Elena yacía en el asfalto, envuelta en su propia sangre, preguntándose cómo el amor de su vida, su hermana y su mejor amiga habían terminado convirtiéndose en sus verdugos. Diez años de matrimonio, confidencias y promesas rotas se desvanecían en un segundo de traición absoluta.
Pero la muerte no fue el final.
Un parpadeo, un susurro de deseo no pronunciado, y el tiempo retrocedió. Diez años exactos. El mismo día, la misma decisión fatal que lo cambió todo. Ahora Elena despierta con el sabor metálico del miedo en la boca y un fuego frío en las venas: sabe lo que viene. Sabe quiénes son en realidad.
Esta vez, no será la víctima.
Una mujer traicionada, un plan imposible, y una fortuna que todos quieren.
¿Hasta dónde llegará Elena para evitar que la historia se repita?
¿Y qué precio pagará por jugar con el destino?
HASTA QUE EL DIVORCIO NOS SEPARE
Porque algunas segundas oportunidades no son un regalo… son una guerra.
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El Brazo Equivocado
Me distancie del abrazo de mis padres con una sonrisa que intenté que fuera serena, aunque por dentro sentía como el corazón empezaba a lartime con demasiada fuerza debido a la emoción de volver a verlos nuevamente, de sentir sus brazos alrededor de los míos después de tantos años evitándolos para no destrozarme antes de tiempo. Mi madre me agarró de las manos, observándome con esa combinación de orgullo y precaución que siempre había tenido consigo, mientras mi padre se mantenía a su lado, con la postura recta y los ojos escaneando la sala como si estuviera buscando algo que estaba fuera de lugar.
—Hija, estás preciosa con ese vestido —dijo mi madre, mientras me acariciaba la mejilla con ternura—. Pero ¿en dónde está Marcos? Pensé que llegarían juntos a su propio aniversario. ¿Viene tarde otra vez por trabajo?
Mi padre no tardó en fruncir el ceño ligeramente, limitándose a cruzar los brazos antes de hablar.
—Sí, Elena. tú madre y yo estábamos comentando que hace meses que no lo vemos. Siempre “reuniones”, “viajes de última hora”... ¿Todo bien entre ustedes? Nos preocupa que trabajen tanto y no se den tiempo.
Me limité a sonreír de manera calmada, apretando las manos de mi madre unos segundos antes de soltarlas, manteniendo el tono de voz suave pero firme, sin revelar aún nada que pudiera alertarlos antes de tiempo.
—Marcos llegará en cualquier momento —contesté, intentando elegir cuidadosamente las palabras—. Y sí, ha estado muy ocupado últimamente con... nuevos proyectos. Pero esta noche hablaremos de muchas cosas. Les prometo que todo se aclarará pronto. Solo disfruten la velada por ahora; hay algunas que otras sorpresas preparadas.
Mis padres se observaron por unos instantes, mi madre con esa intuición que jamás le fallaba y mi padre moviendo la cabeza mientras asentía lentamente pero no dijeron nada, aunque pude ver en sus ojos que no estaban del todo convencidos. Entonces mi madre no hizo nada más que darme otro abrazo rápido.
—Esta bien, hija. Confiamos en ti. Solo queremos lo mejor para ti y verte feliz.
Asentí, besando su mejilla, y en ese preciso momento, como si el destino quisiera subrayar la ironía de todo, opté por girar la cabeza hacia la entrada principal del salón y entonces los vi.
Allí se encontraba Marcos, entrando con Sofía tomada de su brazo. Él con su traje impecable, y con esa sonrisa confiada que se había encargado de repartir a diestra y siniestra mientras saludaba a algunos que otros conocidos, y ella colgaba de su brazo como si fuese su verdadera esposa legítima, con un vestido verde ajustado que intentaba disimular su embarazo pero que no lo lograba del todo, traía el cabello suelto y esa expresión de triunfo velado que yo conocía demasiado bien. Caminaban juntos, mientras él se inclinaba hacia ella para susurrarle algo al oído que la hizo reir al instante, completamente ajenos a las miradas curiosas que comenzaban a posarse en ellos.
En ese momento, todo empezó a encajar con una claridad cruel y absurda. La noche que Marcos había firmado los documentos, cuando recibió la llamada de Sofía diciéndole que “no se estaba sintiendo bien” y salió disparado dejándome “plantada” en lo que él creía que estaba siendo una supuesta reconciliación romántica, en realidad había corrido a su lado porque su verdadero “aniversario” era con ella, con la mujer que estaba llevando a su hijo, con la amante debota que se había encargado de planear mi ruina a su lado.
Y la ironía no tardó en golpearme como una ola que llegaba de manera inesperada, tan perfecta, y tan ridícula, que no pude detener. Y una risa baja, genuina y amarga, se me escapó de los labios sin siquiera darme cuenta.
Mis padres se observaron entre sí confundidos, y mi madre al verme frunció el ceño.
—¿De que te estás riendo, hija?
Sacudí la cabeza negando lentamente, mientras me limpiaba la risa con una sonrisa más controlada, y mis ojos permanecían fijos en la entrada en donde Marcos y Sofía se aproximaban hacia el salón como si fuesen los dueños del mundo.
—De nada, mamá. Solo... de lo irónica que puede ser la vida a veces.
Porque sí, era irónica hasta el punto de lo cómica: él estaba llegando a “nuestro” aniversario tomado del brazo de mi hermana, creyendo que me había conquistado con su engaño, sin saber que yo ya tenía todos los hilos en la mano. Y la risa se me atascó en la garganta, transformándose en esa determinación fría que me había estado acompañando desde mi renacimiento.
La noche apenas estaba empezando, y ahora que los tenía a todos en el mismo lugar —padres, traidores, y aliados—, el espectáculo podía comenzar de verdad. Y me limité a sonreír para mis adentros, tomando una copa de champagne de una bandeja cercana.
Que comience el show.
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