Con el alma rota y dos hijos que proteger, Catalina reconstruyó su vida desde cero… sin él.
Rubén lo dejó todo por una mentira. Pero cuando la ilusión se desvaneció, comprendió que lo que abandonó era lo único real. Regresa arrepentido, dispuesto a recuperar lo que perdió.
Sin embargo, Catalina ya no espera por nadie. Encontró la fuerza, la paz y la vida que él le negó.
¿Podrá su arrepentimiento borrar años de abandono? ¿O será demasiado tarde para volver a su lado?
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Capítulo 20: Mis hijos ya no lo esperan
Catalina
Rubén seguía frente a mi puerta.
Yo todavía tenía la carta entre las manos.
—Necesito hablar contigo —repitió.
Lo miré durante unos segundos.
—Ahora no.
Su expresión cambió.
—Catalina, por favor.
—Los niños están durmiendo.
—No vengo a discutir.
—Entonces vuelve otro día.
Rubén bajó la mirada.
—Solo quería saber cómo están.
—Están bien.
—¿Y tú?
Esa pregunta me hizo guardar silencio.
Meses atrás habría esperado escucharla.
Ahora ya no sabía qué responder.
—También estoy bien.
Rubén asintió lentamente.
—¿Puedo verlos?
Miré hacia el pasillo.
Gabriel dormía.
Mateo también.
—No quiero despertarlos.
—Entiendo.
Por un momento pensé que se marcharía.
Pero antes de hacerlo, me preguntó:
—¿Recibiste la carta?
Mi corazón dio un pequeño salto.
—Sí.
—¿La leíste?
—Todavía no.
Rubén respiró profundamente.
—Cuando la leas, entenderás algunas cosas.
Lo miré.
—Tal vez.
Él se dio la vuelta.
—Buenas noches, Catalina.
Cerré la puerta.
Me quedé apoyada contra ella.
La carta seguía en mi mano.
Pero aquella noche decidí no abrirla.
No quería que las palabras de Rubén alteraran la tranquilidad que tanto me había costado recuperar.
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Rubén
Regresé al apartamento sintiéndome más vacío que antes.
Valeria estaba despierta.
—¿Dónde estabas?
—En casa de Catalina.
Su rostro cambió.
—¿Fuiste a verla?
—Sí.
—¿Y te dejó entrar?
—No.
Valeria sonrió con cierta amargura.
—Entonces quizá finalmente entendió que ya no eres parte de su vida.
La miré.
—Soy el padre de sus hijos.
—Eso no significa que todavía te ame.
Sus palabras me dolieron.
Porque probablemente tenía razón.
Me senté.
—Mis hijos tampoco me esperan.
Valeria guardó silencio.
—¿Qué quieres decir?
—Mateo ya no pregunta cuándo voy a volver.
Ella se encogió de hombros.
—Los niños se acostumbran.
La miré.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Porque yo no quería que mis hijos se acostumbraran a vivir sin mí.
Pero había sido yo quien les enseñó a hacerlo.
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Catalina
A la mañana siguiente, Mateo se despertó temprano.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Papá vino anoche?
Me quedé sorprendida.
—¿Cómo sabes?
—Escuché la puerta.
Me senté a su lado.
—Sí. Vino a preguntar por ustedes.
Mateo guardó silencio.
—¿Y por qué no entró?
—Porque ustedes estaban dormidos.
—Ah.
Esperé que preguntara cuándo regresaría.
Pero no lo hizo.
En cambio, se levantó y comenzó a buscar sus zapatos.
—¿No quieres ver a papá?
Mateo negó con la cabeza.
—Hoy tengo colegio.
Me quedé mirándolo.
—¿No estás triste?
—Un poquito.
Después añadió:
—Pero ya no quiero esperar.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Esperar qué?
—Que papá venga.
No pude responder.
Mi hijo estaba aprendiendo una lección que ningún niño debería tener que aprender tan pronto.
La ausencia también se vuelve costumbre.
