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LA NOCHE DE LAS BRUJAS

LA NOCHE DE LAS BRUJAS

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Dragones / Brujas / Romance oscuro / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Cattleya_Ari

En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.






Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.

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CAPÍTULO 017

⚠️ Advertencia de contenido

Este capítulo contiene escenas de violencia que pueden resultar perturbadoras o sensibles para algunas personas. Se recomienda discreción al leer.

09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día de Lluvia, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Las horas transcurrieron con una lentitud exasperante. Cathanna estaba asomada en uno de los tantos balcones del castillo, observando el jardín con una mirada perdida y la mente en blanco. El sol caía con una intensidad cruel, y el calor resultaba insoportable. Ni siquiera el abanico en su mano lograba mitigar el sofoco. Liberó un suspiro pesado y acomodó la manga abultada de su vestido marino de dos piezas. Luego se alejó del balcón y salió de la amplia habitación, donde solo había un mueble viejo cubierto de polvo. Sus pasos apenas resonaban en el pasillo cuando, de pronto, se encontró con su abuelo.

Durante la mañana, en el comedor, él había actuado como si nada hubiera ocurrido la noche anterior, como si no hubiera irrumpido en su habitación para tocarla. Ni siquiera le había dedicado una mirada. Pero ahora sus ojos eran intensos, tenebrosos, y Cathanna sintió que el corazón se le detenía de golpe. Se giró despacio y comenzó a caminar en dirección contraria, pero un brazo la sujetó con brusquedad. Intentó forcejear, pero no logró encontrar libertad. Efraím comenzó a arrastrarla sin miramientos hacia el lado opuesto del opresivo pasillo.

Había servidumbre yendo y viniendo, pero todos bajaban la cabeza, fingiendo no ver nada. Incluso Celanina desvió la mirada cuando presenció la escena, y eso hizo que Cathanna suplicara más alto que la soltara, pero él hacía oídos sordos, arrastrándola escaleras abajo. Nadie la ayudaba. Absolutamente nadie. Ni sus primas. Ni su madre, que la vio pasar y no hizo nada. Nadie. Y Cathanna se sintió traicionada. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero se obligó a no soltarlas.

Cuando llegaron al templo donde veneraban a los ocho dioses del Alípe, Efraím la soltó de golpe, dejándola caer al suelo. Cathanna soltó un chillido ahogado, porque su brazo derecho recibió todo su pecho, y levantó la mirada, aterrada. Entonces él salió y cerró la puerta tras de sí, dejándola encerrada. Cathanna se levantó con desesperación y forcejeó con la puerta de hierro, pero no consiguió abrirla. Gritó. Llamó a su madre. A su hermano Calen. Pero no obtuvo respuesta. Aquel templo estaba en un lugar donde los oídos humanos no llegaban.

Se dejó caer al suelo, llorando con la boca abierta, sin emitir sonido alguno. Se estaba ahogando en la desesperación, en el miedo, en la certeza de que ese hombre no pensaba dejarla salir, quizá, en la vida.

Pasaron unos minutos antes de que la puerta se abriera. De pronto, una gran cantidad de agua cayó sobre ella y el mundo se detuvo de golpe —al menos para ella—, porque ya no sentía el aire. Solo el agua que seguía cayendo con la fuerza de una tormenta, empapándola por completo, mientras la voz de Efraím resonaba sin piedad por todas partes. Le reclamaba haberse convertido en una mujer desobediente, cuando antes no lo era. La llamaba rebelde, atrevida, altanera. Le decía que todo aquello lo merecía por no ser como antes. Que debía obedecerlo siempre. En todo. Porque el único que mandaba ahí era él.

Cuando el último balde de agua cayó sobre ella, él le ordenó que pidiera perdón a los dioses. Solo así —afirmó— su alma sería purificada por completo. Cathanna asintió con la mirada perdida. Asintió en sumisión, dándole la razón en todo, y se arrastró por el suelo hasta que sus rodillas rozaron los pequeños escalones del altar, donde estaban tallados los nombres de los dioses junto a sus símbolos sagrados y estatuas. Juntó las manos temblorosas y, mientras Efraím la observaba con una mirada cargada de ira, comenzó a rezar, fuerte.

