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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:664
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 17

La noche fue larga.

El silencio de la casa se quebraba solo por el rumor del mar y el crujir de las maderas viejas. Amelia velaba a mi lado, muda, rezando con los dedos entrelazados y el rostro encendido por la luz temblorosa de una vela.

Mi esposo dormía en un sillón, con la cabeza recostada sobre su mano, los ojos cansados y un gesto que no sabía si era culpa o tristeza.

Yo flotaba entre el sueño y la fiebre.

El cuerpo ligero, el alma perdida.

El aire olía a sal y a agua de rosas.

Sentí que alguien me llamaba. No era Amelia, ni él. Era una voz profunda, como el eco del mar que golpea las murallas de Cartagena.

—Selene… Selene…

El sonido se deslizaba dentro de mí, y de pronto todo se volvió luz.

Me vi caminando sobre la arena húmeda, con la luna colgada sobre el horizonte.

El mar era un espejo, y cada ola llevaba un rostro. Vi a mi esposo entre ellas, riendo con su amante; vi mis propias lágrimas disolverse en la espuma.

El viento me golpeó el rostro y escuché el llanto de un niño.

—¿Dónde estás? —pregunté con la voz quebrada—.

Pero solo el mar respondió, trayendo un murmullo que decía: “La vida no se pide, se protege.”

Caminé hasta que mis pies tocaron el agua, tibia, viva, casi humana.

El oleaje subía lentamente hasta mi vientre.

Entonces la sentí: una chispa dentro de mí, un pulso, una vida diminuta que me hablaba sin palabras.

Y supe que debía despertar.

---

El amanecer llegó con un resplandor suave que se filtraba entre las cortinas.

El canto de las gaviotas anunciaba otro día.

Abrí los ojos.

La fiebre había bajado, pero me sentía vacía, como si la noche se hubiera llevado una parte de mí.

Amelia estaba junto a mi cama, con una compresa fría en la mano.

—Gracias al cielo, despertó, señora —susurró aliviada—. Pensé que la perderíamos.

Intenté incorporarme, pero un mareo me obligó a quedarme quieta.

El dolor seguía ahí, debajo del pecho, como una sombra que no se disuelve.

Mi esposo se acercó lentamente.

Tenía el cabello despeinado y los ojos rojos.

—Selene… —dijo con voz baja, temerosa—. Perdóname, por favor.

No lo miré.

Tenía las manos sobre el vientre, buscando sentir algo, un movimiento, una señal.

Nada. Solo el silencio.

—¿El bebé…? —pregunté casi sin voz.

Amelia bajó la mirada.

—Todo parece estable, señora. La doctora vendrá a revisarla. No hubo sangre, y el pulso sigue fuerte.

Respiré con dificultad. Las lágrimas cayeron sin permiso.

No sabía si lloraba de alivio o de miedo.

Mi esposo se arrodilló a un lado de la cama.

Tomó mi mano entre las suyas.

—Juro que cuidaré de ti —dijo con un temblor en los labios—. Juro que nada volverá a dañarte.

Lo miré al fin.

Sus ojos estaban llenos de promesas que el corazón ya no creía, pero aún así… sentí un poco de compasión.

Porque incluso el traidor, en su arrepentimiento, puede parecer humano.

—No quiero palabras —le dije suavemente—. Quiero silencio.

Y el silencio se hizo.

Solo se oía el canto de las palomas y el rumor distante del mar chocando contra las piedras del puerto.

---

Esa tarde, la doctora volvió.

Su presencia imponía calma.

Examinó mi pulso, mi respiración, mi vientre.

—La criatura resiste —dijo con voz firme—. Pero usted, señora, debe guardar reposo. Ningún sobresalto, ningún disgusto.

Me recetó jarabes de anís y agua de azahar, y ordenó colocar paños tibios sobre el abdomen para calmar los nervios.

—El cuerpo de una madre es como la marea —explicó—: si se altera, el mar interno también se revuelve.

Asentí. Lo comprendía demasiado bien.

