Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.
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EL JUICIO DE FENIX
En lo alto del cielo, el aire comenzó a tensarse como si una fuerza invisible lo estuviera estirando hasta el límite de lo soportable. Las nubes se deformaron primero, aplastadas desde dentro, y luego se abrieron cuando Belgor descendió atravesándolas sin prisa, sin duda, no volando sino cayendo con intención. A su paso no solo se agitaba el firmamento; algo en la luz se ensuciaba, como si la claridad retrocediera para no tocarlo. El aire se comprimía alrededor de su cuerpo y estallaba después en ondas circulares que viajaban kilómetros antes de perderse.
Jael lo vio venir, y en ese breve instante no pensó en estrategia ni en victoria. Apenas alcanzó a inhalar.
El impacto ocurrió antes de que el sonido bajara hasta la ciudad. El puño de Belgor se hundió en su torso y el cielo mismo pareció plegarse alrededor de ambos. La onda expansiva descendió hasta Solárium como un golpe invisible que recorrió techos, sacudió vitrales y lanzó a varias personas contra el empedrado. Un niño señaló hacia arriba, con la voz quebrada más por asombro que por comprensión.
—Está peleando… allá arriba.
Jael fue lanzado hacia atrás atravesando una nube que se deshizo en vapor ardiente. El dolor no fue limpio; le robó el aire y le tensó la mandíbula. Sus alas reaccionaron antes que su orgullo, desplegándose con un chasquido de fuego para corregir la caída. Cuando volvió a fijar la mirada en Belgor, no había rabia en su rostro, sino concentración forzada, como quien acepta que la primera embestida ya fue dada y ahora toca sostener.
Belgor no le dio margen. Se movía con una velocidad que desmentía su tamaño, y al extender la mano el espacio pareció agrietarse. Del vacío surgieron filos de energía oscura que cortaban el aire con un chillido agudo. Jael cruzó los antebrazos y recibió el golpe; la fricción entre el fuego y aquella magia abismal no explotó de inmediato, sino que vibró durante un segundo insoportable antes de liberar un destello que obligó a ambos a entrecerrar los ojos. El choque lo empujó varios metros, dejando una estela luminosa suspendida en el cielo como una cicatriz
recién abierta.
—No entiendes lo que está en juego —dijo Belgor, y su voz no fue un rugido sino algo más bajo, más seguro—. Este mundo ya eligió.
Abrió los brazos y el cielo empezó a oscurecerse desde el centro, no como la llegada de la noche sino como presión acumulándose bajo la piel del firmamento. El aire se volvió denso; en la ciudad, algunos cayeron de rodillas no por devoción sino porque les costaba mantenerse en pie. Respirar era un esfuerzo consciente.
La tormenta cayó sobre Jael como una masa compacta de oscuridad comprimida, energía contenida durante siglos que descendía con la intención de aplastar. Durante un segundo no se vio nada. Solo una bóveda negra suspendida donde antes ardía el fuego.
En Solárium el murmullo se convirtió en miedo.
—¿Lo… lo derrotó?
No hubo respuesta inmediata. Primero apareció una grieta de luz en el interior de la tormenta, apenas perceptible, luego otra, y otra más, hasta que el centro comenzó a arder desde dentro. El fuego no estalló hacia afuera; nació en el corazón mismo de la sombra y la fue desgarrando en fragmentos que se evaporaban como ceniza húmeda. Jael emergió con las alas extendidas en toda su magnitud. Las llamas ya no parpadeaban ni se agitaban con violencia; fluían constantes, densas, vivas, como si hubieran encontrado equilibrio.
—Tú no decides lo que este mundo merece.
No necesitó gritar. La frase llegó igual.
Algo cambió en el rostro de Belgor. La seguridad se tensó demasiado y terminó por romperse. Esta vez sí gritó, y se lanzó sin medir distancia.
