cuando toda una manada está en un guerra con razas su única esperanza es alguien quien menos esperan..
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Una visión
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Alex dormía tranquilamente cuando empezó a soñar con algo que la advertía.
“El cristal… Vampiro”
“Ve por el vampiro…” “CRISTAL…” “EL VAMPIRO”
La voz resonó como un grito en su cabeza, haciendo que se despertara agitada. Estaba sudada y ya era de día; no dudó en llamar a Cristian –el sueño no presagiaba nada bueno.
Ángel, que la sintió, subió corriendo y la miraba preocupado mientras ella marcaba el número aún con la respiración entrecortada.
– Hola… Alfa Cristian. ¿El cristal sigue cerrado? ¿Aún está ahí? ¿Dónde lo tienen?–
Alex caminaba nerviosa; Ángel la observaba siguiendo sus pasos.
📲 – Está bajo custodia de mis guardias… ¿Qué ocurre?–
📱 – Necesitaré que nos lo traigan, si es posible. Disculpe llamarlo tan temprano, pero era urgente.–
📲 – Enseguida envío a mis hombres, no te preocupes, Alex.–
Alex colgó la llamada y soltó un suspiro; su corazón aún latía con fuerza.
– ¿Qué pasa, cariño?–
Alex le contó el sueño. Ángel quedó preocupado por aquella visión y avisó sobre la llegada de los guardias del alfa, pronto bajando a recibirlos.
– Tuviste un sueño profundo, prima.–
– No es gracioso. Sentía que me moría y ni siquiera podía gritar ni moverme.–
Su abuelo gruñó dubitativo, mirando a su esposa, quien asintió.
– Era una premonición, cariño…–
– Pensé que los elfos no las tenían…– Agrega Max.
– Yo igual… Pero me ocurre a veces.– Sonríe. –Siempre creí que eran pesadillas, pero con el tiempo aprendí a vivir con ellas.–
– No me lo dijiste, abuelo…– Alex se acercó a él. –¿Siempre las tienes?–
– No… Apenas llegan de vez en cuando. Todavía no sé de dónde saqué esta habilidad; mi madre decía que muy pocos la poseen.–
– Es por eso que a tu abuelo le llamaban El Sabio, mi niña.– Sonríe su abuela.
– No luches contra ello: da miedo al principio, pero después te acostumbras.– Acaricia su mejilla. Alex los abrazó, dejando besos en sus rostros.
...
Todos estaban ocupados en sus tareas; casi terminaban los antídotos. Alex miraba atentamente por la ventana cada rato.
– Tranquila, Alex… Si no, te clavo una aguja.– Dice Estrella con los anteojos puestos, mezclando sigilosamente el líquido.
– Lo sé, perdón…– Se sienta. –¿Cómo vas con mi hermano?–
– Más que bien…– Sonríe sonrojada. –Es increíble el hombre que es… Hasta me da miedo que sea tan perfecto.–
– Te dije que los lobunos son una categoría aparte.– Sonríe pícara. –Y… ¿Dejarás que te marque?–
Estrella sonrió nerviosa. Alex gritó de emoción.
– ¡Maldita loca, ya lo hizo!– La abraza. –Me sorprendes que puedas caminar bien…–
– Ja, ja, ja, tonta.– La golpea suavemente. –Pero estoy que me muero: mis piernas no paran de temblar, amiga. Creo que hasta me hizo un lavado gástrico.–
Alex reía haciendo muecas. –Te daré algo para aliviarte… Y no olvides tomar precauciones, porque los lobos son muy fértiles, amiga.–
– Sí… Eso me dijo él. Aunque no me molesta tener unos lindos lobitos como ese hombre, con su tremendo…–
Alex le tapó la boca negando. –¡Estrella!–
Abrió los ojos conteniendo la risa mientras Estrella hacía una forma larga con las manos. Pero no se dio cuenta de que detrás estaban Sebastián, con cara de orgullo, y Ángel, frunciendo el ceño.
– Gracias, cariño. Todo para complacer a mi Luna.– Besa su mejilla. Estrella se sonrojó hasta la raíz del cabello.
– Mi Reina, llegaron.–
Alex fue junto a él afuera; Cristian bajó del auto radiante.
– Ch, tenía que venir…– Murmuró Ángel. Alex sonrió al verlo celoso.
Lo recibieron; las miradas de ambos eran muy serias. Cristian vio la mano de Ángel en la cintura de Alex; este sonrió ladino, marcando territorio.
– Gracias por venir, no tenía por qué molestarse.– Decía Alex.