Pidió perdón por ser una mujer desobediente. Pidió salvación. Una que llegara pronto, porque ya no soportaba seguir existiendo dentro del cuerpo de una mujer impura, indigna, rebelde… que —según su mente lastimada—, ya no valía nada. Y, mientras pronunciaba aquellas palabras, las lágrimas volvieron a brotar sin control. Su cuerpo empezó a tiritar, porque se estaba muriendo de un frío que le besaba los huesos. En aquel lugar apenas había una antorcha, suficiente para dar luz, pero no calor. Y si minutos antes se había quejado del sol implacable que abrasaba el jardín, ahora lo deseaba con una desesperación dolorosa.

Efraím se colocó detrás de ella y destrozó las cuerdas que mantenían ajustado su vestido, arrancándolas sin cuidado y dejando su espalda completamente al descubierto. Cathanna se tensó de inmediato. Sollozó con más fuerza, presa del miedo, pero no dejó de rezar. Esta vez imploraba protección, rogando a los dioses que alguno descendiera y la ayudara a escapar de las manos de ese hombre. Más en el fondo sabía que era inútil. Aquellos dioses que estaba obligada a venerar jamás la mirarían como ella necesitaba… Nunca lo harían.

Efraím se incorporó, tomó el látigo que había dejado junto a la puerta y lo descargó contra la espalda de Cathanna. El golpe le arrancó un grito mudo, atrapado en su garganta. Su cuerpo se arqueó por reflejo; llevó una mano temblorosa hacia la herida recién abierta y sintió el ardor insoportable de su piel rota. Apoyó la frente contra el escalón del altar y comenzó a rezar con más fuerza. Entonces llegó el segundo latigazo. Esta vez el grito escapó sin control, resonando por todo el templo. Después vinieron más. Uno tras otro. El sonido del cuero rompiendo el aire, la carne cediendo, la sangre manchando el suelo sagrado de rojo. Cathanna gritaba entre rezos, suplicando ayuda con toda la desesperación que podía albergar un cuerpo quebrado.

Al mismo tiempo, Selene terminaba de organizar los nuevos vestidos de Anne en el cuarto destinado a ellos cuando una sombra negra comenzó a extenderse sobre el suelo. Era tan oscura que el pecho se le contrajo de golpe y se quedó inmóvil, sin siquiera respirar. Observó cómo aquella sombra se deslizaba suavemente de un lado a otro, de arriba abajo, moviéndose como una serpiente maldita. Su respiración volvió a circular por su cuerpo, irregular, pesada como un mazo. Sabía perfectamente lo que significaban aquellas líneas que empezaban a dibujarse en la oscuridad: el color de los ojos de alguien cuyo tiempo se estaba agotando. Y ese color lo reconoció de inmediato.

Sin pensarlo mucho, le ordenó a la mujer que la acompañaba que continuara organizándolo todo. Sin esperar respuesta, Selene salió corriendo con el pecho agitado, aferrándose a los bordes de su vestido blanco para no tropezar. Aceleró el paso, siguiendo la sombra. Se estrelló con uno que otro miembro de la servidumbre, pero no le importó. Descendió las escaleras, tropezando en varios escalones, pero se levantaba de inmediato para seguir bajando. No se detuvo hasta llegar a las mazmorras. Y con cada paso, su estómago se revolvía más.

Cathanna habló entre dientes, un balbuceo apenas audible que Efraím ignoró por completo y continuó descargando latigazos hasta que la visión de Cathanna comenzó a nublarse. Sus manos se sacudieron con violencia, un fuego interno recorriéndole cada hueso, y una gran cantidad de sangre espesa escapó de sus labios secos. Cuando Efraím estaba a punto de darle otro golpe, la sangre que brotó de Cathanna se volvió tan caliente como lava y ardió al tocar el suelo.

