Romina Bruce, hija del conde de Bruce, siempre estuvo enamorada del marqués Hugo Miller. Pero a los 18 años sus padres la obligaron a casarse con Alexander Walker, el tímido y robusto heredero del ducado Walker. Aun así, Romina logró llevar una convivencia tranquila con su esposo… hasta que la guerra lo llamó a la frontera.
Un año después, Alexander fue dado por muerto, dejándola viuda y sin heredero. Los duques, destrozados, decidieron protegerla como a una hija.
Cuatro años más tarde, Romina se reencuentra con Hugo, ahora viudo y con un pequeño hijo. Los antiguos sentimientos resurgen, y él le pide matrimonio. Todos aceptan felizmente… hasta el día de la boda.
Cuando el sacerdote está a punto de darles la bendición, Alexander aparece. Vivo. Transformado. Frío. Misterioso. Ya no es el muchacho tímido que Romina conoció.
La boda se cancela y Romina vuelve al ducado. Pero su esposo no es el mismo: desaparece por las noches, regresa cubierto de sangre, posee reflejos inhumanos… y una nueva y peligrosa obsesión por ella.
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Cartas y Guerra
Pasaron los días. Romina seguía trabajando con la duquesa; las cosas se acumulaban y la guerra había escalado. Alexander no le había escrito en las últimas semanas y tampoco se podían enviar cartas, al parecer. Solo los reyes recibían correspondencia, ya que los guardias iban por ella; era peligroso, así que los mensajeros civiles no podían viajar.
Romina pasaba sus días en el ducado, ayudando a la duquesa, y luego se iba a su habitación, donde tomaba una de las camisas de Alexander y la olía. Lo extrañaba, era cierto.
Lo extrañaba mucho, y por las noches lloraba.
—Si tan solo nuestro bebé hubiera nacido… —dijo, acostada en la cama, tocando su vientre.
Había pasado un tiempo y el dolor parecía no irse. Había ido a visitar a su madre, pero no podía entrar a su habitación; pidió que la cerraran, porque ese lugar le traía los peores recuerdos. Allí había perdido a su bebé, fue ahí donde vivió el mayor dolor de su vida, no solo físico, sino también emocional.
Por otro lado, había ido a visitar a Cedrick. Habían pasado pocos días; era un bebé muy hermoso. Cada día se parecía más a Hugo. Aunque su madre había cumplido con su palabra de estar pendiente, Romina había aceptado mantener cierta distancia, porque su madre tenía razón: ella era una duquesa y no quería provocar habladurías. Además, Alexander regresaría de la guerra y aún no sabía cómo decirle todo aquello. ¿Se enojaría?, ¿se pondría triste? Pero Alexander era un buen hombre, comprendería, como lo hicieron sus padres.
Y quizás pensó… quizás…
—Podamos tener otro bebé, aunque no reemplazará a su hermano, pero será un consuelo.
Sin embargo, un miedo la envolvió.
—¿Y si vuelve a pasar?
Romina sacudió la cabeza. No soportaría pasar por algo así otra vez. Además, la madre de Alexander le había dicho que ella también perdió un bebé y luego tuvo a Alexander, así que todo saldría bien. Pensando en todo esto, se quedó dormida.
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A la mañana siguiente, Romina despertó temprano. Después de asearse, bajó a desayunar con sus suegros y luego se fue al despacho. Hizo las cuentas, supervisó al personal y salió a revisar las tierras del ducado y a los empleados.
Luego se dirigió al marquesado para ver a Cedrick; hacía días que no lo veía. Cuando llegó, esperó hasta que la marquesa Olivia bajó con el bebé en brazos. Romina la miró y su sonrisa se hizo más grande.
—¿Quieres cargarlo? —preguntó la marquesa.
—Sí —respondió Romina con una sonrisa.
Tomó al bebé en brazos y lo besó en la frente. El bebé abrió los ojos y sonrió; el corazón de Romina se derritió.
—Te quiere —dijo la marquesa.
—Y yo a él. ¿Cómo ha estado Cedrick?
—Muy bien. Las matronas han hecho un gran trabajo, se alimenta bien. La doncella de Melissa está pendiente del bebé; lo cuida como ella pidió. Es una pena… murió siendo tan joven al dar a luz.
—Sí, lo es. Pobre Cedrick, quedó sin madre, pero tiene a su familia.
—Así es, nosotros lo amamos. Espero que cuando Hugo vuelva de la frontera pueda darle mucho amor a su hijo.
—Él lo amará. ¿Cómo está Hugo?
—Como sabes, no podemos escribir mucho por lo que ha pasado, pero hablamos con los reyes, ya que ellos envían soldados a la frontera con recursos y cartas. Le enviamos una para que se entere de la muerte de su esposa y del nacimiento de su hijo. No debería ser así, pero no tenemos otra opción.