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Rubén
Ese día decidí llamar a Mateo.
Marqué su número.
Catalina contestó.
—Hola.
—¿Puedo hablar con Mateo?
Hubo un breve silencio.
—Sí.
Escuché cómo llamaba a nuestro hijo.
—Mateo, es papá.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
Esperé escuchar su voz emocionada.
Pero cuando tomó el teléfono, simplemente dijo:
—Hola, papá.
—Hola, campeón.
—¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y tú?
—Bien.
La conversación murió ahí.
Intenté continuar.
—¿Qué hiciste hoy?
—Fui al colegio.
—¿Y qué aprendiste?
—Muchas cosas.
—¿Quieres que vaya a verte?
Silencio.
—Tengo tarea.
Sentí un golpe en el pecho.
—Podemos vernos después.
—Tal vez.
Tal vez.
Esa palabra me dolió más de lo que esperaba.
Antes, Mateo habría saltado de alegría si le proponía verlo.
Ahora hablaba conmigo como si fuera un conocido.
—Te quiero, hijo.
—Yo también.
La llamada terminó.
Me quedé mirando el teléfono.
Había conseguido exactamente lo que había provocado.
Mi hijo ya no esperaba mi llamada.
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Catalina
Por la tarde, mientras preparaba la cena, Mateo estaba haciendo su tarea en la mesa.
Gabriel jugaba cerca de nosotros.
De repente, Mateo preguntó:
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Papá puede dejar de ser mi papá?
La cuchara que tenía en la mano casi se me cayó.
Me acerqué inmediatamente.
—No, mi amor.
—Pero él casi nunca viene.
—Eso no cambia que sea tu papá.
—Entonces, ¿por qué no está?
Me senté a su lado.
—A veces los adultos toman decisiones equivocadas.
—¿Papá tomó una decisión equivocada?
Tragué saliva.
—Sí.
—¿Y puede arreglarla?
No sabía qué responder.
—Eso depende de él.
Mateo bajó la mirada.
—Yo ya no quiero esperar.
Lo abracé con fuerza.
—No tienes que esperar a nadie.
Él apoyó la cabeza sobre mi pecho.
—¿Tú tampoco esperas a papá?
Cerré los ojos.
Aquella pregunta era para mí.
Y por primera vez pude responder con sinceridad.
—No, mi amor.
Mateo levantó la mirada.
—¿Entonces estamos bien?
Sonreí entre lágrimas.
—Estamos bien.
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Rubén
Esa noche abrí una caja que llevaba meses sin tocar.
Dentro estaban fotografías antiguas.
Catalina embarazada de Mateo.
La primera Navidad juntos.
El cumpleaños de nuestro hijo.
El día que nació Gabriel.
Tomé una fotografía.
Catalina estaba sonriendo.
Tenía a Mateo en brazos.
Yo estaba a su lado.
Éramos una familia.
Y yo había sido quien decidió romperla.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Catalina.
“Mateo no quiere que lo esperes ni que le hagas promesas. Si quieres recuperar su confianza, tendrás que demostrarle con hechos que puede contar contigo.”
Leí el mensaje varias veces.
No había odio.
No había reproche.
Solo una advertencia.
Mis hijos ya no esperaban mis llamadas.
Ya no esperaban mis visitas.
Ya no esperaban que regresara a casa.
Y entonces entendí algo terrible.
Mientras yo había estado intentando convencerme de que había tomado la decisión correcta…
Mis hijos habían comenzado a aprender a vivir sin mí.
Me quedé mirando la fotografía.
—¿Qué hice? —susurré.
Por primera vez, no estaba preocupado por perder a Catalina.
Estaba preocupado por perder a mis hijos.
Y esa noche tomé una decisión.
No iba a hacerles otra promesa.
Iba a demostrarles, día tras día, que podían volver a confiar en mí.
Pero no sabía que, para conseguirlo, tendría que enfrentar primero a la mujer que más había herido.
Catalina.
🙊a hora cual será el misterio