Hace tres siglos, la joven reina Isolda fue traicionada la noche antes de firmar un tratado que habría salvado su reino.
En su última hora, una mujer misteriosa le prometió: “Tendrás otra oportunidad, pero no en este tiempo.”
En el 2025, Tomás Vidal, es un arquitecto urbano y orgulloso escéptico de todo lo sobrenatural, encuentra en la restauración de un antiguo palacio europeo a una mujer desorientada, vestida como si acabara de salir de una pintura. Dice ser reina. No recuerda cómo llegó allí.
Entre intentos por adaptarse a un mundo sin carruajes, sin criadas y con “pantallas mágicas”, Isolda se convierte en un fenómeno viral.
Tomás intenta protegerla de la prensa y de sí misma, pero acaba descubriendo que lo imposible tiene su propia lógica y que está empezando a enamorarse de alguien que, literalmente, no pertenece a su tiempo.
Mientras tanto, los fragmentos de la traición que la condenó comienzan a resurgir.
¿Sobrevivirán al pasado o al presente?
HISTORIA DE 25 CAPÍTULOS. GRACIA
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CAPÍTULO 23
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
La linterna de Tomás iluminaba la espada que Isolda sostenía en la mano. El metal antiguo reflejaba la luz con un brillo frío, casi intacto a pesar de los siglos.
Tomás fue el primero en romper el silencio.
—Esto… no es normal.
Isolda observaba la hoja con una concentración absoluta.
—No.
—Quiero decir —añadió él—, encontrar la espada del traidor responsable de una rebelión histórica en una cámara secreta bajo el castillo… ya era suficiente misterio.
Hizo un gesto hacia el arma.
—Pero que esté esperando aquí como si alguien la hubiera dejado ayer…
Isolda pasó el dedo por el grabado. Merek. La inscripción era clara.
—Esta espada nunca abandonó el castillo —murmuró.
Tomás frunció el ceño.
—¿Estás segura?
—Sí.
Levantó la vista.
—Merek nunca habría permitido que otro la usara.
Tomás cruzó los brazos.
—Eso suena peligrosamente personal.
Isolda dejó la espada sobre la mesa de piedra con cuidado.
—Lo es.
Tomás iluminó la cámara con la linterna. Era pequeña, apenas lo suficiente para que dos personas se movieran sin tropezar.
No había cofres. Ni reliquias. Ni documentos.
Solo la mesa de piedra.
—Entonces —dijo finalmente—, si esta espada estaba aquí…
Miró hacia las escaleras.
—¿Quién selló la cámara?
Isolda no respondió de inmediato.
Sus ojos recorrían la habitación con una atención distinta. Como si intentara recordar algo que no estaba en su memoria.
—No fue durante la rebelión —dijo finalmente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo habría sabido de este lugar.
Tomás asintió lentamente.
—Entonces alguien vino después.
—Sí.
—Y decidió esconder la espada de Merek.
Isolda apoyó las manos en la mesa.
—O conservarla.
Tomás levantó una ceja.
—Eso suena aún peor.
Ella volvió a mirar el arma.
—Mucho peor.
Tomás suspiró.
—Perfecto. Encontramos la reliquia del traidor que tal vez sigue vivo después de cuatro siglos.
Miró hacia las escaleras.
—¿Podemos subir antes de que aparezca algo más?
Isolda sonrió apenas.
—Siempre has sido prudente.
—No es prudencia.
—¿Qué es?
—Instinto de supervivencia.
Subieron nuevamente al corredor del castillo. El aire frío de las galerías superiores parecía más ligero después de la cámara subterránea.
Tomás cerró el pasadizo con cuidado.
—Nadie va a creer esto.
Isolda caminó unos pasos por el corredor. La luz de la linterna revelaba paredes restauradas parcialmente y otras aún cubiertas por siglos de desgaste.
Se detuvo frente a una puerta lateral.
—Este salón no debería estar cerrado.
Tomás iluminó el cartel metálico colgado en el marco.
—“Galería norte. Área en restauración”.
Empujó la puerta.
El interior estaba lleno de andamios y telas protectoras que cubrían los muros.
