Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 18: Ecos que no existen
El silencio que asfixia
El orfanato no dormía.
Las camas estaban ocupadas, los niños respiraban, algunos incluso soñaban en voz alta… pero nadie
descansaba de verdad.
El silencio era tan pesado que parecía tener un peso físico sobre el pecho. Ni los insectos del campo
se atrevían a cantar. Ni los cimientos de la casa crujían como otras noches.
Elena, sentada en su cama, tenía el diario abierto sobre el regazo. No escribía. No podía.
El cuaderno se movía solo, como si inhalara y exhalara.
Lo había sostenido tantas veces que ya no sabía dónde terminaban sus manos y dónde empezaban
las tapas.
Elena —¿Qué quieres de mí? —susurró.
Las letras aparecieron lentamente, como si alguien escribiera desde adentro con un cuchillo sobre la
página:
“Quiero que me recuerdes.”
Elena apartó los ojos, como si mirar demasiado tiempo pudiera hacerla olvidar su propio nombre.
La mujer en las sombras
Las páginas comenzaron a deformarse. Entre manchas negras y líneas torcidas, apareció un dibujo.
No era una criatura ni una sombra deformada como las que Jacinta solía dibujar.
Era una mujer.
Una mujer arrodillada, con el rostro cubierto de lágrimas.
Elena se quedó helada.
Había algo en esa figura que no podía nombrar, pero que le resultaba familiar.
Un recuerdo borroso, como un sueño olvidado.
Elena —¿Quién eres?
El diario respondió de inmediato, con letras que parecían esculpidas más que escritas:
“Ella no importa. Ella nunca existió.”
La tinta se escurre hacia los bordes de la hoja, como si sangrara.
Elena apretó la tapa con fuerza, cerrando el libro, pero la imagen seguía grabada en su mente.
Voces en los corredores
El eco de un golpe retumbó en el pasillo, seco, hueco, como un martillazo en la madera.
Elena salió de la habitación. El aire estaba frío, demasiado para una noche de verano.
Los niños murmuraban en sueños. No eran palabras claras, pero se repetían en unísono, como un
rezo aprendido a la fuerza.
Cada voz tenía un tono distinto, pero todas decían lo mismo:
Una palabra prohibida.
Un nombre que no debía existir.
Elena apretó los puños. El monstruo estaba despierto.
Jacinta entre dos mundos
Mientras tanto, Jacinta estaba en la oficina del Padre Mauricio. No había entrado para robar ni para
esconderse, sino porque algo —alguien— la había llamado hasta allí.
Sobre el escritorio encontró un cuaderno viejo, cubierto de polvo.
Sus manos temblaban mientras pasaba las páginas.
Nombres de niños. Frases inconclusas. Dibujos torpes.
Y en medio de todo, repetido varias veces, un nombre escrito con tinta temblorosa:
Elena.
Jacinta sintió un nudo en la garganta.
Ese nombre la golpeó con la fuerza de un recuerdo enterrado.
Un recuerdo que parecía suyo… pero que al mismo tiempo no lo era.
Jacinta —¿Elena? —murmuró, como si probara una palabra extranjera.
En su cabeza, la voz del monstruo surgió suave, sedosa:
monstruo —No había nadie. No hubo nunca. Estás confundida.
Jacinta apretó los ojos. Las lágrimas se evaporan de golpe.
El nombre se deshizo de su boca como humo.
Jacinta —Sí… fue un sueño.
El cuaderno se volvió cenizas en sus manos.
Ecos falsos
Esa noche, Jacinta soñó con un orfanato distinto.
Las paredes estaban limpias, sin grietas.
Los niños jugaban a la rayuela en el patio.
Las monjas cantaban canciones alegres.
Y entre todas esas imágenes, no había nadie llamado Elena.
Era un recuerdo perfecto, pero falso.
El monstruo estaba reescribiendo su historia.
Cuando despertó, Jacinta se sintió extrañamente ligera, como si hubiera olvidado un peso enorme.
No sabía qué era, pero el alivio era tan profundo que no quiso cuestionarlo.
Elena contra el borrado
Elena cerró el diario con violencia, respirando agitadamente.
La frase seguía vibrando en su mente: “Ella nunca existió.”
Elena —¡Sí existió! —dijo en voz baja, como si alguien pudiera escucharla.
Se abrazó a sí misma, temblando. No sabía si hablaba de la mujer del dibujo o de ella misma.
Elena —Si alguien quiere borrarme… significa que todavía tengo valor.
Volvió a abrir el cuaderno. Escribió con mano temblorosa:
“Yo existo.”
El papel tembló. La tinta se expandió y se deformó hasta convertirse en otra frase, escrita con una
caligrafía que no era suya:
“Mientras yo exista, tú serás mía.”
Elena cerró el diario con un grito ahogado.
Sintió que el libro palpitaba como un corazón vivo en su regazo.
El corredor infinito
Esa noche, Elena salió de su cuarto.
El pasillo era distinto. Se alargaba más de lo que debía, interminable, cubierto de sombras que se
deslizaban por las paredes.
Al fondo, una figura estaba de pie.
Era la mujer del dibujo.
La misma silueta arrodillada, pero ahora erguida, mirándola en silencio.
Elena tragó saliva.
Cada paso que daba hacia ella parecía arrastrarla más lejos, como si el pasillo se estirara.
De pronto, la figura desapareció.
Elena quedó sola en la oscuridad, con el eco de su propio corazón como único sonido.
Voces cruzadas
En otra habitación, Jacinta se agitaba en sueños.
Sus labios pronunciaban un nombre, suave, involuntario:
Jacinta —Elena…
En su propia cama, Elena murmuraba lo mismo, entre sueños.
Ese pequeño acto —nombrarse mutuamente— fue suficiente para irritar al monstruo.
Un rugido profundo recorrió los pasillos.
Las lámparas parpadearon violentamente.
El orfanato entero tembló, como si el edificio hubiera sentido celos.
El espejo falso
Jacinta se levantó de madrugada. Fue hasta el baño y miró su reflejo.
En el espejo, vio a una niña más pequeña que ella. Una niña que sonreía con dulzura, con sus mismos
ojos.
Jacinta —¿Quién eres? —susurró.
La niña respondió con sus labios, pero sin voz:
“Yo siempre fui tú.”
Jacinta retrocedió, pero la sonrisa del reflejo permaneció intacta.
El hambre del monstruo
El orfanato entero parecía vibrar.
Las paredes respiraban.
El suelo palpitaba.
No hacía falta gritos ni sangre: el monstruo se alimentaba del olvido.
De cada memoria arrancada, de cada nombre tachado.
En Jacinta había encontrado su grieta perfecta.
Memoria rota
En su cama, Elena abrió de nuevo el diario.
Escribió con todas sus fuerzas:
“El monstruo quiere que nos olvidemos. Se alimenta de la ausencia. Mientras alguien lo recuerde,
seguirá vivo. Pero mientras yo recuerde, no ganará del todo.”
Cerró el libro con fuerza. No sabía si había escrito una advertencia, una oración… o una condena.
En otra habitación, Jacinta sonreía en sueños.
Ya no recordaba el nombre de Elena.
Y en lo más profundo del orfanato, una risa grave y húmeda recorrió los pasillos.
No era el eco de un niño ni de un adulto.
Era el eco de algo que acababa de ganar una batalla.