Las gotas incendiadas alcanzaron el pantalón de Efraím, que comenzó a arder en cuestión de segundos. El grito de sorpresa que lanzó lo hizo caer al suelo, revolcándose entre la sangre de su nieta mientras presionaba la tela para apagar las llamas. No sentía dolencia —era un naciente del fuego—, pero el miedo lo atravesó como nunca antes. Cuando logró incorporarse, lento, Cathanna ya caía al suelo con los ojos cerrados. En ese mismo instante, la puerta se abrió de golpe.

Selene apareció en el umbral y su rostro se contrajo al ver tan horrorosa escena. Se cubrió la boca con ambas manos y retrocedió un paso, anonadada. El aire estaba cargado de olor a sangre, y las estatuas de los dioses estaban manchadas, al igual que el rostro de Efraím, que ahora parecía un monstruo salido de la peor pesadilla en toda la tierra.

Selene gritó con todas las fuerzas de su alma, y el sonido resonó por toda la mazmorra oscura como un trueno letal. Efraím apretó los dientes, furioso. Caminó hacia ella y tomó el látigo del suelo, con la idea de hacerle lo mismo que a Cathanna, por ver cosas que no debía. Sin embargo, la sangre derramada comenzó a moverse despacio hasta encenderse, una tras otras, convirtiéndose en llamas puras, y el pecho de Efraím se agitó, asustado, e intentó apagar el fuego, pero fue inútil.

Selene no dudó ni un segundo en correr directo hacia Cathanna, esquivando el fuego como si fuera una experta, cuando en realidad le atemorizaba por traumas del pasado. Se arrodilló junto a ella y la sujetó entre sus brazos con manos temblorosas; le dio suaves golpes en la mejilla, intentando despertarla, pero no hubo respuestas, ni un movimiento. Desesperada, comenzó a arrastrarla por los espacios donde el fuego aún no había alcanzado. En algunos puntos, las llamas rozaron su piel, sacándole gemidos ahogados, aun así, no se detuvo.

Cuando lograron salir, Selene volvió a arrodillarse junto a Cathanna. La sombra negra ya le envolvía los pies y subía lentamente, como si la devorara con un hambre que le comprimió el estómago con fuerza. Apoyó una mano sobre el pecho de Cathanna. Su corazón no latía, y Selene quedó en blanco. Sus ojos ardieron por las lágrimas acumuladas.

Se levantó de golpe y caminó hacia Efraím, que estaba de espaldas. Vio un balde en una esquina, casi derretido por el calor, y lo tomó. Con todas sus fuerzas, lo estrelló contra la cabeza del hombre, que no tardó en caer inconsciente sobre el fuego, que comenzó a devorar su ropa.  Selene volvió a golpearlo, hasta que la sangre comenzó a brotar de su cabeza. Hundió los dedos en ella sin vacilar y regresó junto a Cathanna.

Pasó los dedos por las heridas abiertas de su espalda, rogando en silencio que funcionara, pero Cathanna no reaccionó y la sombra ya alcanzaba su cintura. Selene se colocó sobre ella y unió ambas manos, una sobre la otra y comenzó a rozar sus palmas, girándolas de arriba abajo. En ese instante, sus ojos brillaron con un destello blanco y, al apoyar las manos sobre el pecho de Cathanna, una luz blanca con rayos oscuros reventó entre ambas, una luz tan intensa como un huracán.

Una esfera de humo y energía se expandió, sacudiendo el castillo entero, los alrededores, también. Muchas personas cayeron al suelo, y árboles fueron arrancados de raíz. En mundo tembló ante ese poder incandescente que a Selene le arrancó la mitad de la vida que había protegido durante tantos años de las manos ajenas. Y cuando todo volvió a la normalidad, cuando el silencio gobernó, los ojos de Cathanna se abrieron de golpe, su corazón latió con fuerza y su boca buscó aire, desesperada. Selene sonrió, con los labios estremecidos, sintiendo como su voluntad dejaba de responder por unos segundos.