El choque fue directo. Puño contra puño. El contacto generó un anillo de energía que se expandió horizontalmente, partiendo nubes y empujando el aire en todas direcciones. Abajo, Dervían tuvo que cubrirse el rostro cuando la ráfaga descendió con polvo y pequeñas piedras arrancadas de los tejados.
—¿Lo estás viendo?… —murmuró sin apartar los ojos del cielo.
Gahiel no respondió. Tenía los puños cerrados, los nudillos blancos. No gritaba órdenes ni hacía comentarios; cada golpe que veía parecía sentirse en su propio cuerpo, y su respiración se marcaba al ritmo del combate.
Belgor atacó sin pausa. Sus garras no solo arañaban carne sino el espacio mismo, dejando surcos oscuros que tardaban en cerrarse. Descargas comprimidas explotaban alrededor de Jael como meteoritos que buscaban quebrarlo por insistencia. En un momento logró golpear su rostro, obligándolo a girar violentamente; en otro, lo impactó en el costado y lo lanzó contra una pared de viento que crujió antes de deshacerse. Jael retrocedía, recibía, ajustaba la postura en pleno aire. No respondía con furia inmediata. Aprendía mientras resistía.
Cada golpe que soportaba parecía estabilizar el fuego en su espalda. Ya no era una llamarada impulsiva. Se concentraba, se afinaba, como si comprendiera que no se trataba de imponerse por fuerza bruta sino por dirección.
Belgor volvió a cargar, convencido de que el desgaste estaba de su lado. Jael giró sobre sí mismo usando el impulso del ataque contrario, y en ese movimiento el fuego dejó de envolverlo para comprimirse en su brazo derecho. No brillaba más; brillaba menos, pero con una densidad distinta, como un núcleo contenido.
Golpeó.
No fue el estruendo lo que marcó la diferencia sino la profundidad del impacto. Belgor sintió el poder atravesarlo antes de entender lo ocurrido. Su cuerpo fue empujado hacia abajo perforando capas de aire hasta caer sobre la tierra en las afueras de la ciudad, abriendo un cráter que levantó polvo y fragmentos de roca.
El silencio posterior no fue absoluto, pero sí denso.
Jael descendió sin prisa. Cuando el polvo empezó a disiparse, Belgor estaba de rodillas en el centro del cráter, una de sus alas destrozada y la armadura natural de su piel cuarteada. Intentó incorporarse; el intento le arrancó una risa áspera que terminó en tos.
—Esto no termina conmigo… —dijo, la voz rota pero todavía firme—. Yo solo medí la puerta.
Jael avanzó hacia él. Cada paso dejaba marcas luminosas sobre la tierra ennegrecida, aunque el fuego que lo rodeaba ya no rugía. Se mantenía estable, contenido. No había teatralidad en su postura, solo decisión.
Belgor alzó la mirada. Esta vez no había burla.
Jael levantó la mano sin pronunciar invocación alguna. No gritó el nombre de ningún poder. Simplemente permitió que la energía respondiera, y desde lo alto descendió una columna de luz concentrada, dirigida. No explotó al tocarlo; lo envolvió con firmeza. Belgor intentó resistir, pero aquello no golpeaba el cuerpo sino lo que lo sostenía. La oscuridad comenzó a desprenderse de él como humo arrancado por el viento.
No hubo grito final. Solo desintegración lenta, inevitable.
Cuando la luz se disipó, el cráter estaba vacío.
Jael permaneció unos segundos respirando de manera controlada, consciente del temblor leve que aún recorría sus brazos. Luego alzó la mirada hacia la ciudad. Desde Solárium la gente comenzó a salir de donde se había escondido. Algunos caminaban con dificultad entre los escombros; otros ayudaban a levantarse a quienes habían caído.
Una mujer con la frente ensangrentada miró al cielo y sonrió sin darse cuenta. No porque la guerra hubiera terminado. Sabía que no era así.
Sonrió porque, por primera vez desde que todo comenzó, alguien había resistido… y seguía de pie.