Me convertí en el arma que Caeleen Valkrum usaba para darle celos a su amante secreto. Un amor de años. Un hombre casado. El único que realmente importaba. Yo solo era el profesor tranquilo, el refugio, el que no preguntaba. Pero cuando el juego se volvió real, cuando sus besos dejaron de ser una farsa, el amante contraatacó. Y ahora estoy en medio de una guerra que no pedí, con un hombre que me mira como si yo también pudiera ser su hogar. ¿Y si al final el que termina ardiendo soy yo? ¿O quizás, entre las cenizas de los dos, podemos construir algo que ninguno tuvo nunca?
NovelToon tiene autorización de Bai Qi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL AMANECER DE LA GUERRA FRÍA.
La noche después de que Caeleen se fuera fue la más larga de la vida de Azren. No lloró. No rompió cosas. Se quedó de pie en medio de su sala, el sabor a Caeleen aún en sus labios, el frío de la ventana abierta en su nuca. No fue tristeza lo que llenó el vacío. Fue una certeza gélida y afilada.
Darius no había ganado. Había demostrado una ley física del corazón de Caeleen: ante su llamada, todo lo demás se desvanecía. Y Azren, al sentir ese desvanecimiento en sus propios huesos, supo que no podía competir con una ley de la naturaleza. Pero podía dejar de ser su sujeto de estudio.
Al amanecer, con los ojos ardiendo por la falta de sueño, tomó su teléfono. No para escribir a Caeleen. Su dedo se deslizó hasta el nombre que había empezado a significar algo distinto en las últimas semanas: León.
Habían quedado en verse pronto después de aquel café, pero la vida se había interpuesto. O más bien, el drama de siempre. Azren dudó. ¿Tenía derecho a preguntar? ¿A meter a León en esto otra vez?
Escribió el mensaje igual. Directo, sin rodeos. Como hablaban ellos ahora.
"Anoche Caeleen se fue corriendo a ver a Darius. ¿Sabes algo?"
La respuesta llegó en quince minutos. No en una hora. Quince.
"Sí. Darius me llamó después. Otra crisis. Otra noche en vela. El paisaje de siempre."
Azren leyó el mensaje dos veces. "El paisaje de siempre." No había sorpresa en las palabras de León. Solo esa fatiga infinita que ya conocía.
"¿Tú cómo estás?" escribió Azren.
Tres puntos. Luego:
"Como siempre. En casa. Esperando. Aunque ya no sé bien qué."
Azren sintió un nudo en el pecho. Escribió rápido:
"¿Quieres quedar mañana? ¿Ese café?"
La respuesta fue inmediata:
"Sí. A las 11. El mismo sitio."
Azren guardó el teléfono. Por primera vez en horas, algo se aflojó en su pecho. No estaba solo en esto. Tenía un aliado. Alguien que entendía el peso de esperar a quien nunca termina de llegar.
El día pasó en un silencio espeso. Azren enseñó, corrigió, sonrió a sus alumnos. Por la tarde, fue a la clínica de Leo. No necesitaba nada. Necesitaba el ruido de otra vida.
—Tienes cara de funeral —gruñó Leo sin mirarlo, ordenando unos apósitos—. ¿Murió el ídolo o sólo tu dignidad?
—Algo intermedio —murmuró Azren, dejándose caer en una silla—. Me besó. De verdad, creo. Luego sonó el teléfono. Y se fue.
Leo dejó lo que hacía y se quedó mirándolo. —¿Darius?
—Sí.
—¿Y qué pasó?
—No lo sé. Sigo sin saberlo. Solo que se fue.
Leo soltó un bufido. —Y tú aquí, vivo. Es más de lo que esperaba. ¿Y ahora? ¿Sigues cavando tu propia tumba con la lengua o sales de ahí?
Azren miró por la ventana, a las canchas vacías. —No sé salir. Pero sé que no quiero quedarme en el fondo. —Respiró hondo—. No quiero ser el refugio al que corre cuando el otro lo deja helado. Ni el cuchillo que usa para herirlo. Quiero ser… una puerta que se cierra si no entran con las manos limpias.
