Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 19
El lunes amaneció como si nada hubiera pasado. El tráfico, el café, los correos, todo seguía igual. Solo que entre ellos ya no.
En la oficina, el aire tenía una tensión que ningún perfume ni reunión podía disimular.
Héctor evitaba coincidir con ella en los pasillos, y Valeria agradecía esa cobardía silenciosa, aunque le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Durante la junta de planificación, él habló con tono profesional, sin una sola palabra de más.
Ella asintió, respondió con el mismo estilo, y todos los presentes creyeron que la eficiencia era producto de su buena química laboral.
Nadie notó que ya no se miraban.
—¿Se pelearon? —susurró Carolina, inclinándose hacia ella en la sala de descanso.
—No —respondió Valeria, sin apartar la vista del celular.
—Eso suena peor que un sí —replicó su asistente, mordiendo una galleta.
Valeria suspiró.
—No quiero hablar de eso.
Pero lo hacía, dentro de su cabeza, todo el tiempo.
Volvía a la imagen de él junto a Tomás, la confusión en su rostro, esa frase que no dejaba de oírse como un eco: “Yo no te fallé, Valeria.”
Esa noche, Héctor la esperó frente al ascensor.
—¿Podemos hablar? —preguntó, sin su tono habitual de broma.
Ella dudó.
—No ahora, Héctor.
Él asintió.
—Está bien. No quiero presionarte.
Ella entró al ascensor y apretó el botón sin mirarlo.
Cuando las puertas se cerraron, se dio cuenta de que lo que más la estaba asfixiando no era la duda, sino la distancia.
En su departamento, se sirvió una copa de vino, abrió la laptop y fingió trabajar.
A los diez minutos, escribió un mensaje: “No quise hacerte daño. Solo me confundió todo. Lo de Tomás, lo de Abril, lo que siento. No estoy acostumbrada a esto.”
Lo leyó tres veces.
Lo borró.
Volvió a escribir otro más corto: “Te extraño.”
Y tampoco lo envió.
En el otro extremo de la ciudad, Héctor revisaba un correo con los ojos vacíos.
Cada notificación del celular lo hacía mirar la pantalla con la misma ilusión inútil.
Nada.
Abrió la app de notas y escribió una frase que no pensaba mandar:.“No voy a rendirme. Pero no sé cómo acercarme sin que sientas que invado tu espacio.”
Guardó el teléfono y siguió trabajando. Porque a veces, huir no significa dejar de querer. Solo intentar respirar sin que duela tanto.
Y así distanciados, estuvieron toda la semana, con dudas de cómo sobrellevar la situación.
El viernes Valeria no fue a trabajar a la oficina, necesitaba ordenar sus ideas, además su hermana le había pedido un favor.
El timbre sonó tres veces seguidas, con la impaciencia característica de su hermana menor.
Valeria abrió la puerta y apenas alcanzó a decir hola antes de que dos niños cruzaran corriendo su sala con mochilas, gritos y una pelota imaginaria.
—Perdón, los saqué del colegio a la carrera —dijo Natalia, entrando detrás de ellos, con el cabello enredado y una bolsa de galletas en la mano—. Mamá tiene cita médica, y necesito que me cubras un par de horas.
Valeria suspiró, resignada.
—¿Y el par de horas cuánto dura en tu idioma?
—Entre tres y… lo que tarde en calmar a mamá. —Sonrió con esa inocencia que Valeria nunca pudo negarle.
Los niños ya habían tomado el control del sofá, y en cuestión de minutos, la casa de Valeria dejó de parecer un refugio ordenado.
Ella se recostó en el marco de la puerta, observándolos, y por un momento sintió algo parecido a nostalgia.
Natalia la miró con atención.
—¿Estás bien?
—Sí. —respondió sin mucha convicción.
—Mentira. —Se sirvió un vaso de agua y se sentó en la barra—. Cuando estás bien, te quejas. Cuando estás mal, te callas.
Valeria levantó una ceja.
—Qué observadora.
—Hermana mayor amargada, manual de instrucciones —bromeó Natalia—. Pero dime la verdad: ¿qué pasó con el chico del trabajo?
Valeria tragó saliva.
—Nada.
—Nada no pasa con alguien que te cambia la expresión cuando lo nombras.
—Fue… complicado.
Natalia asintió despacio.
—Ah, de esos complicados que te hacen mirar por la ventana con cara de película francesa.
Valeria soltó una risa pequeña.
—¿Desde cuándo te volviste filósofa del amor?
—Desde que me casé y aprendí que nadie tiene idea de lo que hace. —Bebió un sorbo de agua—. Pero te diré algo: él te gusta muchísimo. Lo sé porque no estás hablando mal de él.
Valeria suspiró.
—No es tan simple, Natalia.
—Nunca lo es. Pero si fuera tan poco importante, ya habrías cerrado la puerta.
El silencio se estiró unos segundos.
Los niños reían al fondo, y la lluvia comenzaba otra vez contra los vidrios.
Natalia se levantó, tomó su abrigo y antes de salir, dijo sin dramatismos:
—¿Sabes cuándo fue la última vez que te vi tan viva? Nunca. Ni con Tomás, ni con tus promociones, ni con tus cafés caros.
Valeria la miró, sin palabras.
Natalia sonrió apenas.
—No arruines eso solo por miedo.
Cuando se quedó sola, Valeria se dejó caer en el sofá, rodeada de juguetes olvidados.
Encendió el teléfono, abrió el chat de Héctor, y esta vez, sin pensarlo demasiado, escribió: “Te debo una conversación. No prometo que sea fácil, pero la necesito.”
Lo envió.
Y por primera vez en días, sintió que algo dentro de ella respiraba.