Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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No confío
La atmósfera en la curtiduría cambió. El olor a ozono y carne quemada del Acechador fue reemplazado por una presión invisible, la gravedad de las palabras de Axel. Luciana miró sus manos, que aún Soltaban hilos de vapor blanco. La euforia de la victoria se desinflaba, dejando un rastro de frío helado al pensar en el "Diez".
—¿Un virus social? —repitió Luciana, con la voz todavía tensa pero ahora teñida de una ansiedad punzante—. Me estás diciendo que mientras yo intento procesar que puedo convertir a un monstruo en cenizas, ¿tengo que cazar a algo que "hackea la realidad" y que podría ser el tipo que me vende el café cada mañana?
Axel se encogió de hombros, recuperando esa calma exasperante mientras se sacudía el rastro de hollín de su chaqueta, justo donde ella lo había empujado.
—Exacto. Los Grados del uno al nueve son perros rabiosos; el Diez es el dueño de la perrera. Él no ataca de frente como ese bicho de sombras, Lu. Él corrompe. Se mete en las costuras de la sociedad. Puede ser un magnate que firma leyes para arruinar vidas o el conductor del metro que decide no frenar. Y aquí está el truco: él sabe que las Brújulas están despertando. No va a esperar a que lo encuentres; va a intentar que tú misma te apagues antes de que aprendas a apuntar.
Luciana caminó unos pasos, el eco de sus botas rebotando en las paredes húmedas. Se detuvo frente a la marca chamuscada en el ladrillo, un recordatorio físico de que su vida normal había muerto en ese callejón.
—Dijiste que tenemos que fusionar energías —dijo ella, volviéndose hacia él con una chispa de desafío en los ojos—. Si tú eres un ángel de fuego y yo soy una... "linterna humana", ¿cómo se supone que hagamos eso sin que yo termine incinerada o tú pierdas un ala? Porque lo de hoy fue un accidente por puro pánico, Axel. No sé si puedo repetirlo a voluntad, y mucho menos "mezclarlo" con lo que sea que sale de ti.
Axel se acercó, esta vez sin rastro de burla. Se detuvo a escasos centímetros, permitiendo que Luciana viera el dorado metálico de sus ojos, una mirada que no pertenecía a este mundo, cargada de una fatiga de siglos.
—Ese es el núcleo del problema —admitió él en un susurro que pareció vibrar en el aire—. La fusión no es un truco de magia, es un vínculo de voluntad. Si tus miedos se interponen, o si tu desconfianza hacia mí es más fuerte que tu instinto, la energía nos consumirá a ambos. Por eso te presioné hoy. Necesitaba que sintieras el "clic". Tu luz no viene del miedo, viene de la negativa a morir.
Hizo una pausa, señalando hacia la salida del callejón, donde las luces de neón de la avenida principal parpadeaban a lo lejos.
—El Diez tiene el control de las sombras y del tiempo en distancias cortas. Si parpadeas, te corta el cuello. Si dudas, te borra de la memoria de todos los que conoces. La única forma de golpearlo es siendo más rápidos que su distorsión, y eso solo ocurre cuando mi fuerza y tu guía se vuelven una sola cosa. Tu don perfora su camuflaje; mi espada lo ejecuta. Pero si la Brújula tiembla, la espada falla.
Luciana guardó silencio, procesando la magnitud de la carga. Ya no era solo sobrevivir; era ser el radar en una guerra donde el enemigo era invisible y el aliado era un mentiroso profesional que la usaba como cebo. El entrenamiento apenas comenzaba, y el mundo exterior, con su gente común y su ruido cotidiano, ahora le parecía un campo de minas.
—No confío en ti —sentenció ella, mirándolo fijo—. Todavía no. Pero confío en que no quiero que esa cosa de Grado Diez me encuentre desprevenida. Así que, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Vas a volver a "morirte" en un rincón para darme otra lección?
Axel soltó una carcajada corta, esta vez con un matiz de respeto genuino, y le tendió la mano, no para ayudarla a caminar, sino como un pacto.
—La próxima lección será peor, Lu. Vamos a buscar su rastro. Y para eso, vas a tener que aprender a ver a través de la gente, no solo de los monstruos.