Todos lloraron su muerte. Nadie sospechó su regreso. Valeria Montoya fue enterrada antes de tiempo, traicionada por la sangre que llevaba su apellido. Para el mundo está muerta; para ella, sobrevivir fue apenas el inicio del castigo. Bajo una nueva identidad, regresa a la vida que le arrebataron, obligada a callar su nombre, su pasado… y su amor. Adrián Ferrer, el hombre que la amó y la lloró frente a su tumba, es el único capaz de reconocerla sin tocarla. Entre mentiras, deseo contenido, risas que esconden dolor y una venganza que se teje en silencio, Valeria deberá decidir si el amor merece otra oportunidad o si la justicia exige sangre. Porque algunas mujeres no vuelven para ser salvadas… vuelven para cobrarlo todo.
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Contraataque de Isabella
La ciudad estaba envuelta en una ligera neblina cuando recibimos la primera alerta: Isabella había movilizado a un grupo de mercenarios y exguardias para atacarnos en nuestra base temporal. La información llegó por Diego, nuestro experto en tecnología, quien había interceptado un mensaje codificado que apenas dejaba entrever la magnitud del ataque.
—Se viene un golpe directo —dijo Adrián, apretando mi hombro—. Tenemos que estar listas.
—No hay miedo —respondí, ajustándome el abrigo—. Solo estrategia.
Lucía revisaba mapas, marcando las posibles entradas y salidas, mientras nuestros aliados se preparaban. Habíamos pasado semanas reuniendo información, aliados secretos del consejo y personas que Isabella jamás imaginó que podrían unirse a nuestra causa. Hoy, todos estaríamos listos para enfrentar su ataque frontal.
No tardó en llegar el primer grupo de Isabella: cinco hombres, armados y calculadores, intentando irrumpir por la entrada principal. Pero esta vez, no era solo Adrián y yo. Nuestros aliados estaban sincronizados, cada movimiento coordinado, cada acción pensada para neutralizar la amenaza sin perder ventaja.
El primer atacante avanzó rápido hacia mí, pero Adrián lo interceptó con un giro impecable, derribándolo al suelo. Yo, en el instante siguiente, utilicé un impulso para lanzar al segundo hombre contra la pared, aprovechando la cercanía de un pilar que nos daba cobertura. La adrenalina recorría mi cuerpo, mezclándose con una tensión que no era solo de combate… sino también sexual. Cada roce accidental con Adrián, cada respiración compartida, nos mantenía conectados, alerta y deseando más.
—Valeria, cuidado —susurró Adrián—. Otro por la derecha.
Antes de que pudiera reaccionar, Lucía y uno de nuestros aliados interceptaron al hombre, bloqueando el ataque y derribándolo sin esfuerzo. El caos era total, pero el control de nuestro grupo se sentía firme.
Y entonces apareció Isabella, elegante, perfecta en cada detalle, pero con un brillo en sus ojos que mostraba desesperación contenida.
—Pensé que esto sería más fácil —dijo, con voz fría—. Pero veo que están más preparados de lo que imaginé.
—Eso es lo que pasa cuando subestimas a alguien —respondí, manteniendo la calma.
Mientras hablábamos, un nuevo aliado emergió por la puerta lateral: Ricardo, un antiguo contacto de Adrián que había trabajado infiltrado en las operaciones de Isabella durante meses. Su llegada cambió la dinámica del combate, haciendo que los mercenarios se dispersaran y provocando que Isabella tuviera que reconsiderar cada movimiento.
—¡No van a salirse con la suya! —grité, mientras derribaba a otro atacante con fuerza y precisión.
La tensión sexual entre Adrián y yo seguía latente, cada roce, cada contacto físico durante la lucha nos acercaba más. La adrenalina y el deseo eran un combustible que nos hacía más rápidos, más fuertes, más sincronizados.
Isabella retrocedió unos pasos, furiosa y calculadora.
—Esto no termina aquí —dijo—. Mañana volveré, y no habrá error que los salve.
—Entonces que vuelva —dijo Adrián, mirándome con intensidad—. Porque nosotros también tenemos planes.
Los mercenarios restantes fueron neutralizados. Isabella se retiró temporalmente, pero su amenaza estaba más viva que nunca.
Mientras nos mirábamos Adrián y yo, respirando agitados y cubiertos de polvo y adrenalina, supe que esto apenas comenzaba. La guerra se volvía más intensa, más personal y más peligrosa… y la pasión que nos unía se volvía un arma secreta.