Emili de 18 años es hija de una migrante cubana y un Italiano, su padre no la reconoció por eso lleva los apellidos de su madre, Álvarez García con orgullo, deciden migrar a Estados Unidos, el sueño Americano Pero en la travesía en México conoce a Dimitri por mediación del coyote y tienen un encuentro sexual, ella se embaraza de mellizos y pero la niña tiene una enfermedad grave que necesita mucha atención médica y apartir de ese momento, Ella hará lo que sea por sus hijos y su bienestar...
NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Es igualito a tì...
En Los Angeles
Al colgar la llamada Emili se percata, por las únicas palabras pronunciada por Dimitri, que él sabe de su ubicación, además no pregunto nada, era como un padre que conoce todo de sus dedos hijos. Él lo sabía, entonces porque no los busco, será por no importunar a su esposa Laura y a la mafia italiana, pero eso ya no tiene importancia. La vida de Mía está en juego y ella hará todo por sus hijos, cuando dice todo es todo, solo la vida de su pequeña princesa importa, su orgullo y su dignidad de mujer ahora pasan a un segundo plano.
En Moscú
La densa atmósfera del estudio de su padre, cargada con el humo de un puro habano y secenta años de decisiones implacables, se partió en dos con la declaración de Dimitri. No pidió permiso. Informó. “Mia está enferma. Enferma de muerte. Necesita un trasplante y yo soy la opción más viable. Voy a Los Ángeles esta noche.” Su madre, sentada como una figura de porcelana en un sillón de brocado, dejó escapar un jadeo ahogado, sus manos apretando el rosario que siempre llevaba en el bolsillo.
Su padre, el patriarca, alzó una mirada glacial desde detrás del escritorio. “¿Y el riesgo? Los Kozlov tienen ojos en todos los aeropuertos. Eres un hombre marcado.” “Soy su padre”, replicó Dimitri, con una quietud más amenazante que cualquier grito. “Si no voy, ella muere. Y eso es una derrota que nuestra familia no puede permitirse.” No hubo más discusión. Dos horas después, un Gulfstream G650 rugía en la pista privada de Vnukovo, sus motores destrozando el silencio de la noche moscovita.
Dimitri observaba por la ventana cómo las luces de la ciudad se convertían en un mar de puntos dorados y luego se desvanecían en la negrura. El interior de la cabina, de cuero y caoba, era un lujoso ataúd volador. Rechazó el champán. Junto a él, solo dos de sus hombres más leales, cuyas miradas escrutaban cada sombra en la cabina, sus manos nunca lejos de la chaqueta. El viaje de doce horas fue un suplicio de impotencia.
Cada ronquido del motor era un latido de ansiedad. Repasaba mentalmente los informes médicos que le habían hecho llegar, frías palabras clínicas que escondían el rostro pálido de su hija. Cruzar las fronteras enemigas con un pasaporte diplomático falso era un riesgo calculado; la verdadera batalla, lo sabía, no sería en el aire, sino en ese hospital desconocido, frente a una mujer a la que había traicionado y unos hijos que no sabían que él existía.
El coche negro se deslizó por las calles anodinas de Los Ángeles como un lobo en un suburbio, deteniéndose frente a la fachada impersonal del Hospital General. Dimitri ascendió las escaleras de dos en dos, su abrigo negro ondeando tras él, una figura de otro mundo que alteraba la corriente tranquila de visitantes y enfermeras. El pasillo de la oncología pediátrica olía a desinfectante y a desesperanza silenciada. Cuando empujó la puerta de la habitación 314, el tiempo se detuvo. Allí, en una cama que parecía devorarla, estaba Mia. Pálida como la luna, su cabello rojo como una llamada de auxilio sobre la almohada blanca, conectada a un bosque de tubos y cables.
La fragilidad de su respiración era un martillazo en el pecho de Dimitri. Luego, su mirada se encontró con los ojos de un niño que se había interpuesto entre él y la cama, como un guardián en miniatura. David. Rubio, con sus anchas espaldas infantiles y una mandíbula ya decidida, pero fueron sus ojos, de un gris tempestuoso e idénticos a los suyos, los que le quitaron el aliento.
El niño no dijo nada, solo lo observaba con una mezcla de curiosidad y una desconfianza feroz, instintiva. “David”, dijo una voz rota desde el rincón. Era Emili, levantándose de una incómoda silla, con el rostro surcado por el agotamiento y un dolor que iba más allá de la enfermedad. “Este es…”. No pudo terminar. Dimitri dio un paso hacia la cama, y toda su armadura de hijo del patriarca, de jefevde la mafia, se hizo añicos. Extendió una mano temblorosa, sin tocar, para no profanar la frágil realidad del momento. “Ya estoy aquí, zaychik”, murmuró, dirigiendo las palabras a la niña dormida, pero mirando a su hijo, al espejo viviente de su propia sangre. “Papá ya está aquí.” La palabra, prohibida durante tantos años, resonó en la habitación, cargando el aire con el peso abrumador de una responsabilidad que había eludido y de un amor que, aunque llegaba tarde, surgía con la fuerza devastadora de un volcán.
La habitación guardó un silencio expectante, roto solo por el suave pitido del monitor cardíaco de Mia. Dimitri, inmóvil junto a la cama, parecía una estatua de angustia y poder, su presencia llenando el espacio con una intensidad que el aire acondicionado no podía disipar. Fue Mia quien rompió el hechizo. Desde la cama, sus ojos azules, empañados por la fiebre pero lúcidos, estudiaron al hombre alto de cabello claro casi rubio y ojos grises acerados. No mostró miedo, solo una curiosidad profunda y agotada. Una sonrisa minúscula, frágil como el ala de una mariposa, tocó sus labios pálidos. «Viniste por mí», susurró, no como una pregunta, sino como una afirmación serena, como si hubiera estado esperando, en algún nivel secreto de su conciencia enferma, que este fantasma de fuerza cruzara el mundo para responder a su llamado silencioso. Esas tres palabras, cargadas de una fe absoluta, atravesaron a Dimitri con más fuerza que cualquier bala.
Antes de que Emilí pudiera encontrar el aliento para responder, David, que no se había separado del costado de la cama, dio un paso adelante. Su mirada, esos ojos grises idénticos a los del hombre que los observaba, iban de la expresión desgarrada de su madre al rostro tenso del recién llegado. La lógica infantil, pura e incuestionable, funcionó a toda velocidad en su mente. «Mamá», preguntó, su voz clara y firme en la quietud, «¿él es mi padre?». La pregunta, directa y sin adornos, flotó en el aire cargado de emociones. Emilí, con los ojos llenos de lágrimas, asintió lentamente, una confirmación silenciosa que partía su alma en dos.
David observó a Dimitri de nuevo, analizando cada detalle: la mandíbula cuadrada, la forma de la frente, la manera en que se erguía. Entonces, Mia, desde sus almohadas, intervino con la certeza sencilla de quien ve lo esencial. Miró a su hermano mellizo y, con una dulzura que desarmaba toda complejidad adulta, dijo: «Claro. Es igual a ti». Esa observación inocente, ese espejo brutal y hermoso, selló el reconocimiento. David no necesitó más pruebas. Asintió para sí mismo, una aceptación solemne, mientras Dimitri sentía que esas palabras, «igual a ti», reescribían por completo su identidad, fundiendo al hombre temido en el simple y abrumador hecho de ser un padre.