Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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Encuentro entre sombras.
Douglas ya sabía que Alberto sería el nuevo portador de la máscara. No le sorprendió; en el fondo, lo intuía.
—Hermano, voy a confiarte cosas que ni tú mismo sabes que hago, así que, por favor, no me decepciones.
—Nunca lo haría. Hacerlo sería como traicionar a nuestro Rayo. Puedes confiar en mí.
Douglas le dio su palabra. Entre ellos siempre hubo una comunicación distinta, más directa que con Diego. No es que no hablara con él, pero Diego siempre los cuidó desde cierta distancia que ninguno comprendía del todo. Hasta llegaron a pensar que solo le importaban Catalina y sus tres hijos.
En cambio, Douglas y Emi tuvieron únicamente a Santiago. Intentaron darle un hermanito, pero el veneno que Tania le dio a Emi dejó secuelas en su útero. Por eso perdió al bebé que esperaban. Aun así, eran felices, y el más feliz era Santi, pues no debía compartir nada con nadie. A excepción de Alberto, quién siempre fue muy especial para Douglas.
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Cerca del muelle de Nueva York.
Un grupo de novicias terminó sus rezos. Entre ellas estaba una joven hermosa que, al girarse, dijo:
—Hermana Gertrudis, mañana me encargaré del desayuno de todas. Aún no me acoplo al lugar ni a las costumbres, necesitaré algo de ayuda.
—Claro que te ayudaré, Mariana. Solo recuerda que antes de dormir debes practicar un rato tus votos perpetuos, para la consagración divina a Dios.
Gertrudis tenía años de servicio en la vida religiosa, y además de experiencia, un corazón bondadoso. Ayudó a Mariana, saltándose el primer paso y entregándole el hábito de novicia.
—Que descanses, señorita Mariana… —le dijo la monja, antes de retirarse a su aposento junto a las demás.
gracias a la ayuda de Gertrudis, Mariana Larios llegó a ese convento: buscando limpiar sus culpas. Pero ¿sería capaz? Todavía lloraba al recordar que supo del vino adulterado y no dijo nada. En el fondo, sentía que había entregado a Alberto a aquella chica, y lo que más le atormentaba era ignorar si él estaba bien… o si Pedro había logrado su propósito. No tenía noticias del joven Beach.
Antes de dormir, hizo una plegaria por cada cuenta de su rosario. Luego se dejó caer en el lecho.
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Mientras tanto, Alberto cumplía con lo que Rayo le había encomendado. Era su primera vez y debía hacerlo al estilo de su padre. Ni siquiera los gemelos lo habían hecho.
Sus dedos se movían con destreza sobre el teclado, entre códigos, números y letras que llenaban la pantalla.
—Esto no es sencillo… —murmuró.
Había visto a su padre en esas labores, pero esta vez era distinto. Intentó una y otra vez, hasta que, agotado, tomó un sorbo de jugo y se reclinó en la silla.
—Papá ya debe de haber descifrado mi programa… aunque le costará con el que protege las cámaras —pensó, recordando aquel software: Troyano.
De pronto, se levantó de golpe y empezó a caminar de un lado a otro.
—Eso es… Larios sabía que atacaríamos su sistema. Lo protegió con un antivirus y reforzó el operativo.
Alberto dedujo que la base de datos de Larios estaba blindada, era por eso que no podía entrar y hacer de las suyas.
—Solo hay una forma de entrar, pero me tomará más tiempo del previsto.
Miró el reloj: pasada la medianoche. Se cambió y se fue a dormir. Sabía que necesitaría la ayuda de Rayo, y tendría que esperar hasta el día siguiente. Habían pasado pocos días desde su regreso, y todo era un constante sube y baja. Esa noche, sin embargo, durmió como no lo hacía desde hacía semanas.
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A la mañana siguiente, Thiago lo despertó antes de que sonara el despertador.
—¡Hijo, tienes que venir conmigo!
Como buen padre ejemplar, decidió llevarlo al trabajo, al menos hasta que Alberto se incorporara a la universidad.
Nicole hizo lo mismo: invitó a Aurora a Casa Moda. La joven había pensado buscar empleo, así que Nicole creyó que aquello podía gustarle, aunque estudiara otra profesión.
El desayuno transcurrió en silencio. Aurora y Alberto cruzaban miradas, pero frente a los señores Beach no podían hablar. Al terminar, Rayo encargó a su hijo que llevara a Santiago y, de paso, buscara información en la universidad. Luego, él se fue directo a Grupo Medical y Nicole a Casa Moda.
Al entrar, Aurora notó de inmediato a una joven rubia de elegancia impecable y sonrisa perfecta.
—Señora Nicole, esa chica… —quiso preguntar.
Pero no hubo necesidad:
—Mira quién se dignó a visitarnos hoy… —dijo la joven, al percatarse de la presencia de su madre.
—¡Hija, qué gusto verte! —Nicole abrazó a Victoria, mientras Aurora observaba con detenimiento.
Desde que conoció a Nicole notó su porte: ropa fina incluso en casa, maquillaje suave pero impecable, zapatos siempre combinados. Ahora, al ver a Victoria, se preguntó:
"¿Cómo pretendo gustarle a Alberto? Está acostumbrado a ver mujeres hermosas. Tal vez por eso no quiere que nadie sepa lo que pasó entre nosotros…".
—Victoria, ella es Aurora, amiga de Alberto —dijo Nicole, sacándola de sus pensamientos.
—Mucho gusto —sonrió Aurora, aunque algo torpe.
—Ese bribón… pensé que me visitaría el fin de semana. Ya sabes que no podía ir. Soy Victoria Beach —respondió, extendiéndole la mano—. Ya tendremos tiempo de conocernos. Ahora debo atender un asunto urgente.
Vicky miró a su madre.
—Mamá, ¿crees que puedas convencer a Catalina para que venga? Aún no le he contado lo del accidente.
—Aurora, ven con nosotras, hija. Puedes escuchar, no hay problema con tu presencia.
Nicole percibió que algo andaba mal. De lo contrario, Victoria no habría pedido a Catalina.
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Mientras tanto, Alberto iba rumbo a Grupo Medical cuando algo lo hizo detenerse.
—Berni, da la vuelta de inmediato… —ordenó.
No lo había despedido; aquel hombre lo acompañaba desde niño. Solo le había dado un escarmiento, y al parecer le funcionó. Berni dio la vuelta en U y estacionó.
Un grupo de monjas ayudaba a unos niños en la calle. Entre ellas, Alberto la reconoció.
—Mariana…
Fue directo a ella. Aunque elMariana intentó evitarlo, le dio la espalda y murmuró:
—Está equivocado…
Pero no podía engañarlo. Alberto la sujetó y la obligó a mirarlo.