Mijaíl Kosovo es un hombre que lo tiene todo, una hermosa familia y un empleo soñado tras ser el Ceo de una corporación multimillonaria. Sin embargo, pese a ser un gran esposo y padre de un adorable niño; también es uno de los líderes de una organización llamada “Los Superiores”. Siendo uno de sus parientes lejanos quien fundó dicho grupo, él carga con una responsabilidad mayor a la de cualquiera de los otros cuatro líderes, por lo que debe estar a la altura de la situación todo el tiempo. Sin embargo, una tarde llega a casa y su esposa le revela que se está muriendo. Tiene cáncer en fase terminal, y solo le quedan unos meses de vida, quizás semanas. Nada de lo que él posee puede salvarla de ese destino. Su pequeño hijo Alexander deberá enfrentar con tan solo cuatro años la devastadora pérdida de su amada madre. Lo que vuelve a Mijaíl un hombre sin escrúpulos dispuesto a hacer lo que sea para evitarle ese dolor a su hijo.
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Capítulo veintitrés - No es posible
Llamé a Arthur, ese maldito debía ayudarme ahora. Nunca me había pasado algo como esto, sentirme así era inesperado. Estuve todo el día pensando en ella, en sus lindos labios, su rostro angelical y su mirada demoniaca cuando se enojaba conmigo. Me estaba desquiciando ahora que sabía que ella era importante para mí. Por lo que no sabía cómo hacer para dejar de estar así.
—Hijo de perra —dije cuando Arthur contestó el móvil.
—¿Ahora qué hice? —preguntó el desgraciado.
—Tenías razón y ahora no sé qué hacer —le indiqué.
—Es normal que yo tenga razón, pero si no me dices sobre que, no sabré cómo ayudarte maldito, demente —mi amigo era el único que podía hablarme así y estar seguro de que no le metería una bala en su cabeza.
—Ella me atrae —dije avergonzado.
—Dilo más alto salí a correr y no escucho tus tonterías —Arthur era un maldito por hacerme repetirlo.
—Me gusta Elena —tenía que decirlo si quería conseguir su ayuda.
—Anda y que te den —me insultó y se escuchó cómo se detuvo—. Pensé que tardarías más en darte cuenta.
—¿Ahora qué hago? Ella me odia —dije preocupado, no pude evitar ponerme de pie en la oficina.
—No te odia, es peor que eso, ella siente repulsión por ti —Arthur era hirientemente sincero—. ¿Y ahora qué harás?
—Te llamé a ti, porque no sé qué hacer —le expliqué—. Tú me hiciste darme cuenta, ahora es tu responsabilidad ayudarme a conquistarla.
—¿Y yo, como voy a saber qué es lo que tienes que hacer? Tienes dinero, poder y eres atractivo, pero, aun así, no le gustas. La tienes muy difícil. ¿Cómo has conquistado a las mujeres en el pasado? —era un buen punto el de Arthur. Me puse a reflexionar, pero antes de poder darle una respuesta me llamó Elena.
—Ella me está llamando, debo colgar —dije y respondí tratando de conservar la calma—. ¿Qué ocurre cariño?
¿A caso era un tonto? ¿Por qué le había dicho cariño? ¿Ella se enojaría por eso? Podía poner la excusa de que había gente y debía ser cariñoso, claro eso iba a decirle si me preguntaba.
—Mijaíl, ¿tú enviaste flores a casa? —preguntó ella aparentemente sorprendida.
—Siempre le enviaba flores a Elena —aseguré como un tonto. Tenía que decirle si, solo eso. Pero dije algo que haría sentir mal a mi actual esposa.
—No me gustan las flores —su voz sonaba molesta—. Si lo vuelves a hacer no me involucres y déjasela a los empleados. El repartidor me hizo salir en persona y estaba ocupada.
—¿Y qué es lo que te gusta? —pregunté mientras que sentía cómo mi corazón latía desproporcionadamente.