Cathanna no entendía nada, ni porque Selene estaba ahí. Solo recordaba lo ocurrido en el templo con su abuelo y, después, la sensación de algo ascendiendo por su cuerpo antes de que todo se volviera negro. Al abrir los ojos, se encontró en un lugar completamente oscuro. Un lugar silencioso, donde solo flotaba una bruma dorada, atravesada por rayos del mismo color, la única fuente de luz en aquel vacío, y detrás, una voz la llamó. Era celestial, suave, tan pura que le estremeció el alma. Dio un paso hacia ella, sin darse cuenta, y cuando estaba por entrar, su cuerpo fue arrojado hacia atrás con una fuerza sobrehumana. Entonces regresó. No comprendía qué había sido aquello. Solo sabía que, en ese instante suspendido, se había sentido en paz. Sin miedo. Sin dolor. Sin el peso de su propio cuerpo. Y esa calma fue lo primero que perdió cuando volvió a la realidad.

Selene la ayudó a incorporarse. Cathanna soltó un sollozo ahogado y, cuando dieron el primer paso, Selene se tambaleó, mareada; lo disimuló de inmediato, fingiendo que todo estaba bien, y siguieron avanzando despacio. Cathanna iba dejando un rastro rojo de lo que le habían hecho, bajo sus pies, uno que estaba forzado a arder en llamas.

Al llegar al pasillo vacío, el aire se volvió espeso. Cathanna se estremeció al sentir el aire en sus heridas, perdiendo por un instante el equilibrio. Selene la ayudó a mantenerse de pie, a seguir hacia adelante, pero Cathanna ya no podía caminar más. Sus piernas ardían, al igual que su espalda, que seguía goteando sangre como si fuera una cascada.

Luego de unos segundos de descanso, continuaron avanzando hasta que se encontraron con Celeste. Ella abrió apenas los labios y frunció el ceño, como si acabara de presenciar una escena de horror que ni siquiera debió ser escrita. Retrocedió un par de pasos, desorientada, y el libro que llevaba se le resbaló de las manos; el golpe seco retumbó en el pasillo. Se llevó ambas manos a la boca, ahogando un chillido de sorpresa. Un instante después reaccionó. Se acercó a ellas con cuidado, tensa, y se colocó al lado de Cathanna, pasando un brazo alrededor de su cintura. Así, las tres comenzaron a caminar con pausas, en silencio.

—Fue vuestro abuelo, señorita Celeste —informó Selene, con un hilo de voz, mientras sostenía más fuerte a Cathanna—. Él la apaleó.

Celeste se quedó en blanco durante unos segundos, intentando procesar aquellas palabras. Sabía que su abuelo era severo, incluso cruel en muchísimas situaciones, pero jamás imaginó que fuera capaz de golpear así a alguien… mucho menos a su propia nieta, sangre de su sangre. Tragó saliva con fuerza, reprimiendo las náuseas que le subían por la garganta, y continuó ayudándolas sin pronunciar palabra.

Al llegar al pasillo donde estaba su habitación, la mirada vacía de Cathanna se cruzó con los ojos de Calen, que acababa de salir de la suya. Él se quedó inmóvil, observándola, como si el mundo acabara de resquebrajarse frente a él. No hubo palabras. Solo respiraciones agitadas. Calen dio un paso, pero retrocedió dos, parpadeando lento. Cathanna escuchó la voz de Selene romper el silencio, y entonces fue ella quien parpadeó como si fuera la primera vez que lo hacía, rígida.

Cuando entraron, Cathanna quedó sentada en el borde la cama, llevando una mano a su espalda aún ardiente por los golpes. Sintió la sangre manchar todos sus dedos, y un grito que le desgarró la garganta llenó cada rincón de la habitación. Pero no era solo dolor lo que la consumía: era una rabia pura que burbujeaba bajo su piel. Una furia que ya no sabía —ni quería— contener. Estaba enojada y triste con el mundo. Con cada rincón del castillo. Con su madre. Con Celanina. Porque la abandonaron. Porque la vieron siendo arrastrada y eligieron callar. Porque miraron hacia otro lado mientras a ella la destrozaban.

