Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 16 - LA PURÍSIMA
Lucía quiso nacer el día de la Purísima, como había dicho Doña Rosario.
Empezó la noche del 7 de diciembre. Yo estaba en el cuarto del fondo doblando una tela roja que nos habían encargado para un traje de gitana. Tenía nueve meses y ya no podía casi ni caminar. Zoe decía que parecía que llevaba un melón debajo del vestido. Lucía llevaba dos días muy quieta, como si estuviera cogiendo fuerza.
A las once de la noche sentí un dolor abajo, fuerte, como si me partiera por la mitad. No era como los dolores de espalda que tenía todos los días. Era otro.
Me agarré a la mesa.
- Zoe - dije bajito.
Zoe estaba dormida a mi lado, con el libro de Mujercitas abierto en la cara. Se despertó de golpe.
- ¿Qué pasa?
- Me duele.
Zoe me miró la cara y entendió. Salió corriendo por el patio, descalza, sin velo, gritando:
- ¡Lola! ¡Doña Rosario! ¡Ya viene!
Lola se despertó con el palo de escoba en la mano, pensando que era el coche negro otra vez. Cuando me vio agarrada a la mesa con la cara blanca, tiró el palo al suelo.
- ¿Ya?
- Ya - dije.
Doña Rosario llegó en diez minutos. Venía con su bata negra, con el pelo suelto y con una bolsa de tela que olía a romero. No preguntó nada. Me miró y dijo:
- Es hoy. Para la Purísima, como te dije. Esta niña es puntual.
Me llevaron a la cama grande. La misma cama chica donde habíamos dormido con miedo en noviembre. Ahora la habían cubierto con sábanas limpias que Lola había guardado desde que se casó y nunca había usado. Sábanas blancas de verdad, no telas de la tienda.
- Tú fuera, Lola. Hierve agua. Mucha agua. Y trae toallas. Las rojas no, que dan mal agüero. Las blancas - dijo Doña Rosario.
Lola salió. Doña Rosario me puso una mano enorme en la frente y otra en la barriga.
- ¿Cuánto hace que te duele?
- Un ratito.
- Pues va para largo. Las primeras siempre van para largo. Pero tú eres fuerte. Tú ya te escapaste de Olvera con seis meses. Esto es menos.
Zoe no se fue. Se quedó a mi lado, agarrándome la mano. Tenía la misma cara que en la bodega de Santa Clara la noche que me encontró llorando.
- No me voy - le dijo a Doña Rosario -. Me dijo que la agarrara. Que una por dentro y otra por fuera.
Doña Rosario la miró y asintió.
- Pues agarra fuerte. Que va a apretar.
Y apreté.
No voy a contar todo lo que pasó esa noche, porque hay cosas que no se cuentan. Solo se sienten. Solo sé que fueron muchas horas. Que afuera llovía, que en Triana el 7 de diciembre llueve siempre, y que se escuchaban los cohetes de la Purísima en Sevilla aunque fuera de madrugada.
Solo sé que Zoe no me soltó la mano ni un segundo. Que me decía al oído:
- Respira, Ana. Respira conmigo. Una por dentro y otra por fuera.
Y que Lola entraba y salía con agua caliente y con paños y decía "ya queda menos, niña, ya queda menos", como si fuera mi madre.
A las cuatro y media de la mañana del 8 de diciembre, cuando las campanas de Sevilla empezaron a tocar para la misa de la Purísima, sentí que ya no podía más. Que me partía.
- Ahora empuja - dijo Doña Rosario -. Empuja como si quisieras sacar a toda Olvera de adentro.
Empujé. Con la mano de Zoe en mi mano y la mano de Lola en mi frente.
Y de repente, silencio. Un segundo de silencio que me asustó.
Y después un llanto. Un llanto chiquito, pero muy fuerte. Como una gata.
- Niña - dijo Doña Rosario, riéndose con todos sus anillos de oro -. Te dije que era niña. ¿Ves los pies? Te dije que iba a ser bailaora.
Me la puso encima. Toda mojada, toda arrugada, con el pelo negro pegado a la cabeza y los ojos cerrados.
Lucía.
Lucía Vidal Araya, aunque en los papeles solo fuera Vidal.
Zoe se agachó y le puso el dedo chiquito en la mano. Lucía lo agarró fuerte, sin abrir los ojos.
- Hola - le dijo Zoe llorando -. Soy Zoe. Soy tu otra mamá. Te estábamos esperando desde Olvera.
Yo no podía hablar. Solo lloraba. Lloraba y la olía. Olía a sangre y a mí.
Lola se acercó con el pañito bordado que me había dado Rosario el primer día, el del mal de ojo, y se lo ató despacito en la muñeca.
- Bienvenida a Triana, Lucía de la Purísima - dijo Lola, con la voz ronca de siempre pero con lágrimas también -. Aquí no te va a faltar tela roja para cuando quieras bailar.
Afuera, seguían los cohetes de la Purísima. Y en la tienda de al lado, alguien puso la radio y se escuchó un villancico, aunque todavía fuera 8 de diciembre.
Yo tenía 22 años, había huido con una piedra, había dormido en una bodega entre patatas, había viajado escondida entre telas blancas y ahora tenía una niña de tres kilos encima del pecho que me agarraba el dedo.
Y tenía a Zoe a mi lado, que no me soltaba la mano. Y a Lola, que nos había dado una puerta con llave.
Esa noche, por primera vez desde que me fui de mi pueblo, no recé bajito. Recé alto. En voz alta, para que me escuchara Lucía.
Y no pedí perdón. Di gracias.
No sabía que a la mañana siguiente, con Lucía todavía sin registrar, el coche negro iba a volver a aparcar en la calle Pagés.
Y que esta vez no venía solo Luis. Venía mi pasado.