Un simple tropiezo frente a la universidad cambió la vida de Amelia para siempre. Ahora su corazón y su hijo están atrapados entre dos mundos el humano y el del Reino de Fuego. Con Gael a su lado y el poderoso rey Dante observándola, Amelia deberá enfrentarse a decisiones, secretos peligrosos y una magia que puede alterar su destino… para siempre.
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El Reino de Fuego
Muy lejos del mundo humano…
En un lugar donde el cielo tenía un tono rojizo y el aire siempre era cálido, se alzaba un enorme castillo construido con piedra oscura y cristal volcánico.
Ese lugar era el Reino de Fuego.
Dentro del gran salón del castillo, varias mesas largas estaban llenas de comida.
Carne asada, frutas extrañas de los bosques ardientes y grandes copas con bebidas doradas.
Los príncipes del reino se reunían allí casi todas las noches.
Uno de ellos estaba sentado con los pies apoyados en la mesa.
—Gael llega tarde otra vez —dijo un joven de cabello oscuro mientras tomaba una copa.
Ese era Kael, uno de los hermanos.
—O no llega —respondió otro con tono aburrido.
Este tenía el cabello plateado y una mirada fría.
Eryon.
—No es raro —continuó Kael—. Siempre desaparece cuando se aburre.
Una tercera voz se escuchó desde el otro lado de la mesa.
—Es irresponsable.
El que habló tenía una presencia mucho más imponente que los demás.
Cabello negro.
Mirada intensa.
Y una corona sencilla de metal oscuro.
Dante.
El Rey del Reino de Fuego.
El hermano mayor.
Su voz siempre imponía silencio.
—Es Gael —respondió Kael encogiéndose de hombros—. Nunca ha sido responsable.
Dante tomó un sorbo de su bebida sin responder.
Pero su mirada mostraba algo más.
Molestia.
No por el retraso.
Sino por la desaparición.
Gael llevaba varios días sin aparecer en el reino.
Eso no era normal.
Ni siquiera para él.
—¿Alguna noticia? —preguntó Dante finalmente.
Eryon negó con la cabeza.
—Nadie lo ha visto.
El silencio cayó sobre la mesa por unos segundos.
Hasta que Kael sonrió.
—Tal vez encontró otra mujer en algún reino.
Dante lo miró con frialdad.
—No es momento para bromas.
Kael levantó las manos.
—Solo digo que sería lo más probable.
Mientras tanto…
En el mundo humano.
Gael caminaba tranquilamente por una calle cercana a la universidad.
El atardecer comenzaba a teñir el cielo de naranja.
Había pasado gran parte del día explorando la ciudad otra vez.
Pero ahora estaba esperando algo.
O más bien…
A alguien.
Apoyado contra un árbol frente a la entrada de la universidad, observaba a los estudiantes salir del edificio.
Hasta que finalmente la vio.
Amelia.
Caminaba junto a una amiga, conversando animadamente.
Gael no pudo evitar sonreír.
Cuando Amelia levantó la mirada y lo vio, se detuvo de golpe.
—¿Otra vez tú?
Su amiga miró entre ambos con curiosidad.
Gael se acercó con tranquilidad.
—Hola, Amelia.
La amiga de Amelia sonrió inmediatamente.
—Oh… entonces sí lo conoces.
Amelia suspiró.
—Lucía…
Lucía extendió la mano hacia Gael.
—Soy Lucía.
Gael tomó su mano con educación.
—Gael.
Lucía observó a Amelia con una sonrisa divertida.
—Bueno, creo que alguien estaba esperando verte.
Amelia la miró con reproche.
—No empieces.
Lucía levantó las manos.
—Yo me voy.
Y antes de que Amelia pudiera detenerla, su amiga ya se alejaba por la calle.
Amelia suspiró.
—No le hagas caso.
Gael sonrió.
—Parece agradable.
Amelia cruzó los brazos.
—Entonces… ¿vas a seguir apareciendo así de la nada?
Gael fingió pensarlo.
—Probablemente.
Amelia lo miró con incredulidad.
—Eres raro.
—Me lo han dicho.
Por un momento se quedaron en silencio.
El viento movió ligeramente el cabello de Amelia.
Gael la observó con atención.
Había algo en ella que lo hacía querer quedarse.
Algo que no entendía del todo.
Amelia notó su mirada.
—¿Qué?
Gael negó con la cabeza.
—Nada.
Luego señaló la calle.
—¿Caminamos?
Amelia dudó un segundo.
Pero finalmente asintió.
Y sin saberlo…
Mientras caminaban por la ciudad iluminada por el atardecer, muy lejos en el Reino de Fuego, un rey comenzaba a sospechar que algo no estaba bien.
Porque Gael estaba ocultando algo.
Y tarde o temprano…
Ese secreto llegaría hasta el trono.