Leo silbó, bajito. —Poético. Y completamente demencial. ¿Y cómo se hace eso?
—Dejando de esperar a que llamen a la puerta —dijo Azren, y se levantó. Por primera vez en días, no se sentía pesado. Se sentía vacío, pero de un vacío ligero, listo para ser llenado con algo que no fuera su nombre.
A la mañana siguiente, Azren llegó al café quince minutos antes. Necesitaba ordenar sus pensamientos antes de ver a León.
León llegó puntual. Vestía una chaqueta de cuero negra, vaqueros, botas. Nada del abogado impecable. Parecía más él. O quizás solo era que, por una vez, no llevaba el peso de la espera sobre los hombros.
—Has venido —dijo Azren.
—Dije que sí. —León se sentó frente a él y pidió un café solo, sin mirar la carta—. Además, necesitaba salir de casa. Cuatro paredes y mis pensamientos no son buena combinación últimamente.
—¿Cómo está?
León se encogió de hombros. El gesto era cansado, pero no derrotado.
—Darius está como siempre. Arrepentido, confundido, diciendo que lo siente. El ciclo. Anoche lloró, hoy me pidió perdón, mañana probablemente volverá a hacerlo todo igual. —Hizo una pausa—. Y Caeleen estuvo allí. Supongo que eso ya lo sabes.
—Me enteré. —Azren removió su café sin ganas—. Se fue de mi casa a las dos de la mañana. Darius lo llamó y él salió corriendo.
León asintió lentamente. No había sorpresa en su rostro. Solo esa aceptación tranquila de quien ha visto la misma película demasiadas veces.
—Siempre corre. Es lo único que sabe hacer cuando se trata de él. —Miró a Azren directamente—. ¿Y tú? ¿Cómo estás tú en todo esto?
—No lo sé —admitió Azren—. Creí que estábamos construyendo algo. Una tregua. Un comienzo. Y entonces sonó el teléfono y... —abrió las manos, un gesto vacío—. Nada. Desapareció.
—Eso es lo que hace —dijo León—. Desaparecer hacia él. Es su centro de gravedad. Siempre lo ha sido.
—¿Y cómo soportas eso?
León sonrió. Una sonrisa triste, sin alegría.
—No lo soporto. Aprendo a vivir con ello. Es diferente. El amor no desaparece porque duela. El amor se queda aunque duela. Eso es lo jodido.
Azren sintió el peso de esas palabras. Eran la misma confesión que León le había hecho semanas atrás, pero ahora sonaban distintas. Más firmes. Menos resignadas.
—No quiero eso para mí —dijo Azren.
—Pues no lo tengas. —León lo miró fijamente—. Tú todavía puedes elegir. Yo ya hice mi elección hace años. Vivo con ella. Pero tú... tú estás a tiempo.
El silencio se estiró entre ellos. Cómodo. Cargado de entendimiento.
—Quedamos en que somos aliados —dijo León al rato—. ¿Recuerdas?
—Sí.
—Pues un aliado te dice: cuídate. No dejes que te consuma. No te conviertas en mí. —León se levantó, dejando unos billetes sobre la mesa—. Tengo que irme. Pero si necesitas hablar, ya sabes dónde encontrarme.
—León.
Se detuvo.
—Gracias.
León asintió. Una vez. Y se fue.
Esa tarde, cuando el mensaje de Caeleen llegó ("Ayer se complicó. Podemos vernos esta noche"), Azren sintió un pinchazo en el pecho. Pero no fue anhelo. Fue la memoria de una quemadura.
Respondió minutos después, con una calma que le sorprendió a sí mismo:
"Esta noche no puedo. Tal vez en unos días."
No hubo explicaciones. No hubo reproche. Sólo un hecho, suave como un muro de algodón.
La respuesta de Caeleen fue rápida: "¿Estás bien?" Parecía buscar una grieta, un punto débil por donde colarse.
Azren miró la pantalla. ¿Estoy bien? No lo sabía. Pero sabía que ya no quería que Caeleen fuera la medida de su bienestar.
"Sí. Espero que las cosas con Darius se hayan calmado. Buenas noches."
Fue el último movimiento. Un paso atrás, firme, sin estridencias.