En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capítulo 19: Súplicas
El sol, como un ojo sangrante, se despedía del horizonte. Sus últimos y desesperados destellos anaranjados y carmesíes teñían el vasto latifundio, proyectando sombras largas y fantasmales sobre la tierra húmeda. Un silencio denso y sofocante se cernía sobre el campo de la hacienda, solo roto por el suave crujir de las riendas.
Montado sobre su imponente corcel de ébano, Leonardo rodeaba a las esclavas, un círculo de poder y amenaza. Su porte era, como siempre, impecable; una estatua de mármol tallada por la opulencia. El rostro, de rasgos nobles y angulosos, era un espejo de calma serena, casi aburrida, pero la placidez se desvanecía ante el brillo acerado de sus ojos. Eran de un azul gélido, profundo como un abismo, y en ese instante, un destello casi sádico anunciaba que algo malo estaba a punto de suceder.
—Amo, perdón solo fue un malentendido... —suplicó Malen, con la voz quebrada y la mirada clavada en el suelo.
Leonardo movió la cabeza con lentitud, un gesto de desinterés soberano. — No me conciernen los problemas triviales de las bestias en el corral. Pero el disturbio en mi casa... eso es inaceptable.
—¡Piedad, Amo! ¡Piedad! —Las tres se desplomaron de rodillas en la tierra, la imagen patética de la súplica.
Con un movimiento perezoso pero cargado de intención, Leonardo usó la fina punta de su látigo de montar para levantar el rostro de la joven que había golpeado a Esperanza. Los ojos de la muchacha estaban ya hinchados por el miedo.
—Pelean hasta el punto de la mutilación por un insignificante bocado. No son más que animales salvajes —Su voz era un susurro peligroso, más aterrador que cualquier grito—. ¿Y saben ustedes cómo se corrige a una criatura salvaje?
La joven, con los ojos llorosos y el aire atrapado en la garganta, solo pudo negar con la cabeza.
En ese instante, la calma de Leonardo se rompió con una velocidad fulminante. El látigo silbó como una serpiente enfurecida en el aire. No fue solo un golpe; fue un corte cirúrgico y brutal. El cuero trenzado se estrelló contra el rostro de la esclava, trazando una marca que replicaba el golpe de Esperanza, pero con una crueldad multiplicada. Cortó la piel desde la mejilla, cruzó los labios inferiores como una hendidura sangrienta y se detuvo en el mentón.
El dolor fue instantáneo, una explosión de fuego. El llanto se ahogó en un burbujeo de sangre y nuevas, desesperadas súplicas.
Esperanza, sin embargo, permaneció en su sitio. Sentada en el polvo, la cabeza gacha, su cuerpo era una estatuilla de barro inmóvil. No lloraba, no gemía, no suplicaba. Su silencio, su indiferencia ante la furia, era un desafío silencioso que Leonardo no pasó por alto.
—Tú —Su voz suave pero brutal— ¿No vas a suplicar?
Ella no contestó. No se movió. No por miedo, sino por la certeza fría y racional de que las súplicas eran inútiles ante la crueldad absoluta. Este hombre no conocía la piedad.
—Ustedes tres, Largo —ordenó, la palabra resonando como un disparo.
Las esclavas restantes se levantaron con un terror renovado y desaparecieron de inmediato, dejando a Esperanza sola ante su amo.
Leonardo desmontó con una elegancia que contrastaba con la acción que acababa de cometer. Sus pulcras botas de cuero fino se hundieron ligeramente en el lodo seco, un detalle que pareció molestarle. Se acercó a pasos suaves y mesurados, deteniéndose justo frente a ella, la imagen de un depredador tranquilo.
—Mírame —ordenó.
Esperanza no se movió. Usa el mango del látigo para levantar su mentón. Sus miradas se encontraron, en ella, un fuego interno que ardía sin llama. La ferocidad en la línea de su mandíbula, los dientes apretados, las cejas contraídas... todo en su rostro gritaba rebeldía indomable. Esperanza era transparente en su desafío.
Los ojos de Leonardo recorrieron su rostro. Observó la sangre seca que manchaba sus hermosos labios, hinchados y rojizos por el golpe de antes. Por un instante fugaz, los imaginó no como herida, sino como algo tentadoramente prohibido, algo exquisito. Esta visión de deseo en medio del castigo lo enfureció.
Sacó un pañuelo de lino blanco inmaculado, se inclinó y limpió la sangre de sus labios con una suavidad desconcertante. Esperanza lo miró con sorpresa y se resistió con un ligero forcejeo.
—No se moleste, Amo —dijo, su voz baja y cargada de veneno—. Un animal como yo no merece tal trato.
Su amenaza implícita no hizo más que divertirle. Entre tantos rostros sumisos en sus vastos dominios, nadie lo había entretenido tanto como esta criatura enfrente de él.
Leonardo enderezó la postura, sosteniendo el pañuelo ensangrentado.
—Incluso la criatura más despreciable a veces necesita un poco de ayuda.
Dijo esto mientras acercaba con la punta de su bota la canasta con las tortas fritas, ahora completamente empapadas en barro. El gesto era una burla cruel.
Ante el acto, Esperanza se olvidó por completo de con quién estaba tratando.
—¡No soy su perro! —escupió, furiosa, la humillación superando al miedo.
Leonardo suspiró suavemente, un sonido casi melancólico, y la miró a los ojos con una intensidad perforadora.
—Si hubiesen golpeado a mi perro —dijo, su voz tranquila y letal—, las habría matado. No te creas tan importante.
Ella se puso de pie, tambaleándose levemente. —Amo, si ya terminó, déjeme ir.
Ya no podía soportarlo un momento más.
Leonardo se mantuvo inmóvil, sin apartar la vista. Observó cómo, a pesar de la desventaja, los golpes, las humillaciones y el terror, el coraje de desafiarlo aún ardía en ella.
Asintió lentamente con la cabeza.
Esperanza no esperó una segunda confirmación. Corrió. Corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron, perdiéndose de vista entre los surcos infinitos de las siembras, llevándose consigo la certeza de que su amo no la había castigado solo por el disturbio, sino para alimentar el hambre de su propia crueldad.