—No quiero nada de ti —dijo con tono hiriente—. Me obligas a ser tu sumisa, has lo que desees, pero solo no me involucres en estas tonterias.
Al parecer seguía molesta por la estúpida prueba que le puse la noche anterior. ¿Por qué tenía que hacer las mismas cosas que mi padre? Pude haber confiado en ella, pero no. Me merecía lo que me ocurría.
—Que tengas buen día —dijo y colgó.
Iván vino y me sacó de la burbuja en la que esta mujer me tenía. Trajo los resultados del móvil de Elena, mi difunta esposa. Al mirar la conversación que tenía con sus padres en ese móvil parecía que no había nada malo. Le pregunté si había algo importante o solo eran charlas normales. Me indicó que mirara en una página específica. Había subrayado unos cuantos puntos.
*—Mamá, estoy en problemas. Debemos vernos***—**
*—¿Qué ocurre Elena?***—**
*—No puedo contártelo por mensaje, es sobre Alexander***—**
Miré a Iván, él sabía que le pediría más información. Me contó que revisó las cámaras. Mi esposa y su madre se habían encontrado en un bar. Él había conseguido los videos del lugar. Elena se ponía a llorar y luego se enojaba con su madre.
—¿De cuándo es esto? —pregunté confundido. ¿Por qué mi esposa tenía secretos?
—De cuando la señora comenzó a llevar al médico al señorito —indicó Iván.
—Busca en los documentos de la casa y comprueba las fechas. Necesito saber por qué ella no me habló de esto —dije molesto.
—Señor, hay otra conversación —dijo Iván incómodo.
Verifiqué las hojas y no pude creer lo que decía en ellas.
—Ya le estoy dando las pastillas, parecerá un accidente—
Eso decía mi esposa, ella era la que le estaba dando las vitaminas a Alexander. ¿Por qué lo había hecho? ¿A caso su enfermedad la había hecho actuar así? No era eso, su madre también tenía que ver con esto.
Las pastillas son ansiolíticos que en dosis elevadas pueden causar un paro cardiaco, me había explicado Arthur. Él nunca le había indicado tomar eso a Alexander, incluso el consumo de esas pastillas provocaba algunos de los síntomas que mi hijo había tenido en el pasado, como pérdida de atención y somnolencia.
—Señor Kosovo, ¿quiere que haga algo más? —me preguntó Iván.
Deseaba pedirle que desenterrara a Elena para interrogarla, pero eso ya no era posible. Aunque aún estaba su madre, por lo que buscaría la manera de hacer que esa mujer me explicara qué diablos trataba de hacerle a mi hijo. Aunque eso implicara pedirle a mi actual esposa infiltrarse entre esos malditos.
Al llegar a casa, Elena estaba con sus padres viendo algunas fotografías. Ella era muy buena fingiendo, se acercó a mí y me dio un cálido beso en los labios, que yo esperaba durara más de unos segundos; sin embargo, se apartó cuando apenas lo empecé a saborear.
—Mis padres me están mostrando unas fotografías de nuestras últimas vacaciones —dijo ella de la misma manera que lo habría hecho Elena. Me molestó ya que perdía parte de su esencia mandona, deseaba no tener que pedirle que fingiera.
—Papá —dijo Alexander y corrió a mis brazos. Mi pequeño hijo había estado en las garras de esas mujeres en mi presencia y no me había dado cuenta.
Cenamos y tuve que fingir que todo estaba bien, una vez que Alexander se fue a dormir nos sentamos a beber un whisky con mi suegro. Este me contó que esperaba que lo apoyara invirtiendo en una nueva empresa que estaba buscando inversores. Le aseguré que le daría la propuesta a Dmitri, aunque no le gustó. Él quería que fuera yo mismo el que se encargara. Algo que empezaba a tenerme sin cuidado. Si él era parte del daño que esas dos mujeres le hicieron a Alexander, lo pagaría con su vida.
Autora: Osaku
que me llevo a leerla sin pausas.