entró nadie a escondidas. Entró el médico. A la hora de siempre. Delante de las damas. Con su bolsa y su frasco.
Empezó por el boticario y lo descartó en dos días.
Era un hombre de unos treinta años, nervioso, con las manos manchadas y una tos mala, que llevaba solo cuatro años en el palacio. Cassidy bajó a la botica con la excusa de encargar agua de rosas y aguantó media hora de conversación, y le bastó con eso.
Este no es. Este habla demasiado, suda cuando lo miras y le tiemblan las manos al servir. Y sobre todo, este llegó hace cuatro años.
Lo que estoy buscando lleva por lo menos veinte en esta casa.
El médico era otra cosa.
Se llamaba maese Ruiz de Antuñano y era el médico de cámara del rey. Cassidy lo había visto media docena de veces en los banquetes, siempre en la misma mesa lateral, siempre callado: un hombre de unos sesenta años, seco, muy pulcro, con una barba blanca recortada y unas manos finísimas que llamaban la atención en un sitio donde todo el mundo tenía manos de trabajar o de comer.
Preguntó, con muchísimo cuidado, a lo largo de una semana.
Doña Rosaura le contó que llevaba en la casa desde siempre, que era un hombre respetadísimo, que había estudiado en el extranjero y que el rey no dejaba que lo tocara nadie más.
Elvira le contó que era el que había asistido a la reina en su enfermedad, y que la corte lo tenía por un santo porque no se separó de ella hasta el final.
Y doña Petra, en el ala sur, con el ojo bueno clavado en el canario, se lo contó de otra manera.
—Ese hombre lleva aquí más que yo —dijo—. Y ha visto morir a todas.
—¿A todas cuáles?
La vieja se giró y la miró.
—A todas las que te conté aquella tarde, criatura. —Se encogió de hombros—. A la Serrano. A la Inés. A la prima del rey. A las dos que ya no recuerdo. Y a la reina. —Volvió a los pájaros—. A todas las atendió él. A todas las cuidó hasta el final. Y en todos los funerales el rey le puso la mano en el hombro delante de la corte y le agradeció los desvelos.
Cassidy salió de aquel cuarto con el estómago revuelto.
Cinco muchachas y una reina. Seis mujeres. Y el mismo hombre a la cabecera de todas, sosteniéndoles la mano, contándoles las cucharadas.
Y todo el palacio lo tiene por un santo, porque nunca las dejó solas.
Claro que no las dejó solas. Estaba trabajando.
Se preparó cuatro días antes de ir a buscarlo, y se preparó como se prepara una emboscada.
Porque no pensaba denunciarlo. Eso lo tuvo claro desde el principio.
A ver, Boone. Vamos a pensar en frío qué gano y qué pierdo con cada cosa.
Si lo denuncio: voy al rey y le digo que su médico de cámara envenenó a su esposa. ¿Y qué pasa? Que el rey ya lo sabe. Lo mandó él. O sea que la denunciada soy yo, por saber demasiado, y en cuatro meses estoy amarilla.
Si lo mato: me quito un peligro y me quedo sin la única persona de este palacio que sabe exactamente lo que yo necesito saber.
Si lo dejo en paz: en siete semanas ese hombre va a estar preparándole al rey lo que le prepare para la noche de bodas, y yo no voy a tener ni idea de qué le dio, ni cuánto, ni cuándo.
O sea que solo hay una jugada. La de siempre.
A la gente no se la destruye. Se la usa.
Estudió sus horarios con Adriano. Aprendió que el médico dormía en unas habitaciones del ala norte, que bajaba a la botica cada mañana temprano, y que dos tardes por semana se encerraba solo en un cuartito junto a la enfermería donde guardaba sus cosas.
Y una de esas tardes, Cassidy entró sin llamar.
Maese Ruiz estaba de espaldas, moliendo algo en un mortero. Se giró, y al verla se puso de pie con una reverencia perfecta.
