Keile después de cometer muchos errores y ganarse el odio de su enigma tuvo que ver como la vida se le escapaba a la persona que más amo , no solo lo vio morir el fue su verdugo y vivió cada día en el arrepiento pero ahora el destino a decido darle una oportunidad volviendo al momento antes de que la luz de su egnima fuese apaga¿cometerá keile los mismo errores de su vida pasada?
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El Peso de la Carne y el Hielo del Instinto
Verlo caer fue como ver una torre de marfil derrumbarse en cámara lenta. Keile, el Alfa que siempre caminaba como si el suelo le perteneciera, se desplomó frente a mis pies. No fue un desmayo elegante; fue el colapso de un hombre que había llegado al límite absoluto de su resistencia.
—¡Keile! —mi voz sonó extraña, rasgada, como si alguien más hubiera gritado por mí.
Me arrojé al suelo y lo atrapé antes de que su sien diera contra el mármol. El calor que emanaba de su piel me golpeó como un incendio; tenía una fiebre tan alta que parecía estar quemándose vivo desde adentro. Al acomodar su peso contra mi pecho, su camisa se deslizó, revelando el horror.
Me quedé sin aliento. Su espalda era un mapa de agonía: surcos profundos, carne viva y esas marcas violáceas que solo dejan los electrodos de alto voltaje. Mi mente, que segundos antes lo acusaba de traidor, se quedó en blanco. Nadie se somete a esa carnicería por una "actuación".
En ese instante, algo en mi pecho se rompió. Mi lobo, esa parte de mí que siempre había sido orgullosa y distante con él, emergió con una violencia que no pude controlar. Echó la cabeza hacia atrás y soltó un aullido largo, desgarrador y agudo. No fue un grito de guerra, ni un reclamo de pareja; fue un lamento fúnebre, el sonido de un animal viendo a su mitad desangrarse en la oscuridad. El sonido vibró en las paredes del apartamento, llenando el vacío con una verdad que yo no quería admitir: verlo así me estaba matando a mí también.
Pero entonces, ocurrió algo aterrador.
Justo cuando mi lobo iba a lamer sus heridas, justo cuando el impulso de protegerlo iba a vencer mi orgullo, sentí un muro de hielo levantarse en mi interior. Fue como si una mano invisible estrangulara a mi lobo, obligándolo a callar. Una desconfianza ancestral, algo que se sentía más viejo que mis propios diecinueve años, golpeó mi instinto con una fuerza brutal.
Mi lobo se detuvo en seco. El dolor desapareció, reemplazado por una indiferencia gélida y antinatural. De repente, el animal en mi interior se sentó en las sombras de mi mente y se limitó a observar a Keile con la frialdad de quien mira un objeto inanimado. La conexión se había cortado.
—¿Qué me está pasando? —susurré, con la garganta seca.
Miré el rostro de Keile. Estaba pálido, con los párpados temblando por el dolor incluso en la inconsciencia. Mi mente me decía que esto era una advertencia, que él era peligroso. Mi cuerpo, sin embargo, lo sostenía con una urgencia que no podía explicar.
Lo levanté en brazos. Pesaba, un peso sólido de músculos y sacrificio. Lo llevé hasta mi cama y lo deposité con una brusquedad que era más para convencerme a mí mismo de mi odio que por falta de cuidado.
—Me salvaste en el mar para que te trajera aquí... —mascullé mientras buscaba el botiquín, tratando de ignorar el rastro de su sangre en mis manos—. Me diste una vida que no te pedí, Keile. Y ahora me obligas a curar las marcas de un castigo que, según tú, es por mi culpa.
Empecé a limpiar sus heridas con alcohol. Él ni siquiera se quejó, solo soltó un suspiro roto que hizo que mi mano temblara. Mi lobo seguía ahí, mirándolo con esos ojos vacíos, sin mover un solo músculo para ayudarme. Estábamos divididos: un hombre que quería odiarlo, un lobo que no sentía nada y un pasado que parecía estar susurrándome que, hiciera lo que hiciera, este era el principio del fin.