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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:545
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

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Capitulo 19

El pesado portón de acero del búnker se deslizó con un gemido metálico que pareció desgarrar la quietud del mundo. Saori fue la primera en cruzar el umbral, y el impacto fue inmediato: el aire ya no era ese gas invisible y ligero de su memoria; ahora era denso, cargado con un matiz metálico y un aroma dulzón a polen y putrefacción que se pegaba a la garganta.

​—¿Empacaste todo lo de la casa? —susurró Sora, con la voz quebrada por el nerviosismo mientras salían al exterior.

​Saori solo asintió, incapaz de articular palabra. Sus ojos se fijaron en el cielo, que lucía un tono violeta magullado, con un sol que no solo iluminaba, sino que parecía latir con una intensidad radiactiva que picaba en la piel expuesta. Ya se había encargado de recolectar hasta el último suministro de la vivienda y de poner a salvo a los animales que habían sobrevivido en el patio, pero algo no encajaba.

​Activó su Localizador. Los puntos rojos que antes bullían en los alrededores habían desaparecido.

​—Está demasiado tranquilo —murmuró ella, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda—. No hay nada en cien metros a la redonda.

​El silencio era absoluto, una masa pesada que les presionaba los oídos. No había canto de pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni siquiera el susurro del viento entre las ramas. Era un silencio artificial, como el de una tumba recién sellada. Cada paso que daban sobre la grava del camino resonaba como un disparo de advertencia, un eco seco que parecía gritar su posición a cualquier cosa que estuviera acechando en las sombras de los edificios cubiertos de maleza.

​—Es raro... —continuó Saori, apretando el mango de su arma—. En la novela, el primer día después del despertar era un caos de gritos. Pero esto... esto es peor. El silencio significa que algo ha limpiado la zona, o que todos están escondidos de un depredador más grande.

​Caminaron pegados a las paredes de la casa, donde las enredaderas negras ya habían empezado a estrangular los marcos de las ventanas. El mundo que conocían había sido reemplazado por un escenario de pesadilla en apenas una semana, y la ausencia de movimiento los ponía más nerviosos que una horda de zombies. Era como si la ciudad entera estuviera conteniendo el aliento, esperando a que ellos cometieran el primer error.

​—No bajen la guardia —advirtió Saori en un susurro, mientras sus ojos escaneaban los techos—. El hecho de que no los veamos no significa que no nos estén observando.

—No se separen —ordenó Saori, con un tono que no admitía réplicas. Su mirada escrutaba los edificios cubiertos de hiedra negra, detectando cada movimiento falso en el aire denso.

De pronto, una explosión ensordecedora sacudió el asfalto a varias calles de distancia. Una columna de humo gris se elevó hacia el cielo violeta, y casi de inmediato, el silencio fue reemplazado por un sonido rítmico: el golpeteo de pies descalzos contra el pavimento. A lo lejos, Saori vio a un "no vivo" cruzando una intersección a una velocidad antinatural. No era el caminar errático de antes; era un trote coordinado, casi atlético.

—Están mutando —susurró Sora, apretando los puños—. Van hacia el ruido.

—En esta novela, la luz del sol los activa —explicó Saori, tragando en seco—. Conservan un eco de su rutina humana; se despiertan con el sol y cazan durante el día. Y en unos días, cuando la temperatura caiga y el frío empiece a morder los huesos, serán aún más peligrosos. Necesitamos ese vehículo ya.

Llegaron finalmente a la grieta donde el Merodeador descansaba como un titán herido. Pero antes de que pudieran acercarse, una figura emergió de la sombra del chasis. Era un soldado. Su uniforme estaba hecho jirones y su piel tenía un tono gris ceniciento, pero lo que más impactó al grupo fue la escopeta que sostenía con manos temblorosas.

Saori levantó la mano para detener al grupo. El soldado los miró, o mejor dicho, sus cuencas vacías parecieron enfocar la vida que ellos irradiaban. Hubo un segundo de lucidez agónica en su rostro putrefacto. En lugar de atacar, el hombre soltó un gruñido gutural, llevó el cañón del arma a su propia barbilla y, con un movimiento espasmódico, apretó el gatillo.

