Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 3
Capítulo 3. Lo que no decía el teléfono
El nombre de Natalia seguía en su cabeza cuando tuvo el celular de Damián entre las manos.
No fue el aparato lo que le resultó extraño. Lo conocía. Lo había movido de un sitio a otro, se lo había acercado cuando sonaba, había visto la pantalla iluminarse mientras él conducía.
Lo extraño era para qué lo sostenía ahora.
Buscó la conversación con Natalia.
Ahí estaba.
Renata sintió un pequeño golpe en el estómago antes de leer una sola línea. Una parte de ella habría preferido no encontrarla, como si eso pudiera borrar a Natalia de la fotografía y del club.
Abrió el chat.
Trabajo. Mensajes breves. Preguntas a las que Damián respondía sin demorarse demasiado. Renata subió por la pantalla, leyó lo anterior y volvió a bajar.
No encontró una cita escondida ni una manera de llamarse que no debieran usar. Tampoco un mensaje que necesitara leer de dos modos.
Eran dos personas que se comunicaban por asuntos de trabajo.
Eso era todo lo que podía ver.
Le habría resultado más fácil sentirse aliviada si el alivio del club no le hubiera durado tan poco.
Se detuvo en una respuesta de su marido. La leyó otra vez. No había nada malo en ella. El problema era que, después de los cinco meses, ya no sabía con qué derecho podía dar algo por bueno solo porque estaba escrito con naturalidad.
Volvió a la lista de conversaciones.
Se quedó unos segundos sin tocar la pantalla.
No quería convertirse en la mujer que vigilaba cada llamada y buscaba un doble sentido en cada palabra. Conocía a quienes vivían así. Bastaba que el marido se retrasara para arruinarles la tarde. Bastaba una voz de mujer al otro lado del teléfono para empezar a preguntar.
Hasta hacía poco, ella habría pensado que no tenía por qué llegar a eso.
La fotografía estaba guardada. La contradicción del club seguía sin una respuesta. El celular no había hecho desaparecer ninguna de las dos cosas.
Miró el reloj deportivo de Damián.
Sus carreras de la mañana eran una costumbre que no había necesitado examinar. Él salía, corría y regresaba. A veces ella seguía en la cama; otras, estaba haciendo algo y lo saludaba sin preguntarle por dónde había ido.
El reloj guardaba las rutas.
Renata abrió una de ellas. Una línea sobre el mapa. Puntos de inicio y final, cifras que registraban cuánto había corrido. Pasó a otra fecha. Y a otra.
Las fotografió con su propio celular.
No sabía todavía qué iba a hacer con aquellas imágenes. Le molestaba depender de un recuerdo. En el club no había grabado a Damián diciendo cinco meses; había tenido que volver a oírlo en su cabeza. Al menos de esto tendría algo que mirar después.
Dejó el reloj como estaba.
Cuando terminó, no se sintió mejor.
Había estado en su casa, entre cosas que conocía, haciendo algo que necesitaba ocultar. Se dio cuenta de que no tenía una explicación preparada si Damián le preguntaba qué buscaba.
Él sí había tenido una para la fotografía.
Llamó a Lucía.
Le contó lo de la recepción. Después, lo del celular.
—Con Natalia no hay nada raro —dijo.
Lucía no se apresuró a responder.
—¿Y eso te tranquiliza?
Renata miró la imagen de una ruta que seguía abierta en su pantalla.
—No sé.
Le fastidió decirlo. Había ido al club pensando que verlo todo con sus propios ojos le serviría. Había encontrado una explicación para Camila. Había revisado los mensajes de Natalia. Ahora tenía menos certezas que antes.
Lucía le habló de Bruno Vega.
Le gustaban las novelas de detectives. Era de esas personas que podían quedarse dándole vueltas a un detalle que los demás ya habían olvidado. Quizá pudiera echarles una mano sin que Damián se enterara.
Renata no necesitaba contarle sus sospechas a más gente. Tampoco sabía a quién pedir lo que quería sin exponerse a una frase sobre los celos o a una recomendación de hablarlo con su marido.