Calen escuchó ese grito y algo se quebró dentro de su pecho. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Parpadeó despacio, como si el mundo necesitara unos segundos para volver a encajar todas sus piezas, y levantó la mano hacia la manija de la puerta de su hermana. Se quedó así, inmóvil, hasta que la puerta se abrió de golpe y reveló a Selene, que salió a toda prisa en busca de trapos y medicinas para limpiar esas heridas profundas, y también del alquimista familiar, el mismo que atendía casi siempre al patriarca.

Él retrocedió un paso, con el estómago revuelto, y apoyó la espalda contra la pared, que se sentía más rígida que de costumbre. La cabeza le era un torbellino imposible de ordenar. Selene regresó al poco tiempo con el alquimista: un hombre regordete y silencioso, tanto que Calen dedujo que llevaba varios minutos en la misma posición, observándolo todo sin decir palabra. Entonces algo encajó en su mente.

Se incorporó de golpe y comenzó a caminar a grandes zancadas en busca de su madre. Durante un momento pensó que la tierra se la había tragado, hasta que la encontró en el comedor, frente a una taza de café ya frío. Sus miradas se cruzaron y Calen sintió la sangre subirle a la cabeza. Ella preguntó por Cathanna, pero Calen no le dio respuesta; se plantó frente a ella y empezó a reclamarle, con la voz llena de furia.

Calen tenía poco respeto por su madre. La quería, sí, pero no la respetaba como un hijo debería —según las personas conservadoras— respetar a una madre. No después de ver cómo trataba a Cathanna, como la humillaba a diario por cualquier cosa. Porque esa indiferencia alimentaba más el desprecio que el afecto que aún intentaba conservar.

La tomó del brazo con una delicadeza que contrastaba brutalmente con lo que ardía en su interior y la obligó a caminar con él, casi arrastrándola. Subieron las escaleras una tras otra, buscándolo. Encontraron a Efraím en su despacho, recién duchado, revisando unos papeles como si nada hubiera pasado. El pecho de Calen se comprimió hasta dolerle. Sin pensarlo, le arrancó los documentos de un manotazo.

—¿Sabes cómo dejó este hombre a tu hija, Annelisa? —reclamó Calen, caminando de un lado a otro del despacho, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse—. ¡La golpeó hasta dejarla empapada en sangre! ¡Casi la extermina! ¡Y tú actuando como si nada!

Con un movimiento brusco, Calen empujó el escritorio, haciéndolo volcar hacia un lado con una fuerza letal. Los papeles cayeron al suelo como hojas inservibles. Tanto Efraím como Annelisa se sobresaltaron.

—¿Qué excusas tienes? —continuó Calen, clavando los ojos en su abuelo—. Vamos, dilo. Justifícalo. Como siempre lo haces. ¡Hable ya!

Efraím no retrocedió. Al contrario, alzó el mentón, con esa calma venenosa que solo empeoraba las cosas, y Calen deseó golpearlo hasta hacerlo pagar por lo que le había hecho a su hermana. Lo despreciaba.

—Mide tu tono —objetó Efraím, frío—. Estás hablando con tu mayor.

—No —escupió Calen—. Estoy hablando con un monstruo.

—Esa niña necesitaba corrección —dijo Efraím, plantándose frente a él, con los puños cerrados—. Se estaba desviando del camino correcto.

Calen sintió que algo se rompía del todo dentro de él. Lo agarró del cuello de la camisa y lo estampó contra la estantería colmada de libros que había detrás; los libros cayeron a cada costado de ellos con un ruido seco. Efraím miró a su nieto con sorpresa pura, desconociéndolo.

—No vuelvas a llamarla niña nunca más en tu asquerosa vida —gruñó, estampándolo más duro, sacándole un gemido ahogado—. No después de lo que le hiciste hoy. No después de casi matarla porque se estaba saliendo de tu camino de mierda, repugnante perro de mierda.

