Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 22
Eitan
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo.
Era ese tipo de calma que pesa, que se instala en el pecho y no te deja respirar bien. Así se sentía todo en esta empresa.
Desde mi oficina podía escuchar, a lo lejos, la risa suave de Lily.
Quinn estaba con ella.
No necesitaba verla para saberlo.
Me quedé quieto, con los dedos apoyados en el borde del escritorio, observando nada en particular. Documentos importantes abiertos frente a mí, cifras, firmas, decisiones que moverían millones… y aun así, mi mente no estaba ahí.
Nunca estaba ahí últimamente.
La imagen volvió sin pedir permiso: Quinn en la heladería, el brillo incómodo en sus ojos, el rubio idiota ese demasiado cerca, mi propia voz saliendo más dura de lo que había planeado.
Mi esposa.
La palabra aún me pesaba en la lengua.
Cerré los ojos con fuerza.
No debí besarla.
Y peor aún… no debí alejarme después.
Había visto el cambio en su mirada. Quinn no era ingenua. Podía fingir que no le afectaba, podía sonreírle a Lily, podía seguir con su rutina… pero yo sabía reconocer una herida cuando la provocaba yo mismo.
Y aun así, seguía haciéndolo.
Porque acercarme era peligroso.
Porque cada vez que la miraba, olvidaba por qué debía mantener distancia.
Porque el deseo de protegerla luchaba constantemente con el miedo de arrastrarla a algo que no merecía.
Me levanté del escritorio y caminé hasta la ventana. Las luces del jardín iluminaban apenas el exterior de la ciudad.
Miami siempre era una ciudad tan tranquila por las noches. Ah, pero en el día era todo un bochinche, tremendo fastidio.
Hoy todo parecía en orden. Controlado. Exactamente como siempre había sido mi vida.
Excepto ahora.
Nunca había dudado así.
Ni en negociaciones hostiles e importantes.
Ni cuando firmé contratos que podían destruirme si algo salía mal.
Ni siquiera cuando tomé decisiones que otros llamarían despiadadas.
Pero Quinn…
Quinn desordenaba todo.
La forma en que cuidaba de Lily, la manera en que intentaba entenderme sin exigir explicaciones, cómo se mordía el labio cuando estaba nerviosa, cómo fingía fortaleza cuando algo le dolía.
Me pasé una mano por el rostro, cansado y frustrado.
Alejarme de ella era lo correcto.
Tenía que serlo.
Porque si seguía acercándome, iba a querer más.
Y si quería más, tarde o temprano tendría que decirle la verdad.
Y esa verdad… podía destruirla. Y si... jamás me perdonaba.
No podía vivir con eso. Simplemente no puedo.
Escuché pasos en el pasillo. Sus pasos. Pero posiblemente... estaba alusinando, ¿cómo iba a estar aquí? Tal vez solo era mi secretaria.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente y me obligué a no salir, a ir a buscarla, a no abrir esa puerta que ya había cruzado demasiadas veces.
Respiré hondo.
En toda mi vida había firmado acuerdos imposibles, enfrentado pérdidas millonarias, sostenido negocios que podían caer con una sola decisión equivocada.
Y aun así, nada —absolutamente nada— había sido tan difícil como esto.
Alejarme de Quinn.
Ni mis contratos más duros, ni mis negocios más crueles, ni las decisiones que me costaron noches enteras sin dormir…
nada se comparaba con la sensación de tener que soltarla cuando lo único que quería era quedarme.
Y por primera vez, entendí algo que nunca me enseñaron en el mundo que construí:
Hay batallas que no se ganan con poder.
Solo se sobreviven… perdiendo un poco de uno mismo.