—Alteza. Qué honor. ¿Se encuentra mal?
—Estoy perfectamente, maese. —Cassidy cerró la puerta detrás de ella—. Vengo a hablar de trabajo.
—Usted dirá.
Cassidy se acercó a la mesa, apartó dos frascos con el dorso de la mano y puso encima el libro de tapas oscuras.
Abierto por la penúltima página.
El médico bajó la vista.
Y Cassidy, que llevaba tres vidas leyendo caras, vio exactamente lo que necesitaba ver: nada. Ni un parpadeo, ni un color, ni un gesto. El hombre se quedó mirando su propia letra en aquel margen con la misma cara con la que se mira la lluvia.
Ahí está. Y esa quietud vale más que una confesión.
Un inocente se habría inclinado a mirar qué le enseño. Un culpable normal se habría puesto blanco. Este no hizo ni lo uno ni lo otro, porque este lleva treinta años esperando que algún día entre alguien por esa puerta con un papel en la mano.
—Bonito libro —dijo maese Ruiz.
—Muy útil.
—Muy antiguo. —Se sentó, muy despacio, como si le pesaran las piernas—. ¿Puedo preguntarle a la señora dónde lo encontró?
—En la biblioteca del ala este.
—Ah. —Asintió—. Debí quemarlo hace veinte años.
—¿Y por qué no lo quemó?
El médico tardó en contestar.
—Porque en él está todo lo que sé —dijo—. Y uno no quema lo único que sabe hacer, alteza. Ni aunque le convenga.
Cassidy acercó un taburete y se sentó frente a él, y por un momento aquello pareció, de verdad, una conversación entre dos colegas.
—Maese Ruiz. Le voy a hacer una sola pregunta y quiero la respuesta exacta. Después le explico por qué sigue vivo.
—Adelante.
—¿Usted mató a la reina?
El hombre se quedó mirando el mortero.
—Sí.
Lo dijo así. Sin adornos, sin defensa, sin la más mínima pausa dramática. Y a Cassidy, que esperaba tres rondas de negativas, le desconcertó más eso que cualquier otra cosa.
—¿Por orden de quién?
—Alteza, esa pregunta ya sabe contestársela sola.
—Quiero oírsela.
Maese Ruiz levantó por fin los ojos, y eran unos ojos cansadísimos.
—Por orden de Su Majestad —dijo—. En persona. En este mismo cuarto, un martes por la tarde, hace veintiún años. Me llamó, cerró esa puerta y me dijo que la señora estaba enferma de los nervios y desvariaba, y que decía cosas terribles sobre su difunto hermano que podían destruir a la corona. Y me pidió que la tratara. —Hizo una pausa muy corta—. Y me explicó, con mucha claridad, que el tratamiento debía ir mejorando a la señora hasta que dejara de sufrir del todo.
—Y usted aceptó.
—Yo acepté.
—¿Por qué?
—Por lo mismo que aceptaría cualquiera. —El médico se encogió de hombros—. Yo tenía cuarenta años, una esposa, dos hijos pequeños y un puesto en la casa del hombre más poderoso del continente. Y ese hombre acababa de decirme una cosa que solo se le dice a alguien de dos maneras: o como cómplice, o como testigo. —La miró—. A los testigos los entierran, alteza. A los cómplices se les paga.
Cassidy no dijo nada.
Y ahí está el monstruo. No es un monstruo. Es un hombre con dos hijos que un martes por la tarde eligió la única puerta que le dejaron abierta.
Y después la volvió a elegir cinco veces más, que es donde la excusa se acaba.
—¿Y las otras cinco?
—Cinco mujeres, sí. —Maese Ruiz no apartó la mirada—. La primera me costó tres noches sin dormir. La tercera, una. La quinta, ninguna. —Se pasó la mano por la barba—. Eso es lo que nadie le cuenta a uno, alteza. Que el oficio no empieza siendo un oficio. Empieza siendo una desgracia, y a la cuarta vez ya se te ha vuelto una costumbre.