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Por otro lado, en la frontera, Hugo había sido llamado por el príncipe. Este le entregó una carta; sus padres se la habían dado a los emperadores. Hugo agradeció, hizo una reverencia y salió. Se sentó sobre una roca y la leyó.
Un grito salió de su garganta:
—¡Nooo!
Todos voltearon a verlo. El conde se acercó.
—¿Qué sucede, Hugo?
—Mi hijo nació… pero Melissa murió en el parto.
—Lo lamento mucho —dijo el padre de Romina.
Alexander, que había escuchado la noticia, se acercó a Hugo y dijo:
—Lo lamento mucho, señor Miller, y lo felicito por su hijo. Él es la razón más grande por la que usted tiene que volver a casa; él lo espera.
—Gracias, duque —dijo Hugo, retirándose a su tienda, donde permaneció todo el día.
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Por otro lado, Romina se había quedado a cenar con los marqueses. Ella misma durmió a Cedrick y, después de la cena, regresó al ducado ya entrada la tarde. La duquesa estaba allí.
—Querida, es tarde. ¿Fuiste a visitar a tu madre?
—No, a Cedrick. Los marqueses me invitaron a cenar.
—Querida, he estado tan ocupada que se me había olvidado, pero debo estar pendiente de él. Es el ahijado de mi esposo, es parte de esta familia. Voy a pedir que traigan al niño más seguido al ducado. Es deber de los padrinos darles educación.
—Eso sería maravilloso —dijo Romina.
—Bueno, aparte de eso, tengo esto para ti —dijo la duquesa, entregándole una carta.
—¿Qué es? —preguntó Romina.
—De Alexander.
—¿Cómo? —dijo, tomando la carta—. Pensé que era imposible enviar cartas.
—Y lo es, pero como sabes, la familia real tiene soldados que se arriesgan para llevar y traer información. Alexander consiguió enviarla por medio del príncipe. El palacio nos traerá cartas, pero para escribirle tendremos que esperar al próximo mes. Tu padre también logró enviarle una carta a tu madre y a tu familia, pero no pueden ser muchas.
—Iré mañana a ver a mi padre, quiero saber cómo está.
—Está bien, pero mantén esto en secreto. No todos pueden enviar cartas a su familia; nosotros somos bendecidos por nuestro estatus, pero si otros se enteran podrían causar problemas.
—Lo haré —dijo Romina.
Subió a su habitación e inmediatamente abrió la carta que Alexander le había enviado.
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Carta de Alexander:
Esposa, te extraño mucho. Todos los días pienso solo en ti, en volver a verte. Las cosas aquí se pusieron un poco difíciles, pero estamos bien, resistiendo, peleando por aquello que amamos: nuestras familias.
Tu padre está bien; es un hombre muy fuerte. La verdad es que estoy admirado de su fuerza y de su valor. Si lo hubieras visto en el campo de batalla, estarías tan orgullosa de él.
Yo tampoco lo hago mal. Tengo fe en que esta guerra pronto acabará y volveré a ti, esposa. Después de la guerra he planeado que nos vayamos de viaje, ya que no tuvimos uno de bodas. Te llevaré a lugares hermosos, quiero mostrarte el mundo.
Sé que estás ocupada haciéndote cargo del ducado junto con mis padres, pero no te canses, esposa, relájate. Te amo mucho. Extraño tu sonrisa, tus ojos, tu piel, tu olor. Solo pienso en ti.
Lucharé para regresar contigo y te prometo que, cuando vuelva, no nos volveremos a separar nunca. Te amo y te amaré por siempre.
Tuyo por siempre,
Alexander.
Romina terminó de leer la carta y la besó, abrazándola contra su pecho. Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero un rastro de tristeza cruzó sus ojos al llevar la mano a su vientre. Hubiera sido maravilloso que él volviera y ella tuviera su vientre grande o un bebé en brazos esperándolo, pero no sería así.
Sin embargo, Romina respiró profundo.
—Alexander regresará, y todo estará bien. Juntos superaremos esto y tendremos otro bebé —dijo, abrazando aún más la carta contra su pecho.
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La noche aún no había terminado de retirarse cuando el silencio del campamento fue quebrado por el sonido seco de cascos apresurados.
El conde, montado en su caballo, había salido a inspeccionar el flanco oriental, donde la niebla se levantaba como un manto espeso. Fue entonces cuando lo vio: una marea oscura avanzando, antorchas encendidas como ojos de fuego, estandartes enemigos ondeando con descaro.
No dudó.
—¡A LAS ARMAS! —rugió con todas sus fuerzas—. ¡EL ENEMIGO SE ACERCA!
El cuerno de guerra sonó, profundo y brutal, atravesando el campamento como un latigazo.
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Alexander y el príncipe Marcus estaban inclinados sobre los mapas cuando el sonido llegó hasta ellos. Marcus alzó la cabeza primero.
—No es un simulacro —dijo, ya de pie.
