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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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22. La nueva duquesa
El salón todavía conservaba rastros de la boda. Horas antes, Susanne había despedido a su padre y a su tía, y aunque aún conservaba un pequeño séquito, sabía que debía cuidarse de esa familia, porque desde ese momento ella iba a mostrar quién tenía el control, y era la prueba de fuego para saber qué tan dispuesto estaba Renato por consentirla.
Renato ocupaba la cabecera, aún con gesto satisfecho. A su derecha, estaba Susanne, mirando cada cosa de manera estudiada. A la izquierda, Marieta, con Fernando a su lado. Más atrás, Teodoro y August, observaban en silencio; sus esposas habían quedado recluidas en sus habitaciones. Ellos habían aprendido de su padre, a que sus esposas hagan su voluntad, ahora iban a tener una extraña sorpresa.
Marieta fue la primera en hablar.
- “Las damas del ala este deben reorganizarse. Siempre han respondido a mí. Y las cuentas menores del palacio se revisan los lunes, cuando vengo para ver cómo está todo” , dijo Marieta, con el tono de costumbre.
- “Eso ya no es necesario”, comentó Susanne, acariciando la mano de Renato, quién no pudo evitar sentir una especie de satisfacción, al sentir su mano cálida.
Marieta giró hacia ella, sorprendida.
- “¿Perdón?”, cuestionó Marieta.
- “Desde hoy, esas decisiones pasan por mí. Yo me encargaré del funcionamiento interno del palacio”, respondió Susanne.
Marieta soltó una risa breve, incrédula.
- “Eres la esposa de mi padre desde hace una noche”, se quejó Marieta. Ahora Susanne posó su mano en una de los brazos de su esposo y le sonrió.
Renato intervino, complacido.
- “Y es la duquesa de Restrepo, mi esposa”, dijo Renato.
Marieta se tensó.
-:“Yo soy la hija del duque. Y además, estoy casada con un príncipe”, advirtió Marieta.
Fernando se removió incómodo, pero no habló. Susanne no elevó la voz.
- “Sois esposa de un príncipe, sí, pero no eres princesa de nacimiento. Y aun así, ese título no os concede autoridad en este palacio”, dijo Susanne.
Marieta la miró con furia contenida, tal vez si hubiesen estado sola, le daba una bofetada, pero la hija del duque no sabía a quién se estaba enfrentando.
- “¿Te atreves a decirme qué soy?”, inquirió Marieta.
- “Os recuerdo las normas. Todo hijo del rey es príncipe o princesa. Pero solo la esposa del príncipe heredero gobierna junto a él y tiene el título de princesa, y tengo entendido que no es vuestro caso”, respondió Susanne, volteando a ver a Renato, con una sonrisa tierna, y rozó una de sus piernas.
Renato observó la escena con interés. Aquello lo divertía.
- “Marieta”, dijo Renato, “Samantha tiene razón. Este es su lugar ahora”.
Marieta se volvió hacia su padre.
- “¿Vas a permitir esto?”, cuestionó Marieta.
-:“Es el orden natural, y me agrada verla tomar control, y me encantaría ver ese control en otra faceta”, respondió Renato.
Y Fernando habló entonces, con cautela.
- “Marieta… aquí no nos corresponde decidir”, dijo Fernando.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
- “¿Tampoco tú?”, inquirió Marieta de manera furiosa
- “No en Restrepo; tú querida tienes derecho a organizar todo, pero en nuestro palacio”, comentó Fernando.
Susanne sostuvo la mirada de Marieta.
- “Podéis quedaros el tiempo que deseéis. Sois familia del duque. Pero las órdenes, a partir de hoy, pasan por mí”, manifestó Susanne, para luego beber un poco de te.
Marieta apretó los labios. No discutió más, sabía cuándo una batalla no podía ganarse.
Renato apoyó la mano sobre la de Susanne, posesivo y satisfecho.
- “La duquesa ha hablado”, dijo Renato.
Teodoro intercambió una mirada breve con August. Ambos entendieron lo mismo, la casa había cambiado de manos, y aunque su padre siempre habló de imponerse, estaba cediendo sin resistencia ante Lady Samantha.
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