—¿Qué le hiciste a mi hija, Efraím? —intervino Anne luego de tanto silencio, frunciendo el ceño, con el corazón martillándole con fuerza.

Efraím giró despacio el rostro hacia ella, mirándola severo.

—La corregí —respondió, sin rastro de culpa, y se soltó como pudo del agarre de Calen—. Hice lo que tú no supiste hacer como su madre.

Anne dio unos pasos hacia atrás, como si esas palabras hubieran sido una cachetada física. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

—¿Corregir…? —repitió Calen, incrédulo—. ¿Llamas “corrección” a eso? ¡Tiene la espalda llena de heridas! ¡Esa mierda no es corrección!

Anne llevó una mano a su boca, cubriéndola. Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla para no caer.

—Eso… eso no es posible… —susurró ella, con una incredulidad que le tallaba la garganta—. Cathanna… no…—Comenzó a negar con la cabeza, mirando el suelo con una mueca de disgusto, y cuando la levantó de nuevo, se encontró con los ojos serenos del hombre—. ¿¡Quién te ha dado el derecho para maltratar a mi hija, Efraím!? —vociferó con una furia que jamás había permitido salir—. ¿Quién carajos te crees para ponerle una mano encima a lo que salió de mí? ¡Maldito desgraciado! —escupió, avanzando un paso, con los ojos encendidos y le dio una cachetada que retumbó por el despacho, como un latigazo—. ¡La golpeaste! ¡A mi hija! ¡En mi hija! ¡No la tuya! ¡Mía!

Efraím tensó la mandíbula y le devolvió la cachetada a Anne con tanta fuerza que la hizo caer al suelo. Rápidamente se agachó y le dio otra, que le arrancó un chillido de dolor. Calen frunció el ceño, pero antes de que su mente pudiera reaccionar, ya estaba sobre su abuelo, dándole golpes con salvajismo. Anne se tocó la mejilla, notando la sangre bajar. Levantó la mirada hacia la escena y su estómago se revolvió. Se incorporó rápido y se apresuró a tomar a su hijo del brazo para que se detuviera. Sus ojos ardieron, indicando que pronto lloraría.

Su mente no dejaba de decirle que había cometido una gran equivocación al hablar en ese tono fuerte hacia el patriarca y que, cuando él se lo dijera a su esposo, lo peor vendría para ella. Pero imaginar lo que ese hombre le había hecho a su hija —la misma que no toleraba y que despreciaba con cada respiración— le dio la fuerza necesaria para hablar duro, aunque se arrepentía, y mucho de hacerlo.

Le rogaba a Calen que lo soltara, pero su hijo tenía demasiada fuerza, y ella no era nada comparado con esa bestialidad que bañaba de carmesí el rostro de Efraím. Aun así, no se rendía. Las lágrimas empezaron a bajar, lento. Estaba asustada por las repercusiones que aquello podría tener tanto para él como para ella —más para ella—.

Efraím aprovechó un momento de descuido. Clavó la rodilla en el vientre de Calen y lo empujó con violencia. Calen cayó hacia atrás, chocando contra una estantería. Anne soltó un chillido y se interpuso enseguida, abriendo los brazos como un escudo inútil, deteniéndolos.

—Espero que vuestra hija se comporte como una mujer decente después del castigo —comenzó Efraím, levantándose del suelo hecho una furia—. Espero, de verdad, que sea una buena mujer, porque si no, no me cansaré de corregirla una y otra vez hasta que sea necesario. ¿¡Me oíste!? Si no la educas tú, lo haré yo hasta quedarme sin respiro.

—Sí, señor. —Anne bajó la cabeza, en una reverencia profunda.

Efraím se apoyó en una silla, mareado, y dirigió los ojos hacia Calen.

—Y tú, muchacho, porque ahora seas militar o lo que sea, no te da derecho a usar lo aprendido contra mí. ¡Soy tu abuelo! —exclamó, llenando el despacho con su voz—. Y me debes todo. Espero que recapacites, porque te juro que te daré un castigo enorme por rebelde.