Alexander tomó su espada sin decir palabra. El acero brilló brevemente a la luz de las antorchas.
—Defenderemos la frontera —respondió—. No darán un paso más.
Los soldados corrieron a sus posiciones. Arqueros a las murallas improvisadas, lanceros al frente, escudos alzados. El aire se llenó de tensión, de respiraciones agitadas y del olor a sudor y hierro.
Entonces llegaron.
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—¡FUEGO!
Las flechas encendidas surcaron el cielo como estrellas cayendo. Algunas se clavaron en escudos enemigos; otras encontraron carne. Gritos desgarradores rompieron la noche cuando hombres ardieron vivos, rodando por el suelo, intentando apagar llamas imposibles.
El enemigo respondió.
Una lluvia de proyectiles cayó sobre la línea defensiva. Un soldado a la izquierda de Alexander cayó con una flecha atravesándole el cuello; otro perdió el brazo al recibir un hachazo brutal. La sangre empapó la tierra, volviéndola resbalosa, traicionera.
—¡NO RETROCEDAN! —gritó Marcus desde lo alto—. ¡POR OXFORD!
Alexander se lanzó al combate.
Su espada se movía con precisión mortal, bloqueando, atacando, empujando. No luchaba con furia ciega, sino con determinación. Cada golpe tenía un propósito: detener el avance, proteger a los suyos.
A su lado, Hugo combatía como un muro. Su espada descendía una y otra vez, rompiendo formaciones, defendiendo a los soldados más jóvenes. Cuando uno cayó herido, Hugo se interpuso, recibiendo golpes que habrían matado a otro hombre, manteniéndose en pie por pura voluntad.
—¡Aguanta! —le gritó al soldado—. ¡No mires atrás!
El conde reapareció con refuerzos, cubierto de polvo y sangre ajena.
—¡CERRAD EL FLANCO! —ordenó—. ¡NO LOS DEJÉIS PASAR!
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El combate se volvió brutal.
Espadas chocando, huesos rompiéndose, hombres gritando el nombre de sus madres antes de caer. Un soldado enemigo perdió la pierna bajo un tajo certero y fue arrastrado por sus compañeros mientras dejaba un rastro rojo sobre la tierra. Otro, herido de muerte, se lanzó con desesperación contra un escudo, solo para caer atravesado por una lanza.
Pero la línea resistía.
Los arqueros, ya sin flechas, luchaban cuerpo a cuerpo. Las murallas improvisadas ardían, pero no cedían. El enemigo empujó una vez más, con furia, con odio… y se estrelló contra una defensa que no se rompía.
Marcus alzó su espada.
—¡AHORA! —ordenó—. ¡CONTRAATAQUE!
El grito fue un rugido colectivo.
Los soldados avanzaron, empujando al enemigo hacia atrás, recuperando terreno palmo a palmo. La disciplina venció al caos. El ejército invasor comenzó a flaquear. Primero fueron pasos inseguros, luego retirada desordenada, finalmente huida.
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Cuando el sol comenzó a asomar, el campo de batalla quedó en silencio.
Cadáveres de ambos bandos yacían en el suelo. Heridos gemían, médicos corrían, amputando para salvar vidas, cerrando heridas como podían. El olor a sangre y humo lo impregnaba todo.
Alexander apoyó la espada en el suelo, respirando hondo. Estaba cubierto de sangre, pero ni una sola herida marcaba su cuerpo.
Marcus se acercó.
—La frontera sigue en pie —dijo con voz grave.
El conde observó el horizonte, donde el enemigo ya no estaba.
—Hoy no pasaron —respondió—. Y no pasarán mañana.
Hugo miró el campo, apretando los dientes, pensando en su hijo, en su hogar, en lo que había perdido y en lo que aún debía proteger.
La batalla había sido brutal.
Pero la frontera seguía siendo suya.
Y mientras Alexander limpiaba su espada, una sola idea lo sostenía:
Sobrevivir. Volver.
La mento no subir capitulo, pero fui haber unos familiares, espero que hayan pasado, una linda navidad abajo les dejo fotos de Romina y su familia
Romina
La condesa
El conde
Cesar
su orgullo lo llevará a la destrucción
su orgullo lo llevará a la destrucción
pero aquí el asunto es que el tiene una doble moral porque por un lado sufre por los niños inocentes que mató y por el otro lado usa un inocente que su propia sangre su hijo para atender a una mujer y si hizo eso qué más puede llegar a ser con quién se puede aliar para dañar a Alexander
pero bueno aquí los principales culpables fueron los condes por no respetar los sentimientos a la hija en su momento y después Romina no escuchó cuando la mamá le dijo que no confundiera los sentimientos que no se aferrara a un niño que no era de ella ella misma no cumplió su papel de madrina y esto le va a pasar facturar porque esas malas decisiones siempre están en problemas cuál será el secreto que se esconde el misterio que rodea Alexander y al reino
Esta buena la historia. Espectacular 👏