Cuando la doctora se marchó, el silencio volvió a llenar la casa.

Mi esposo se quedó junto a mí, leyendo en voz baja fragmentos de un libro, y Amelia se movía de un lado a otro preparando infusiones, abanicando el aire para espantar el calor.

Yo cerré los ojos y sentí el suave movimiento del abanico.

El aire olía a manzanilla y a melancolía.

Dentro de mí, algo se movió: leve, tierno, frágil.

Sonreí. Aún estaba ahí.

Toqué mi vientre y susurré:

—Resiste, mi pequeño. No me dejes sola en este mar.

El día se fue apagando poco a poco.

Y cuando cayó la noche, con su manto azul y sus murmullos del puerto, supe que algo había cambiado.

No solo en mí, sino en todo lo que me rodeaba.

El amor, la traición, la vida… todo se entrelazaba como las olas que van y vienen, dejando huellas que el tiempo nunca borra.

El sol descendía sobre Cartagena como un fuego dorado que acariciaba los muros de piedra y hacía brillar los tejados como brasas.

Las murallas respiraban siglos, el mar susurraba antiguas canciones de puerto, y las gaviotas cruzaban el cielo como pinceladas blancas.

Ese día, todo tenía un brillo distinto, como si el destino mismo aguardara algo.

Yo lo sentía.

El aire era más denso, los sonidos más vivos, el latido de mi vientre más presente.

Había decidido ir al puerto en carruaje.

No podía montar a caballo, no ahora.

Llevaba conmigo la vida que el cielo me había confiado, el milagro que crecía en mi interior.

Cuatro meses, apenas cuatro, y sin embargo ya lo sentía mío, como si su alma se hubiera entrelazado con la mía mucho antes de ser carne.

El carruaje avanzaba lento entre las calles empedradas de Cartagena.

Las casas, con sus balcones floridos y sus portones de madera, parecían inclinarse para mirar pasar a la joven que el rumor del pueblo llamaba “la hija del mar”.

Dentro, el calor era suave, y yo descansaba una mano sobre mi vientre mientras con la otra apartaba las cortinas para ver el cielo.

—Hoy conocerás a tu abuelo —susurré—. El hombre más valiente que he conocido.

Y, quizás, también… el único que nunca me ha hecho llorar.

Cuando llegamos al puerto, el bullicio era una sinfonía.

Los marineros gritaban órdenes, los comerciantes ofrecían frutas y especias, y el sol arrancaba destellos dorados del agua.

Pedí a mis trabajadores que me ayudaran a bajar.

Uno me ofreció el brazo, otro se arrodilló para colocarme las sandalias.

Mi vestido de lino, blanco con bordes celestes, tenía las puntas húmedas. Lo había lavado yo misma aquella mañana, y aún olía a jabón y a flores.

El viento jugó con mi cabello y me llevó el perfume del mar.

Entonces lo vi.

Un barco majestuoso entraba por la bahía.

Su estandarte ondeaba con orgullo, y las velas tensas parecían alas abiertas.

Mi corazón dio un salto.

Era el barco de James.

Su navío, su orgullo, su segunda piel.

Reconocí la figura del capitán en la cubierta, su postura recta, la forma en que observaba la ciudad como quien vuelve al lugar que amó demasiado.

No sabía que regresaría.

No sabía que ese día volvería a cruzarse mi destino con el suyo.

El barco giró suavemente, acercándose al muelle principal.

El sol lo bañaba de luz, y por un instante me pareció ver reflejos de fuego sobre el casco.

Entonces, detrás de él, apareció otro barco, más pequeño, con el estandarte de mi familia: el escudo grabado sobre una tela azul y blanca.

—¡Mi padre! —susurré con el alma temblando—. ¡Es mi padre!

El corazón me golpeó el pecho con fuerza.

Ocho meses había pasado lejos, navegando entre islas, tempestades y puertos extranjeros, sin saber de mí.

Sin saber que su hija traía en el vientre una nueva vida.

—Apresúrense —ordené a mis trabajadores—. Llévenme hasta la bahía. Quiero recibirlo allí.