Ya había hablado con su marido.
Aceptó conocerlo.
Lucía hizo las presentaciones. Renata miró a Bruno con una reserva que no intentó disimular. Le costaba imaginar que estuvieran hablando de su matrimonio con alguien que hasta entonces no formaba parte de su vida.
Bruno no comenzó diciéndole qué debía hacer. Le pidió que le contara qué había pasado.
Ella empezó por las rosas.
Al decirlo en voz alta, la escena recuperó algo de lo que había sentido aquella noche: la felicidad del aniversario, el ramo, el papel entre los dedos. No estaba hablando de una fotografía cualquiera. Alguien se la había hecho encontrar dentro de un regalo de su marido.
Bruno quiso verla.
Renata se la mostró.
Después contó lo del club. Camila. Hernán. Natalia. Los cinco meses.
—¿Damián sabe que te dijeron que acaba de hacerse socio? —preguntó Bruno.
—No se lo he preguntado.
—¿Y sabe que viste sus mensajes?
Renata negó.
Le molestó cómo sonaba aquello. Ella era la que estaba reuniendo información a escondidas. Él seguía siendo el marido que preparaba sorpresas y hablaba de un malentendido.
Se obligó a dejar de pensar en cómo quedaría la historia si la contaba otra persona. Había ido para entenderla ella.
Sacó las fotografías del reloj.
Bruno acercó una de las imágenes. Renata intentó seguir lo que miraba. Conocía la ciudad, pero una ruta sobre una pantalla no era lo mismo que haber estado allí a esa hora.
—Son sus carreras de la mañana —explicó.
Él pasó a la siguiente.
—¿Sale siempre con ese reloj?
—Sí.
Había respondido enseguida. Luego lo pensó. Eso era lo que creía. Lo había visto usarlo muchas veces. Nunca había tenido motivos para acompañarlo hasta la calle y comprobar que seguía en su muñeca.
No corrigió la respuesta. Se limitó a mirar las fotos con más atención.
Bruno no le dijo que hubiera descubierto nada. Quería revisarlas con calma y ver qué podía comprobar de los movimientos de Damián.
Renata le envió las imágenes.
El gesto fue rápido. Elegirlas, enviarlas, ver aparecer las miniaturas en el otro teléfono. Le costó más retirar la mano después.
Hasta ese momento había pensado que su marido podía estar engañándola. Ahora había pedido a alguien que lo siguiera.
Lucía esperó a que Bruno se apartara para preguntarle cómo estaba.
—Quiero saberlo —dijo Renata.
No era exactamente una respuesta, pero no tenía otra.
Había intentado imaginar el peor resultado: que hubiera una mujer, que él la buscara cuando decía que estaba haciendo otra cosa. Pensarlo era desagradable. Lo que no había calculado era cuánto le costaría desear que aquella sospecha se demostrara falsa sin convencerse de que por eso debía dejar de buscar.
Esa tarde, su casa le pareció la misma.
El reloj estaba donde correspondía. El celular de Damián sonó y ella lo miró antes de poder evitarlo.
Una llamada de trabajo.
Damián contestó. Habló de la empresa, de una reunión, de algo que había que tener preparado. Renata lo escuchó mientras hacía como que atendía su propio teléfono.
Él terminó y volvió hacia ella con una expresión corriente.
—¿Todo bien?
Renata levantó la mirada.
Podía preguntárselo allí mismo. Lo de la foto, lo del club, lo que todavía no entendía. Él la escucharía. Quizá se acercaría a tocarle el hombro. Tendría una explicación y la diría con aquella calma.
Bruno aún no había podido comprobar nada.
—Sí.
Damián no pareció necesitar una respuesta más larga.
Renata bajó los ojos al celular. Las fotos del reloj seguían en su galería, mezcladas con las del aniversario.
En unas llevaba la mano levantada para enseñar el diamante.
En las otras, intentaba averiguar dónde había estado el hombre que se lo puso.