Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 21
El coche estuvo silencioso durante todo el trayecto hasta el refugio.
Gabriel observaba la ciudad pasar por la ventana, las manos apretadas en el regazo.
Miguel conducía con una calma estudiada, pero su corazón latía rápido.
— ¿Nervioso? — preguntó, con una sonrisa suave.
— No sé si es miedo o ansiedad — respondió Gabriel. — Creo que es todo junto.
— Es solo una visita.
Nadie va a pedir que firmemos nada hoy.
— ¿Pero y si entramos ahí… y salimos diferentes?
Miguel lo miró.
— Entonces tal vez esa sea la señal correcta.
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El refugio era sencillo, pero acogedor.
Las paredes estaban pintadas de colores alegres, el suelo limpio, y un leve olor a galleta y témpera llenaba el aire.
Una funcionaria, Doña Teresa, los recibió con una sonrisa sincera.
— ¿Ustedes son…?
— Miguel y Gabriel. Vinimos solo a conocer.
— Conocer ya es un comienzo hermoso.
Ella los llevó hasta el patio, donde los niños jugaban bajo el sol de la mañana.
Algunos corrían de un lado al otro. Otros dibujaban.
Una niña leía en silencio, con las piernas cruzadas bajo la sombra de un árbol.
Y un niño, de unos 5 años, jugaba solo con un cochecito de plástico rojo.
Gabriel lo notó primero.
El niño estaba quieto, pero concentrado.
Hacía ruiditos con la boca mientras empujaba el cochecito sobre el suelo de piedra.
— Él es Rafael — dijo Doña Teresa, percibiendo la mirada de Gabriel.
— ¿Él es… diferente de los otros?
— Rafael es observador. Habla poco. Pero siente todo.
Llegó aquí después de perder a la madre. El padre no apareció.
Dibuja mucho. No le gusta el ruido. Pero… cuando confía, él sonríe.
Y cuando sonríe… cambia el mundo de quien está cerca.
Gabriel se acercó despacio.
Se agachó a su altura.
— ¿Puedo jugar contigo?
Rafael lo miró por algunos segundos.
Después extendió el cochecito.
Silencio. Pero un gesto lleno de todo.
Miguel observaba a la distancia.
Gabriel sonreía.
Y Rafael… también.
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En la vuelta, el silencio era otro.
No era nervioso, ni ansioso.
Era… lleno de significado.
— ¿Sentiste? — preguntó Miguel.
— Como si alguien hubiera tocado lo que ni siquiera sabía que existía.
— Rafael…
— Es como si él hubiera mirado dentro de mí.
Y dicho: “estoy aquí, si aguantas”.
Miguel sujetó la mano de él en la palanca de cambios.
— ¿Y aguantas?
Gabriel miró por la ventana, con los ojos llorosos.
— Creo que nunca estuve tan listo.
Ni tan asustado.
Pero… quiero intentar.
Miguel apretó su mano.
— Entonces vamos juntos.
— ¿Siempre?
— Siempre.
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Aquella noche, Gabriel escribió en el cuaderno donde solía anotar pensamientos sueltos:
> “Hoy, conocí una mirada que parecía la mía cuando era niño.
Una mirada perdida, pero llena de luz esperando para encenderse.
Y si el mundo lo permite… quiero ser la chispa.
Quiero ser la casa. El regazo. El comienzo de algo bonito”.
Y cerró el cuaderno con calma.
Como quien guarda no solo palabras…
sino un nuevo capítulo entero.
Las visitas al refugio ya formaban parte de la rutina.
Gabriel llegaba con un cochecito nuevo, Miguel llevaba jugo y galletas.
Rafael los esperaba sin decir una palabra, pero sus ojos brillaban cada vez que los veía llegar.
Ellos jugaban en el suelo, dibujaban juntos, creaban circuitos con cinta adhesiva y cajas de cartón.
Un día, Gabriel llevó un libro con figuras de animales.
Se sentaron los tres en la sombra, y Rafael apuntaba los bichos con los deditos pequeños.
— Ese es el elefante.
— Ese es el león.
— ¿Y este aquí? — preguntó Miguel.
Rafael dudó.
Miró a Gabriel.
Después a Miguel.
Y sacudió la cabeza en silencio.
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En una tarde gris, Rafael estaba más quieto que lo normal.
Llovía afuera.
El refugio olía a pan caliente.
Doña Teresa pidió que ellos se quedaran dentro, y Gabriel se sentó en la alfombra con Rafael en el regazo.
— ¿Todo bien? — preguntó en voz baja.
Rafael apoyó el rostro en su pecho.
Se quedó ahí. Respirando junto.
Miguel observaba desde el sillón.
Con el corazón apretado.
— Sabes, Rafa… no necesitas decir nada si no quieres.
Pero si un día quieres…
nosotros vamos a escuchar.
Rafael se alejó un poco.
Miró a Gabriel.
Después miró a Miguel.
Y entonces, bajito, casi como un susurro ronco…
dijo:
— …papá.
Gabriel se congeló.
Miguel también.
Rafael apoyó el rostro de nuevo en su pecho.
Como si nada más hubiera sucedido.
Pero allí, en aquel instante, todo cambió.
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En el coche, camino a casa, el silencio era denso.
Gabriel encaraba las manos en el regazo, sin saber si lloraba o sonreía.
— Él habló.
— Él eligió — dijo Miguel, la voz temblorosa.
— Papá.
— Gabriel…
— Fue para mí, Miguel.
Él me miró a mí.
Él me lo dijo a mí.
Miguel detuvo el coche en el arcén.
Se giró y sujetó el rostro de Gabriel entre las manos.
— Fuiste hecho para esto.
Para ser casa.
Para ser refugio.
— ¿Y tú?
— Yo soy el techo que sostiene el mundo en pie cuando se derrumba.
Nosotros somos eso.
Juntos.
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Aquella noche, Gabriel escribió una vez más en el cuaderno:
> “Hoy, una palabra hizo temblar mi alma.
Una palabra pequeña, pero con un mundo dentro.
Papá.
No sé si estoy listo.
Pero sé que, si es para caminar con miedo,
quiero caminar con él en los brazos”.
Y al lado de él, Miguel dormía.
Con una de las manos sobre el pecho de Gabriel.
Y el corazón en paz.
Porque un niño había hablado.
Y lo que él dijo, nadie podía borrar.