Ellos me ayudaron a caminar sobre el muelle, el sol encendiendo los bordes de mi falda.

Las olas rompían suavemente contra la piedra, y el rumor del puerto parecía hacerse más intenso a cada paso.

Ambos barcos estaban llegando.

El de James entró primero.

Lo vi con claridad.

Él me vio también.

Nuestros ojos se encontraron, y en ese instante todo quedó en silencio.

Ni el mar, ni el viento, ni las voces se oían ya.

Solo su mirada, clavada en mí, y el aire ardiendo entre los dos.

Yo sostenía mi vientre, con ternura y orgullo.

Mi sonrisa era tranquila, plena.

Él lo comprendió todo.

Vio la verdad que el tiempo no podía ocultar: yo estaba esperando un hijo que no era suyo.

Su rostro cambió.

Sus ojos se nublaron de sorpresa, de incredulidad, tal vez de dolor.

Su mandíbula se tensó, pero no dijo nada.

Solo observó, callado, como si el alma se le hubiera detenido.

Yo no aparté la vista.

No bajé la cabeza.

Solo le sonreí, con esa mezcla de compasión y distancia que se tiene cuando el corazón ha dejado atrás una herida.

Entonces el segundo barco llegó.

El de mi padre.

Las campanas del puerto repicaron y los marineros comenzaron a amarrar las cuerdas.

Corrí cuanto pude hacia la pasarela.

El viento me levantaba el cabello, el sol me cegaba un poco, pero no importaba.

—¡Padre! —grité con todas mis fuerzas.

Él bajó corriendo, con los brazos abiertos, riendo, con el rostro quemado por el sol y los ojos llenos de emoción.

Cuando me tuvo enfrente, me tomó del rostro entre sus manos, y entonces lo vio.

Vio el abultado de mi vientre, leve pero innegable.

Su expresión se transformó en una mezcla de sorpresa, ternura y felicidad.

—¿Selene…? —susurró con voz temblorosa—. ¿Es eso lo que creo?

—Sí, padre —le respondí entre lágrimas—. Vas a ser abuelo.

Él quedó inmóvil unos segundos, y luego estalló en una risa sonora que llenó todo el puerto.

Me levantó del suelo entre sus brazos, me hizo girar, reír, llorar.

Sus manos eran firmes, cálidas, llenas de orgullo.

—¡Por mi hija y su bebé! —gritó con fuerza—. ¡Hoy invito la cerveza para todos!

Los marineros aplaudieron, las mujeres reían, y los curiosos se acercaban con sonrisas.

Era una escena de alegría pura, tan viva que el aire parecía brillar.

Y, en medio de esa celebración, al girar la cabeza, lo vi otra vez.

James.

Seguía en la cubierta, inmóvil.

Sus ojos no se apartaban de mí, de mi vientre, de la felicidad que no le pertenecía.

Era una mirada llena de todo lo que nunca dijimos.

El mar lo envolvía en silencio, y por un instante me pareció que su figura se desvanecía entre la bruma.

Sonreí.

No con crueldad, sino con dulzura.

Una sonrisa de despedida, de agradecimiento, de paz.

Porque había comprendido que no todos los amores están destinados a permanecer. Algunos solo vienen para enseñarnos a amar.

Mi padre, aún riendo, me entregó un pequeño cofre de madera con herrajes dorados.

—Esto es para ti, hija mía —dijo con solemnidad—. Es herencia de nuestra familia.

Lo abrí, y dentro había una pulsera antigua y varias cucharas de plata grabadas con el escudo familiar.

—Fue de tu abuela —añadió—. Ahora es tuyo. Y un día será de tu hija.

Lo abracé.

El puerto se llenó de música y brindis.

El cielo se volvió dorado y rosado.

Y mientras el carruaje nos alejaba del muelle, el viento traía el eco de las olas y la voz lejana de las campanas.

Acaricié mi vientre.

Mi pequeña se movió suavemente, como si también hubiera escuchado el canto del mar.

