Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 19
Capítulo 19. Las flores eran para Mili
Renata tuvo que volver a hablar con Damián para conseguir el nombre de la floristería.
Había repasado la tarjeta y el ramo en su memoria. Necesitaba saber de dónde salieron las flores, no adivinar qué tienda usaba su marido. Y la forma más sencilla de preguntarlo era una que no lo obligara a recordar la fotografía.
Lo encontró en casa y esperó a que terminara de hacer lo que estaba haciendo.
Él levantó los ojos al verla.
Renata sintió una reacción en el estómago antes de que se acercara. Fue tan inmediata que tuvo que dejar de pensar en ella para contestar el saludo.
La misma cara. La misma boca con la que había besado a Valeria.
Quiso que se quedara donde estaba.
Damián dio un paso hacia ella y Renata levantó el teléfono, como si tuviera algo que enseñarle. El pequeño movimiento bastó para que la conversación encontrara otro rumbo.
—Quiero mandarle flores a Mili.
La hija de Lucía era una razón fácil de entender. Una niña con la que podía tener un detalle sin que eso pareciera relacionado con el trabajo o con la vida de su marido.
—¿De dónde eran las rosas que me regalaste?
Le hizo la pregunta con el tono de quien había quedado contenta con un encargo. No tuvo que exagerarlo: le habían gustado. Antes de abrir la tarjeta, se había acercado pensando en cómo fotografiarlas.
Damián le dio el nombre de la tienda.
—¿Las vas a encargar por teléfono?
—Prefiero ir. Quiero ver qué tienen.
—Puedes pedirles algo parecido a lo tuyo.
Renata sostuvo el celular entre los dos.
—Quiero algo más pequeño. Es para una niña.
Renata preguntó lo necesario para poder encontrar la tienda. Después volvió a mirar el celular para anotar, con el cuidado de no parecer demasiado interesada.
Era otra cosa que había aprendido a hacer delante de él: mirar una pantalla para que no viera lo que le pasaba por la cara.
La conversación siguió siendo tan corriente como la había planteado.
Él no preguntó por qué quería volver al lugar de las rosas. Podía tratarla como una mujer que estaba ocupándose de un regalo, no como una esposa que acababa de hacerse análisis por miedo a lo que él pudiera haberle contagiado.
Renata terminó de guardar el nombre.
Al separarse de él volvió a sentir náuseas.
No se trataba de decidir que ya no quería tocarlo y cumplirlo como se cumplía una cita. El cuerpo se le adelantaba. Reconocía un movimiento de su marido y recordaba otro, la mano en la cintura de Valeria, un beso que ahora podía ver aunque cerrara los ojos.
Se apartó antes de que tuviera que inventar otra cosa.
* * *
La floristería olía a tallos cortados y agua.
Renata se detuvo junto a los arreglos de la entrada. No quiso empezar preguntando por un pedido antiguo en cuanto cruzó la puerta. Miró los tamaños, se acercó a uno más pequeño y esperó a que la atendieran.
—Busco unas flores para una niña —dijo.
Le mostraron varias opciones. Ella escuchó, preguntó qué podían cambiar y dejó que la conversación avanzara hacia las tarjetas.
—Mi marido me mandó un ramo de aquí por nuestro aniversario.
Dio su nombre, el de él, lo necesario para situar el encargo. La persona que la atendía intentó recordar.
Renata sostuvo una sonrisa amable mientras esperaba. Había llegado con la esperanza de que alguien dijera una frase sin saber cuánto importaba. Una mujer que fue a la tienda. Una indicación añadida al pedido. Algo que explicara cómo entró aquella foto entre las rosas.
—Venía con tarjeta —continuó—. ¿Se acuerdan de quién la dejó?
—Depende del pedido —le respondieron—. Hay clientes que traen su propia tarjeta y otros que nos dictan lo que quieren poner.
—¿Y en el mío?
La persona volvió a mirar la fecha que ella había dado.
—No me acuerdo. Recibimos muchos encargos.
Renata asintió, como si fuera una dificultad pequeña. Apoyó el dedo sobre el borde de una de las tarjetas que estaban junto al mostrador.