—Están restaurando pinturas, mi habilidad está en las edificaciones, no en los pinceles—dijo.
Isolda avanzó lentamente.
—Sí.
Tomás iluminó una de las paredes.
Debajo de las telas se adivinaban marcos antiguos.
—Retratos.
Isolda se detuvo. Durante siglos, las paredes de ese salón habían mostrado los rostros de la casa Idolen.
Reyes. Consejeros. Comandantes.
Tomás levantó una de las telas con curiosidad.
Apareció el retrato de un hombre vestido con armadura ceremonial.
—Supongo que este es uno de tus antepasados.
Isolda lo observó brevemente.
—Mi abuelo.
Tomás volvió a cubrir la pintura.
—Tenía cara de discutir mucho.
—Lo hacía.
Continuaron avanzando entre los andamios.
Tomás levantó otra tela.
Una mujer con vestido oscuro y mirada severa apareció en la pintura.
—Déjame adivinar.
—Mi tía.
—Definitivamente tu familia no sonreía mucho.
Isolda soltó una pequeña risa.
—La política medieval no fomentaba el buen humor.
Tomás siguió caminando hasta el fondo de la sala.
Había un último cuadro cubierto por una tela más grande.
—Este debe ser importante.
Isolda se acercó. Algo en el tamaño del marco le resultaba extrañamente familiar. Tomás tiró de la tela. La tela cayó al suelo. Y el tiempo pareció detenerse.
En el retrato estaba Isolda. No como la mujer que ahora caminaba por una ciudad moderna. Sino como la reina que había sido. Vestía seda oscura bordada en plata. La corona descansaba sobre su cabello oscuro. Pero no estaba sola. A su lado había un hombre.
Vestía ropa del siglo XVII: una casaca oscura, botas altas y espada al cinto. Su postura era protectora. Su mano descansaba sobre la empuñadura de la espada.
Tomás frunció el ceño.
—Espera.
Se acercó un paso más. Luego otro.
—No.
Isolda también estaba mirando el retrato. Pero no al suyo. Al de él.
El rostro del hombre en la pintura era inconfundible. La misma mirada. La misma expresión obstinada. El mismo rostro que Tomás.
Tomás soltó una risa corta.
—Esto es… muy gracioso.
Nadie respondió. Volvió a mirar el retrato.
—Muy gracioso.
Isolda habló en voz baja.
—Tomás…
—Sí.
—Ese hombre eres tú.
Tomás se giró hacia ella.
—No.
Señaló la pintura.
—Ese hombre vivió hace cuatro siglos.
Isolda no apartaba la mirada del retrato.
—Lo sé.
Tomás volvió a observar la pintura. El parecido no era leve. Era exacto. Tragó saliva.
—Tal vez… es un antepasado.
Isolda negó lentamente.
—No.
Tomás suspiró.
—Necesito una explicación lógica.
Se acercó al marco. En la parte inferior había una inscripción antigua. La iluminó con la linterna. Las letras estaban gastadas por el tiempo.
Tomás leyó en voz alta.
—“Isolda de Idolen… y el guardián que regresó por ella”.
Tomás se giró lentamente hacia Isolda.
—¿Guardián?
Ella seguía mirando el retrato. Había algo nuevo en su expresión. Algo entre asombro… y miedo.
—Yo no recuerdo esto.
Tomás soltó una risa nerviosa.
—Eso me tranquiliza muchísimo.
Isolda levantó la mirada hacia él.
—Tomás.
—¿Sí?
—Si este retrato es real…
Miró nuevamente la pintura.
—Entonces la historia no terminó cuando yo desaparecí.
Tomás cruzó los brazos.
—Eso ya lo sabíamos.
Isolda negó con suavidad.
—No.
Volvió a mirar el rostro del hombre en el cuadro.
—Lo que no sabíamos…
Sus ojos se encontraron con los de él.
—Es que tú estabas allí.
Tomás miró el retrato otra vez.
Luego volvió a mirarla.
—Esto no tiene ningún sentido.
Isolda observó la pintura en silencio.
Después habló con una calma inquietante.
—El tiempo raramente lo tiene.