—Escucha, amor —le dije—. Ese es el sonido del puerto donde tu madre aprendió a decir adiós.

Y ese hombre que miró desde su barco… fue el primer amor que el destino me concedió y el último que dejé partir.

Así seguimos el camino de regreso a casa, envueltas en la brisa del atardecer.

El cielo ardía sobre la bahía y las gaviotas volaban como flechas de luz sobre las murallas.

Detrás de mí, el puerto celebraba la vida.

Delante, el horizonte me prometía un nuevo comienzo.

Después de todo… aquí estaba.

El viaje me había dejado cansada, pero el aire salado de Cartagena parecía limpiarme los pensamientos. Desde la ventana del carruaje vi cómo James me miraba por última vez antes de apartar la vista hacia otro lado, fingiendo distraerse con los barcos del muelle.

Amelia me ayudó a subir, con cuidado, como si mis pasos fueran de cristal.

Yo llevaba una mano sobre mi vientre —mi pequeño tesoro—, y sus movimientos suaves me hacían sonreír sin razón.

—Te mueves mucho hoy, ¿verdad, mi vida? —susurré—. Quizás te alegra volver a casa.

El carruaje avanzó por las calles de piedra, y mientras nos alejábamos de la ciudad, vi de lejos a mi esposo. Estaba entrando en una taberna con un hombre joven, de aspecto simpático, elegante, de esos que no temen mirar a los ojos.

“Bueno”, pensé con una media sonrisa, “al menos tiene buen gusto”.

Seguí mi camino sin detenerme. No valía la pena perturbar la calma que por fin sentía.

Al llegar a la casa, decidí prepararle la cena.

El hogar olía a tierra húmeda y a jazmín, y el silencio era casi un alivio.

Fui a la cocina y encendí el fuego con mis propias manos, revolví la sopa con cuidado, como si en cada movimiento pudiera borrar un poco de todo lo vivido.

Hice una sopa de pollo con huevo y verduras —como las que mi madre preparaba cuando había frío o tristeza en el alma—, y un jugo de frutas frescas, de guayaba y mango, tan dulces como los días que alguna vez soñé tener.

Mientras servía la mesa, escuché pasos.

La puerta se abrió.

Mi esposo entró… pero no venía solo.

James estaba detrás de él.

Por un instante, el aire se me escapó del pecho.

La jarra tembló en mis manos, el caldo se volcó sobre el suelo y el aroma a pollo y especias se mezcló con el miedo.

Sentí que el corazón me latía en los oídos, fuerte, violento.

No lo esperaba.

Creí que James se mantendría lejos… que por respeto, por el embarazo, no volvería a cruzar esa puerta.

Pero ahí estaba.

Sereno. Correcto. Fingiendo que todo era simple negocio.

Yo, en silencio, me quedé mirándolo, intentando leer algo en su rostro.

Y en mi mente solo resonaba una frase, amarga y clara como el vino:

“A veces el dinero pesa más que el amor… pero no más que el recuerdo.”

Me incliné, recogí los trozos del plato roto y sonreí apenas, como si nada hubiera pasado.

—Bienvenidos, caballeros —dije con calma—. La cena está servida… o lo estaba.

Y el silencio que siguió fue tan profundo que ni el fuego de la cocina se atrevió a crujir.

Sonreía.

A pesar de todo, sonreía.

Mientras Amelia y las otras mujeres limpiaban el desastre que había provocado, el aroma de la sopa derramada aún flotaba en el aire, mezclado con la tensión que ninguno de los tres se atrevía a nombrar.

Mi esposo se acercó con su aire tranquilo, llevando en las manos una taza humeante.

—Toma, amor —dijo con dulzura fingida—. Es té de manzanilla, para calmar el estómago.

Me lo ofreció, y mientras lo hacía, su mano rozó mi pierna bajo la mesa.

Un gesto que a cualquiera podría parecer tierno… pero en mí despertó algo entre el cansancio y la desconfianza.