Calen ni siquiera lo escuchó. Tenía la mirada fija en su madre, esperando que ella levantara la cabeza, que dijera algo, que se revelara como hace unos minutos, pero no lo hizo. Aun así, la tomó del brazo y la sacó de ese despacho. Tensó la mandíbula y se detuvo, agachándose, escondiendo la cabeza entre sus rodillas. Anne lloró con intensidad y se agachó, abrazándolo con fuerza. Desde hacía años no lo había abrazado, pero a ninguno le importaba. La situación los llenaba de urgencia y, por un momento, podían sentir que se tenían el uno al otro.

Anne le tomó la cabeza, le levantó el rostro y le limpió con los pulgares las lágrimas rebeldes que habían escapado. Arrugó los labios y se hundió en un abrazo verdadero con él, temblando como nunca.

—Cathanna tiene que irse de este castillo ya —murmuró Anne, con la voz destrozada, separándose apenas de su hijo, y lo observó con los ojos inflamados—. Debo casarla cuanto antes con Orpheus. —Se levantó despacio y le ofreció las manos para ayudarlo a incorporarse—. No puedo esperar a que ese hombre la mate… Por favor, hazle llegar una carta urgente en la que le expliques que debe apresurarse con la pedida de mano, para mañana mismo, si es posible. Yo me encargaré de lo demás. Pero Cathanna no puede estar más tiempo aquí, Calen.

—¿Estás en completa seguridad, madre? —musitó Calen, rígido.

—Es la única opción que tenemos. Además, así Cathanna podrá estar completamente segura. Su olor es tan fuerte que el de Cathanna queda sepultado —afirmó—. Estará más segura con Orpheus que aquí.

Anne no esperó respuesta por parte de Calen y, limpiándose las lágrimas, comenzó a caminar, casi arrastrando los pies con pesadez. Tras unos minutos llegó a la habitación de Cathanna. Despacio, abrió la puerta y la encontró dormida boca abajo, con Selene a su lado, acariciándole el cabello con delicadez. Anne bajó la mirada y vio el suelo lleno de sangre. Algo en su pecho se apretó y terminó de entrar.

Carraspeó, exagerada, llamando la atención de la mujer, que se levantó de inmediato e hizo una reverencia profunda. Anne le ordenó que saliera. Selene obedeció sin rechistar, aunque le lanzó una mala mirada que Anne no llegó a notar antes de abandonar la habitación.

—Espera, Selene —murmuró, girándose hacia la puerta y saliendo al encuentro de ella—. Necesito que viajes ahora mismo a Aureum, con Lady Danely. Dile que necesito un vestido de novia para Cathanna. Tiene menos de un día para conseguir el mejor que tenga, ¿entiendes?

Selene arrugó el rostro a más no poder, mirando a través de la puerta abierta a Cathanna, que dormía sin hacer el menor movimiento. Luego miró a Anne y tragó saliva con fuerza, sin saber cómo reaccionar. Lo único que se permitió sentir fue enojo puro: mientras Cathanna yacía postrada en una cama, cubierta de múltiples heridas, Anne solo pensaba en buscarle un vestido, como si su vida no valiera nada. Apretó los puños, pero asintió, torciendo los labios en una mueca tensa.

—De acuerdo, mi señora. —Se inclinó en una reverencia.

Anne asintió, y fue a la habitación, cerrando la puerta despacio detrás de ella. Llevó aire a los pulmones, se acercó a la cama y se sentó a su lado, con la respiración contenida. Pasó los dedos por el rostro tranquilo de Cathanna. Luego apartó apenas la sábana que la cubría, pero la soltó de golpe al encontrarse con su espalda completamente vendada. Esperaba que el alquimista le hubiera aplicado pomada cicatrizante para que desaparecieran cuanto antes. El hecho de imaginarla con esas marcas le dejaba un sabor amargo en la garganta.

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