—¿Y ninguna de ellas le importó?
—Todas. —Por primera vez, algo se le movió en la cara—. Todas, alteza. Yo les sostuve la mano a todas. No es teatro lo que dice la corte: yo no las dejé solas ni una noche. Me sentaba ahí y les hablaba de sus casas y de sus madres, y cuando les subía la fiebre les ponía paños fríos, y les daba lo único que de verdad podía darles.
—¿Y qué era?
—Que no murieran solas. —El médico se quedó callado un momento—. Es poquísimo. Ya lo sé. Es una miseria. Pero era lo único que yo tenía.
Cassidy se quedó mirándolo, y por dentro sintió una cosa muy incómoda, que era una mezcla imposible de asco y de comprensión.
Fíjate qué cosa, Boone. Este hombre es lo peor que has conocido en tres vidas. Y también es el único de este palacio que se sentó a acompañar a seis mujeres que se estaban muriendo.
Y las dos cosas son verdad a la vez, y eso es lo que hace que este mundo sea insoportable.
—Bien —dijo, y cambió el tono—. Ahora le explico por qué sigue vivo.
—Se lo agradezco. Llevo veinte años preguntándomelo.
—Podría ir al rey ahora mismo. —Cassidy contó con los dedos—. Y no lo voy a hacer, porque el rey lo mandó y me mataría a mí. Podría ir al príncipe y contarle quién mató a su madre. Y tampoco lo voy a hacer.
—¿Por qué no? —El médico levantó las cejas—. Eso sí que me destruiría. Ese muchacho me abriría en canal en el patio con sus propias manos.
—Porque el día que yo lo destruya a usted, maese, dejo de tener a un envenenador y paso a tener un cadáver. —Cassidy se inclinó hacia adelante—. Y yo no destruyo lo que puedo usar. Es un principio que me ha dado de comer toda la vida.
Maese Ruiz la miró de otra manera.
—¿Y qué quiere de mí, alteza?
—Tres cosas. —Cassidy levantó el índice—. La primera: quiero saber quién está intentando envenenarme a mí.
El hombre frunció el ceño.
—¿A usted?
—A mí. En mi jarra de la noche, el día del banquete grande, a las tres semanas de llegar. Lo mismo que le dio a la reina. Lo reconocí.
Y ahí, por primera vez en toda la conversación, maese Ruiz se puso pálido de verdad.
—Alteza, escúcheme bien. —Se enderezó en la silla—. Eso no fui yo.
—Eso dígaselo a otra.
—No, alteza. Escúcheme. —El hombre habló muy despacio, con una urgencia que no era fingida—. Yo no he recibido ninguna orden sobre usted. Ninguna. Y si Su Majestad hubiera querido que usted no llegara a esa boda, yo lo sabría, porque en esta casa esas cosas pasan siempre por mí.
—Puede que esta vez pasaran por otro.
—No hay otro. —Se pasó la lengua por los labios—. Alteza, en este palacio no hay nadie más que sepa manejar eso. El boticario no sabe ni preparar un jarabe sin equivocarse dos veces. Yo soy el único.
Cassidy sintió cómo se le enfriaba la nuca.
—Entonces alguien le robó a usted.
Silencio.
Maese Ruiz se levantó muy despacio, fue hasta un armario de la pared, sacó una llave de debajo de la camisa y abrió.
Dentro había una fila de frascos, todos iguales, todos etiquetados con esa letra pequeña y cuidada.
El hombre los miró un rato largo.
—Hay uno que no está donde lo dejé —dijo, y le tembló la voz por primera vez—. Lo noté hace semanas. Pensé que me estaba haciendo viejo.
Cassidy se levantó también.
—O sea que hay alguien en este palacio que tiene acceso a este cuarto, que sabe qué frasco coger y que sabe para qué sirve.
—Eso parece.
—¿Quién tiene llave?
