Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt20.
Héctor abre su laptop y la empuja suavemente hacia el teniente. Él se acomoda las gafas con lentitud, como si el simple gesto lo envejeciera diez años más.
—A ver, Héctor… ¿qué es exactamente lo que tengo que buscar entre tanto pixel? —pregunta.
Pero antes de que Héctor abra la boca, el viejo ya lo ve.
Las transacciones. Pequeñas, discretas, casi invisibles. Centavos que, unidos, forman ríos de dinero lavado por decenas de compañías diferentes. Su ceño se frunce, y por un momento el aire se queda quieto. Ni Héctor ni yo decimos nada. Lo observamos mientras pasa los dedos sobre la pantalla, siguiendo las líneas de números.
Sin levantar la vista, saca un puro de su caja, lo enciende y deja que el humo se mezcle con la penumbra de la habitación.
—Héctor —dice, sin apartar los ojos del holograma—, prepárame un café.
Héctor se levanta sin decir nada. Está molesto, lo noto, pero no protesta. Le gusta preparar café, así que solo se va, en silencio, hacia la pequeña cocina. El teniente sigue leyendo, inmóvil, con el puro encendido entre los dedos. La luz del holograma le corta el rostro en líneas azules.
Yo me levanto, enciendo un cigarrillo y doy un par de pasos hasta las paredes.
Las placas y medallas adornan la oficina. Cuentan historias de heroísmo, de esos años dorados en que el viejo todavía creía que podía salvar el mundo con una placa y una pistola. Ahora solo lo hace con gritos, y con ese cariño rudo que te hace sentir vivo. Me quedo ahí, en silencio, mirando los trofeos del hombre que aún intenta sostener una ciudad podrida.
El humo del puro se eleva lento, casi perezoso, dibujando figuras que se disuelven en el aire cargado de la oficina. El tic-tac del reloj en la pared se vuelve insoportable. Cada segundo cae pesado, como si el tiempo se resistiera a avanzar dentro de estas cuatro paredes.
El teniente sigue leyendo sin pestañar, su mirada es dura, concentrada, la misma que tenía cuando nos entrenaba hace años. La luz de la pantalla tiñe su rostro de un tono azul y le marca cada arruga, cada cicatriz, cada batalla que ya peleó. Yo solo lo observo, fumando.
El sabor del tabaco me sabe a polvo y a remordimiento. Pienso en todo lo que cargamos; los informes, los nombres, las cifras, los rostros de las fotografías en los muros. Y también en Slim… en su voz quebrada, en su mensaje. Todo encaja, pero no hay forma limpia de explicarlo.
El teniente deja el puro en el cenicero y se reclina en la silla. Exhala el humo con un suspiro que arrastra más frustración que cansancio.
—Esto es un desastre… —dice, sin mirarme—. No niego lo que encontraste, pero… no podemos usar esto. No así.
Levanta la mirada y sus ojos me atraviesan.
—Otra vez tus malditos sueños, detective… ¿Cuántas veces te lo he dicho? No puedes meter tus delirios en los informes oficiales. ¿Qué vas a poner? ¿“Lo soñé”?
No respondo. Solo dejo que el cigarrillo se consuma entre mis dedos.
—¿Tienes idea del problema que sería? —continúa—. Si alguien revisa el caso, nos hunden a los tres. Y si llegamos a tocar a los Linova con esto, nos desaparecen antes de firmar el maldito informe.
Me arde el pecho, no sé si de rabia o de impotencia. Me molesta lo que dice, pero tiene razón. No puedo mirar a un juez y decirle que llegué al lugar porque lo vi dormido. No puedo escribir en un reporte que una voz me guio en mitad de la noche. Y sin embargo… así fue.
—Lo sé —le digo al fin, apagando el cigarrillo—. Sé que suena estúpido. Pero me llevó directo ahí. A ese cuarto. Sin esos sueños no habríamos encontrado nada. Y todo hubiera desaparecido esta misma mañana.
El teniente golpea el escritorio con la palma abierta, no con fuerza, sino con hartazgo.
—¡No me interesa cómo llegaste, carajo! —gruñe—. Me interesa que lo hiciste. Y ahora tenemos un problema. Uno muy grande.
El silencio vuelve a llenar el lugar. Solo el ruido del puro ardiendo en el cenicero rompe el aire espeso. Héctor aún no regresa con el café. Afuera de la oficina, alguien grita órdenes; un teléfono suena y nadie contesta. La ciudad sigue su curso, enferma, sin saber que aquí dentro acabamos de levantar otra piedra del infierno llena de sangre.
El teniente se pasa una mano por la frente y suspira, más cansado que antes.
—Mira, hijo —dice con un tono más bajo—. Yo creo en ti, pero esto… esto es una locura. Si usas ese sueño como pista oficial, te van a sacar del cuerpo, y a mí contigo. Incluso Héctor se verá afectado por esto.
—Entonces no lo usaré —respondo—. No como prueba, al menos, por ahora. Pero no pienso soltarlo. Si alguien mató a Slim y lavó millones con su sangre, quiero saber quién fue. Y ya sé que fueron los Linova, esta es la oportunidad que hemos esperado por años, teniente.
Él me observa un momento, en silencio. Luego asiente despacio, como si aceptara una condena inevitable.
—Eres igual que yo a tu edad… testarudo y condenado —dice, con una media sonrisa triste.
Yo bajo la mirada y trago el humo que aún flota en el aire.
Las sombras de los dos se proyectan en las paredes cubiertas de medallas. Y por un instante, me parece ver en el reflejo del vidrio algo moverse detrás de nosotros. Solo un parpadeo. Una sombra más densa que la de los dos. No digo nada, solo vuelvo la vista al suelo.