El estruendo fue seco. El cuerpo colapsó contra el metal del Marauder, dejando una mancha oscura que se deslizaba por el blindaje.

—Él... prefirió eso a convertirse en uno de ellos —murmuró Near, con el rostro pálido.

—Entren rápido —dijo Saori, obligándose a no apartar la vista del horror para no perder la concentración.

Al abrir la pesada escotilla lateral, el grupo fue recibido por un olor intenso a aceite hidráulico, hierro frío y un rastro persistente de tabaco viejo. El interior del Merodeador era cavernoso comparado con un vehículo normal. Las paredes de acero reforzado estaban llenas de consolas tácticas y estantes de suministros. Había espacio suficiente para que todos se acomodaran en los asientos de cuero reforzado, aunque la atmósfera era claustrofóbica por la falta de ventanas tradicionales; solo contaban con las pantallas de visión periférica que mostraban el exterior en tonos térmicos.

—Es una fortaleza —dijo Near, tomando el asiento del conductor y acariciando el volante forrado en caucho—. Estamos a salvo aquí... por ahora.

Saori se sentó a su lado, observando cómo las cámaras térmicas detectaban más puntos de calor aproximándose. El búnker móvil vibró cuando Near encendió el motor, un rugido poderoso que prometía atravesar cualquier obstáculo en su camino hacia Lorinso Corp.

Saori desprendió la llave del cinturón del soldado con un movimiento rápido, tratando de no flaquear ante la visión de aquel dije familiar que el hombre aún aferraba con una fuerza póstuma. Era el retrato de una vida que ya no existía, un sacrificio silencioso por una familia que quizás nunca supo de su final.

—Es triste, pero este es nuestro mundo ahora —murmuró Saori, más para sí misma que para los demás.

Vio el horror en los ojos de los niños y, aunque una parte de ella quiso cubrirlos con su manto, se obligó a mantenerse firme. Si ella fallaba, ellos debían tener la piel lo suficientemente dura para no quebrarse. El apocalipsis no tenía piedad con la inocencia.

—Saquemos la gasolina de los otros vehículos —ordenó, señalando los autos abandonados que rodeaban la grieta—. El ruido de la explosión se llevó a los mutantes lejos, pero no sabemos cuánto durará la calma. Aprovechen ahora.

El grupo trabajó con una eficiencia nacida del miedo. Saori materializaba bidones y mangueras desde su Almacenamiento, mientras los niños ayudaban a sostener las botellas. Cada gota de combustible era oro líquido; ella sabía, por los recuerdos de la novela, que en unos años el agua limpia y la comida procesada serían mitos por los que la gente mataría. Solo los grandes refugios tecnificados tendrían el lujo de la producción, pero Saori recordaba las palabras del protagonista: "En los primeros días, los refugios oficiales son solo jaulas con mejores nombres".

—Al único lugar que consideraría entrar es al refugio que él construirá —pensó Saori—, pero para eso falta mucho. Primero, debemos sobrevivir a nosotros mismos.

Una vez que los tanques del Merodeador estuvieron al límite y la reserva llena, Saori dio la señal de abordaje. Uno a uno, se sumergieron en la panza de la bestia de acero.

Near se deslizó en el asiento del conductor, sus manos temblando levemente al tocar los controles de grado militar. Saori se sentó a su lado, sintiendo cómo el asiento de cuero reforzado la envolvía.

—Near... llévanos lejos de aquí —dijo Saori, cerrando la escotilla hidráulica con un golpe seco que selló el mundo exterior.

Near giró la llave y el Merodeador respondió con un rugido gutural y profundo que hizo vibrar el suelo y los pechos de todos los presentes. No era el sonido de un motor común; era el latido de un depredador alfa. Al avanzar, el peso de diez toneladas de blindaje compuesto les dio una sensación de seguridad casi embriagadora. Afuera, el viento empezaría a hacer mucho frío, pero dentro de aquel caparazón de hierro, rodeados por el olor a aceite y tecnología, se sentían por primera vez invencibles.

El gigante de acero trepó por la grieta del asfalto, aplastando escombros y restos de mutantes bajo sus neumáticos indestructibles, dejando atrás el búnker para siempre.

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