Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°23
El reloj marcaba las siete y media de la mañana. Isabella ya estaba vestida con su uniforme nuevo: una falda gris oscura, blusa blanca con cuello redondo y un chaleco azul marino. León le había hecho una pequeña trenza al costado del cabello y ella se miraba en el espejo, con una mezcla extraña de emoción y algo que no sabía nombrar… ¿nervios?
—¿Estás lista? —preguntó León, apoyado en el marco de la puerta.
—Creo que sí… —dijo ella sin moverse.
—No pareces muy convencida.
—Es que… nunca he ido al colegio. Ni al jardín. Nunca estuve con niños, solo con adultos… —murmuró mientras ajustaba su mochila.
León se acercó y se arrodilló frente a ella.
—Escucha… Eres muy lista, Isabella. Te he visto aprender cosas que muchos adultos ni entienden. Sabes defenderte, entiendes cómo funciona el mundo, y tienes más carácter que la mayoría de los que conozco.
Ella lo miró con los ojos grandes, como esperando algo más.
—¿Entonces no tengo que tener miedo?
—Puedes tener un poquito. Eso es normal —dijo él con una sonrisa—. Pero no dejes que ese miedo te haga pensar que no puedes. Porque puedes.
Isabella asintió lentamente. Tomó su lonchera y su termo, y caminó junto a él hacia el auto. El motor rugió suave mientras avanzaban por las calles, aún tranquilas a esa hora de la mañana. En el asiento trasero, ella iba mirando por la ventana, apretando los dedos de las manos.
—¿Y si me preguntan cosas raras? —dijo de pronto.
—¿Qué cosas raras?
—No sé... si tengo mamá o en qué trabajo mi papá. O... qué hago en mi casa.
León frunció el ceño.
—Por eso quiero decirte algo importante, Isa.
Ella lo miró atenta.
—Escúchame bien. No debes mencionar nada sobre el arma, ni que has entrenado con una, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Tampoco que vives en una mansión. Ni que has visto personas con armas. Nada de eso.
—¿Y si me preguntan dónde vivo?
—Dices que vives con tu tutor en una casa grande. Y punto.
—¿Y si insisten?
—Les sonríes y cambias el tema —respondió León, mientras giraba hacia la avenida del colegio.
—¿Y si no tengo ganas de hablar con nadie?
—Entonces no hablas —rió él—. Pero sé amable. Vas a hacer amigos, ya verás.
Isabella suspiró. El auto se detuvo frente al portón del colegio, un edificio antiguo pero muy bien cuidado, con rejas negras y un jardín amplio al frente. Había niños bajando de autos, otros llegando de la mano de sus padres.
—¿Lista? —preguntó León.
—Más o menos...
Él bajó del auto y le abrió la puerta. Isabella descendió con paso firme, aunque por dentro sentía mariposas en el estómago. León se agachó a su altura y le acomodó la mochila en los hombros.
—No olvides lo que te dije, ¿sí?
—Sí.
—Y si algo no te gusta, si algo te incomoda... me lo dices. Siempre.
—Siempre —repitió ella, y luego lo abrazó fuerte, como si de pronto tuviera cinco años otra vez.
—Vas a estar bien, Isabella —murmuró él en su oído.
Ella asintió, se apartó y respiró hondo. Luego, sin mirar atrás, se dirigió a la entrada del colegio, donde una profesora la recibió con una sonrisa.
—Hola, tú debes ser Isabella. Qué lindo nombre tienes.
—Gracias —dijo en voz bajita, y siguió caminando.
León la observó hasta que desapareció entre el resto de los niños. Se quedó ahí unos segundos más, con las llaves del auto en la mano y el corazón extrañamente apretado.
“Esa niña va a cambiar al mundo”, pensó, antes de volver al volante y alejarse por la avenida.