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Un Amor Posesivo

Un Amor Posesivo

Status: En proceso
Genre:Yaoi / Mafia
Popularitas:766
Nilai: 5
nombre de autor: Kioko kento

un romance entre un mafioso y un femboy

NovelToon tiene autorización de Kioko kento para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

ENTRE SOMBRAS Y ROSAS

Un año había pasado. Trescientos sesenta y cinco días en los que el mundo había cambiado, pero sobre todo, en los que ellos habían cambiado. Aquella tarde, Dante y Adrián cruzaron la puerta de la pequeña cafetería donde todo había comenzado. El sonido de la campanita sobre la puerta fue exactamente el mismo. El olor a café recién hecho y a pan dulce llenó el aire, igual que aquella primera vez. La misma mesa cerca de la ventana estaba libre, y se sentaron allí, uno frente al otro, observando cómo la lluvia comenzaba a caer sobre las calles familiares de siempre.

La misma mesa. La misma ventana. La misma ciudad que nunca dejaba de moverse. Pero ellos ya no eran las personas que se habían mirado con desconfianza y curiosidad hace un año. Ya no había distancia entre sus sillas, ni silencios incómodos, ni miedo a lo que el otro pudiera estar pensando.

—¿Te acuerdas de la primera vez que nos vimos? —preguntó Adrián, mientras acariciaba con la yema de los dedos el borde de su taza, sonriendo con esa calidez que siempre lograba suavizar en cualquier momento.

Dante lo miró, y en sus ojos ya no había esa dureza que durante años había sido su escudo. Solo había paz.

—Me acuerdo perfectamente —respondió con una media sonrisa—. Pensé que eras demasiado curioso. Que te metía en cosas que no te incumben, y que en cualquier momento te ibas a meter en problemas del que no podría sacarte.

Adrián soltó una pequeña risa, suave y sincera.

—Y yo pensé que eras demasiado misterioso. Que tenías secretos pesados sobre los hombros, que tus ojos miraban todo el tiempo como si esperaras que alguien te atacara por la espalda, y que probablemente eras la persona más complicada que había conocido en mi vida.

—Tenías razón —admitió Dante sin dudarlo—. Lo era.

—Tú también tenías razón en parte —reconoció Adrián—. Yo era demasiado curioso, pero me alegra haberlo sido. Si no me hubiera acercado, nunca te habría conocido de verdad.

Dante apartó la mirada hacia la ventana, donde las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, dibujando líneas que se unían y se separaban.

—¿Sabes qué pensé aquella primera noche, cuando te vi irte? —preguntó en voz baja.

—¿Qué pensaste?

—Que eras alguien a quien no debería dejar acercarse a mí. Que mi vida era demasiado oscura, demasiado peligrosa, y que te terminaría lastimando sin querer. Pensé que alejarte era la mejor forma de protegerte.

Adrián estiró la mano y tomó la de él sobre la mesa.

—Y aquí estamos. Un año después. Nadie se alejó. Nadie salió lastimado. Bueno… quizás un poco asustados al principio, pero juntos.

—Sí —dijo Dante, apretando suavemente sus dedos—. Aquí estamos.

Entrelazaron sus manos sobre la madera de la mesa. Esta vez no había urgencia detrás del gesto. No había miedo a perder al otro al día siguiente. No había posesión. Solo cariño, tranquilo y firme, como una promesa que no necesita palabras.

—Durante mucho tiempo confundí el amor con la necesidad de controlar —confesó Dante, mirando sus manos unidas—. Creí que si sabía dónde estabas, con quién estabas, qué hacías en cada momento, entonces te estaría protegiendo. Creí que cuidar era vigilar, que querer era poseer, y que si te soltaba aunque fuera un poco, desaparecerías.

Adrián lo escuchó en silencio, sin interrumpirlo, porque sabía que esas palabras le habían costado mucho decirlas.

—Pero aprendí —continuó Dante—. Aprendí que el control no mantiene a nadie a tu lado, solo lo aleja poco a poco. Aprendí que el miedo no es una base para construir nada. Y ahora sé que si realmente quiero estar contigo, tengo que confiar en ti. Confiar en que te quedas porque quieres, no porque no tienes otra opción. Confiar en que si te vas, sabrás volver. Confiar en que somos un equipo, no uno que manda y otro que obedece.

Adrián sonrió, y esa sonrisa llegó directo al corazón de Dante.

—Y yo confío en ti. En todo lo que eras, en todo lo que eres ahora, y en todo lo que seguiremos siendo.

Dante levantó la vista y miró las luces de la ciudad encendiéndose poco a poco, reflejadas en el asfalto mojado. Pensó en todo lo que había dejado atrás. En el poder que creía que necesitaba para sentirse seguro. En las personas que habían perdido por elegir la oscuridad. En los enemigos que había acumulado por creer que la fuerza era la única respuesta. Había sido un hombre de sombras, sí. Había tenido dinero e influencia que muchos solo podían soñar. Había vivido rodeado de gente que le obedecía, pero que nunca se quedaba a cenar con él.

Pero también había encontrado algo que nunca había buscado, algo que ningún título, ni dinero, ni poder podía comprar: una razón para despertar cada mañana con ganas de empezar el día. Una persona que no tenía miedo de decirle cuándo se equivocaba, que no se impresionaba por su pasado, sino que creía en su futuro. Y un futuro que podían construir juntos, paso a paso, sin prisa, pero sin detenerse jamás.

—¿Nos vamos? —preguntó Adrián, levantándose de la silla.

Dante asintió, sintiendo que por fin caminaba hacia adelante, no huyendo del pasado.

—Sí. Vamos a casa.

Salieron de la cafetería y el aire fresco de la tarde los recibió. La lluvia caía suavemente sobre las calles que ya conocían tan bien. Adrián abrió el paraguas y lo sostuvo entre los dos.

—Ven —le dijo, haciéndole un pequeño gesto con la cabeza.

Dante se colocó a su lado, y Adrián ajustó el paraguas para que ambos estuvieran cubiertos. Caminaron juntos, hombro con hombro, paso a paso. Ya no como jefe y protegido. Ya no como dueño y algo que le pertenecía. Sino como dos personas que habían decidido elegirse cada día, incluso cuando no era fácil.

La ciudad continuó brillando a su alrededor, ajena a su historia, pero testigo de su cambio. Y mientras desaparecían entre las luces y la lluvia, Dante miró una última vez hacia atrás, hacia el pequeño escaparate de la cafetería donde todo comenzó. Las sombras de su pasado seguían ahí, al fondo, silenciosas. Pero ya no gobernaban su vida. Ya no decidían sus pasos. Ya no le daban miedo.

Porque ahora había aprendido algo que nadie en el mundo de la mafia, ni del poder, ni de la oscuridad, nunca pudo enseñarle: que amar a alguien no significa tenerlo para ti solo. Significa respetarlo, apoyarlo, creer en él. Significa elegirlo cada mañana, cada tarde, cada noche. Elegirse, una y otra vez, pase lo que pase.

Y mientras caminaba bajo la lluvia, con la mano de Adrián en la suya, Dante supo que no cambiaría nada de esto por todo el oro del mundo. Porque al final, lo único que realmente importaba era esto: ellos dos, juntos, libres y en paz.

 

FIN DE LA PARTE II ✨

1
Brisa Romero
/Curse/
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