"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
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Capítulo 2: El veredicto del destino
POV: ELENA
El olor del café en la cafetería del hospital, que antes era mi combustible, hoy se siente como veneno. Siento una oleada de náuseas que me obliga a apretar los dientes y aferrarme a la bandeja de metal. No puedo desmayarme. No aquí, donde cada debilidad es una mancha en mi expediente.
—Elena, estás más pálida que una sábana de morgue —susurró Lucía, deslizándose a mi lado en la mesa. Sus ojos de enfermera experimentados me analizaron de arriba abajo—. No has comido nada en toda la mañana.
—Es solo el cansancio, Lucía. La guardia de anoche fue... intensa —mentí, aunque mi voz sonó quebrada.
—Las ojeras son por falta de sueño, pero ese brillo en tus ojos y la forma en que te tocas el estómago cada cinco minutos... eso es otra cosa.
Sentí que el mundo se detenía. Lucía me tomó de la mano y me arrastró hacia el área de suministros, lejos de las cámaras y de los residentes que buscaban cualquier chisme para hundirme. Me puso un pequeño frasco de plástico en la mano y una tira reactiva que sacó de su bolsillo.
—Hazlo. Ahora. O lo haré yo por ti.
Entré al baño con el corazón martilleando contra mis costillas. Mis manos, las mismas que hace una hora suturaron una arteria con precisión milimétrica, temblaban tanto que casi suelto el frasco. Esperar esos tres minutos fue más agónico que cualquier examen final de la facultad.
Miré la tira sobre el mármol frío.
Dos líneas rojas.
El aire se escapó de mis pulmones. Un sollozo seco se me escapó de la garganta, pero me tapé la boca con fuerza. No era alegría; era puro, visceral y absoluto terror. Un hijo de Sebastián Alarcón. Un heredero de la dinastía más poderosa del país creciendo en el vientre de la mujer a la que su propia madre llamaba "estorbo" y "maldición".
Si Sebastián se enteraba, me quitaría al bebé. Su familia jamás permitiría que una residente sin apellido criara a un Alarcón. O peor aún, me obligarían a desaparecer.
—Elena... —la voz de Lucía suave tras la puerta me trajo de vuelta—. ¿Qué dice?
—Positivo —susurré, saliendo del cubículo con los ojos empañados—. Lucía, si esto sale a la luz, mi carrera está muerta. Mi vida está muerta.
POV: SEBASTIÁN
—Estás distraído, "Sangre Azul" —bromeó Julián mientras nos quitábamos las batas en el vestidor de médicos—. Casi dejas que la residente Valente hiciera todo el cierre de la cirugía hoy. ¿Qué pasa? ¿Te aburres de la perfección?
—Valente es... persistente —respondí, tratando de sonar indiferente mientras me ajustaba los gemelos de oro en los puños de la camisa.
—Es brillante, admítelo. Y tiene algo que tú no tienes: hambre. No hablo de comida, Sebastián, hablo de ganas de comerse el mundo. Aunque hoy la vi un poco... apagada.
Me detuve en seco. Recordé la palidez de su rostro en el quirófano y la forma en que evitaba mi mirada. Desde aquella noche, Elena se había convertido en un fantasma que recorría los pasillos de mi hospital, huyendo de mí como si yo fuera una enfermedad.
—Está bajo mucha presión —dije, más para convencerme a mí mismo que a Julián—. Es su primer mes.
Salí del vestidor y caminé hacia mi oficina, pero al pasar por el pasillo de suministros, algo me detuvo. Escuché un murmullo. Una voz que reconocería en cualquier lugar por la forma en que aceleraba mi pulso.
—...no puede enterarse, Lucía. Nadie puede. Él me destruiría.
Era Elena. Su voz sonaba cargada de una angustia que me revolvió el estómago. ¿De quién hablaba? ¿Quién podría destruirla? Di un paso hacia la puerta entreabierta, con la intención de exigir una explicación, pero mi teléfono vibró. Mi madre. La matriarca de los Alarcón.
—Sebastián —la voz de mi madre al otro lado era fría y autoritaria—, recuerda que esta noche es la cena de gala de la Fundación. La familia De la Vega estará ahí. Es hora de que dejes de jugar a los médicos y asumas tu lugar en el linaje. Victoria te está esperando.
Miré hacia la puerta de suministros. Elena salió en ese momento, limpiándose las mejillas con rapidez. Al verme, se quedó petrificada. Sus ojos, antes llenos de fuego, ahora estaban nublados por el miedo.
—Dr. Alarcón... —murmuró, bajando la cabeza.
—Doctora Valente —respondí, guardando el teléfono con violencia—. ¿Hay algo que deba saber sobre su rendimiento hoy?
Ella apretó su carpeta contra su pecho, justo sobre su vientre, en un gesto defensivo que no pasó desapercibido para mis ojos de cirujano.
—Nada, doctor. Solo... cansancio. Con su permiso.
La vi alejarse, con sus pasos rápidos y asustados. Algo me decía que Elena guardaba un secreto, y en mi mundo, los secretos eran armas que terminaban derramando sangre. Lo que no sospechaba era que el secreto de Elena era, en realidad, mi propia carne y sangre