—Estoy bien —le respondí con voz suave—. No te preocupes, por favor. Sigue con tus negocios… yo comeré tranquila. Alimentaré a nuestro bebé.

Él asintió con esa sonrisa segura de quien cree tener el control.

Yo comí despacio, saboreando apenas los trozos de verdura y pollo, intentando no cruzar más miradas de las necesarias.

Pero era inútil.

Sentía los ojos de James sobre mí.

Esa mirada furtiva, contenida, que se clavaba apenas un segundo y luego huía.

Y, al mismo tiempo, los ojos de mi esposo… vigilantes, curiosos, escrutando cada respiración, cada gesto.

Cuatro ojos sobre mí.

Dos que me amaban en silencio, y dos que me poseían sin ternura.

Y yo, en medio, sintiéndome como una niña pequeña ante el mundo, temiendo mover una pestaña de más.

Cuando terminé, respiré hondo.

—Estoy llena, gracias —dije con una sonrisa cortés.

Tomé el pañuelo bordado que Amelia me había dejado y limpié los restos de comida de mis labios, cuidando de no temblar.

Luego me incliné hacia mi esposo y rocé su mejilla con un beso breve.

—Iré a bañarme —susurré—. Pero antes… esperaré unos minutos en el jardín. El agua caliente me marea si la tomo de prisa.

Salí al jardín con Amelia y los perros, buscando un poco de aire, un poco de libertad.

El césped estaba húmedo y el perfume de las flores nocturnas me envolvía como un abrazo.

Antes de alejarme del todo, volteé hacia la puerta donde aún se hallaba James, de pie, observándome discretamente.

Le sonreí con educación, sosteniendo la compostura que me quedaba.

—Señor James —dije con tono amable—, espero que sus negocios con mi esposo concluyan bien. Le deseo buena suerte… y buena noche, mi señor.

Me incliné apenas, como dicta la cortesía.

Y seguí mi camino, dejando atrás la casa, la cena y esas miradas que me ardían en la piel.

El viento soplaba suave, moviendo las hojas.

Y mientras caminaba, una mano se posó en mi vientre.

—Tranquilo, mi pequeño —le susurré—. Ya casi termina la noche.

Habían pasado seis meses.

Seis lunas exactas desde que supe que llevaba dentro de mí la vida.

El tiempo parecía haberse detenido entre los suspiros del mar y el tañido lejano de las campanas que cada tarde se confundían con el canto de las aves.

Cartagena seguía vibrante más allá de mis muros —el sonido de los carruajes en las calles empedradas, los vendedores ofreciendo frutas frescas, el eco de las risas en los patios— pero para mí todo era distinto.

Mi mundo se había vuelto pequeño, más íntimo, como si todo girara alrededor del suave movimiento que sentía bajo mi piel.

Mi vientre había crecido redondo, firme, lleno de vida.

A veces me quedaba horas frente al espejo de cuerpo entero, mirando cómo mi figura cambiaba, cómo mis manos ya no encontraban espacio sobre el abdomen, cómo la respiración se hacía más profunda y pesada.

No era vanidad; era asombro.

Asombro por el milagro que crecía día a día dentro de mí.

Por las noches, cuando el viento del mar se colaba por la ventana y movía las cortinas como olas blancas, sentía las pequeñas pataditas, los movimientos que parecían anunciar: “Aquí estoy, madre”.

Aquella noche, recuerdo, me reí a medias dormida y murmuré:

—Antonio… este hijo tuyo no deja de moverse. ¡Dios mío, haz algo! Es demasiado inquieto.

Él, con los ojos entreabiertos y la voz aún adormecida, respondió con esa sonrisa suya que me calmaba cualquier miedo:

—¿A quién crees que salió, Selene? A ti, por supuesto.

Me reí suavemente, golpeándolo con la almohada.

—Si sigue así, no me dejará dormir ni una noche más —dije en un suspiro, medio en broma, medio cansada.

Me acomodé de lado, levanté una pierna para aliviar la presión y cerré los ojos.

Antonio me rodeó con su brazo, acariciando mi vientre con ternura.