– No hay de qué… ¿Necesita alguna ayuda?–
– Tenemos todo listo, gracias, alfa.– Dice Ángel. Alex lo codea; Cristian sonrió levantando la ceja.
– Gracias por el informe detallado. Mis guardias vieron pasar al príncipe vampiro por nuestras tierras, y algunos de sus sombríos están colaborando… Veo que estás uniendo mucho a las razas, Alex.– Sonríe.
– Reina alfa…– Dice Ángel, tomando su mano.
Los demás se miraron conteniendo la risa. Héctor miró a Federico: era algo increíble, el Rey Alfa estaba celoso y no temía demostrarlo. Alex quería reírse en ese instante, más aún por la mueca de Estrella.
– Ya veo…– Sonríe ladino. –Me disculpo, Reina. Sabe que si necesita ayuda puede llamarme.– Sonríe despidiéndose, pero mira a Ángel un momento. –Felicidades, alfa… Encontró a una gran mujer.–
– Gracias… Sí, lo sé: maravillosa.– La aprieta más contra él.
– Gracias, alfa Cristian. Cuide a su manada; estaremos en contacto para enviar los antídotos.–
– Claro, vendré personalmente.– Sonríe coqueto antes de retirarse, sin antes mirar de reojo a Ángel para provocarlo.
– ¿Puedo matarlo? Nadie me dirá nada.– Dice en su oído.
Sus hermanos reían; Héctor negaba con la cabeza. Alex sonrió negando y le dejó un beso en la mejilla.
Después de ese momento, Alex purificó el ataúd y lo encerró en el auto. Ya todos se preparaban para ir al castillo; la casa quedaba vacía. Desde la distancia, Alex vio una caravana de vehículos avanzando.
...
Al llegar, todos se acomodaron. Alex envolvió el ataúd con espinas en el patio: cualquiera que no fuera ella sería atacado al acercarse al cuerpo.
Estrella estaba en la habitación continuando su trabajo cuando recibió una llamada de Seba, quien avisaba que volvía con su abuela y Agustín.
– Ya vienen.– Dice Estrella corriendo a buscar a Alex.
– Vamos a esperarlos…–
El auto llegó; Seba bajó con la abuela, quien sonreía agarrada de ese gran hombre.
– Mi hermosa niña… Este jovencito sí que es muy amable.– Decía la abuela.
– Ay, abuela, ya vas de coqueta.– Ríe Alex.
– ¡Hm, mírate, Alex! Qué hermosa que estás… Los ojos necesitan disfrutar de bellezas cada tanto.– Ríe.
Ambas la abrazan mientras la llevan adentro en silla de ruedas. Agustín llamó a Alex, alejándose de ellas.
– El doctor me comunicó que la enfermedad se extendió por todo su cuerpo…–
Alex suspiró. –¿Cuánto tiempo le queda? ¿Sebastián lo sabe?–
– Como mucho hasta la mañana… Debes decírselo a Estrella. Él lo sabe, pero no le dirá nada hasta que tú hables con ella.– Suspiró apenado.
– Gracias, Agustín…– Le palmó el hombro.
Prepararon la habitación para su abuela; ya había una enfermera esperándola. Estrella estaba feliz de verla, la dejó acomodarse y fue con Alex.
– Amiga… Debemos hablar.– Alex tenía sus análisis en la mano.
Estrella dejó de sonreír al verlos y se sentó de golpe. Sebastián se colocó a su lado, abrazándola.
– Se extendió…–
– Sí…–
Estrella llevó las manos a su rostro. Alex se frotaba los brazos y Seba la abrazaba. –¿Cuánto le queda?– Susurró. –Hasta la mañana…– Estrella lloraba mientras sus hermanos la consolaban.
Ángel llegó después de organizar todo, notó el ambiente muy denso y Max le contó lo sucedido. Fue hacia ellos a paso lento.
– No dejaré que sufra, amiga. Si quieres, puedes despedirte y después la verás como si durmiera.– Tomó su mano.
Estrella asintió. –¿Me acompañas?…– Miró a Sebastián, quien también asintió. Entraron en la habitación.
Mientras tanto, Alex quedó abrazada a Ángel, quien le dejaba besos en la frente.
Todos esperaban mientras tomaban algo, hasta que vieron salir a Seba llamando a Alex.
Estér y sus abuelos prepararon un espacio en el jardín –sería un lugar hermoso. Ángel no tuvo objeciones: estaba cerca del lago donde Seba había pedido construir su casa para ellos.