—Yo. —El médico tragó—. Y el mayordomo mayor, para la limpieza. Y hay una copia en la cámara del rey, porque todo cuarto de esta casa tiene una copia en la cámara del rey.
—Estupendo. —Cassidy se apretó la sien—. Segunda cosa que quiero de usted, maese.
—Diga.
—Quiero que averigüe quién le robó. Con discreción. Y quiero que a partir de hoy, si alguien de esta casa le pide algo raro, o si alguien menciona mi nombre en una conversación que a usted no le cuadre, yo lo sepa el mismo día.
—Eso puedo hacerlo. —El hombre asintió—. ¿Y la tercera?
Cassidy se lo pensó tres segundos.
Ojo, Boone. Este es el momento delicado. Este hombre le sirve al rey desde hace treinta años y me lo puede vender esta misma tarde.
Aunque, siendo exactos, ya no puede. Acaba de confesarme delante de mi cara que mató a la reina. Si me vende, yo hablo, y él pierde muchísimo más que yo.
Ya estamos atados. Solo falta que él se dé cuenta.
—La tercera es una pregunta —dijo—. Y quiero que entienda una cosa antes de contestarla: usted y yo ya estamos en el mismo barco. Usted acaba de confesarme un regicidio. Yo acabo de no denunciarlo. Si uno de los dos se hunde, se hunde el otro. ¿Estamos?
Maese Ruiz la miró un momento y después soltó una risa corta y amarga.
—Estamos, alteza. —Se sentó otra vez—. ¿Sabe una cosa? En treinta años en esta casa, es la primera vez que alguien se molesta en explicarme por qué me conviene. Los demás solo me dan órdenes.
—Es que los demás son idiotas. —Cassidy se sentó frente a él—. La pregunta es esta. Dentro de siete semanas yo me caso.
—Lo sé.
—Su Majestad tiene cincuenta y un años. —Cassidy no bajó la vista—. Y esa noche va a haber una comprobación a la mañana siguiente delante de todo el imperio.
Maese Ruiz cerró los ojos.
—Alteza…
—Conteste.
—No sé si debo…
—Maese. —Cassidy puso la mano encima del libro—. Su letra está en cuatro páginas de este tomo. Con medidas. Y hay una crucecita justo al lado del párrafo que habla del corazón. —Ladeó la cabeza—. Yo no estoy preguntando si existe. Estoy preguntando si se lo va a preparar usted.
El médico se quedó callado un rato largo. Después soltó el aire.
—Sí —dijo—. Ya me lo encargó. Hace un mes.
Cassidy no movió un músculo de la cara.
Por dentro, todo se le puso en su sitio de golpe, como una llave que entra.
Ya está encargado. Ya está en marcha. Ese hombre va a tomar algo esa noche y va a ser este hombre quien se lo dé.
Y este hombre me debe la vida desde hace diez minutos.
—Explíquemelo —dijo, con toda la calma del mundo—. Como si yo fuera una novia curiosa y asustada.
Y maese Ruiz, que llevaba treinta años sin poder hablar de su trabajo con nadie, se lo explicó.
Le contó que era la única fórmula del libro que servía de verdad. Que él se la venía preparando a Su Majestad, de tiempo en tiempo, desde hacía ocho o nueve años. Que no era ningún milagro, pero que hacía su efecto, y que el rey la tomaba disuelta en vino, media hora antes, siempre en la copa pequeña que tenía en su cámara.
Y le contó, sin que ella tuviera que preguntarlo, la parte que a Cassidy le interesaba de verdad.
—Es un remedio de mucho cuidado, alteza —dijo, muy serio, con la voz del oficio—. Yo se la preparo yo mismo y se la mido yo mismo, porque no puede quedar en manos de un criado. La medida hay que respetarla.
—¿Y si no se respeta?
Maese Ruiz la miró.
Y a Cassidy le pareció ver, en el fondo de aquellos ojos cansados, un destello de algo muy incómodo: la sospecha exacta de por qué se lo estaba preguntando.