Su respiración se mezcló con la mía, pausada, tranquila.

El corazón de él latía firme y, por un instante, sentí que los tres —él, el bebé y yo— respirábamos al mismo ritmo, como si ya fuéramos uno solo.

---

Los días pasaban con lentitud, como si cada amanecer trajera consigo una enseñanza nueva sobre la paciencia.

Ya no caminaba tan bien como antes.

Cada paso era más pesado, más calculado, y hasta el sonido de mis sandalias contra el suelo parecía medir el tiempo.

A veces tenía que detenerme en medio del pasillo para tomar aire o apoyar una mano en la pared cuando sentía el mareo.

Pero aun así, me gustaba caminar.

Sentir el roce del sol sobre mi piel, el perfume de las flores en el jardín, los pasos lentos sobre el mármol fresco.

Amelia…

Mi dulce Amelia.

Era mi ángel guardián y mi sombra.

Siempre detrás de mí, atenta a cada respiración, a cada gesto, a cada mirada cansada.

Si me inclinaba, estaba allí para sostenerme.

Si bajaba las escaleras, ya tenía su brazo listo.

Si me iba a bañar, me preparaba el agua tibia con flores de jazmín, pétalos de rosa y hojas de menta para aliviar las piernas hinchadas.

Después colocaba toallas limpias en una silla junto al baño, y se quedaba allí, vigilante, sin decir palabra, hasta que yo saliera.

Cuando el bebé se movía demasiado, ella sonreía y me decía:

—Mi señora, despacio… el niño siente todo. Si usted se apura, él también se apura.

Y yo, obediente, reducía el paso, respiraba hondo, y caminaba despacio por los pasillos como si cada movimiento fuera una oración dirigida al cielo.

Mi cuerpo era otro, más lento, más sabio, más lleno de significados.

Ya no pertenecía solo a mí, sino también a la vida que crecía dentro.

---

Las tardes eran mi momento favorito.

El sol entraba en el patio interior, dibujando destellos sobre el agua del aljibe.

Me sentaba en la mecedora que Antonio había mandado a hacer con madera de cedro, cubierta de cojines suaves, y allí me quedaba por horas.

A veces tejía pequeñas mantas para el bebé.

Otras, solo escuchaba el canto de los pájaros, mecía lentamente el cuerpo y dejaba que el silencio hablara por mí.

Amelia traía agua fresca con rodajas de limón y un poco de miel.

El viento del mar llegaba cargado de sal, de rumores, de vida.

Yo cerraba los ojos y lo respiraba como si ese aire pudiera bendecirnos.

A veces pensaba en James…

No con rencor, no con tristeza.

Solo con la curiosidad de quien recuerda un puerto que ya no visita.

La vida seguía su curso, y mi corazón, aunque alguna vez dolido, ahora latía en calma.

---

Las noches eran largas, sí, pero no solitarias.

Amelia dormía en una silla, cerca de mi cama, por si necesitaba algo.

A veces despertaba en mitad de la madrugada y la encontraba allí, dormida con la cabeza apoyada en el brazo, y una manta sobre los hombros.

Su respiración era lenta, tranquila.

Entonces yo sonreía, agradecida.

Dios me la había enviado como una bendición.

Cuando amanecía, los gallos cantaban desde lejos, y el olor del pan recién hecho llenaba la casa.

Antonio solía dejarme una rosa blanca sobre la mesa del desayuno, y un beso en la frente antes de salir.

Yo me quedaba mirándolo marchar, con el corazón lleno y la esperanza creciendo.

Seis meses.

Seis lunas.

Y mi corazón ya no latía solo.

Cada día, cada respiro, cada pequeño movimiento dentro de mí era una promesa de amor eterno, una señal de que el milagro estaba cerca.

Y mientras el sol se alzaba sobre Cartagena y las gaviotas cruzaban el cielo, me juré en silencio que haría todo lo posible por cuidar de ese hijo, por enseñarle a amar el mar, la tierra y la vida…

Como yo lo amaba en ese preciso instante, con todo mi ser.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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