Alex la hizo reír un rato mientras la tomaba de la mano. La abuela sonreía mientras se despedía de ella. “Viví una hermosa vida; ahora quiero que ustedes también lo hagan”, dijo por última vez antes de quedarse dormida.
Estrella le dejó un beso en la frente. La llevaron al jardín y Alex creó un espacio lleno de petunias –sus flores favoritas. Todos acompañaron a Estrella en su silencio doloroso.
...
Pasaron dos días y aún no tenían noticias de Safira ni del príncipe. Los antídotos ya estaban completamente listos y las manadas tenían suficientes para la batalla.
– Mi cabeza da vueltas.– Decía Alex. Tenía la intuición de que Safira podría hacer lo mismo que con el padre del príncipe.
– Tranquila… Mandaré a algunos brujos. La última vez que la vieron fue fuera de los límites.– Dice Ángel.
– Yo mandaré a algunos animales también.–
Alex lo besó mientras lo abrazaba; últimamente aquello era lo único que la calmaba.
– Claudio está en su límite; pronto soltará algo…– La abraza más fuerte. –Eres tan pequeña, cariño.– Sonríe. Alex ríe acariciando su nariz con la suya.
Un grito afuera los sacó de su momento tierno. Agustín ya venía a avisar que Cecilia estaba en la puerta.
– ¡Déjenme pasar, soy su Reina!– Gritaba Cecilia. –¿Cómo se les ocurre tratarme así?–
Los guardias la miraban como si estuviera loca –y tenía esa apariencia por el hechizo de Alex. Pero ahora el efecto avanzaba, y ella lo notó.
– ¿Qué ocurre aquí?– Ángel salió de la mano de Alex.
Cecilia abrió los ojos, asombrada y furiosa. –¿Por qué demonios está ella de tu mano? ¿Qué significa esto, Ángel?–
– ¿Qué demonios haces tú aquí? Y ella es mi reina, mi pareja. ¿Cómo te atreves a hacer tal escándalo?–
Alex apretó los labios. Max, que estaba a su lado, le susurró: –Alex, eres cruel con ese hechizo.–
– Cállate. Solo le di lo que ella deseaba… Por eso está así.–
– ¡¡YO SOY TU REINA!! … Todos estos días estuvimos juntos…– Gritaba.
Todos los guardias se miraron entre sí. «¿En serio está desquiciada para inventarse eso?» Pensaban, pues Ángel siempre había estado con Alex desde el momento en que la encontró y la trajo.
– Es el hechizo, cariño… ¿Quieres que se lo quite?– Preguntó Alex.
– Sí, así caerá en la realidad. Después de todo, no puede hacer nada.– Sonrió ladino.
Alex movió su mano. Los ojos de Cecilia ardían, pero se recuperó al instante.
– Te lo volveré a repetir, Cecilia: Alex es mi Reina. Nunca te agrado… Te desprecio y siempre me dio asco estar a tu lado. Solo lo hice para tener la cabeza de tu padre.– Sonríe. –Y ahora no tengo nada que contarte. No vuelvas a mi castillo: no eres bienvenida, ni tú ni tu familia de ladrones… Seguro ya deben estar lamentándose por todo lo que hicieron.– Gruñó con fuerza, mostrando los ojos de Scar.
– No… Imposible. Tú dijiste que me amabas…– Cecilia estaba más que furiosa al mirar a Alex y a todos los presentes. –¡Estoy embarazada de ti, Ángel!– Gritó a plenos pulmones.
Los guardias y los demás negaron con la cabeza. Max la miró a Alex, quien alzó los hombros –no pensó que su imaginación fuera tan desmedida.
– ¡Guardias, lleven fuera a esta mujer! Y si vuelve a molestar…– La fulmina con la mirada. –¡Enciérrenla con su padre!–
– No… No puedes hacer esto, Ángel. Ella es una maldita zorra, Ángel… ¡Tú me amas!– Gritaba como una loca mientras la llevaban.
Ángel volvió adentro con Alex. “Creo que me pasé”, susurró.
– Para nada, hija… Lo que dijo es lo que siempre quiso. Ese hechizo solo muestra su obsesión: si fuera amor de verdad, diría que ella lo ama, pero no… Dijo que tú la amabas. Ahí se ve su avaricia.– Dijo Estér.
– Mamá… Eres toda una fiera.–
– ¡Ay, mi niña! Hay que ser más astuta cuando alguien quiere lo que es tuyo. Y eso me enseñaste tú… Y me encanta que siempre seas así.– Acaricia su mejilla.
– ¡Pobre Héctor entonces!– Ríen las dos.
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