—Si no se respeta —dijo, muy despacio—, al hombre le sube el calor de una manera que no se puede aguantar. El corazón se le desboca. Se pone rojo, no le llega el aire y se le va la fuerza. —Hizo una pausa—. Y si es un hombre entrado en años, con el cuerpo cargado de vino y de comida, y encima en un esfuerzo grande, hay veces que el corazón no aguanta.
—¿Y qué dice después el médico que lo mira?
—Que fue apoplejía por el esfuerzo —dijo maese Ruiz—. Es lo que se dice siempre. Es lo que se firma. Y no es mentira, alteza, esa es la parte curiosa: es exactamente lo que pasó.
Se quedaron los dos callados, mirándose.
Y en aquel cuarto pequeño lleno de frascos hubo un momento larguísimo en que nadie dijo en voz alta lo que los dos estaban pensando.
—Alteza —dijo el médico al fin, muy bajo—. No voy a preguntarle nada.
—Muy sensato.
—Y usted no me va a pedir nada.
—Todavía no. —Cassidy se levantó y se guardó el libro bajo la capa—. Cuando le pida algo, lo va a saber.
Fue hacia la puerta.
Y ahí, con la mano ya en el picaporte, maese Ruiz habló a su espalda.
—Alteza.
—¿Sí?
—Se lo voy a decir porque llevo treinta años en esta casa y porque a usted, por algún motivo que no entiendo, no me apetece verla amarilla. —Se levantó—. Sea lo que sea lo que esté usted pensando, hay una cosa que tiene que saber, y le va a fastidiar mucho.
Cassidy se giró.
—Diga.
—Su Majestad no come ni bebe nada sin que lo pruebe otro. —El médico habló con la precisión de quien lo ha visto mil veces—. Y no es lo que la gente cree. La gente cree que tiene un catador. Tiene tres.
—¿Tres?
—Tres, y no comen a la vez. —Maese Ruiz levantó tres dedos—. Uno prueba en la cocina, cuando se sirve. Otro prueba en la mesa, delante de él. Y el tercero es el que le da miedo a todo el mundo: uno de sus caballeros de cámara prueba otra vez, en privado, media hora antes de que él lo tome, y espera esa media hora despierto y a la vista. Si en media hora no le pasa nada al caballero, el rey bebe.
Cassidy sintió cómo se le caía el mundo por dentro y no movió ni una ceja.
—¿Y eso incluye…?
—Eso lo incluye todo, alteza. —El médico la miró a los ojos—. El agua. El vino. La comida. Y también lo que yo le preparo. Yo se lo entrego a un caballero de cámara, el caballero bebe una parte delante de mí, espera media hora, y solo entonces se le sirve a Su Majestad. —Bajó la voz—. Lo hace desde hace treinta años. Todos los días. Sin una sola excepción. Ni cuando está enfermo, ni cuando está borracho, ni cuando está de viaje.
Cassidy se quedó de pie junto a la puerta.
Media hora. Un hombre despierto, a la vista, con la misma cosa en el cuerpo.
O sea que si yo le doblo la medida a lo que se va a tomar esa noche, el que se muere primero, media hora antes y delante de todo el mundo, es el caballero de cámara.
Y entonces no hay boda, no hay noche y no hay nada: hay un palacio en armas buscando a un envenenador. Y a mí me encuentran en cuatro horas.
Todo el plan. Todo. Siete semanas de biblioteca, y se me acaba de caer entero de pie en una puerta.
Sonrió con toda la dulzura del mundo.
—Gracias, maese. Es usted muy amable.
—De nada, alteza. —El médico hizo su reverencia perfecta—. Y le repito lo que le dije: yo no le he preguntado nada.
Cassidy salió al pasillo, cerró la puerta y echó a andar sin ver por dónde.
Piensa.
Piensa, Boone, porque acabas de perder siete semanas de trabajo y te quedan siete más.