—Era de ese tamaño.
Su interlocutor miró la tarjeta. No pareció reconocerla.
Renata volvió a la fecha.
No apretó de inmediato. Si parecía demasiado urgente, tendría que explicar por qué quería saberlo. Prefería que se acordaran mientras ella elegía flores.
Miró otro arreglo. Lo acercó un poco para ver la combinación de colores y después regresó al mismo punto.
—Es que llevaba algo dentro de la tarjeta. Quería saber si lo habían puesto ustedes.
La pregunta cambió la expresión de quien la atendía. Ya no era solo una clienta comparando tamaños.
Renata esperó.
—¿Qué llevaba?
—Una fotografía.
Renata vio cómo intentaban recordar y se obligó a esperar. No sacó el celular. Todavía no quería enseñar la imagen.
—No sabría decirle quién la puso.
—¿Pueden revisar el pedido?
Lo revisaron. Confirmaron datos que Renata ya conocía, pero no apareció un nombre nuevo ni una indicación que explicara la fotografía.
—¿Y quien lo entregó? ¿Podría acordarse de algo?
Tampoco por ahí consiguió una respuesta útil. Volvió a mencionar la tarjeta, pero tuvo que detenerse: estaba describiendo por segunda vez el mismo sobre sin que nadie pudiera decirle algo distinto.
Las respuestas se fueron haciendo más breves, no porque le hubieran descubierto algo, sino porque no quedaba mucho más que decirle. Podían hacer el ramo de Mili. No podían devolverle aquella mañana de aniversario con cada persona que estuvo cerca de las rosas.
Renata dejó el arreglo sobre la mesa con cuidado.
Tenía ganas de sacar la fotografía y ponerla delante, decir que alguien había hecho algo que estaba cambiándole la vida. No lo hizo. Una imagen de su marido abrazando a una mujer podía convertirla enseguida en la esposa que recorría tiendas buscando a quién reclamarle.
Y, si nadie sabía nada, seguiría sin saberlo cuando ella terminara de sentirse humillada.
Volvió a preguntar por el tamaño del ramo infantil.
Era lo que había ido diciendo que quería. Necesitaba salir de allí sin entregar más de lo que había recibido.
Le dieron las opciones. Renata dijo que confirmaría el encargo y agradeció la atención.
Al llegar a la puerta, miró una última vez las rosas.
Todas podían parecerse hasta que alguien metía una fotografía entre ellas.
No había conseguido un nombre.
Fuera sacó el teléfono y revisó lo que había anotado. La dirección de la tienda, los datos con los que había llegado, preguntas que ya había hecho de dos maneras distintas.
Nada nuevo.
Podía regresar a casa y buscar otra conversación con Damián. Preguntarle quién preparó el ramo, quién lo recogió, qué recordaba de la tarjeta. Pero cada pregunta adicional le mostraría que ella seguía buscando algo que él había llamado una broma.
No había averiguado lo suficiente para pagar ese precio.
Avisó a Valeria de que había ido a la floristería.
No le gustó tener que escribirle sobre otra persona con la que su marido podía estar acostándose. El acuerdo entre ellas había nacido de un hecho que las dos conocían. Ahora tenían que preguntar por una historia que también podía dejarlas fuera a las dos.
Renata escribió que no había conseguido nada útil.
La respuesta de Valeria fue corta. Ella también estaba mirando lo de las flores.
No le dio enseguida una solución. Renata tuvo que dejar la conversación abierta y seguir con el resto del día.
Le escribió después a Lucía, aclarando que lo de las flores para Mili había sido una excusa para preguntar.
No quería que su amiga esperara una entrega ni que tuviera que explicar por qué una niña no había recibido un regalo que nadie había preparado.
Lucía entendió.
Renata guardó el teléfono y miró el reflejo que le devolvía un cristal cercano. Estaba arreglada. La bolsa le quedaba bien sobre el hombro. Parecía una mujer que acababa de salir de elegir flores.
Se acomodó la correa y caminó hacia el auto.
Lo más agotador era cuánto seguía pareciéndose cada día al anterior.